Abro un mapa en el móvil, extiendo la pantalla al centro de Barcelona, sigo ampliando con mis dedos para ver al Centro de Cultura Contemporánea de la ciudad. Ubico el punto de encuentro y me dirijo físicamente hasta el lugar, para observar más de cerca la propuesta de sala de videojuegos que se propone en el CCCB. Llego y la entrada es gratuita, aunque el acceso depende de algunas condiciones*, sigo retando la mirada, la sala se llama Zooom. Con tres o. Lo anuncia la pared rosa de bienvenida que está dentro del edificio.

Entro. Del lado derecho, justo después de cruzar la entrada, se despliega un manifiesto sobre la pared. Me acerco. Amplío más la imagen. Cada punto de este manifiesto establece un código de interacción con sus visitantes en aquella cámara de alfombras verdes y rosadas. No importa cuál sea la relación del visitante con la cultura del videojuego, el espacio cobra vida colocándolo en un punto neutro, lo interpela acerca de una experiencia más que lúdica.

Solo queda atender algunas de sus propuestas -más que indicaciones- y dejarse abducir:

Esta sala no es de juegos, es para jugar.

Queda claro: jugar es la consigna. Para eso basta con escanear el espacio y encontrarte con una amplia distribución de proyecciones, pantallas y controles. La cámara se transforma en acogedoras habitaciones, con cojines, sofás, sillas y veinte juegos colectivos. Espera, el visitante no va a jugar Mario Bros o Fortnite, al contrario, la idea es encontrarse con otros juegos alternativos, generar una dialéctica propia a través de las modalidades del videojuego. Jugar también es experimento y exploración, por lo tanto, en el espacio de Zooom tienes que leer las instrucciones entre líneas: "es para jugar", es decir: "eres tan libre como el resto". De hecho, es tanta la libertad que el estatus de poder de los padres o profesores sobre los potenciales jugadores menores se pierde. No sólo son libres sino que todos somos iguales. Bien claro lo dice el cuarto punto del manifiesto:

Esta sala es para criaturas sin importar la edad que tengan ni de donde vengan.

Somos criaturas. Fui criatura. Digamos que, la primera vez, una criatura un tanto afortunada, que recibió la compañía de sus dos comisarios: Lucas Ramada Prieto y Hugo Muñoz Gris. Vigilantes silenciosos de mi interacción con la sala, de mi relación con los juegos. Cercanos, amables, inclusivos como la propia dinámica del juego incita. El atinado y original trabajo creativo, tanto en la selección de juegos como en la distribución de los espacios, permite darla una identidad intransferible al espacio. De hecho, Lucas y yo, criaturas distintas, nos encontramos en el último espacio de la sala: ¡Juega contra! Basta con recorrer toda la sala para llegar a ese sofá, a esa pantalla en donde nos esperaba Regular Human Basketball (Powerhoof, 2018). Éramos ahora dos personajes mínimos habitando unos robots gigantes en un insólito juego de baloncesto. Él con dinamismo, yo con imprudencia de primerizo. ¿Lo mejor? Estábamos acompañados del apoyo silencioso, divertido y admirado de una pequeña criatura que esperaba su turno para tratar de no cometer los mismos errores:


-Mamá, ven, es nuestro turno.

Madre e hijo, criaturas sin investiduras, intentaban estrategias con los mandos para salir airosos del juego. Y es que a pesar de tener mediadores que ofrezcan su ayuda o colaboren con la dinámica, la propuesta original es la del juego, que puedas llegar a la propuesta que desees jugar de manera directa o zigzagueando entre los espacios, siguiendo una ruta a través de las indicaciones señalizadas en las paredes. Esta forma aparentemente convencional aporta una creciente relación con los estímulos entre los juegos: creas, exploras, descubres, colaboras, fracasas, combates. Sin embargo, la madre hecha robot pierde con mucha facilidad, trata de imponer de nuevo su investidura materna y advierte:


-Al final mejor será leer un libro, pasas la página y cambia todo, esto es lo mismo siempre.


La pequeña criatura encesta, la ve con gesto de negación, y la arrastra al espacio de ¡Juega con!, en donde juntos tratan de resolver un conflicto culinario. La madre vuelve a rendirse con facilidad y la criatura, insistiendo en la mirada igualitaria del manifiesto, la encierra en un cuarto aislado que está al lado, donde solo hay una mesa, unas instrucciones y un teléfono:


-No te muevas que es de vida o muerte.


Él corre hasta la mitad del salón y coge el teléfono con el que se comunican, tratando de resolver una misión importante. Esa madre y la pequeña criatura tratan de detener una catástrofe imaginaria. Pero si hacemos zoom dentro de la sala, descubrimos que en ese mismo momento dos criaturas adolescentes tratan de no frustrarse en el espacio de Juega, si puedes... O a otro grupo de criaturas amigas están sentadas en el sofá de un espacio dedicado a la exploración, perdidos en la isla del juego Proteus (Twisted Tree, 2013).


-Camina hasta el mar.

-Que no.

-Anda que eres pesado.

-Mira, unos cangrejos.

-¿Dónde?, ¿dónde?

-Ay, se hace de noche.


Los tres sonríen, contemplando el espectáculo. Ese es uno de los grandes logros del recorrido. Más que de ganar o de perder, se trata de jugar en libertad, lo que amplía las formas en los caminos y genera una experiencia en primera persona en la que puedes ir variando las sensaciones, y donde el visitante, jugador o espectador, es su propio mediador.


El manifiesto siempre lo advierte:

Esta sala es segura. Y es para ti.

Un chico baila al son de la música que crea con una pequeña consola y escucha adherido a la imagen eléctrica y cambiante que arropa una pared.


Y para ti también,

A su espalda, justo en el otro extremo del espacio, dos criaturas hermanas están de rodillas sobre los cojines, se ayudan frente a la pantalla enorme donde se dibujan los diminutos personajes del juego Hidden Folks (2015). Observan, leen y meditan, a partir de la detallada imagen, las alternativas que tienen para liberar de obstáculos el camino del personaje. En este caso, no necesitan pasar la página para que ocurra algo en ellos.

Y para vosotrxs.

Se oye el grito emocionado de la madre en el cuarto del teléfono. La pequeña criatura salta también. Se ríen. Se encuentran. Él quiere seguir haciéndole su propio tour cuando la madre, finalmente criatura, se suelta para asistir al espacio ¡Toca el juego! en el que es absorbida, alrededor de otras criaturas infantiles que no conoce, para desvelar las múltiples opciones que le ofrece la tableta. La pequeña criatura, sabiendo que había vuelto a encestar, se dirige al inicio, al lado de la pared del manifiesto, en el espacio Piensa el juego. Se relaja en el sofá y comienza a inventar de nuevo otras formas de su mundo.

Esta sala es tuya y para que la hagamos nuestra.

Repetí la experiencia un sábado, sin Lucas ni Hugo, como apenas un observador espía, una criatura más. Tocaba inscribirse con antelación, porque la sala Zooom estaba repleta.

Subí a la exposición Game Play. Cultura del videojuego para hacer tiempo. Es una forma de complementar esta experiencia en el CCCB. La exposición, que sí requiere de la compra de una entrada, propone un recorrido a través de la historia del videojuego de una forma más lineal, anecdótica y menos orientada a la inclusión del juego. Eso colabora a que el encuentro con Zooom sea desde el compromiso de un manifiesto. El espacio se apropia del visitante, genera una dinámica más llena de vida, a partir de simulaciones, de alternativas, de libertades. La sala Zooom se promueve así misma, sin didácticas, y ocurre de una manera orgánica. Vi a padres, madres y profesores sentados en los cojines, descubriendo los juegos de tocar; como a niñas que iban y competían con otras distintas, dialogando, observando, construyendo. Dos niñas que quizás no tenían otro espacio alternativo de encuentro, sin diferencias, procurando un desenlace adecuado para el juego o la interacción. Dos criaturas, apropiándose punto a punto del manifiesto, sin tener que enseñarle a un adulto otras formas de leer el mundo. Zooom, en ese sentido, es un manifiesto más que necesario para nuestra actualidad. Visítenlo, entréguense y jueguen, para que se den cuenta por ustedes mismos.


-Mamá, ¿nos vamos?

-Espera, no me distraigas, que aún debo entender este cambio de forma...


*Aunque la entrada a la sala es gratuita, solo se permite el acceso a un máximo de 35 personas que pueden disfrutar de la sala durante 45 minutos. Siempre se puede repetir, en la medida en que se haga la cola. La sala se mantendrá abierta hasta el 13 de abril. Zooom propone formas distintas de relacionarse con el videojuego y comprende una mirada distinta y enriquecedora a la exposición Game Play. Cultura del videojuego. El valor de la entrada y los horarios de la exposición se pueden consultar en la página web del CCCB.


Papi

Rita Indiana

Periférica, 2010


Leer esta novela fue conceder espacio a un eufórico, hormonal e inquietante periplo caribeño. Su protagonista, una niña dominicana que crece esperando al padre, enuncia su vida a partir de esta ausencia. Papi es un mafioso, ídolo social, mesías, que vive en New York. Rodeado de lujos, carros, novias, socios fraudulentos, fiestas y promesas que nunca cumple. Papi es la radiografía del macho latinoamericano exitoso, del pelotero que triunfa en las Grandes Ligas, del narcotraficante que construye imperios, del cantante de reggaetón, de la figura del caudillo. Es el estereotipo del hombre con poder, ese que cae en gracia, que la gente idolatra por sus formas sencillas, por haber llegado al éxito a costa de lo que sea. Eso sí, en nombre de su familia y orgulloso de sus raíces. Es el ejemplo de un progreso ajeno al sueño americano. Ante esta figura tan fuerte, la niña, que también lo idolatra por todo aquello y por ser un padre que siempre está "al doblar la esquina", construye un monólogo en el que introduce también a las otras figuras de su vida, su Mami, los primos, la abuela, las novias de Papi (de diferentes nacionalidades de Latinoamérica), y la construcción caótica de su país: República Dominicana.


Este segundo libro de la autora se publicó originalmente en 2005 por la editorial Vértigo, y cinco años después la editorial Periférica se atrevió a publicarla en España. El crítico Juan Duchesne Winter dice que la narración de esta novela es "al ritmo del perico ripeao" y efectivamente la lees/la oyes como al son de un merengue o de una konpa; pero el estado de ánimo de la protagonista puede arrastrar al lector de una marimba a perderse en medio de un punk/rock de la mano de Billy Idol. Lo hace, además, mezclando referencias de la cultura popular del Caribe, en un uso incorrecto del lenguaje donde da cabida a la invasión del espanglish. Busca replicar la voz de calle, lo sucio del lenguaje, en este ritmo frenético que se divide en doce capítulos, donde la música forma parte esencial de la educación sentimental de su protagonista. En este sentido, resalto el delirante capítulo en el que las figuras de poder encabezadas por el periodista Huchi Lora, muestran con censura y en televisión nacional los discos de Ozzy Osborne, Misfits y Megadeth; y las consecuencias que estas acusaciones "narco-satánicas" traerían para los jóvenes a quienes les gustaba el rock.


Pensando en ese capítulo, considero pertinente e interesante volver a esta novela, releerla diez -quince- años después de su publicación, tras la conquista de lo latino y lo popular en muchos otros espacios a partir, precisamente, de la música. Incluso, abrir la discusión en la forma en que la autora construye a este personaje masculino que arropa la propia conciencia de la protagonista en formación. La interpretación de esta novela puede haber mutado con el tiempo para sus lectores. Compartimos la primera página para que reconozcan el estilo:

Papi es transitar a través de un grotesco carnaval, exótico y transgresor. Sobre todo en la construcción de la identidad de esta niña/adolescente y su relación con el deseo. Constantemente nos revela la forma en que anhela a lo femenino, no solo desde la sexualidad -y su mirada cargada de sensualidad-, sino también como espacio del que quiere apropiarse más allá del padre. La protagonista cuando es niña, a ratos, puede llegar a ser irritable, hasta que sus dolorosas metáforas, casi neuróticas nos vuelven a reencontrar con esa necesidad de ser libre. Ella no quiere ser como Papi, aunque su voz, muchas veces inventada, resuene todo el tiempo como un sonido dentro, más allá de la música.


Es una novela demandante. Narrativamente compleja. No sólo por las referencias sino por la forma inquieta y simbólica que tiene de contarse. La recomendamos a jóvenes adultos que les guste lo mainstream y quieran enfrentarse a nuevos retos discursivos.


DATO CURIOSO: Rita Indiana, en 2010, formó la banda de electromerengue Los Misterios con quienes lanzó un único y exitoso álbum "El Juidero". En Spotify hicimos la lista: "Papi · Rita Indiana" en donde encontrarán este disco pero también una recopilación de las canciones a las que hace referencia la novela. Nos pareció pertinente proponerla como parte del entendimiento del ritmo interno de este libro. Aquí se las compartimos:

*En otros mares reseñaremos libros publicados y pensados para un público adulto pero donde las voces narrativas de sus protagonistas sean adolescentes. Sumergirnos en otras representaciones de los jóvenes en la literatura es también una forma de romper con el adjetivo "para jóvenes" dentro del campo de la libre recomendación.

Actualizado: abr 13


Christian Albarracín es un curioso nato. Recuerdo una tarde en Bogotá que transitamos casi toda la ciudad, explorando librerías y espacios dirigidos a la cultura. Lo extraño no es que él se detuviera en la estructura de estos lugares, sino que también recogiera mentalmente otros espacios escondidos entre sus calles: en esta esquina de Chapinero le vendría bien un grafiti, decía o aquí en Paloquemao podrían poner una escultura en forma de chigüiro. Decía frases sueltas sin más. Era como si a base de ideas estuviera haciendo una remodelación a la fachada de la ciudad. Solo que él no acumula puntos posibles para lo bello, él quiere hurgar en la belleza misma, hacerla entender antes de que florezca y ejecutarla. Más que un simple artista (aunque él diga lo contrario), es un constructor de sociedades.


Publicista de profesión, con una admirable cabeza para la organización de proyectos. Hace lo mismo un presupuesto impecable pensando en el beneficio de la comunidad, como bailar música para planchar con las abuelas con las que trabaja. Su energía es inagotable, herencia del teatro, donde formó esta vena asociada al arte inclusivo. El nombre de su oficio es un invento nuestro. Al momento de hacerle la entrevista, estábamos claros de que conversábamos con un artista plástico. Su discreta formalidad y humildad no dejan que lo digamos: no estudié para eso, afirma; por eso decidimos llamarlo interventor artístico.


Christian diseña y construye figuras delicadas con formas poligonales, que luego las expande al mundo en formas de esculturas para que las personas las intervengan. Prueba materiales, recicla, inventa, crea, improvisa. Progresa e invita a progresar. Él interviene con su arte no solo las calles de su ciudad, Bogotá, sino a las personas que la habitan, para que se reencuentren con el arte más allá de la vida cotidiana. Exploremos junto a él su dinámica transformadora:



0 · Exactamente cómo definirías tu oficio: ¿eres un artista plástico o eres una especie de “interventor artístico”?


Yo no soy artista plástico, no estudié la carrera. Estudié Publicidad y siempre me llamó la atención hacer esculturas o piezas que interactuaran con el público. Creo que también es culpa del teatro, todo aquello que aprendí sobre las tablas y quería hacerle llegar a la gente. Diría más bien que soy una persona que sigue explorando un estilo propio dentro del arte. Y lo hago interviniendo espacios públicos o privados, cada vez que se me abre una posibilidad.



1 · ¿Cómo se inició ese diálogo con el arte?

Precisamente haciendo teatro. Empecé a desarrollar escenografías y a participar en obras interactivas. Siempre me han fascinado esas obras en las que el público pueda intervenir, donde se pueda tocar al artista o subirse al escenario, que pueda sentirlo y palparlo. Por eso fue que desarrollé esculturas con las que se pueden dialogar. O sea, cuando elaboro piezas en espacios públicos quiero que el transeúnte participe, que los miembros de la comunidad puedan pintarla o intervenirla. Quiero que las vean de una forma diferente, más social; que se eleve y realce la escultura como un bien común.


En una exposición que hice en Teathron me dijeron: "es como si tus personajes estuvieran en un monólogo", y yo agregaría: quizás porque tienen una historia que quieren contar.



2 · ¿En qué momento supiste, o decidiste, que tu forma de diseñar o de hacer arte podría tener algún impacto dentro de la ciudad y la sociedad?


Hace seis años, durante la época del teatro, se me dio la posibilidad de realizar unas esculturas con material reciclado. La idea era llevar a cabo una exposición en el Park Way, acá en Bogotá. Tuve que hablar con la comunidad para que me abrieran las puertas, incluso insistí y participé en convocatorias para trabajar con el apoyo de las alcaldías. De hecho, he podido trabajar con la alcaldía de Chapinero dos veces, Engativá, Usaquén, Kennedy. A partir de ese trabajo, decidí incluir a mujeres, niños, miembros de la comunidad LGTBIQ, a los adultos mayores, para poder hacerlo más plural. Entonces se me dio una nueva oportunidad con el Instituto distrital de participación, precisamente apoyando este proyecto de recuperar espacios públicos a través de las esculturas, de piezas hechas con material reciclado. Quería hacer piezas que perduraran en el tiempo, que formen parte de la memoria de la comunidad. La respuesta dentro de la comunidad ha sido asombrosa, por eso insisto.



3 · ¿Cómo haces para que estas piezas hechas de materiales tan delicados subsistan en espacios públicos donde se interactúa con lo meteorológico y lo humano?


Es parte del experimento. Por ejemplo, hay unas esculturas decorativas de menor tamaño que he expuesto en discotecas, cafés, espacios culturales, y esas las realizo con papel kraft. Esas mismas piezas poligonales las llevo a tamaño gigante con otros materiales. El problema es que no quise que fuera fibra de vidrio o metal, por eso opté por opciones menos convencionales. Me atrevo a decir que soy el único en Colombia y uno de los pocos en el mundo en trabajar con Tetra Pak, que es una fusión de pitillos (pajillas) y plástico. Por ser un material tan complicado de procesar, se han hecho láminas resistentes al exterior. Por ejemplo, con esas láminas se hacen tejas de casas. Por eso las esculturas perduran en los espacios públicos. Sin embargo, lo ideal no es que haya una pieza terminada que se entregue, sino que la comunidad también la intervenga. Que se apropien de ella como con las escaleras y los muros, que los pinten y decoren a su gusto; de esa forma se trabaja con la conciencia social, son los habitantes de la comunidad quienes cuidan la escultura. Lo más difícil es conseguir los permisos de las alcaldías para colocar las piezas, incluso para mí que trabajo en una entidad pública, pero son situaciones que se van resolviendo poco a poco. Esto se trata de ensayo y el error, solo que requiere tiempo y apoyo.


de esa forma se trabaja con la conciencia social, son los habitantes de la comunidad quienes cuidan la escultura.


4 · ¿La intervención artística genera cambios en la forma que tienen de verse las comunidades dentro de la ciudad?


¡Claro! El arte acerca a toda la sociedad: niño, adulto, jóvenes, incluso este trabajo en equipo deja en evidencia los conflictos entre vecinos. Cuando menos te das cuenta, están haciendo un ajiaco comunal para que comamos todos juntos mientras los niños pintan. Es como si el autoestima de las comunidades se elevara. Lo notas cuando vueles a los lugares y las piezas se mantienen intactas. Son un espacio único en la ciudad, por eso la cuidan. Cosa que no ocurre cuando una entidad va y pinta su espacio, sin incluirlos. Eso no es arte, es política.



5 · ¿Por qué tu obsesión de construir formas animales?


Con los animales es que tengo un tema de fascinación hacia lo extraño, lo raro, lo surrealista, como con la ilustración. Además, la vida animal se me hace tan desconocida, pero a los vecinos les encantan. Es un asunto de reconocimiento, si eligen al oso de anteojos no es solo porque está en peligro de extinción, sino porque es un animal que identifica a Colombia. Lo acogen porque lo reconocen.


6 · ¿Consideras que este oficio es vital para mantener la identidad y la memoria de una comunidad o un país?


Cambia su identidad. Cuando me acerqué a territorios como Bolívar o Mártires, localidades que daban miedo por sus referencias a la inseguridad y la delincuencia, fue una experiencia de humildad. Nunca deja de ser interesante el diálogo con sus habitantes. Obvio sigue existiendo un código implícito, hay que tener cuidado, pero los artistas hemos podido tener acceso. Establecemos lazos con las comunidades, logrando que espacios oscuros, sucios, vinculados a la drogadicción; cambien su aspecto. Cambiar la oscuridad, que ellos logren contar su historia a partir del color y el arte. Ellos permiten que se vea diferente.


También es que se ha ido desarrollando un tipo de recorrido cultural y artístico en la ciudad. En este caso, la inauguración del transmicable (sistema de transporte estilo teleférico que permite una rápida movilización por la ciudad de Bogotá), ha favorecido el interés de las personas en lo que ocurre en Bolívar. Incluso personas de otros países van y la visitan. Se va menguando la sensación de peligro. Lo mismo ocurre en La Candelaria con la ruta de los grafitis, más allá de su importancia patrimonial. No es nada fácil entrar a una comunidad y tender esos puentes, pero es cuestión de darles voz, que sepan que puedan elegir. Ellos dan las ideas y, al ver como los ayudamos para que se ejecuten, permite que recibamos su apoyo.


Es verlos llegar a una toma de conciencia para cambiar el imaginario que tienen de su espacio, alejarlo de la delincuencia o la pobreza. Quizás hasta de generar su propia memoria.



7 · ¿Existen actualmente políticas públicas que favorezcan al desarrollo de este tipo de manifestaciones artísticas?


Si. Está el Instituto distrital de las artes (Idartes); la Secretaría de cultura, recreación y deporte; la Fundación Gilberto Alzate Avendaño (FUGA). Han desarrollado convocatorias en la que los artistas que participen puedan ganar una beca para llevar a cabo el proyecto. Las mismas alcaldías se han dado cuenta que la intervención del espacio público, a partir del diálogo entre el artista y la comunidad, es más viable. Se logran mejores cosas.


Con el Instututo distrital de participación y acción comunal (IDPAC) también se han iniciado líneas de trabajo con mesas de grafitis, movimientos feministas, afrodescendientes, la comunidad LGTBIQ y más recientemente con los venezolanos, cuya migración ha sido un movimiento bastante fuerte en los últimos años. Queremos darle voz a esos artistas para incluirlos dentro de la sociedad, sabemos que esta participación permite estrechar lazos. Sin embargo, el dinero no alcanza, somos muchas personas vinculadas al arte queriendo colaborar; falta mucho dinero para el tema cultural y artístico. El arte gana fuerza pero igual es necesario que los gobernantes se den cuenta de la solución que esto genera. No solo como lo cambia, sino que fortalece la relación. Por eso queremos intervenir comunidades a la que la gente no quiera ir, a esas zonas que temen; más que apartarlas, queremos incluirlas.


Abrir esos espacios hace que la gente quiera conocer sobre su identidad, no sé, hasta de su gastronomía y las razones de por qué resisten en esas espacios de la ciudad o cómo llegaron hasta allí. Y el gran problema es que con los cambios de gobierno, se tiende a perder este compromiso y las cosas que se logran suelen quedar a medio camino.


Por eso queremos intervenir comunidades a la que la gente no quiera ir, a esas zonas que temen; más que apartarlas, queremos incluirlas.


8 · ¿Alguna anécdota que reafirme tu compromiso con esta labor?


Imagina esta escena: un domingo, señoras sacando sus ollas grandes, haciendo sancocho, todos los vecinos colaborando. Niños y jóvenes pintando, ayudándonos. La alegría de saber que a pesar de no ser artistas participan en la construcción de un mural; la satisfacción del niño diciendo yo hice esto, pinté aquello... no solo es bonito, es interesante, porque no importa lo cansado que estés, esa energía te transforma.



9 · ¿Temes que, ante el constante bombardeo de las imágenes sin filtros a causa de la publicidad y la tecnología, se pierda el impacto o el interés hacia este tipo de manifestaciones artísticas?, ¿existen formas de reivindicarlo?


Es que mi mirada de la tecnología es utilitaria.


Pongo de ejemplo Instagram, una red social de imágenes tras imágenes, pero no solo a nivel Bogotá, sino del mundo. Con ella logramos mostrar lo que ocurre en estas localidades a veces inalcanzables, pero además podemos acceder a información y arte de otros países.


Es más, muchas veces cuando la gente pasa por las calles intervenidas o ve las esculturas, quiere tomarse una foto allí. Esto genera una especie de memoria colectiva, una conexión que motiva a otras personas para asistir a verla. Con esa publicación puedes acercarte a esos espacios, reconocerlos, invitar a visitarlos. Es una publicidad de la ciudad, de cómo ha cambiado la imagen en el exterior, que seamos más que inseguridad o conflicto.


De hecho, creo que soy afortunado, nunca pensé en trabajar con el distrito con el apoyo de IDPAC, y fueron ellos los que me contactaron a través de Facebook, que habían visto una foto de mi trabajo en redes sociales y querían conocerme más.


No todo puede ser malo, como artista me visibiliza. A las comunidades también. Ya nos gustaría llegar a más ciudades, otros países, hacer de esto una red más amplia.



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