Actualizado: abr 13


La autora Alice Vieira lleva más de treinta años de vida literaria en Portugal y aunque suene fácil, no lo es. Desde la publicación de su primera novela, juvenil por cierto, Rosa, mi hermana Rosa en 1979, ha ido creando con palabras un camino sólido que la llevó a cruzar fronteras junto a sus libros. Algunos expertos la llegaron a comparar con la tercera punta de un triángulo perfecto que cerraban António Lobo Antunes y José Saramago. Quizás por eso, entrevistarnos con ella fue una experiencia de aprendizaje y admiración. La periodista no dejaba cabida a la duda. La escritora agregaba información cuando era justo y Alice respondía con aplomo y naturalidad a cada pregunta, con mucho que ofrecer y dejando la sensación de haber sido nosotros los entrevistados.

Desde la publicación Rosa, Minha Irmã Rosa (Rosa, mi hermana Rosa) en 1979 a la actualidad con Meia hora para mudar a minha vida (Media hora para cambiar mi vida), ¿cómo ve la evolución de la lectura en los jóvenes?

Nuestros jóvenes siempre leerán más de lo que se dice por ahí, al menos durante la época escolar. Falta saber si, al salir de la escuela, serán lectores adultos. En estos últimos 33 años de mi carrera literaria, hubo mucho más esfuerzo para llegar a ellos (el Plan Nacional de Lectura, por ejemplo, que puso a mucha gente a leer), porque no podemos olvidarnos de los avances tecnológicos y de todas las peticiones que un joven tiene actualmente, y que no tenía hace 33 años.

¿Cómo lograr que una obra mantenga su vigencia actualmente en el mercado juvenil?

Pienso que es fundamental no preocuparnos por la “duración” de nuestro trabajo. Yo escribo en el momento en que debo escribir, integrada a algún contexto o tiempo histórico. Mis historias están dentro de mi vida todos los días. Quizás por eso, 33 años después, Rosa, Minha Irmã Rosa (Rosa, mi hermana Rosa) aún es de los libros que más se leen en Portugal. Porque se trata de sentimientos. Y los sentimientos no cambian; lo que cambia son los accesorios, lo externo.

¿El Nobel a José Saramago ayudó a que el mundo pusiera los ojos con más atención en la literatura portuguesa?

Claro, es natural. Pero antes de Saramago, la literatura en portugués (no solo hablo de Portugal), ya era bien conocida. Tal vez faltaba un poco de divulgación…

¿Cómo ve al mercado de la literatura juvenil en Portugal?

De las historias de mercado te podría hablar mi editora. Yo escribo los libros que quiero, sin pensar en el mercado o lo que está surgiendo en él.

¿Cree en la literatura juvenil?

No mucho. Cuando escribo, nunca pienso en la edad que tiene quien me va a leer. Escribo para mí, como yo quiero, de la manera que me parece bien. Más nada. Del resto, la mayor parte de mis novelas para jóvenes son leídas también por adultos. Es muy difícil establecer una frontera a partir de la cual la persona deja de ser joven. ¿A los 15?, ¿a los 17? No lo sé… Lo que yo normalmente le digo a los jóvenes lectores (¡que son todos diferentes!) es: “Si les gusta, continúen; si no les gusta, pues déjenlo a un lado y lo leen más tarde”.

¿Qué tanto afecta la crisis a la lectura?

La crisis afecta todo. Más bien pienso que todo depende de las prioridades. Si una persona está habituada a leer y ama los libros con pasión, le será mucho más fácil sacrificar otras cosas para comprar un libro. Si no, de ninguna manera. Pero fíjate también: nunca se vendieron tantos libros en la Feria del Libro de Lisboa como en este año. Hubo más del 25 % de las ventas en relación al año 2009, que había sido el mejor en ventas hasta la fecha.

¿Por qué cree que sus obras son universales, que cruzan fronteras?

Como se sabe, “cuanto más local, más universal”. Es un hecho. Y como había dicho anteriormente, mis libros hablan de sentimientos y emociones. Eso no tiene fronteras.

Escribir sobre la cotidianidad es un arte, ¿cómo se logra ser tan verista sin rayar en el absurdo o en el amarillismo?

Porque además, encima de todo (¡y hace muchos años!), soy periodista. Por eso estoy tan acostumbrada a escribir sobre lo cotidiano, nuestras vidas del día a día. Es ahí donde me siento bien. Es mi dominio.

¿Cuáles son sus influencias?

Influencias, no sé. Pero pienso que somos influenciados por todo aquello que, a lo largo de nuestras vidas, leemos, vivimos, descubrimos, sentimos… Sin embargo, el autor que más marcó mi infancia y adolescencia, fue Érico Veríssimo. Su novela Clarissa me mostró, desde muy temprano, cómo era posible escribir una novela prácticamente sin historia. Es tanto mi agradecimiento que en la pared delante de mi mesa de trabajo tengo un retrato de él.

¿Qué libro le costó más escribir? ¿Por qué?

Mientras más difícil es un libro, más placer me da. Os profetas, una novela histórica que ocurre en Lisboa y la isla de Porto Santo en el siglo XVI, me dio un inmenso trabajo (sobre todo de investigación). Al contrario, en la actualidad, estoy escribiendo un romance para adultos, más de nuestro tiempo. Cuando la entregue, entonces debo pensar en lo que me gustaría escribir en la próxima.

¿Qué tanto afecta a un autor recibir tantos premios y reconocimientos por su obra?

He recibido varios premios por mi trabajo, pero no tantos. No corro detrás de los premios. Y no escribo mejor ni peor por el hecho de tener un premio. Es bueno, por supuesto, que se le haga un reconocimiento a nuestro trabajo, pero solo eso. No escribo con el propósito de ver si me gano algún premio.

¿Qué problemas tiene la literatura en Portugal?

Los de costumbre. Falta de apoyos a la cultura, poca divulgación de los libros que están escritos.

¿Hay censura?

Lo que “era” la censura. Felizmente terminó en abril de 1974. La censura siempre fue mucho más fuerte y feroz para los periódicos, el teatro o la televisión que para los libros. Había libros que no se podían vender abiertamente, pero que podían pasarse debajo de la mesa. En los periódicos -donde yo trabajé por muchos años- sí que era terrible. No se podía publicar nada antes de ser llevado a una comisión de coroneles que leían con un lápiz azul y rayaban lo que no querían que fuese publicado. Muchas veces cortaban páginas enteras -lo que es terrible para la prensa diaria, que tenía que tomar trenes por todo el país-. Debíamos tener siempre a la mano noticias anodinas, hechas para poder rellenar rápidamente los espacios que se editaban. Un día, el periódico donde trabajaba, el Diario de Lisboa, salió con toda la primera página con recetas de cocina. Al día siguiente, por supuesto que la censura fue aun mucho más fuerte (logrando con eso que los lectores del periódico notaran que aquella página había sido toda cortada).

¿Alguna anécdota de su incursión en la televisión?

Trabajé mucho en televisión hace muchos años. Sobre todo del otro lado de la cámara, o sea, en la producción de textos para programas infantiles. Yo fui parte del grupo de escritores que hizo la versión portuguesa de Plaza Sésamo(Sesame Street).

¿Iniciativas como la editorial Planeta Tangerina están haciendo brillar en el exterior los libros portugueses?

Afuera y dentro. Planeta Tangerina es una de las mejores cosas que últimamente han aparecido en la literatura infantil; aunque mi área sea para mayores…

¿Cómo se siente tener una hija escritora (Caterina Fonseca)?

Escritora y periodista (las desgracias nunca llegan solas ¡LOL!). Ella comenzó muy temprano escribiendo tres novelas juveniles, todas premiadas (sin embargo, ya se dejó de eso). Es quizás por esa razóm que ahora me parezca natural. Del resto, ella es completamente diferente a mí. Las cinco novelas para adultos que tiene publicadas se relacionan mucho más al realismo mágico, que nada tiene que ver con mi estilo. Además, como tenemos nombres diferentes, hay mucha gente que no sabe de nuestro parentesco.

¿Qué planea para el futuro?

Descansar. No conozco a nadie, con mi edad (a meses de cumplir 70), que lleve una vida como la mía. Ir al gimnasio a las siete de la mañana, correr de escuela a escuela (incluyendo en el extranjero), y escribir libros para todas las editoriales del grupo Leya. Ahora mismo quiero descansar.

Conversaciones minúsculas


¿Un país?

Portugal.

¿Una palabra?

Madrugada.

¿Una canción?

Fado.

¿Portugal?

Sol.

¿Un animal?

Caballo.

¿Una personalidad de la actualidad?

Obama.

¿Una película?

Casablanca.

¿Un verso?

“O amor é a noite a que se chega só”, Tolentino de Mendonça.

¿Periodismo?

La verdad, siempre.

***Imágenes usadas en esta entrevista: 1. Detalle de afiche de celebración de los 30 años de vida literaria de Alice Vieira, ilustrado por Bernardo Carvalho. 2. Detalle de fotografía tomada por Joana Bourgard. 3. Detalle de portada del libro Viagem à roda do meu nome, ilustrada por Bernardo Carvalho y editada por Caminho.



“Es en el dominio de la lengua escrita donde los niños tienen más oportunidad de ejercer sus responsabilidades, cuando administran una biblioteca, confieren un premio literario, como en el Salón del Libro de Montreuil, o cuando ellos mismos redactan para un periódico o una publicación. El futuro del siglo XXI está en manos de la generación que se está formando. Esperemos que esta interiorice los valores fundamentales como son los derechos del hombre para poder edificar sociedades más justas y respetuosas para todos los seres humanos.” (2004: 146) Marie-José Chombart de Lauwe*

De niño jugaba a ser el Coyote. Tenía una lata de leche en polvo vacía llena de artículos absurdos que servían de trampas para un Correcaminos que sólo veía yo. En casa era asunto de preocupación, no sólo por suponer trampas con ligas, un cepillo o soldaditos de plástico, sino también por ver animales corriendo a través del apartamento. Además, mi madre desconocía la razón de porqué me gustaba parecerme a un animal que hacía triquiñuelas, vivía en el desierto y en definitiva era un gran fracasado. De niño, casi toda fantasía me era aceptada, pues a la larga no estaba mal intentar trampas marca ACME, mientras tuviera claro que la realidad distaba de esos artilugios animados. Me fijaron límites, pero nadie me dijo lo que estaba mal, me dejaron ser. No fueron sino las acciones de mis padres, de algunos profesores y de mi hermano mayor, lo que me dieron aquello que llamamos integridad.


Mi profesora de primer grado –y casualmente la profesora de mis tres hermanos-, se llamaba Miriam y era uno de los seres más duros que conocí. A veces halaba las patillas o daba reglazos en la palma de la mano, acciones que hoy son vistas con horror, pero que para mi época eran fórmulas del Coyote para apaciguar el paso fugaz de un Correcaminos desbocado. No creo que nadie que pasara por las manos de Miriam -siempre con las uñas pintadas de rojo chillón-, pudiera decir que fue víctima de maltrato, sino más bien de un cuidado intenso. Ella nos hizo más tierna la mirada al libro de caligrafía Mi jardín, nos enseñaba a escribir, leer, sumar, jugar y sobre todo a vivir la infancia. Nos contaba historias, y nos protegía a su manera. Miriam se robaba por unas horas el rol de madre, y todos siempre estuvimos agradecidos de sentirnos adoptados y queridos. Con esto no digo que el golpe sea el medio educativo más efectivo, tampoco creo que lo fuera en mi época -y de ser padre evidentemente no lo aceptaría-, pero me sirve para adentrarme a revisar cómo cambió la mirada hacia la infancia.


Cuando se acuñó la infancia como concepto cultural en la historia, durante la imprenta, se separó a los niños en grupos sociales y se escolarizaron, para bien o para mal, con las lecturas que estaban al servicio de los valores específicos que le servirían únicamente a la familia o la religión que profesaban. Es decir, que el nacer de la niñez no fue tan inocente. En Inglaterra, por ejemplo, se buscaba moldear a estos pequeños jóvenes según su estrato, para que fueran seres sociales políticamente convenientes. Los niños eran vistos por los adultos con la idea romántica de seres puros, etéreos, ligados a la bucólica naturaleza que luego hay que (re-) formar. La infancia, más que la edad de oro, era una gran utopía. Eran como los hermanos Darling, una pequeña semilla de la adultez, sólo que en ellos estaba el intrínseco deseo de formar parte del clan Peter Pan, pretendiendo otras formas de vida que nos superan a los adultos. Fue así, que al escolarizarlos a conveniencia de un resultado final, los niños pasaron a tener obligaciones y responsabilidades, a representar un rol social establecido, pero no tenían ni siquiera derecho o razón de cuestionarse. Se trata de algo que se ve más claramente si pensamos, por ejemplo, en la dificultad, complejidad y variedad que tienen las representaciones de la niñez en el arte para mostrar la esencia de la misma. Mucho más en sociedades que siempre estuvieron llenas de grotescas realidades través de su historia.


A razón de esto, otra profesora importante, Gina Saraceni, nos reveló durante el máster una interesante representación de lo infantil en zona de conflicto con la película Las tortugas también vuelan. Bahman Ghobadi, su director y escritor, nos retrata la crudeza de la infancia de un pueblo kurdo que negocia con minas antipersonales actuando como adultos. Los niños tratan de ser pequeños reflejos de su gente para poder sobrevivir, pero con la necesidad aún inocente de superar estas acciones y ser niños. Como ésta, puedo citar varias películas y libros que retratan con honestidad cotidiana la mirada del niño, pero en medio de todo este periplo quiero centrar mi lupa en Venezuela como un emblema de lo que se llama la infancia corrompida. Y no sólo hablo del cerro, en plan Malula concejal, hablo de distintos estratos que están ligados a la violencia como método de subsistencia. Es la prolongación de una guerra fría, donde la viveza se nos hizo impune.


En las últimas semanas todos están horrorizados por la foto publicada ante el presunto –y es que toda circunstancia en el país está vista bajo sospecha- acto teatral antibélico realizado por el colectivo La Piedrita en el 23 de enero, una de las zonas populares de Caracas. Medios oficiales y adversos al gobierno, a su manera, han satanizado el acto, algunos acusándolos de injuria y otros creando bulla alrededor de la foto. Se insinúo que el acto de las armas no era un problema, sino que el conflicto radicaba en que los medios mostraran dicha foto ante la opinión pública vulnerando la imagen del niño. La defensora del pueblo, por su lado, salió pidiendo que no se politizara la imagen de estos niños, por el otro, algún precandidato de la oposición anunciaba que elevaría la denuncia ante la Unicef. Nuevamente todo se convertía en un discurso político, en apariencia, ecuánime.

Tengo muy malas noticias, desde que empezó esta extraña campaña por quién tiene el coroto –hace muchos años- se ha usado la imagen del “niño” como parte de un ardid publicitario. Candidatos que cargan bebés, niños que recitan coplas, pequeños indígenas que danzan en un acto cultural para el presidente de turno. Y particularmente en este gobierno, a sus maneras, se tiene la imagen del niño a conveniencia. Son como la prolongación de aquella cuña de navidad de RCTV donde Tomás Henríquez hablaba con el cándido niño Juan Carlos Lares. Don Tomás fue una imagen paternalista para el televidente, el Dios negro, un mesías que metaforizó en aquella cuña el papagayo roto del niño con el país en crisis. A la ausencia del Pobre Negro mediático, tenemos al mandatario de turno como un nuevo mesías que sólo habla de papagayos por arreglar y usa el mismo discurso de anteriores años, patentado con nuevo envase un tanto más agresivo. Por lo tanto, empuñado en la sinceridad, me parece tan grave, en ese sentido, que un niño lance coplas partidistas en un encuentro político, como la polémica foto de los fusiles. Y eso por no citar la impunidad indolente en el caso de Dayan González, que hizo alzarse al pueblo de Guanare, el caso de los hermanos Faddoul que conmovió a Caracas, los videos sexuales de los liceístas, los bebés muertos en la Maternidad Concepción Palacios, o en suma todas las noticias que pasan bajo cuerda en el cuerpo de sucesos durante los últimos años: niños de la calle, suicidios infantiles y juveniles, embarazo adolescente, inserción a la delincuencia, drogas, maltrato, violencia escolar, niños a los que obligan prácticamente a la fuerza a ser de una manera u otra, o aquellos que mueren porque la delincuencia así lo dictamina. Todo pasa, sin lecciones ni justicias claras. No hay límites, sólo pasa. Lo importante es que no haga ruido. Es entonces en este intento de reconstruir la historia dejando espacios en blanco donde veo el problema. No existen verdades absolutas pero tampoco lecciones por aprender.


Analicemos la foto: los fusiles pueden que no sean reales, porque un niño a esa edad no podría cargar de manera tan firme un arma tan pesada. O quizás sí, habrá que averiguar con los campamentos de la FARC, o en los desiertos de Irán. Pensemos entonces que realmente es una obra de teatro, buscando dar en el desarme la posibilidad de paz. Supongamos, si de ser ingenuos se trata, que este grupo de ex guerrilleros, a pesar de tener una estatua de Marulanda por la zona, pretendían darle a estos niños un discurso pacifista. Se pueden otorgar todas las dudas posibles sobre lo que ocurrió ese día, y es que la realidad de ese colectivo quizás sea compleja –aunque a mí sus formas me resulten personalmente reprobables-. De dónde nacen, cuáles son sus motivaciones, y en qué punto la incitación de la revancha los puso sobre la palestra pública. El problema va más allá de la foto, de la persecución a Valentín Santana, o de lo que diga o deje de decir el presidente. De nada sirven las palabras que condenen o acusen para que luego se tomen acciones de comiquita marca ACME, el problema está en que el entorno sigue enviciado de un discurso que no sólo incita a la violencia, sino a patrones morales que distan del respeto.


Centrémonos ahora en el telón de fondo de la foto: la pared. No deberían preocuparse por lo que la opinión pública sienta o piense con respecto a la foto, sino en lo que los niños de la zona sienten o suponen al ver el mural que forma parte de su cotidianidad, lejos de ninguna representación teatral. Es esta imagen que fusiona referentes y acercan al niño a una mirada caótica de la vida. Está por un lado la imagen del niño Jesús en brazos de la virgen, con un fusil que les flota cerca de la mano. Justo al lado, Cristo de adulto, con rostro de venganza marca Chuck Norris, empuñando el arma junto al mensaje: “La piedrita. Venceremos”. Los niños de la comunidad están creciendo en una forzada zona de conflicto, como si tuvieran que estar alertas de archienemigos imaginarios. La delincuencia, por ejemplo, pasó a formar parte de estatus quo de su sociedad, y ahora el adversario son los otros, aquel que no vemos: lo desconocido. O sea, el texto del muro nos dice algo, ¿pero dónde dejan los subtextos? Este país se transformó en un gran libro álbum, las palabras siempre quedan en suspenso mientras las imágenes nos cuentan otras historias. Es acá donde caemos en la gran diatriba de amor contra un país sentado. Somos como una gran obra de teatro, un artificio de lo que queremos ser y lo que otros anhelan que seamos. Nos quedamos con la superficie, pero nadie le dice a esos niños que tienen el derecho a pensar. Estoy seguro que nadie le preguntó a esos niños si querían tomar un fusil y hacer esa obra, o más bien representar La pulga y el piojo. O escribir su propia obra, sin profesores que los cuestionen. Sólo los querían allí, bonitos y callados, para tomarle la foto y darles la lección del día. No piensen, no hablen, pónganse la pañoleta en la boca y dejen la mente en blanco.


Pero no les alcanzó el silencio, y como todo en este país es a base de improvisación, vino después del escándalo aquel nefasto video justificándose por la foto. Estaban las maestras con los niños cantando acompañados de imágenes de Bolívar y alguna foto del presidente. Tres de ellos tenían el mismo libro en la mano: la constitución, dos en sus versiones comentada e ilustrada. Sin embargo, los medios seguían deteniéndose en el escándalo, en aquel sospechoso hombre sacado de las telenovelas de Martin Hahn que aparece por detrás a llevarse algo, que yo aún no logro distinguir como un fusil. Así que bien, se hacen primeros planos, acercamientos, se pone lenta la imagen, y yo sólo puedo enfocarme en la franela de Bob Esponja con rostro enojado en el cuerpo de uno de los niños que canta animado. Veo por primera vez que esos niños no pertenecen a esa obra que están representando para el video. Y lo peor llega al final, cuando la profesora se excusa hablando de la violencia que viven los niños de Libia o Irán, los de los barrios de Caracas, y nunca explica a qué vino todo ese acto de los fusiles, cerrando ridículamente con aquel “vivimos y venceremos” tan de borregos con el que aplauden. Los niños, al igual que nosotros, quedamos sin entender nada.


Y sí, obviamente está mal lo de los fusiles. Y sí, es terrible que se use al niño como un fin político. Como también es abominable que a un profesor se le pague una miseria, o que al niño en la actualidad no se le invite a creer, se le lea un cuento y le den la oportunidad de imaginarse otros mundos posibles. Hablar de un concepto de país es ambicioso, porque la culpa de sus males nos implica a todos. No sabría decir si hay un origen del mal, esto no es el anticristo, pero sí existen silencios en la evolución de nuestra historia como nación, grandes y tormentosos silencios. Podemos ir a la Unicef con nuevas pancartas políticas, podemos considerar que nuestra forma de educar a los hijos es realmente la buena, podemos hacernos a la vista gorda, pero nos olvidamos de que el niño es mucho más que un ser inalterable. Una de las causas del distanciamiento con la niñez, está en la ausencia de cultura, que le den la posibilidad a estos niños de pensar que el mundo puede ser otro. De la noche a la mañana nos quedamos sin las ganas de imaginar, la realidad se nos hizo poderosamente tormentosa. Es mejor desconfiar, dejar de creer. Y eso también le ocurre a muchos profesores, aquellos pocos que aún se arriesgan a la paciencia de tener que amanecer, cobrar un sueldo ridículo, subir escalinatas, sortear robos, enfrentarse al programa escolar y llegar a lidiar con un niño que tiene la familia quebrada y un mundo tan abrumador que les rige el comportamiento. Y en esta lista pongo a los niños clase baja, media y alta, sin ningún tipo de distinción, porque la balanza tiende a irse a los extremos, sin darse cuenta que todos entran en el mismo saco. Estamos en la época del desanimo y de la apariencia. Ni todo está bien ni todo está mal. Por eso me arrojo a pensar que el niño está desprotegido, que cual película de ciencia ficción no le queda más remedio que acostumbrarse a lo que ven y a lo que tienen. Evadir la realidad es un acto suicida, y aquí estamos, de un lado y del otro, sin poner los pies en la tierra e inventándonos excusas en esta cultura del aparentar. Así que bien, de nada nos sirve llegar al siglo XXI, recrudecer la LOPNA, hablar de los derechos y deberes del niño, si al fin y al cabo son pequeñas voces mudas.


En Inglaterra, entre 1612 y 1614, varios hombres condenados a muerte pidieron el beneficio de clerecía, que consistía en perdonarles la vida al leer una frase de la Biblia al azar. Esto no sólo demostró cuánto había evolucionado la alfabetización para la época, sino que les daba la redención a través de la palabra –así como ocurría al contrario con el personaje femenino de El lector, a la que se le condena por la vergüenza que le daba reconocerse analfabeta en la época nazi-. Es que hay dos tipos de analfabetas, el que no sabe leer y el que sólo lee a través de un mismo raso. Y es que cualquier gobierno se puede vanagloriar del alto nivel alfabetización en los últimos años, pero no a cambio de unas doctrinas que siguen siendo gríngolas a la cultura. La educación nunca debe quedar como una deuda.


Cada vez es más difícil que los niños lean. Sienten una gran desmotivación que se irradia en el sistema educativo, en las familias, en el país. El estado de zozobra del que tanto alertaban en los barrios, es el mismo que se vive en cualquier zona del país. Caracas se transformó en ciudad Gótica, sin superhéroes. Me gustaría que todos pudiéramos redimirnos de esa cárcel leyendo una frase, que esos niños no tengan que someterse al fusil, ni al graffiti agresivo, ni mucho menos al bochornoso momento de cantar una cancioncita con una constitución en la mano. Dejarles el derecho a soltar esas constituciones por un momento, alejarlos de los gingles políticos sobre la revolución, y darles el beneficio de clerecía con Donde viven los monstruos o El cocuyo y la mora. Que ellos se paren y lean una frase que los salve de la estulticia humana, y les permita la oportunidad de liberarse de este círculo vicioso educativo.


Sacudirnos esta mirada longeva del niño y hablarles de la muerte, la violencia, las inundaciones, la delincuencia, la pérdida, el trabajo, sin vetarles esta posibilidad de conversar sobre lo que pasa sin buenos ni malos. Hacerles libros sobre el tema, sin ideologías políticas, sin esa intención de hablarnos de los pequeños guerrilleros o de la triste historia del mandatario, superar estos grilletes ideológicos y hablarles del límite y el respeto. La niñez no es ciega ni totalmente inocente, son personas con las mismas inquietudes que los adultos, sólo que sus relaciones de pensamiento van estrechamente ligadas a los referentes que adquieren en su crecimiento. Por eso deben leer, ver, debatir, compartir. No podemos derrotarnos y echarle solo la culpa a los grandes discursos centralizados, debemos forjar los pequeños actos que gestionen la cadena. Vamos a nutrirlos. El niño no es un títere, pero sí una esponja. Así como el Bob de la franela, con su cara de rabia, con ganas de hacer cualquier otra cosa menos cantar la cancioncita de maternal, quizás con ganas de buscar el fusil de plástico y jugar a los policías y ladrones –como hicimos todos alguna vez-, o jugar beisbol, o solamente estar fuera de ese video obligado. Y que ellos descubran hasta dónde llegan sus acciones. Lo importante es que conozcan el otro lado y sepan respetarlo.

Hace un par de años, a raíz de un concurso de cuentos sobre ciudadanía, trabajé con niños de sexto grado en un liceo. Ellos comentaban aburridos que se negaban a participar por tres razones:


1. El jurado era un grupo de gente mayor que no tenía ni idea de cómo era su realidad.


2. Ellos sabían que para ganar tenían que escribir sobre ayudar a una viejita a cruzar la calle.


3. Ese concurso siempre fue una excusa donde ellos no importaban, lo que interesaba era que el liceo quedara bien.


Me pusieron en un evidente aprieto, ellos tenían razón. Así que no me quedó más que ponerme mi traje de Coyote, sacar la vieja lata de leche en polvo vacía, y seducirlos a la palabra con artimañas que le enseñaban a ver en el concepto de ciudadanía otras definiciones. Al menos, por un momento, estos niños a los que les tuve no sólo cariño sino respeto, dejaron de ser un Correcaminos perdiéndose por las aulas del liceo, y más que un Bip Bip, dieron sus mejores ocurrencias. Ciertamente no sirvió de nada para el concurso, pero al menos nos invitó a pensar juntos otras alternativas. Aún en la calle me reconocen y me saludan con el respeto que les di a ellos, porque al fin y al cabo todo termina en lo mismo: tratarlos con respeto. Así como recuerdo que hacíamos con Miriam. Es por estos sanos ejemplos que, como dice Sergio Monsalve en su artículo sobre la polémica foto, “prefiero quedarme con los niños de Dudamel y Beto Arvelo”.


Sé que en Venezuela aún siguen existiendo profesores inolvidables, esos que nos enseñan a pensar en la vida, aquellos por los que uno sabe valorar que uno y uno son dos, dos para educar, dos para pensar, dos para respetar. No sólo el profesor, la familia educa mucho más y debe enfrentarse a la posibilidad de que sus hijos pregunten. No sólo se trata de responder, pero sí de entender, de ser íntegros con lo que somos y respetar los límites de ellos y de uno mismo. Crecer –a todas las edades- significa cuestionarse y no conformarse. Por eso hay días donde aún cometo pequeñas faltas, humanas como todas, y no pienso en mis patillas o en los chicotes, sino en el gesto cariñoso que sobre mi espalda hacía la profe Miriam con sus grandes uñas rojas, diciéndome que podía mejorar. Me quedo con su sonrisa afable, tan parecida a la de mi madre al llegar a casa. Y si por un momento, todo esa tierra inquieta e injusta nos lleva al límite de exigir un beneficio de clerecía para sobrevivir, que no me pongan la Biblia, que me abran La historia Interminable para pronunciar sólo un nombre que reinvente nuestra historia, y le de la oportunidad y el derecho al niño de imaginar en esta realidad cada vez más difícil. Como buen idealista, estoy convencido que los niños en Venezuela pueden hacer una mejor historia, al fin y al cabo es su derecho, pero primero nosotros debemos respetar nuestra historia para aprender a contarla.


*CHOMBART DE LAUWE, Marie-José (2004), “El niño ciudadano”. En María Beatriz Medina (coord.). Parapara clave. Giros y reveses: representaciones de la infancia a través de la historia. Caracas: Banco del libro, p. 137-146.


A Jenni.


Caracas. Domingo 17 de julio. 6:25 pm.


No podía dejar de pensar que era un apátrida.


Éramos en total seis personas luchando contra el resto de la ciudad. Subimos al centro comercial entre calles vacías, con fanáticos de la vinotinto que se congregaban ante las pantallas, esperando que pasara algo. Era como salir durante un toque de queda o un estado de excepción. El país se había paralizado. Sólo se oían murmullos de rebelión a través de las ventanas, las puertas, los rincones. Nosotros no formábamos parte de ese colectivo pues la desafortunada casualidad de mi hermana la llevó a comprar entradas para Harry Potter y las reliquias de la muerte parte 2 a la misma hora del partido. Un verdadero hincha lo hubiera dejado todo, pero ese no era mi caso, siempre fui más de ficciones que de deportes. Así que no dejé que nada saboteara mi camino al cine, cerraba los ojos y procuraba que esa tensión del juego fuera también parte de la batalla final que estaba apunto de presenciar. Quise imaginar a esas personas de la ciudad transformadas en magos que se escondían del mal, que conspiraban contra él.


Llegamos al centro comercial y a los cines, como si tuviéramos la capa de invisibilidad sobre nuestros hombros. Y es que toda la gente veía directo al campo, tensos. Era como cruzar a través de las gradas del campo de quidditch, rodeado de sus fanáticos ataviados del uniforme de la casa de Gryffindors. Cada uno de nosotros hizo su mejor esfuerzo en el grupo por no quedarse atrás, hipnotizado. Era difícil superar esta prueba y el primero en desertar fue el novio de mi hermana, quien prendado de la pantalla se unió a esta comunidad de espectadores. Luego se perdió un segundo compañero, y sin darme cuenta, hasta mi hermana se hizo de una poción multijugos para confundirse con el resto de la fanaticada. Parecía una cuestión de fe. Mi fe estaba en la pantalla del cine.


Minuto 34 — Cabezazo de Vizcarrondo: ¡Gol!


El centro comercial tembló. La gente corría, saltaba, gritaba… se abrazaba. Uno que otro desconocido se quiso por una milésima de instante (rara cosa en estos días). La gente encontró un motivo para aferrarse a la esperanza. La rebelión se había hecho una cruzada personal y épica, Chile era Voldemort -al que es mejor no nombrar-, y Humberto Suazo junto al árbitro Carlos Vera eran dos de los horrocruxes con los que debería acabar el ahora, mítico equipo. Quedábamos sólo dos de aquel osado grupo que pretendía ir al cine en tiempos de combate. Así que asumí dignamente al nerd que me apodera, y entré a la sala, dejando atrás este avance de la historia. Me senté en el asiento f2, y para mi sorpresa la sala estaba llena. No era el único, la fantasía aún tenía sus adeptos.


Se cerraron las puertas de la sala, tratando de acallar el escándalo que provenía del exterior. Se bajan las luces, una nueva tensión se respira en el lugar. Arranca la película: Tras el fugaz recuento de cómo Voldemort se adueña de la varita del saúco, se hace una pequeña intro, con la helada presencia del nuevo director Severus Snape, viendo a los alumnos entrar a Hogwarts. En su mirada podemos descubrir que algo lo tortura. Con esta entrada de la película, para los que leímos el séptimo libro sabemos qué se hizo un guión, en esencia, respetuoso. Y aunque en esta adaptación siguen existiendo algunos vacíos, eran sólo los espacios en blanco que deja Rowling para la literatura en un camino de evolución a medida que transcurrían los siete libros. Fue una saga que iba mejorando sus formas, sus retos literarios, y que cómo se repite en el cliché, reactivó la invitación a la lectura, no sólo de los adultos sino de los pequeños y jóvenes.


¿Literatura comercial para las masas o el nacimiento de un clásico?


Estas respuestas sólo las puede dar el tiempo. Sin embargo, sabemos que esta pasión que nació en el mundo muggle por sus habitantes mágicos, dio alza a una generación, les otorgó un discurso y una posibilidad de enganche. No sólo crecieron los lectores, sino unos personajes imperfectos, humanos, y con estos los actores de las películas, y así el campo de representación superaba de manera sorprendente todo imaginario posible en el inicio del siglo XXI. De esta saga, hay un lazo mundial, un discurso que aunque se construyó a partir de los referentes clásicos de la literatura fantástica, permitió un asidero a los noveles interesados. Fue como la apertura de Hogwarts, de un colegio en el que además se dieron miles de anécdotas de vida. Sé de niños que vendían lotería en la calle para luego ocupar sus tardes en la lectura de los libros; de padres que hacían de sus horas de comida una mesa de diálogo; de niños con oscuras realidades que veían un hogar en el conjuro patronus. Si volvemos al efecto de las películas o los libros, sus observadores iban armando las respuestas de la historia a través de un mundo en el que se reconocían, una única patria mágica, de encuentros con una realidad que les pertenecía, más allá de una escritora millonaria o una valla publicitaria. Haciendo uso del patrón de la novela de folletín (telenovela o series de televisión), ese formato en el que escritores como Dumas, Dickens o Flaubert, presentaron lo que ahora son grandes clásicos. No comparo la calidad, al menos no busco discutirla ahora, pero persigo revisar la respuesta lectora de estos libros. La estructura y el imaginario de los siete libros cobraron vida en un discurso unificador; peligrosos sí, cuando unifican sin libertad pero este no era el caso. Quién quería leerlos, los leía, y quién no, podía pasar de ellos. Sin embargo fue toda una generación la que se apoyó en este discurso, se apasionó por él. Y eso es lo que tiene la pasión, une mundos imposibles. ¿O no fue acaso la pasión lo que mantuvo unido a Snape con Harry luego de una saga de desencuentros?


El fútbol –como el quidditch- tiene esa extraña manía también, de hacer posibles los campos más absurdos de la irracionalidad humana. Vienen del mismo origen instintivo, con un talante comercial, pero no se cuestiona. Y si me preguntan, nosotros los muggles no podremos entender jamás qué clase de magia o conjuros se gestan en una cancha de fútbol, entre arquería y arquería. Si bien un país vive herido, o tiene una historia en entredicho o sin autoestima, de repente encuentra una identidad propia en sus logros, uniformes, acentos. Forman un universo posible y todo cambia. Pero no sé qué diferencia esta pasión futbolística mejor vista que el arrebato literario de los mundos fantásticos.


Pienso en la vez a la que a una amiga hace años le frustraron una tesis de la carrera de Letras por querer trabajar Harry Potter, ya que era cuestionado como una literatura superficial y hueca, pero al contrario aplaudían conmovidos por un trabajo sobre el fútbol en la literatura. O de aquel primer Harry Potter que llegó a mis manos (el tercero, el prisionero de Azkabán), otorgado con el prejuicio de quien ve en la infancia una mirada menor. Algunas Academias de un país sin aspiraciones o riesgos, perseguía cuál inquisición esta libertad de lectura, esta posibilidad literaria encerrada en los imaginarios de cada uno de los siete libros. Actualmente aceptan esas tesis, ¿pero las toman en serio?. Debe ser un asunto del ego, o es sólo cuestión de no creer, así como aquel quién pensó que Venezuela jamás llegaría a una semifinal en la Copa América. No soy ducho del fútbol, ni tampoco puedo asegurar ahora que soy un fanático. Entiendo el poder del fútbol, y siento su desborde (y la contagiosa alegría), pero quizás sigo siendo de aquellos que se emocionan con una posibilidad en la fantasía de una historia. Por eso agradezco esta casualidad del domingo, donde se me prolongó un 3D auditivo (pues nunca me hizo falta unos lentes para ver a estos magos crecer), en el que cada evento del partido, producía una onda expansiva de emoción, acorde siempre con las grandes momentos de la película. Fue así, como el partido y el cine decidieron hermanarse en una casualidad histórica. El silencio tenso de los fanáticos en el segundo tiempo del partido, coincidían con los primeros descubrimientos de Harry sobre las reliquias de la muerte. El gol de Chile y los reproches de sus fanáticos, corresponden al primer ataque de Voldemort y sus mortífagos. El segundo gol de Venezuela, alcanza con exceso de furor y algarabía el esperado beso entre Ron y Hermione. La celebración, finalmente, fue de la mano del triunfo de Harry Potter en su batalla final. El bien había triunfado.


Si pienso en el final de esta saga, la mejor lección del personaje de Harry es que su mundo, el que conoce, es cuestionado al revelarse su pasado. Dumbledore no es tan generoso, James no es tan elevado, Neville puede ser un héroe, Severus es el gran protector. Esta posibilidad de que el mundo pudiera ser otro tan distinto al que le hicieron creer, es el gran legado a sus fanáticos (a los que lo vieron o leyeron). La vinotinto también lo logró el domingo, hizo ver al fanático que el mundo puede ser distinto. Cada uno en su campo, en la ficción o en la realidad, son marcas de una generación. Y si el país necesita esta pasión para abrazarse sin motivos en la calle, para creer nuevamente en la magia, pues que sigan ganando los buenos.

Captura de Pantalla 2020-06-19 a la(s) 5

Diario del resguardo: Diari del resguard

IMG-20170322-WA0025-02.jpeg

Crónica de unas entrevistas inéditas

Mvseum y los universos paralelos

adb036_b5618a2778f14ad690996693f93e1ab9~

Mediación lectora con personas que tienen problemas de salud mental

Podcast Cuentos del escarabajo: narración oral y canciones.

99c94d33-4825-4c78-a4af-a4e35b0af16f.jpg

El fanzine: gesto y comunidad

SUS FAVORITOS

NUESTRO INSTAGRAM

TAMBIÉN TWITTER

Óscar Hernández

Ilustrador

Camilo Villegas

Fotógrafo