Entrevista a Mireya Tabuas

 

 

Mireya Tabuas: la gata que se moja 

 

Muchas veces he agradecido el merengue a todo volumen. Sobretodo cuando estoy aburrida de una conversación. Sin embargo, éste no era el caso. Yo quería escuchar a Mireya con todas mis orejas —sé que solo tengo dos, pero uno nunca sabe— y entenderla con todas mis neuronas. Misión entorpecida. Teníamos que gritar para atravesar la música, debatir con un mesonero antipático y repetir las palabras.

 

Mireya no tiene pose. Los niños la adoran y le dejan cartas en los kioscos, los autores la admiran y los estudiantes de su taller Cómo escribir para niños y adolescentes la ven —incluyéndome— como una gurú. Ella dice que lo hace por intuición. Habla desde su experiencia y no desde la referencia, dice lo que siente de manera espontánea y no le importa afirmar que cuando llueve, se moja. Mireya no tiene por qué posar. No lo hizo en el bar de Altamira donde nos encontramos, para qué… ella sabe, sabe mucho.

 

¿Qué sentiste cuando escribiste tu primer cuento para niños? 

 

Yo nunca he tenido consciencia de que escribo cuentos para niños. Escribí mi primer cuento probablemente siendo muy chama y sentía que era como una extensión de mí misma, de una necesidad que yo tenía. Era algo muy poco trascendente: simplemente era una necesidad de contar algo.

 

Esa experiencia que contaste por primera vez, ¿estaba relacionada con la infancia? 

 

No. Mi primer texto literario lo escribí porque yo leía los libros de Los cinco. Eran unos libros de la autora inglesa Enid Blyton que trataban sobre las aventuras de cuatro chamos y un perro. Uno de ellos era en realidad una chama que se vestía de chamo. Yo quería ser como ella y entonces me vestía de chamo. Escribí una historia algo parecida, que probablemente era una copia de eso que a mí me impresionó tanto.

 

¿Siempre supiste que ibas a escribir literatura infantil? 

 

No. Siempre supe que iba a escribir literatura.

 

¿A ti te gusta la palabra infantil? 

 

Considero que el infantil es un añadido que más bien se puede considerar a nivel editorial. Pero creo que si un escritor prioriza lo infantil sobre lo literario, no hace literatura.

 

¿Por qué? 

 

Porque tiene una consciencia de lector por encima de la palabra. Es como si estuvieras haciendo algo a la medida de alguien, pero uno no escribe a la medida de alguien: escribe también a la medida de uno mismo, porque de alguna manera ese alguien es un ser imaginario que también está en poesía. Ese lector es el ideal, pero considero que tu propia necesidad tiene que estar por encima de eso. En ese infantil están todos los prejuicios y todos los valores que podemos relacionar con la infancia, producto de la sociedad. Y eso te puede prejuiciar demasiado como escritor.

 

Cuando llueve, ¿dónde te refugias? 

 

Muchas veces me mojo.

 

¿Así estés de blanco? 

 

Así esté de blanco. Se me han visto las pantaletas.

 

¿Cuántas cucharaditas de azúcar le pones al café? 

 

Ahora no le puedo poner azúcar: tengo que ponerle edulcorante.

 

¿Tienes una buena relación con los gatos? 

 

Aunque los gatos han estado en mi obra, nunca he tenido gatos. Me gustan los gatos, sí. Me gustan, pero no los conozco. Para mí son unos personajes extraordinarios por independientes, por su concepto de libertad y por la seguridad que tienen en sí mismos. Pero nunca he convivido con ellos. He escrito sobre ellos y quienes han leído mis libros sienten que yo conozco muy bien a los gatos. A lo mejor es que yo soy medio gata.

 

¿Te sientes independiente? 

 

Yo creo que sí. Creo que mi mamá me crió para ser una niña muy independiente.

 

¿Cómo te llevas o te llevabas con tu suegra? 

 

Nunca tuve suegra, porque la mamá de mi esposo se murió. Ahorita tengo la mamá de mi novio, pero la he visto dos veces y me adora desde el primer día que me vio.

 

¿Y una suegra imaginaria? 

 

No sé. Creo que muchas veces me he llevado mejor con los hombres que con las mujeres. Aunque con los años eso ha ido cambiando. De niña, yo sentía que tenía mejores amigos varones que niñas y con el tiempo he conservado buenas amigas también. Entonces, no soy tan marcada con eso de los géneros…

 

¿Cuántas veces al mes lloras? 

 

Depende del mes. Hay meses que lloro todos los días y he pasado meses sin llorar.

 

¿Por qué has pasado un mes llorando? 

 

Por eventos más que por esa tristeza sin razón. Yo no suelo estar triste sin razón, aunque no soy de las personas del tipo alegre. No soy de esas personas que llegan y son el alma de la fiesta. Más bien soy de quienes se repliegan. Soy callada y muchas veces puedo ver el lado más triste de una fiesta. Me pasaba mucho en la adolescencia: todo el mundo estaba bailando y yo terminaba en un balcón como mirando al vacío, mirando lo absurdo de todo y me sentía como que yo no pertenecía. Me sentía rara. Esa sensación de rara me hacía algo inadaptada… aunque me tratara de adaptar. Yo soy muy adolescente: yo nunca pasé de los quince años a nivel emocional.

 

¿Lloras cuando te golpeas el meñique con la pata de la cama? 

 

Más bien me arrecho. Peleo. Maldigo.

 

¿Qué groserías dices más? 

 

Yo creo que coño. Digo muchas cosas feas, a veces mi hija me dice “¡Mamá, no digas esas palabras!”, pero las digo. Tampoco me arrecho con frecuencia.

 

¿Qué haces cuando estás molesta? 

 

Si estoy molesta, duro un rato con la rabia… pero se me quita. Puedo pasar de la rabia intensa, pero con esa rabia intensa prefiero retirarme y caminar, caminar, caminar para pasar la rabia. He hecho eso a veces: camino y camino y camino y no paro de caminar, de drenar, hasta que algo en mí se sale. Sin embargo, puedo estar muy brava con alguien y al día siguiente ya no puedo estarlo. Me acuerdo de una vez en la que estaba brava y me fui al Parque del Este, me monté en los barquitos y empecé a remar para botar la rabia, por ejemplo.

 

De tus personajes, ¿cuál es el favorito? 

 

Es difícil eso. Y es un lugar común lo que voy a decir, pero probablemente cada personaje significa algo para mí. Cada personaje tiene algo de mí o tiene algo de un momento mío. Hay personajes que me conmueven mucho y otros con los que me siento muy identificada. Desde la niña Inés Izarra, de la novela No abrir hasta el año 3000, que puede ser una suerte de alter ego en algunas cosas (pero no es que sea yo mi biografía; muchas veces los niñitos me preguntan eso; y sí: tiene cosas mías, pero no soy yo), hasta el niñito que muere de ganas de poner una bomba porque no aguanta la situación en su casa. Esos niños son sensaciones y yo me identifico con ellos porque puedo querer eso que ellos anhelan. Y con lo que ellos sufren me identifico también. Malísimo, por ejemplo, es un cuento que yo quiero muchísimo porque para mí el tema del amigo imaginario siempre ha estado muy presente en mi vida. Yo soy hija única, entonces el hecho de un personaje imaginario que le hable a quien lo creó está cerca de mí porque está cerca de lo que son mis monstruos. El amigo imaginario es algo que me acompañó mucho en mi infancia y me llevó a entender que esas fronteras de la fantasía y la realidad muchas veces no son tales: están ahí, juntos.

 

¿Cuando estabas chiquita querías hacer pipí parada? 

 

Quería hacer pipí parada para hacer pipí en la calle, pero eso era cuando yo tenía como cuatro años y mi kínder estaba muy cerca de mi casa. Cuando yo salía, me provocaba hacer pipí en la calle.

 

¿Qué opinas de quienes escriben literatura infantil porque piensan que es fácil? 

 

Un lugar común es que es fácil o que da real o ambas cosas. Otro lugar común es que es dificilísimo, una cosa que nadie puede. Yo creo que en ambos casos se está menospreciando a la literatura infantil. Se escriben muchos libros para niños, pero no todos los libros para niños son literatura. Entonces, escribir un libro para niños como escribirlo sobre cualquier cosa, de cocina o de lo que sea, puede ser fácil si lo haces a la machimberra, como decía mi mamá. Si lo haces de cualquier manera, todo es muy fácil. Pero escribir literatura, eso sí que no sé si es difícil o fácil. Hay gente que tiene la disposición en su vida y lo hace, pero no por eso son mejores ni peores.

 

¿Hay autores de literatura adulta que pueden creer eso y ser publicados? 

 

Muchos de los autores de literatura adulta asumen la literatura infantil desde el cliché de lo que piensan que es la literatura infantil. Son cosas muy distintas. Hubo un autor que a mí me dijo, en un foro, que la literatura infantil no era literatura, pero lo decía porque muchos tienen un cliché que les viene de los libros que ellos le han comprado a sus hijos o que han leído. Piensan que el cuento que echan a sus hijos en la noche puede ser un libro publicable, pero eso creo que los mismos lectores saben identificarlo.

 

¿Te caen bien las niñas perfectas, a las que todo les sale bien? 

 

No. Me dan miedo. La gente perfecta me da miedo. Toda. Parecen unos muñequitos plásticos, como la Barbie y el Ken que dan miedo. No, no. A mí me gusta la gente imperfecta, con rollos, esos a los que no les va bien en la vida, los perdedores. Creo que es la gente más bella y más de verdad. Fíjate: cuando cumplimos quince años de graduados en el colegio, un grupo empezó a contactarse por Internet. No había Facebook, sino una lista de correo en la que íbamos a estar todos. Un muchacho estaba haciendo la página web y nosotros teníamos que escribir unas biografías y a mí me dio miedo lo que la gente escribía porque era una cosa así como: yo soy tal, soy ingeniero, soy doctora, vivo en una casa en Alto Prado, viajamos todos los años para Europa… y todas eran unas vidas tan artificiales y perfectas que a mí me daba vergüenza contar mi vida. Yo vivo en Chacao. Vivía alquilada. No tengo el matrimonio perfecto. ¿Qué voy a contar yo aquí? Entonces yo dije “No, yo voy a contar mi vida” y la conté tal cual: que tuve parejas y se acabaron porque no funcionaron, que he sufrido, que he llorado, siempre desde la derrota. Al final todos hemos vivido eso. Bueno, después de que yo escribí eso la gente empezó a cambiar su biografía porque se dieron cuenta de que esas apariencias no valían de nada y de que la perfección, al final, es una falsedad.

 

¿Cómo sabes que un cuento para niños es un buen cuento? 

 

Te lo diré intuitivamente, porque no soy experta teórica: porque me llega al alma. Cuando un cuento me llega al alma yo sé que le va a llegar al chamo, porque yo soy una chama.

 

¿Cómo tratas a tus lectores niños? ¿Te intimidan? 

 

A mí me gusta hablar con ellos, porque te hacen preguntas inesperadas. Te pueden decir lo que no les gustó del libro, lo que hubieran cambiado. Me parece que son muy auténticos y eso me gusta. Toda la vida yo he tenido una facilidad muy curiosa para estar con chamos y con adolescentes. Siempre la tuve. Desde adolescente se me pegaban niños pequeños. Me cuentan sus cosas. ¡Yo debí haber sido maestra! Probablemente les despierto confianza porque me ven como una niña vieja. Incluso, algunos me han contado cosas que no le contarían a una mamá: se pueden abrir mucho en el tema del amor, por ejemplo. Con los adolescentes también me pasa mucho eso, por eso mis talleres terminaban siendo una suerte de terapia de grupo. Yo lo único que trato es verlos como personas grandes. No bajo el lenguaje: si me dicen que no entienden, me explico de otra manera pero no los minimizo. Ellos tienen un mundo muy amplio y a veces es uno quien puede pasar como un gallo. Por ejemplo: hablar de sexualidad de una manera inocente y de repente te preguntan otra cosa. En el colegio, a mis hijos les hablaban todo el tiempo del tema en una materia que se llamaba Sexualidad, pero los chamos preguntaban más. Eran unos chamos preparados en el área sexual. No preguntaban cómo nacen los bebés, sino cuál es el mejor condón. Eso te desbarata el discurso.

 

¿Y tú crees que, por ese acceso que los niños tienen a otro tipo de información, la literatura infantil vaya mermando? ¿El libro para niños puede desaparecer? 

 

No. El libro tiene algo que no tienen los demás productos: esa capacidad de ser algo muy íntimo. Esa capacidad de intimar, de ser un mejor amigo, no la tiene un programa de televisión. La televisión te puede divertir, entretener, pero es difícil que puedas sentir el programa de televisión. En cambio un libro te puede hablar de soledad sin hablarte, ¿no? Una historia graciosa que toque temas de una manera profunda es algo que no hace Internet. Lo mismo pasa con la literatura para adultos. La literatura no va a desaparecer. El arte no va a desaparecer.

 

¿Sabes bailar reggaeton? 

 

No sé bailar nada. Bailo pegado y de broma. Ése es mi trauma en la vida. Bailo como las alemanas, piso a la gente. Soy muy, muy mala. Creo que si bailaría no haría más nada, por eso es que no bailo.

 

¿Sabes cargar un bebé? 

 

Sí. He cargado dos bebés. Aunque tengo mucho tiempo que no cargo bebés. Los cargo y no se me caen. Yo quisiera tener otro bebé.

 

¿Qué te hace sentir orgullosa? 

 

Ahí tengo la maternidad súper inflamada y subida, sí. Los logros que puedan tener mis hijos me llenan de orgullo, más que cualquier logro mío. Haberlos enseñado a hacer su vida y a hacer de sus vidas algo que a ellos les guste. Los triunfos de la gente no tienen que ser solamente ganarse becas, premios o dinero, sino ser felices. Enseñarlos a ser felices es mi orgullo.

 

¿Escribirías para adultos? 

 

Escribo para adultos. Es más, escribo literatura erótica.

 

¿Cómo es esa relación literatura erótica/literatura infantil? 

 

Creo que se parecen mucho, porque hablan desde lo más innato, desde lo más natural, desde lo más verdadero. Yo creo que la literatura infantil es muy verdadera. Aunque sea fantasiosa, es muy verdadera. La literatura erótica también lo es. Además, son subgéneros: para los grandes estudiosos de la literatura, todo lo que tiene adjetivo policial, erótico, infantil, juvenil, es considerado literatura menor. Y como yo reivindico el hecho de que eso no es literatura menor siempre que haya un escritor detrás de ella, escribo en todos esos géneros: esos géneros que no son los grandes géneros.

 

¿Cómo ves el panorama de la literatura infantil? ¿Las cosas han cambiado desde que publicaste por primera vez con Monte Ávila? 

 

Creo que hay más gente publicando. Esa colección con Monte Ávila fue muy importante porque nos abrió el panorama a escritores venezolanos de literatura infantil. Es decir: no era hacer libritos ilustrados con cualquier texto, sino hacer libros de literatura que tuvieran ilustraciones. No era el libro álbum, no era ese género que había sido más trabajado en Venezuela por editoriales como Ekaré, que era casi la bandera y que abrió camino hacia ese género. La colección de Monte Ávila dio la posibilidad de hacer libros donde había lecturas, varios textos, varios poemas, y además ilustrados. A partir de eso, otras editoriales han abierto con altibajos. Hay momentos en los que el mercado se cae, hay momentos en los que se abre. En casi todas las editoriales los libros que más se venden son los de literatura infantil. Sin embargo, creo que faltan autores. No pasa como en otros países de Latinoamérica, donde el movimiento se siente más consolidado, los autores tienen más presencia y están más unidos. Organizan eventos para que la literatura infantil se conozca y se tome en cuenta. Durante estos quince años, las publicaciones se han multiplicado por mil. Una labor importante ha sido la de las pequeñas editoriales, de cierta forma más artesanales, como Camelia que apuestan más por un libro artístico que a lo que dice el mercado. Esa idea del mercado puede dañar mucho al libro para niños, porque está muy unida a la posibilidad de comercialización y también a la posibilidad de masificación y terminan empeñados en hacerlo más fácil y más rápido, porque es el libro que más se vende de todos.

 

Conversaciones minúsculas

 

¿Un libro de tu adolescencia? 

 

Los cinco de Enid Blyton.

 

¿Un animal en el que metamorfosearse? 

 

Una gaviota o un pelícano. Volar sobre el mar.

 

¿Un espacio geográfico? 

 

El mar de mi país. Las calles nocturnas de cualquier otro.

 

¿De qué te gustaría armar un rompecabezas? 

 

Un rompecabezas de un rompecabezas.

 

¿Periodismo? 

 

La otra pasion.

 

De no ser escritora… 

 

Si supiera bailar, bailarina. O científica. Antropóloga. Médico. Me gustan muchas cosas. Por eso las escribo.

 

¿Una película? 

 

Muchas, pero te digo dos: París, Texas y Perdidos en Tokio.

 

¿Un personaje histórico? 

 

Me gustan más los héroes anónimos. Pero puedo elegir Chaplin.

 

¿Un acto de rebeldía? 

 

Cuando a los 15 años armé una revolución en el transporte escolar por el exceso de niños y los pocos asientos.

 

¿Una historia por contar?

 

Demasiadas, más de las que he escrito.

 

***Imágenes usadas en esta entrevista: 1. Detalle de fotografía tomada por Manuel Sardá. 2. Detalle de portada del libro Cuentos prohibidos por la abuela ilustrado por Walther Sorg y editado por Alfaguara. 3. Detalle de portada del libro No abrir hasta el año 3000 ilustrado por Fernando Belisario y editado por Alfaguara. 

 

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