Cuando Pa negre (Pan negro) sumó su novena estatuilla en la gala de los premios Goya en el 2011 como mejor película, se reseñó en distintos medios el triunfo de un film catalán en su idioma original. No se puede negar el acierto del director, Agustí Villaronga, en arriesgarse con la adaptación, a ratos oscura, de la novela escrita por Emili Teixidor, con un guión que también fue premiado con el Goya (la adaptación del libreto cuenta con elementos del libro Retrato de un asesino de pájaros, del mismo autor). La decisión no solo fue reconocida, sino compartida con el autor del betseller, escritor catalán y muchas veces traductor al castellano de sus obras. La novela originalmente fue publicada por Seix Barral en el 2003 y en su momento también fue reconocida como pieza literaria con los premios M. Àngels Anglada, el Lletra d’Or, el Joan Crexells y el Premi Nacional de Cultura de Literatura. El libro venía precedido de un gran historial de novelas donde resaltan Retrato de un asesino de pájaros (1988), Sic transit Gloria Swanson (1979), premio Serra d’Or, El libro de las moscas (1998), ganador del premio Sant Jordi, y su último libro publicado, Los invitados (2010). En sus obras para adultos solía conciliar la ficción con su memoria de la oscura época de la posguerra civil española. Solía infiltrarse en el silencio de las heridas, para contar las historias de un pueblo que apenas lograba reorganizarse como sociedad. Buscó en las palabras un espejo para reflexionar sobre el hombre en épocas de crisis. Oriol Izquierdo, en su elogio a Emili Teixidor en la página web de literatura catalana Lletra, se expresa acerca de esta línea temática de la siguiente manera:

Puede parecer que digo que Emili Teixidor escribe siempre la misma novela, la misma historia. Quizás sí. Pero a mí eso no me importa, porque su voz narrativa me seduce y porque su universo me atrae, a veces como suele atraer el vacío a los que tenemos vértigo: es esa atracción por lo que tendríamos que rechazar, el efecto de succión del espejo que nos devuelve la imagen menos amable de nosotros mismos, el monstruo que todos escondemos dentro (Izquierdo 2004: para. 5).

Emili Teixidor fue más que una voz narrativa del siglo XX español: había estudiado Comunicación, Derecho, Letras y Filosofía, para luego iniciarse en la Pedagogía. Más allá del campo literario, a él le preocupaba la formación del lector. Catalogado por muchos expertos como conocedor de la psicología infantil, él se encargó de revisar la niñez como un concepto deshabitado dentro de este espacio de la historia española. Junto a la tradición de autores como Juan Farias o Ana María Matute, Teixidor contaba desde la mirada, aparentemente inocente, del niño. Buscaba historias apartadas de la defensa de un ideal político, y se internaba en la gestación de las semillas a la sombra de una guerra. Su vocación de maestro lo llevó a colaborar en radio, televisión, teatro, periódicos, revistas, cine. Desde luego, fue reconocido como una importante figura dentro de la literatura infantil y juvenil en España. Conocido, entre otras, por las aventuras de Miga, una tierna hormiga que decide romper con su ciclo natural e ir a recorrer el mundo. La amiga más amiga de la hormiga Miga, libro inicial de la serie, lo hizo merecer el Premio Nacional de Literatura Infantil y Juvenil en 1997. Antes había publicado El pájaro de fuego (1972), considerada como una de las mejores novelas del género, e incluida en la lista de las cien mejores obras en español del siglo XX por la Fundación Germán Sánchez Ruipérez. En esta larga lista también se pueden nombrar las premiadas novelas juveniles Las ratas enfermas (1967) o Corazón de roble (1996), dejando por fuera mucha de su amplia producción. Mucho antes del éxito de la película en el 2011, Teixidor ya estaba consagrado en el inconsciente de los lectores españoles. El uso de la palabra modesta y directa dentro de su voz narrativa recrea un mundo referencial en detalles de la cotidianidad rural, un espacio donde recoger la memoria. El éxito de Pan negro, en cualquiera de sus dos formatos, radica en los códigos propios de una niñez sincera, o como expresó el mismo autor en una entrevista para El País: “Pese a todo, [los niños] lograban ser felices, en parte porque vivíamos en un mundo real y en otro oculto: la guerra no existía, era un misterio del que nunca nos hablaban” (Teixidor 2004: para. 4).

Andreu es el protagonista de Pan negro, eje en la película gracias a la dura e impecable interpretación del joven actor Francesc Colomer. Andreu es un niño que, sin proponérselo, cuenta su experiencia de la postguerra, restándole toda la fuerza dramática de los acontecimientos crueles de la Historia, pero no desde la edición, sino desde la práctica de una memoria infantil que vive a través de los juegos, relatos y descubrimientos, compartiendo una irreal época dorada. El personaje de Andreu forma parte entonces de dos ficciones yuxtapuestas: la suya creada naturalmente a partir de la memoria de la infancia, y la otra ficción que lo cuenta como parte del relato, siendo un artificio de la literatura y del cine:

Aprendemos a leer nuestras vidas como si fuera un libro, una novela con su inicio, su desarrollo, sus dificultades, sus éxitos y fracasos y su final. Cuando el espejo refleja otras realidades, todo ese universo a menudo está en contradicción con el mundo que nos ha tocado vivir: la vida impuesta por la realidad es como la cara fea y rutinaria de la vida imaginada, soñada, deseada, que hallamos en la literatura (Teixidor 2011: para. 33).

A raíz del triunfo de la película, otras críticas condenaban el agotamiento de la Guerra Civil como tema en el cine español. Las apariencias engañaban. Así como la exitosa novela Soldados de Salamina de Javier Cercas en el 2001 (también adaptada al cine) debatía el rol del ser humano y del héroe más allá de las banderas durante la Guerra Civil española, Pan negro cuenta sobre la niñez y la identidad como verdad y búsqueda después de la guerra. Andreu es hijo de padre republicano, vigilado, perseguido y detenido. Su madre, para sobrevivir, se dedica a trabajar en las fábricas de Cataluña, dejando a su hijo en la zona rural junto a su abuela y primos. Andreu cuestiona la inocencia de sus padres, se enfrenta al mundo de las apariencias de su familia, sus vecinos y de la sociedad que se construye: la propia y la ajena. Sus experiencias de la vida cotidiana en el campo, los juegos, o la “nada” de la rutina, se irán revelando en un viaje iniciático terrible colmado de pequeños pero impactantes sucesos que le trastornan la niñez. La violencia y las pasiones son cuestionadas por un niño que se apropia de la historia de su pueblo, para identificarse en ella. Andreu, sus primos y amigos forman parte de una generación que se encuentra flotando en un abismo “casto”, un purgatorio carente de palabras. Ellos viven en la aparente libertad que, en teoría, ofrece el final de la guerra:

Los mayores hablaban delante de los niños con total libertad, decían lo que tenían que decir y callaban lo que tenían que callar, pero la frontera entre la libertad total y el secreto absoluto quedaba un terreno yermo, desierto, en el que de vez en cuando caían señales, quejas, gritos, frases, comentarios… que cruzaban de un lado a otro, de la orilla de la libertad a la del secreto, antes de desaparecer fundidos en la oscuridad o disueltos en la luminosidad de uno de los polos, y gracias a esos momentos, a esas palabras que nos remitían a nuestro mundo de ignorancia y dependencia, podíamos intuir la enormidad, la pesadez y la complicación fascinante del mundo de los adultos, del cual nosotros estábamos excluidos, apartados, preservados de algún modo (Teixidor 2004: 33).

La historia de Andreu se convierte en un tributo al final de la niñez. Lo enfrenta a la realidad, a la violencia, a la carencia y al microcosmos que lo rodea. La poesía de su discurso está en la descripción del campo, en los sonidos que se revelan a través de las palabras ocultas. Bajo esa misma dinámica, el autor había creado pequeños esbozos de niños e identidad, por ejemplo con Marcabrú, el pequeño juglar de la novela histórica para jóvenes Marcabrú y la hoguera de hielo (1985). Este niño descubre su historia personal a partir de las palabras de los trovadores, rasgando el silencio adulto que esconde su origen, y reconociéndose finalmente en la tierra en la que nació, cantando los triunfos del rey Jaime I. O en las aventuras de un grupo de huérfanos afanados por buscar un espacio propio en la novela juvenil Renco y los amigos (1988). Estas exploraciones de la infancia son un ímpetu necesario: “Las personas que no tienen ilusiones están condenadas a morirse de frío (…). De frío espiritual, claro” (Teixidor 1989: 178).

Obviamente, son muchas las diferencias que separan al libro Pan negro de la película. Por un lado, el libro se infiltra en la construcción de un sólido entorno rural, y la película más bien se enfoca en los desencuentros de Andreu con la realidad. Él, a partir de cada una de sus decepciones, se enfrenta con sus lados más oscuros, y decide poner en una balanza el pan negro, alimento del proletario que simboliza la derrota, y del otro coloca la opulencia del vencedor. La elección es propia, natural, engendrada del egoísmo de quien defiende un ideal a costa de lo que sea. Este niño es la visión de la pérdida real en una guerra social. La historia de este protagonista, tanto en la novela como en el cine, concluye, cada formato con sus guiños, en descubrir el monstruo que se gesta en el equilibrio de ambos ideales. Andreu, en el libro, se nombra, se identifica, pero en cambio, el personaje del cine enseña su resolución en un gesto, una mirada que fortalece la imagen recreada a partir del libro. Ambos lenguajes, a su manera, repotencian el discurso. En palabras del mismo autor: “Existe el peligro de quedarnos con una sola de las funciones del lenguaje que nos proporciona la lectura: el de la comunicación. Las palabras sirven para comunicarnos, pero el lenguaje también es –puede ser– una creación artística” (Teixidor 2011: para. 27).

Pan negro no fue concebida para jóvenes, aunque hable de la infancia y el final de la misma, o que se construya alrededor de las visiones y decisiones de los niños a partir de un mundo que no logran imaginarse. Emili Teixidor enseñaba en cada palabra, el espacio justo para que nos bañáramos en sus memorias, incluso en las imaginadas, y canalizáramos a través de estas memorias el espejo que nos hace meditar sobre las cosas que fuimos o dejamos de ser. Incluso, cuestionando al adulto, empeñado en lograr que el joven lea, sin detenerse a conocerlo, a verlo: “Pero leamos nosotros en primer lugar y nuestro placer se comunicará a los que nos rodean, porque si sólo nos preocupamos de los que no leen, el peligro es que acabemos como ellos” (Teixidor 2011: para. 40).

Su muerte el pasado martes 19 de junio a los 78 años, provocó un limbo en aquellos que tuvimos algún contacto con su amabilidad, colaboración o las incansables ganas de seguir fomentando su trabajo a favor de la lectura. Pero los maestros encierran ese extraño don que invoca también el autor Manuel Rivas en su relato de la infancia durante la Guerra Civil, La lengua de las mariposas. Es el espacio de las palabras colocadas en esa neblina al final de la niñez, cuando la realidad deja de ser un espacio seguro. Al fin y al cabo, los buenos maestros son parte fundamental de la memoria de todos nosotros: “Sin padres, a la Lloramicos y a mí solo nos quedaban las palabras para encontrar el camino de retorno. Todos los secretos eran solo palabras, así como todas las iluminaciones. Piedrecitas blancas. Cantos rodados. Guijas. Palabras” (Teixidor 2004: 159).

Obras citadas

Teixidor, Emili (2004). Pan negro. Barcelona: Seix Barral.

Teixidor, Emili (2002). Marcabrú y la hoguera de hielo. Madrid: SM.

Teixidor, Emili. (2011) “Invitado del mes: Emili Teixidor”. Gretel: la literatura infantil a la UAB. Disponible en: http://literatura.gretel.cat/es/content/emili-teixidor

Mora, Miguel. (2004) “Emili Teixidor publica en castellano su novela ‘Pan negro’”. El país Digital. Disponible en: http://elpais.com/diario/2004/09/24/cultura/1095976801_850215.html

Izquierdo, Oriol. (2004) “Un torrente verbal. Elogio de Pa negre de Emili Teixidor”. Lletra. Disponible en: http://www.lletra.com/es/obra/pa-negre-2003

***Imágenes usadas en este artículo: 1. Portada del libro Pa negre de Emili Teixidor (2004) editado por Seix Barral. Propiedad de la foto: Hulton Archive / Getty Images. 2,3,4. Fotogramas de la película Pa negre dirigida por Agustí Villaronga en 2010. 5. Trailer de la película Pa negre.


Actualizado: 19 de ene de 2020


Ha muerto el pasado 5 de junio el gran escritor/soñador estadounidense Ray Bradbury. Algunos sostienen que no es cierta la noticia de su muerte, que simplemente el hombre dio por concluido su experimento de 91 años en esta Tierra, se subió entonces a su nave espacial particular y despegó rumbo a esos mundos que tanto soñó y con los que nos hizo soñar. Seguirá, seguramente, escribiendo sus Crónicas marcianas pero ahora desde otro tiempo y otros espacios.Para quienes nos gusta la ciencia ficción es inevitable sentir con la partida de Bradbury una suerte peculiar de orfandad, más aún cuando en marzo de este mismo año fuimos sacudidos por la desaparición física de otro de nuestros grandes padres, el prodigioso ilustrador de cómics Jean Giraud, mejor conocido como “Moebius”.

Quizá los escritores que nos apasionan se puedan dividir en dos grandes especies: aquellos que nos dan ganas de leer y aquellos que nos estimulan las ganas de escribir. Bradbury era de una raza aún más especial y entrañable: la de los que nos producen, por igual, ganas de leer y de sentarnos a escribir.

Ray Bradbury, el eterno niño de Waukegan -esa pequeña población de Illinois de menos de cien mil habitantes que casi ni aparece en los mapas- fue siempre un animal extraño entre los raros. Su formación, más que en la escuela o en cualquier universidad, ocurriría en el seno de una biblioteca pública donde se encerró durante una década para leerse todo lo que allí se encontraba: clásicos, best sellers, revistas, folletines, publicaciones científicas, cómics. Y allí en ese lugar, rodeado de libros y siendo un joven bibliotecario, conocería también a quien fuera su compañera de vida en este mundo. Curiosamente, a pesar de la extensa obra, los galardones y las alabanzas, Bradbury nunca se consideró a sí mismo un autor de ciencia ficción; para él sus obras eran “fantasía”, tal vez como un mecanismo de defensa que supo desarrollar a partir de las críticas y desprecios por parte de sus contemporáneos adeptos a la ciencia ficción dura, quienes consideraron a Bradbury un representante por excelencia del subgénero de la ciencia ficción “blanda”.

La ciencia ficción de Bradbury, esa que nos ha legado en obras maravillosas como sus Crónicas marcianas, El hombre ilustrado, Fahrenheit 451 (título que corresponde a la temperatura a la que arde el papel), Las doradas manzanas del sol, El ruido del trueno y El verano de la despedida, entre tantísimas otras producciones –Bradbury escribió muchísimo, una obra heterogénea y prácticamente inabarcable donde también incursionó en el ensayo como en el sublime Zen en el arte de escribir- distaba en gran medida de las propuestas más duras de autores consagrados del género como Isaac Asimov, Frank Herbert, Arthur C. Clarke o Brian W. Aldiss. Se parecía más bien, con sus diferencias y particularidades, claro está, a esas propuestas más filosóficas o esos ensayos literarios de naturaleza antropológica de escritores como el polaco Stanislaw Lem. La ciencia ficción para Ray Bradbury no era un fin, era más bien un accidente. Un accidente sublime y afortunado (que también los hay). Por eso el sempiterno muchacho de Illinois no se preocupaba mayor cosa en explicar cómo funcionaba exactamente la nave que llevaba a los expedicionarios a Marte, a cuántos pársec por segundo viajaba y cómo hacía para dar los saltos por el hiperespacio evitando caer en agujeros negros o supernovas. Tampoco le quitaba el sueño (ni nos lo quitaba a sus lectores) el estarse explayando en las descripciones tecnológicas o en las bases científicas que supuestamente sirven para dar un piso sólido a las especulaciones ficcionales típicas de la ciencia ficción. La nave volaba y llegaba a Marte, y en Marte el paisaje se parecía al de la Tierra, punto. O era tal la desemejanza entre lo dejado atrás y lo recién conocido que los terrícolas no teníamos conceptos ni patrones de referencia ni palabras para poder comprender ese mundo extraño en el que habíamos ido a parar. Éramos incapaces, dada nuestra ceguera terrenal, incluso de verlo, mucho menos de aprehenderlo. Al contrario de la inmensa mayoría de los escritores de ciencia ficción, no le interesaba prever el futuro, se contentaba simplemente con sembrarnos la advertencia (y ya le tocará cosecharla a cada quien).

Quizá la fascinante peculiaridad de Ray Bradbury se deba a que hacía uso de ciertas convenciones características de la ciencia ficción pero para darles un giro de tuerca que acababa proponiendo una reflexión sobre las esencias más profundas de la humanidad. Por eso sus bomberos de Fahrenheit 451 no apagaban fuegos sino que los provocaban, los provocaban además para quemar libros (una historia inspirada en la anécdota histórica de aquella gran quema de libros ordenada por Hitler en Berlín, hecho que angustió terriblemente a Bradbury). Y por eso mismo, en El Picnic de un millón de años, la última de sus Crónicas Marcianas, el padre se lleva a su familia a ver finalmente a los marcianos, y los encuentran en su propio reflejo sobre las aguas: ¿quiénes son los marcianos? Los marcianos somos nosotros.

Pienso que precisamente en este extraño arte de convertir zapatos en sombreros (una cosa que en teoría parece sencillísima pero que en la práctica solo les queda bien a aquellos que cuentan con la maestría del gran Ray) se encuentra el meollo del asunto de por qué es tan importante que jóvenes y adultos se asomen a la obra de Bradbury. Hay que leerlo. Bradbury es, sin duda alguna, un imprescindible, independientemente de que nos guste mucho o poco la ciencia ficción. Porque es el gran maestro que nos lanza al futuro, al pasado remoto o a los confines del espacio exterior simplemente para que nos encontremos con nosotros mismos y nos demos cuenta de que los seres humanos no somos otra cosa que unas criaturas temerosas, perdidas en un mundo extraño (no hay que irse tan lejos, este planeta nos sigue siendo y pareciendo extrañísimo), buscando siempre explicaciones y formas de control -ya sean culturales, ideológicas, morales o literarias-, porque al final le tenemos pánico al sinsentido, franco pavor al absurdo, a que las cosas no se parezcan –o se parezcan en exceso- a las cuatro ideas que tenemos “claras” en la cabeza.

A lo largo de sus noventa años de vida –una vida por demás feliz, en permanente estadio de enamoramiento por la simple gracia de sentirse vivo, porque Bradbury tampoco fue jamás un autor atormentado ni poeta maldito, alcohólico o drogadicto ni un escritor de los que responde al estereotipo ya tan gastado del genio huraño “porque esta vida en este mundo miserable es asquerosa y yo vengo aquí a echarles la verdad en cara”- fueron muchos los fans de Ray que se le acercaron para agradecerle por todos los avances tecnológicos vaticinados en sus libros, y que finalmente se corporeizaron en la realidad. Le agradecían así por los walkman y los auriculares, también por las tabletas electrónicas, por los libros digitales, por los televisores de pantalla plana, por los circuitos cerrados de vigilancia, e incluso por el muro del Facebook y por los cajeros automáticos. Y a cada una de estas adjudicaciones Bradbury respondía: “yo no inventé el futuro, yo simplemente estaba hablando del amor que siento por la vida”. Por lo visto el viejo Ray no estaba haciendo otra cosa que filtrar sus propias memorias y sus propias emociones (las angustiosas pero las más vibrantes y cálidas también) por medio de la imaginación. La ficción y la escritura le habían servido de don y de medio para hablar de sí mismo, de las cosas que le preocupaban y también de aquellas que atesoraba y se negaba en redondo a dejar perder. Será por eso que incluso en el más futurístico o intergaláctico de los relatos de Bradbury hay siempre algo de nostalgia, un toque vintage, algo muy analógico y muy humano que subyace, algo que nos remite al pasado al tiempo que nos dispara hacia el futuro. Las artes contemporáneas –quizás sin saberlo, porque Bradbury es una especie de pionero invisible, la referencia de la que somos deudores pero que casi siempre termina alcanzándonos por medio de otros– parecieran estarse nutriendo de esta hermosa paradoja bradburiana: la alta tecnología necesita de un espíritu, de una piel caliente, un fantasma entrañable que habite dentro de la máquina, algo intangible bajo el maquillaje y el disfraz que nos conecte con la infancia y con tiempos felices; porque así realmente es la única manera en la que somos capaces de abrazarla y nos logra conmover. La ciencia ficción de Bradbury, como pocas, emocionan y conmueven.

Los relatos de Bradbury están llenos de memorias de su propia infancia, de recuerdos de su juventud, de instantes memorables grabados en su corteza cerebral y, sobre todo, en su generosa alma. Hace un año escaso, durante una entrevista a razón de sus noventa vueltas alrededor del sol, le preguntaban a Bradbury -con cierta ironía- qué planes tenía para el futuro: “Estoy planificando mi obra para los próximos diez años y espero que ustedes sigan aquí para acompañarme”. Qué belleza. Lástima que las risas, las del nonagenario y la de todos, no hayan quedado registradas; pero ciertamente las podemos imaginar y sentir.

El mundo soñado, experimentado y propuesto por Bradbury, para bien y para mal, es un lugar extraño poblado por una gente rarísima. “Bueno, comenzando por nosotros mismos, querido lector”, nos susurra la voz del gran Ray desde otro planeta que curiosamente sabemos se halla orbitando en lo más profundo de uno mismo.

***Imágenes usadas en este artículo: 1. Portada de Fahrenheit 451, ilustrado por Joseph Mugnaini, editado por Ballantine Books. 2. Ilustración de Mars is Heaven por Lew Keller. 3. Ilustración The Gift por Ren Wicks. 4. Ilustración The Halloween Tree (1988) ilustrado por Joseph Mugnaini editado por Knopf Books for Young Readers.


Actualizado: 10 de abr de 2020


Shaun Tan sacó a pasear a los lagartos, se sirvió una taza de café y entró a su oficina seguido por un loro. Encendió la computadora y esperó noticias de PezLinterna. Actualmente, este autor e ilustrador australiano es una interesante figura de estudio en el campo de la literatura infantil y juvenil. Ganador del premio Memorial Astrid Lindgren 2011 y Oscar a mejor corto de animación por la adaptación de su álbum La cosa perdida en el mismo año, resaltan no solo su capacidad de crear discursos innovadores a partir de las imágenes, sino de construir un imaginario repleto de significados sobre la esencia de las cosas. Con la nostalgia como bandera, ilustra los álbumes Memorial (aún por traducir), El Visor (recientemente publicado al español por Bárbara Fiore) y Los conejos (1998). Luego se arriesgó a escribir el guión de sus álbumes El árbol rojo (2001) y Emigrantes (2006), libro que lo consagra. Finalmente se presenta como autor con el libro de cuentos Cuentos de la periferia (2008). Este personaje nostálgico ofrece un poco de su tiempo para atender a nuestras preguntas:

Constantemente, la identidad de tus libros se observa en un imaginario rico en mundos, objetos y personajes que invitan no solo a la imaginación sino a la creatividad. ¿Cómo llegas a conciliar estos universos? ¿Qué cosas te estimulan?

Estoy bastante abierto a la influencia de otros artistas, no sólo pintores e ilustradores, sino también escultores, creadores de cine, caricaturistas, arquitectos; todo, desde arte contemporáneo hasta artefactos arquelógicos de museo. Me gusta la sensación de que todos son más o menos iguales, sin importar la cultura social o intelectual que surge en torno ellos: personas que intentan dar un sentido al mundo que los rodea a través de la creación de objetos figurativos. También me siento inspirado por el trabajo artístico de los niños: en realidad no tanto por lo artístico en sí, sino más bien por su incuestionable deseo de hacer cosas que entrecruzan los sueños y la realidad. Me recuerda que esto debe ser un importante instinto en todos los seres humanos.

Actualmente, el libro álbum dirigido al público infantil y juvenil también está alcanzando el interés de un lector adulto. ¿Crees que la imagen se está fortaleciendo como un tipo de discurso académico sin prejuicios?

Es una pregunta interesante en la que pienso mucho. Ciertamente en Australia, el país que mejor conozco, ha habido un cambio notable en la manera en la cual los álbumes ilustrados (como los llamamos nosotros) son recibidos por los adultos, con una crítica más académica y seria que hace diez o veinte años atrás. Los límites entre los cómics, animación y álbumes ilustrados se están diluyendo un poco, y la proliferación de una comunidad global, blogs y festivales internacionales pueden tener algo que ver con esto. Libros inusuales y pequeños (como los míos) tienen una oportunidad de ser ampliamente considerados y relacionados con otros libros experimentales, creando un desastre para la crítica. Lo mismo está pasando con los cómics.

¿Cómo ves el futuro del álbum ilustrado?

Pienso que el álbum ilustrado continuara desarrollándose junto a los nuevos medios. Hay mucha discusión sobre un potencial reemplazo de los libros impresos por los libros electrónicos (e-books), pero no estoy seguro de que eso sea aplicable para los libros ilustrados, que son objetos cuidadosamente diseñados; el hecho de que sean objetos físicos es parte esencial en la experiencia de su lectura. De hecho, podríamos ver mayor atención en los diseños y otros formatos interesantes a medida que los álbumes ilustrados examinen su singularidad. Pero también pienso que habrán muchas formas nuevas e interesantes como resultado de las oportunidades tecnológicas, como ha sido siempre en la historia.

¿Por qué la melancolía es un tema recurrente en todos tus libros?

Para ser honesto, no estoy seguro. He respondido a esta pregunta muchas veces de manera distinta, pero todo gira en torno al hecho de que me parece un tema atractivo, consciente y subconscientemente. Me gusta dibujar y escribir sobre temas melancólicos. También pienso que es adecuado para el formato del álbum ilustrado, el cual es leído, usualmente, en silencio y soledad… la forma y el contenido trabajan juntos. Pensándolo un poco más, supongo que veo la vida como potencialmente melancólica y oscura, eso me preocupa y me lleva a pensar en ello muy a menudo. La felicidad se ocupa de sí misma, no es un gran acertijo. Ciertamente yo dibujo imágenes felices y de celebración de cuando en cuando, pero lo melancólico parece más interesantes a largo plazo, de la misma manera en la que la injusticia es mucho más provocadora que la justicia. También pienso que la melancolía debe ser aceptada y apreciada, en vez de ser negada. Es parte normal de ser un ser humano solidario y pensante sentirse triste y deprimido por algo de vez en cuando. Es mucho peor si no lo reconoces.

Con Emigrantes logras tocar la fibra sensible de aquellos que emigraron y sensibilizas, a su vez, a aquellos que nunca lo han hecho. ¿Cómo fue tu acercamiento humano ante la experiencia de ilustrar este álbum?

Creo que algo tiene que ver con el hecho de querer adentrarse en una vida soñada y compartida que todos pueden comprender, y eliminar de ella ciertos contextos, es decir: nombres, países, personas en particular, sin tiempo ni espacio. Con los años me he dado cuenta de que las mejores historias e ilustraciones trabajan un poco como un espejo, reflejando la imaginación y las preocupaciones de cada lector, individualmente. Es una de las razones por las decidí quitar las palabras de ese libro bastante temprano en el proceso, de esa manera el lector no tendría presión para interpretar las cosas de una manera u otra, o preguntarse que quería decir el autor. A menudo, las cosas más simples y tranquilas provocan las respuestas más fuertes.

¿Cómo fue el proceso de ilustración de las fotos en las guardas?

Las guardas reflejan el proceso completo del desarrollo de este libro: son dibujos basados principalmente en fotos de pasaportes anónimos de los archivos de la Isla Ellis en Nueva York, así que tienen un sentido documental. Esto se extiende también al resto del libro, que está basado en anécdotas reales recolectadas de diferentes fuentes: libros, biografias, historias orales y recursos de museos.

¿Cómo clasificarías Emigrantes: álbum ilustrado o novela gráfica?

Originalmente lo llamé álbum ilustrado, y en un principio era un libro mucho más corto, con una imagen por página. Ahora, que tiene tantas imágenes por página, a menudo formando secuencias coherentes, pienso que es más una novela gráfica. Pero nunca me han preocupado mucho las categorías. La misma pregunta surge con respecto a la audiencia: ¿es un libro para niños o para adultos? Mi respuesta: ¿en realidad eso es importante?

¿Cómo fue la experiencia de la escritura en tu libro Cuentos de periferia? ¿Cómo es tu proceso de escritura de este libro con cuentos más extensos?

Este libro fue muy divertido, particularmente después del estilo disciplinado de Emigrantes. Acá reunía un grupo de historias, aparentemente al azar, y en diferentes estilos, o sea, exactamente el tipo de libro que disfruto más como lector. De hecho, he sido un escritor de cuentos breves por mucho tiempo, pero la mayor parte de ese trabajo no está publicado (porque no está terminado o porque es muy malo).

Originalmente quería ser un escritor en mi adolescencia, no un ilustrador… comencé a ilustrar para ganarme la vida y luego me quedé enganchado. Así que fue bueno volver a la escritura y reunir mis distintos intereses. Me hizo darme cuenta de que no eran tan diferentes. La manera en la cual desarrollo una historia o una pintura es bastante parecida: un fluir de la conciencia al azar, seguido por una esmerada revisión a lo largo de varios meses.

¿Cómo fue adaptar La cosa perdida a la animación? ¿Qué gana y qué pierde un corto animado versus el libro, siendo ambos, formatos totalmente distintos?

La primera cosa que debo decir es que el libro fue cien veces más fácil de crear que la película, y no estoy exagerando. El libro también costó menos del 1% del presupuesto de la película e involucró relativamente a pocas personas y muy poco de conversación. Así que en cuanto a la logística la animación fue bastante diferente: un enorme reto, e imposible sin un buen productor y un respaldo financiero sólido. Esa es la diferencia principal. También fue altamente cooperativo, así que involucra varias visiones creativas, no solo la mía, y en este caso fue un proceso interesante y divertido. Cuando leo el libro, diez años después, parece una historia diferente, el silencio y la quietud de las imágenes y palabras tienen su propia magia, diferente a la magia del corto animado. Es interesante darte cuenta de eso. Sería dificil tener una adaptación más fiel, los dos trabajos permanencen marcadamente diferentes.

¿Alguna vez te imaginaste ganando el Óscar?

¡Para nada! De hecho, para ser honesto, estaba indeciso acerca de toda esa experiencia bizarra. Soy una persona bastante tranquila y en general disfruto trabajando detrás del escenario. No me gusta ser tan visible públicamente y el responsable de representar lo que, en verdad, es un gran grupo de creadores. Todo el ruido de los medios, especialmente de periodistas australianos, fue muy intenso y agotador. Al mismo tiempo fue un real privilegio disfrutar de una breve visión en el otro mundo de la sociedad hollywoodiense, que fue genuinamente fascinante. Más allá del bling bling y el glamour, con el cual los medios están tan obsesionados, hay artistas muy trabajadores, técnicos y productores que aman hacer cine, y que son muy amables y sin pretensión. La gente de animación en particular fue muy divertida y disfruté especialmente la compañia de uno de los nominados. Todos, personas más o menos como yo, creadores independientes haciendo su trabajo en vez de competir con los demás por una medalla.

La racha continuó este año, y siguió el Astrid Lindgren, premio que consolida tu carrera como un importante ilustrador de literatura infantil. ¿Qué hacías cuando recibiste la noticia?

Lavar los platos en casa, y la llamada no se escuchaba muy bien, así que me tomó un rato entender quien estaba llamando y por qué. ¡Estuve todo el rato buscando algo para secarme las manos!

¿Ahora te sientes como parte del canon de la literatura infantil?

Esa es una pregunta interesante: nunca lo he pensado en esos términos. Al final del día soy otro individuo más haciendo lo que puede con papel y lápices en un suburbio australiano, sin ninguna aspiración además de hacer historias honestas y bien hechas, tanto para mí como para los demás. Pero tal vez esa sea la ironía de formar parte de un canon artístico, no llegas ahí intencionalmente. Solo intentas hacer lo mejor con lo que tienes.

¿A quiénes consideras grandes maestros del medio? ¿A quiénes admiras?

Cada uno es un maestro en su propia manera, no creo que exista una medida en particular más allá de la integridad de forma y estilo. Algunos “maestros” que me vienen a la memoria son Raymond Briggs, Chris Van Allsburg, Maurice Sendak, Edward Gorey, Armin Greder, Bruno Munari y Peter Sis. Hay muchos más, pero estos me vienen a la mente por el uso preciso que hacen del lenguaje, tanto escrito como visual, y el interés por experimentar con la relación palabra–imagen.

¿Te sientes un maestro?

Sigo pensando que tengo un largo camino por recorrer antes de establecer un cuerpo de trabajo sólido, esa es mi sensación. A menudo siento que solo he tocado la superficie, pero creo que es esto lo que le pareció interesante a los jueces del Astrid Lindgren Memorial, que estoy rasgando un poco, haciendo algo diferente y cuestionando las convenciones del medio del libro ilustrado. Ciertamente no soy tan bueno como otros de los nominados.

¿Cómo fue esa etapa en la que dejaste de ser niño para ser adolescente?

No puedo reconocer ese momento, todo parece haber pasado poco a poco, y en muchas maneras, ahora a mis 38 años, me sigo sintiendo como una extraña mezcla de niño, adolescente y adulto, cada etapa llena de cosas sin resolver. Mi madre suele decirme que de repente me convertí en alguien pausado, filosófico y ansioso sobre el mundo a la edad de once años y recuerdo sentir que de alguna manera había cambiado repentinamente: mis dibujos e historias se hicieron un poco más oscuros, pero también mucho más interesantes.

¿Tú sientes algún prejuicio a la hora de escribir para niños o jóvenes? ¿O no te limita una franja de edad?

Nunca pienso en grupos de edades cuando trabajo; estoy muy ocupado en desarrollar la imagen o la historia. Es un poco como preguntar si un árbol debería ser pintado por un niño de cinco años o por un adulto: solo requiere crecer y ser pintado en una cierta manera, realmente no le importa quien termine viéndolo. Puede ser bueno para un niño, un adolescente o un anciano, es difícil de predecir.

¿Cuáles son los proyectos futuros de Shaun Tan?

En estos momentos estoy trabajando en un álbum ilustrado sobre relaciones entre dos hermanos (son niños, pero también es una metáfora para las relaciones cercanas en general, sobre como pueden llegar a ser extrañas y privadas). Hay una continua discusión sobre la adaptación a film de Emigrantesy tanto mi productor como yo, estamos ahora en una buena posición para conseguirlo, pero como en La cosa perdida, es realmente lograr el concepto y enfoque adecuado, de otra manera podría ser una terrible y desilusionante odisea, dada la escala del proyecto.

Conversaciones minúsculas

¿Un libro?

Rebelión en la granja de George Orwell.

¿Una película?

Brazil.

¿Emigrantes al cine?

¡Trabajo duro!

Melancolía es…

Agridulce.

De no ser Shaun Tan, ¿qué otro oficio tendrías?

Jardinero.

¿Algún ilustrador prometedor?

Wada Atsushi, Shimbe, Jonathan Oxlade, Aaron Hill.

¿Algo que olvidar?

Las reglas y los significados.

¿Un animal en el cual metamorfosearse?

Gatos.

¿Un libro tuyo?

Cuentos de la periferia.

¿Una obra de arte?

Un dibujo de una calle vacía que hice cuando tenía 20 años.

¿Una imagen?

Nubes.

¿Una palabra?

“Parrot” -loro- (hay uno sentado sobre mí en estos momentos).

¿Un libro que marcó tu adolescencia?

Crónicas marcianas de Ray Bradbury.

Traducción: Laura Montanari.

***Imágenes y trailer cortesía de Shaun Tan.


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Diario del resguardo: Diari del resguard

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