Beneficio de clerecía


“Es en el dominio de la lengua escrita donde los niños tienen más oportunidad de ejercer sus responsabilidades, cuando administran una biblioteca, confieren un premio literario, como en el Salón del Libro de Montreuil, o cuando ellos mismos redactan para un periódico o una publicación. El futuro del siglo XXI está en manos de la generación que se está formando. Esperemos que esta interiorice los valores fundamentales como son los derechos del hombre para poder edificar sociedades más justas y respetuosas para todos los seres humanos.” (2004: 146) Marie-José Chombart de Lauwe*

De niño jugaba a ser el Coyote. Tenía una lata de leche en polvo vacía llena de artículos absurdos que servían de trampas para un Correcaminos que sólo veía yo. En casa era asunto de preocupación, no sólo por suponer trampas con ligas, un cepillo o soldaditos de plástico, sino también por ver animales corriendo a través del apartamento. Además, mi madre desconocía la razón de porqué me gustaba parecerme a un animal que hacía triquiñuelas, vivía en el desierto y en definitiva era un gran fracasado. De niño, casi toda fantasía me era aceptada, pues a la larga no estaba mal intentar trampas marca ACME, mientras tuviera claro que la realidad distaba de esos artilugios animados. Me fijaron límites, pero nadie me dijo lo que estaba mal, me dejaron ser. No fueron sino las acciones de mis padres, de algunos profesores y de mi hermano mayor, lo que me dieron aquello que llamamos integridad.


Mi profesora de primer grado –y casualmente la profesora de mis tres hermanos-, se llamaba Miriam y era uno de los seres más duros que conocí. A veces halaba las patillas o daba reglazos en la palma de la mano, acciones que hoy son vistas con horror, pero que para mi época eran fórmulas del Coyote para apaciguar el paso fugaz de un Correcaminos desbocado. No creo que nadie que pasara por las manos de Miriam -siempre con las uñas pintadas de rojo chillón-, pudiera decir que fue víctima de maltrato, sino más bien de un cuidado intenso. Ella nos hizo más tierna la mirada al libro de caligrafía Mi jardín, nos enseñaba a escribir, leer, sumar, jugar y sobre todo a vivir la infancia. Nos contaba historias, y nos protegía a su manera. Miriam se robaba por unas horas el rol de madre, y todos siempre estuvimos agradecidos de sentirnos adoptados y queridos. Con esto no digo que el golpe sea el medio educativo más efectivo, tampoco creo que lo fuera en mi época -y de ser padre evidentemente no lo aceptaría-, pero me sirve para adentrarme a revisar cómo cambió la mirada hacia la infancia.


Cuando se acuñó la infancia como concepto cultural en la historia, durante la imprenta, se separó a los niños en grupos sociales y se escolarizaron, para bien o para mal, con las lecturas que estaban al servicio de los valores específicos que le servirían únicamente a la familia o la religión que profesaban. Es decir, que el nacer de la niñez no fue tan inocente. En Inglaterra, por ejemplo, se buscaba moldear a estos pequeños jóvenes según su estrato, para que fueran seres sociales políticamente convenientes. Los niños eran vistos por los adultos con la idea romántica de seres puros, etéreos, ligados a la bucólica naturaleza que luego hay que (re-) formar. La infancia, más que la edad de oro, era una gran utopía. Eran como los hermanos Darling, una pequeña semilla de la adultez, sólo que en ellos estaba el intrínseco deseo de formar parte del clan Peter Pan, pretendiendo otras formas de vida que nos superan a los adultos. Fue así, que al escolarizarlos a conveniencia de un resultado final, los niños pasaron a tener obligaciones y responsabilidades, a representar un rol social establecido, pero no tenían ni siquiera derecho o razón de cuestionarse. Se trata de algo que se ve más claramente si pensamos, por ejemplo, en la dificultad, complejidad y variedad que tienen las representaciones de la niñez en el arte para mostrar la esencia de la misma. Mucho más en sociedades que siempre estuvieron llenas de grotescas realidades través de su historia.


A razón de esto, otra profesora importante, Gina Saraceni, nos reveló durante el máster una interesante representación de lo infantil en zona de conflicto con la película Las tortugas también vuelan. Bahman Ghobadi, su director y escritor, nos retrata la crudeza de la infancia de un pueblo kurdo que negocia con minas antipersonales actuando como adultos. Los niños tratan de ser pequeños reflejos de su gente para poder sobrevivir, pero con la necesidad aún inocente de superar estas acciones y ser niños. Como ésta, puedo citar varias películas y libros que retratan con honestidad cotidiana la mirada del niño, pero en medio de todo este periplo quiero centrar mi lupa en Venezuela como un emblema de lo que se llama la infancia corrompida. Y no sólo hablo del cerro, en plan Malula concejal, hablo de distintos estratos que están ligados a la violencia como método de subsistencia. Es la prolongación de una guerra fría, donde la viveza se nos hizo impune.


En las últimas semanas todos están horrorizados por la foto publicada ante el presunto –y es que toda circunstancia en el país está vista bajo sospecha- acto teatral antibélico realizado por el colectivo La Piedrita en el 23 de enero, una de las zonas populares de Caracas. Medios oficiales y adversos al gobierno, a su manera, han satanizado el acto, algunos acusándolos de injuria y otros creando bulla alrededor de la foto. Se insinúo que el acto de las armas no era un problema, sino que el conflicto radicaba en que los medios mostraran dicha foto ante la opinión pública vulnerando la imagen del niño. La defensora del pueblo, por su lado, salió pidiendo que no se politizara la imagen de estos niños, por el otro, algún precandidato de la oposición anunciaba que elevaría la denuncia ante la Unicef. Nuevamente todo se convertía en un discurso político, en apariencia, ecuánime.

Tengo muy malas noticias, desde que empezó esta extraña campaña por quién tiene el coroto –hace muchos años- se ha usado la imagen del “niño” como parte de un ardid publicitario. Candidatos que cargan bebés, niños que recitan coplas, pequeños indígenas que danzan en un acto cultural para el presidente de turno. Y particularmente en este gobierno, a sus maneras, se tiene la imagen del niño a conveniencia. Son como la prolongación de aquella cuña de navidad de RCTV donde Tomás Henríquez hablaba con el cándido niño Juan Carlos Lares. Don Tomás fue una imagen paternalista para el televidente, el Dios negro, un mesías que metaforizó en aquella cuña el papagayo roto del niño con el país en crisis. A la ausencia del Pobre Negro mediático, tenemos al mandatario de turno como un nuevo mesías que sólo habla de papagayos por arreglar y usa el mismo discurso de anteriores años, patentado con nuevo envase un tanto más agresivo. Por lo tanto, empuñado en la sinceridad, me parece tan grave, en ese sentido, que un niño lance coplas partidistas en un encuentro político, como la polémica foto de los fusiles. Y eso por no citar la impunidad indolente en el caso de Dayan González, que hizo alzarse al pueblo de Guanare, el caso de los hermanos Faddoul que conmovió a Caracas, los videos sexuales de los liceístas, los bebés muertos en la Maternidad Concepción Palacios, o en suma todas las noticias que pasan bajo cuerda en el cuerpo de sucesos durante los últimos años: niños de la calle, suicidios infantiles y juveniles, embarazo adolescente, inserción a la delincuencia, drogas, maltrato, violencia escolar, niños a los que obligan prácticamente a la fuerza a ser de una manera u otra, o aquellos que mueren porque la delincuencia así lo dictamina. Todo pasa, sin lecciones ni justicias claras. No hay límites, sólo pasa. Lo importante es que no haga ruido. Es entonces en este intento de reconstruir la historia dejando espacios en blanco donde veo el problema. No existen verdades absolutas pero tampoco lecciones por aprender.


Analicemos la foto: los fusiles pueden que no sean reales, porque un niño a esa edad no podría cargar de manera tan firme un arma tan pesada. O quizás sí, habrá que averiguar con los campamentos de la FARC, o en los desiertos de Irán. Pensemos entonces que realmente es una obra de teatro, buscando dar en el desarme la posibilidad de paz. Supongamos, si de ser ingenuos se trata, que este grupo de ex guerrilleros, a pesar de tener una estatua de Marulanda por la zona, pretendían darle a estos niños un discurso pacifista. Se pueden otorgar todas las dudas posibles sobre lo que ocurrió ese día, y es que la realidad de ese colectivo quizás sea compleja –aunque a mí sus formas me resulten personalmente reprobables-. De dónde nacen, cuáles son sus motivaciones, y en qué punto la incitación de la revancha los puso sobre la palestra pública. El problema va más allá de la foto, de la persecución a Valentín Santana, o de lo que diga o deje de decir el presidente. De nada sirven las palabras que condenen o acusen para que luego se tomen acciones de comiquita marca ACME, el problema está en que el entorno sigue enviciado de un discurso que no sólo incita a la violencia, sino a patrones morales que distan del respeto.


Centrémonos ahora en el telón de fondo de la foto: la pared. No deberían preocuparse por lo que la opinión pública sienta o piense con respecto a la foto, sino en lo que los niños de la zona sienten o suponen al ver el mural que forma parte de su cotidianidad, lejos de ninguna representación teatral. Es esta imagen que fusiona referentes y acercan al niño a una mirada caótica de la vida. Está por un lado la imagen del niño Jesús en brazos de la virgen, con un fusil que les flota cerca de la mano. Justo al lado, Cristo de adulto, con rostro de venganza marca Chuck Norris, empuñando el arma junto al mensaje: “La piedrita. Venceremos”. Los niños de la comunidad están creciendo en una forzada zona de conflicto, como si tuvieran que estar alertas de archienemigos imaginarios. La delincuencia, por ejemplo, pasó a formar parte de estatus quo de su sociedad, y ahora el adversario son los otros, aquel que no vemos: lo desconocido. O sea, el texto del muro nos dice algo, ¿pero dónde dejan los subtextos? Este país se transformó en un gran libro álbum, las palabras siempre quedan en suspenso mientras las imágenes nos cuentan otras historias. Es acá donde caemos en la gran diatriba de amor contra un país sentado. Somos como una gran obra de teatro, un artificio de lo que queremos ser y lo que otros anhelan que seamos. Nos quedamos con la superficie, pero nadie le dice a esos niños que tienen el derecho a pensar. Estoy seguro que nadie le preguntó a esos niños si querían tomar un fusil y hacer esa obra, o más bien representar La pulga y el piojo. O escribir su propia obra, sin profesores que los cuestionen. Sólo los querían allí, bonitos y callados, para tomarle la foto y darles la lección del día. No piensen, no hablen, pónganse la pañoleta en la boca y dejen la mente en blanco.


Pero no les alcanzó el silencio, y como todo en este país es a base de improvisación, vino después del escándalo aquel nefasto video justificándose por la foto. Estaban las maestras con los niños cantando acompañados de imágenes de Bolívar y alguna foto del presidente. Tres de ellos tenían el mismo libro en la mano: la constitución, dos en sus versiones comentada e ilustrada. Sin embargo, los medios seguían deteniéndose en el escándalo, en aquel sospechoso hombre sacado de las telenovelas de Martin Hahn que aparece por detrás a llevarse algo, que yo aún no logro distinguir como un fusil. Así que bien, se hacen primeros planos, acercamientos, se pone lenta la imagen, y yo sólo puedo enfocarme en la franela de Bob Esponja con rostro enojado en el cuerpo de uno de los niños que canta animado. Veo por primera vez que esos niños no pertenecen a esa obra que están representando para el video. Y lo peor llega al final, cuando la profesora se excusa hablando de la violencia que viven los niños de Libia o Irán, los de los barrios de Caracas, y nunca explica a qué vino todo ese acto de los fusiles, cerrando ridículamente con aquel “vivimos y venceremos” tan de borregos con el que aplauden. Los niños, al igual que nosotros, quedamos sin entender nada.


Y sí, obviamente está mal lo de los fusiles. Y sí, es terrible que se use al niño como un fin político. Como también es abominable que a un profesor se le pague una miseria, o que al niño en la actualidad no se le invite a creer, se le lea un cuento y le den la oportunidad de imaginarse otros mundos posibles. Hablar de un concepto de país es ambicioso, porque la culpa de sus males nos implica a todos. No sabría decir si hay un origen del mal, esto no es el anticristo, pero sí existen silencios en la evolución de nuestra historia como nación, grandes y tormentosos silencios. Podemos ir a la Unicef con nuevas pancartas políticas, podemos considerar que nuestra forma de educar a los hijos es realmente la buena, podemos hacernos a la vista gorda, pero nos olvidamos de que el niño es mucho más que un ser inalterable. Una de las causas del distanciamiento con la niñez, está en la ausencia de cultura, que le den la posibilidad a estos niños de pensar que el mundo puede ser otro. De la noche a la mañana nos quedamos sin las ganas de imaginar, la realidad se nos hizo poderosamente tormentosa. Es mejor desconfiar, dejar de creer. Y eso también le ocurre a muchos profesores, aquellos pocos que aún se arriesgan a la paciencia de tener que amanecer, cobrar un sueldo ridículo, subir escalinatas, sortear robos, enfrentarse al programa escolar y llegar a lidiar con un niño que tiene la familia quebrada y un mundo tan abrumador que les rige el comportamiento. Y en esta lista pongo a los niños clase baja, media y alta, sin ningún tipo de distinción, porque la balanza tiende a irse a los extremos, sin darse cuenta que todos entran en el mismo saco. Estamos en la época del desanimo y de la apariencia. Ni todo está bien ni todo está mal. Por eso me arrojo a pensar que el niño está desprotegido, que cual película de ciencia ficción no le queda más remedio que acostumbrarse a lo que ven y a lo que tienen. Evadir la realidad es un acto suicida, y aquí estamos, de un lado y del otro, sin poner los pies en la tierra e inventándonos excusas en esta cultura del aparentar. Así que bien, de nada nos sirve llegar al siglo XXI, recrudecer la LOPNA, hablar de los derechos y deberes del niño, si al fin y al cabo son pequeñas voces mudas.


En Inglaterra, entre 1612 y 1614, varios hombres condenados a muerte pidieron el beneficio de clerecía, que consistía en perdonarles la vida al leer una frase de la Biblia al azar. Esto no sólo demostró cuánto había evolucionado la alfabetización para la época, sino que les daba la redención a través de la palabra –así como ocurría al contrario con el personaje femenino de El lector, a la que se le condena por la vergüenza que le daba reconocerse analfabeta en la época nazi-. Es que hay dos tipos de analfabetas, el que no sabe leer y el que sólo lee a través de un mismo raso. Y es que cualquier gobierno se puede vanagloriar del alto nivel alfabetización en los últimos años, pero no a cambio de unas doctrinas que siguen siendo gríngolas a la cultura. La educación nunca debe quedar como una deuda.


Cada vez es más difícil que los niños lean. Sienten una gran desmotivación que se irradia en el sistema educativo, en las familias, en el país. El estado de zozobra del que tanto alertaban en los barrios, es el mismo que se vive en cualquier zona del país. Caracas se transformó en ciudad Gótica, sin superhéroes. Me gustaría que todos pudiéramos redimirnos de esa cárcel leyendo una frase, que esos niños no tengan que someterse al fusil, ni al graffiti agresivo, ni mucho menos al bochornoso momento de cantar una cancioncita con una constitución en la mano. Dejarles el derecho a soltar esas constituciones por un momento, alejarlos de los gingles políticos sobre la revolución, y darles el beneficio de clerecía con Donde viven los monstruos o El cocuyo y la mora. Que ellos se paren y lean una frase que los salve de la estulticia humana, y les permita la oportunidad de liberarse de este círculo vicioso educativo.


Sacudirnos esta mirada longeva del niño y hablarles de la muerte, la violencia, las inundaciones, la delincuencia, la pérdida, el trabajo, sin vetarles esta posibilidad de conversar sobre lo que pasa sin buenos ni malos. Hacerles libros sobre el tema, sin ideologías políticas, sin esa intención de hablarnos de los pequeños guerrilleros o de la triste historia del mandatario, superar estos grilletes ideológicos y hablarles del límite y el respeto. La niñez no es ciega ni totalmente inocente, son personas con las mismas inquietudes que los adultos, sólo que sus relaciones de pensamiento van estrechamente ligadas a los referentes que adquieren en su crecimiento. Por eso deben leer, ver, debatir, compartir. No podemos derrotarnos y echarle solo la culpa a los grandes discursos centralizados, debemos forjar los pequeños actos que gestionen la cadena. Vamos a nutrirlos. El niño no es un títere, pero sí una esponja. Así como el Bob de la franela, con su cara de rabia, con ganas de hacer cualquier otra cosa menos cantar la cancioncita de maternal, quizás con ganas de buscar el fusil de plástico y jugar a los policías y ladrones –como hicimos todos alguna vez-, o jugar beisbol, o solamente estar fuera de ese video obligado. Y que ellos descubran hasta dónde llegan sus acciones. Lo importante es que conozcan el otro lado y sepan respetarlo.

Hace un par de años, a raíz de un concurso de cuentos sobre ciudadanía, trabajé con niños de sexto grado en un liceo. Ellos comentaban aburridos que se negaban a participar por tres razones:


1. El jurado era un grupo de gente mayor que no tenía ni idea de cómo era su realidad.


2. Ellos sabían que para ganar tenían que escribir sobre ayudar a una viejita a cruzar la calle.


3. Ese concurso siempre fue una excusa donde ellos no importaban, lo que interesaba era que el liceo quedara bien.


Me pusieron en un evidente aprieto, ellos tenían razón. Así que no me quedó más que ponerme mi traje de Coyote, sacar la vieja lata de leche en polvo vacía, y seducirlos a la palabra con artimañas que le enseñaban a ver en el concepto de ciudadanía otras definiciones. Al menos, por un momento, estos niños a los que les tuve no sólo cariño sino respeto, dejaron de ser un Correcaminos perdiéndose por las aulas del liceo, y más que un Bip Bip, dieron sus mejores ocurrencias. Ciertamente no sirvió de nada para el concurso, pero al menos nos invitó a pensar juntos otras alternativas. Aún en la calle me reconocen y me saludan con el respeto que les di a ellos, porque al fin y al cabo todo termina en lo mismo: tratarlos con respeto. Así como recuerdo que hacíamos con Miriam. Es por estos sanos ejemplos que, como dice Sergio Monsalve en su artículo sobre la polémica foto, “prefiero quedarme con los niños de Dudamel y Beto Arvelo”.


Sé que en Venezuela aún siguen existiendo profesores inolvidables, esos que nos enseñan a pensar en la vida, aquellos por los que uno sabe valorar que uno y uno son dos, dos para educar, dos para pensar, dos para respetar. No sólo el profesor, la familia educa mucho más y debe enfrentarse a la posibilidad de que sus hijos pregunten. No sólo se trata de responder, pero sí de entender, de ser íntegros con lo que somos y respetar los límites de ellos y de uno mismo. Crecer –a todas las edades- significa cuestionarse y no conformarse. Por eso hay días donde aún cometo pequeñas faltas, humanas como todas, y no pienso en mis patillas o en los chicotes, sino en el gesto cariñoso que sobre mi espalda hacía la profe Miriam con sus grandes uñas rojas, diciéndome que podía mejorar. Me quedo con su sonrisa afable, tan parecida a la de mi madre al llegar a casa. Y si por un momento, todo esa tierra inquieta e injusta nos lleva al límite de exigir un beneficio de clerecía para sobrevivir, que no me pongan la Biblia, que me abran La historia Interminable para pronunciar sólo un nombre que reinvente nuestra historia, y le de la oportunidad y el derecho al niño de imaginar en esta realidad cada vez más difícil. Como buen idealista, estoy convencido que los niños en Venezuela pueden hacer una mejor historia, al fin y al cabo es su derecho, pero primero nosotros debemos respetar nuestra historia para aprender a contarla.


*CHOMBART DE LAUWE, Marie-José (2004), “El niño ciudadano”. En María Beatriz Medina (coord.). Parapara clave. Giros y reveses: representaciones de la infancia a través de la historia. Caracas: Banco del libro, p. 137-146.