Actualizado: ene 19


La primera de las características que Italo Calvino atribuía a su literatura, y primera de las conferencias que dictó en 1985 en la Universidad de Harvard, recogida en su inacabada obra Seis propuestas para el próximo milenio, editorial Siruela, Madrid (1989), era “La Levedad”, y en un momento de la misma textualmente dice: “(…) mi operación ha consistido las más de las veces en sustraer peso; he tratado de quitar peso a las figuras humanas; he tratado sobre todo de quitar peso a la estructura del relato y al lenguaje.”

Algo similar define, a mi juicio, la evolución del trabajo de Cristina Müller.

Conocí a Cristina Müller en el año 2004, cuando era director de publicaciones infantiles de la editorial Anaya, en Madrid. Se presentó en mi despacho con la escritora Ana Tortosa, y un proyecto de ambas: Desde mi ventana, obra que vio la luz en la colección Sopa de Libros, dos años más tarde. No recuerdo ahora mismo si ya había visto algún trabajo de esta ilustradora, pero aquellas imágenes, aún en ese camino de la búsqueda y la indefinición formal, me parecieron llenas de sugerencias estéticas valiosas, y por ello decidí publicar un trabajo claramente aún inmaduro, pero riguroso, a mi juicio, en términos indagatorios.

Un año más tarde, en 2007, Cristina me mostró su, en aquel momento, reciente publicación Nilo y Zanzíbar, sobre texto de Javier García Sobrino, publicado en la editorial Edelvives: un álbum de gran formato en el que convivían los mismos rasgos pictóricos, ya presentes en su obra anterior. Si bien eran más seguros en su factura, aquí se definía la composición, salpicada de elementos gráficos ajenos al discurso, pero estableciendo un diálogo interesante. Si el vacío quedaba ausente en el primero de los libros por la texturas y las atmósferas pictóricas que llenaban cada página, en esta obra eran los elementos gráficos, en muchas ocasiones repetidos de una manera pautada, los que propiciaban unas composiciones barrocas y abigarradas, pero llenas de belleza. La vista no podía reparar en lugar alguno en el que no hubiera un detalle de forma o de color.

En 2009 comencé la tarea de armar un proyecto editorial personal, trabajo que cristalizó un año más tarde con la aparición de Ediciones El Jinete Azul. Como no podía ser de otro modo, en esa aventura editorial tenía que haber una colección de libros de poesía, siendo el primero de ellos Versos que el viento arrastra, de Karmelo C. Iribarren. Cuando leí aquellos mínimos y escuetos poemas, rotundos en su imaginario, sentí que si Cristina se permitía incluir el vacío en sus composiciones, su discurso gráfico, descargado de muchos elementos, bien podría ser el que iluminara aquellas leves composiciones.

Así se lo propuse y se mostró interesada, una vez leídas las poesías y seducida por ellas.

Tiempo después conocí otro libro en cuya página de créditos aparece el mismo mes y año —abril 2010— que en Versos que el viento arrastra, otro poemario, en este caso de Juan Carlos Martín Ramos, La alfombra mágica, en la editorial Anaya. En él encontré las mismas imágenes leves y sugerentes, si bien en un bitono azul y negro.

Desconozco cuál de ambos libros fue realizado antes, o si lo fueron a simultáneo. En todo caso, da igual. Interpreté, entonces y ahora, que el discurso estético de Cristina había madurado en este tiempo, y supongo que lo seguirá haciendo, dada su juventud, y creo que aún estamos por ver sus obras más clásicas pues, de alguna manera, estas contienen aún esa fascinante imperfección de lo arcaico.

***Imágenes usadas en este artículo: 1. Detalle de portada del libro Versos que el viento arrastra (El Jinete Azul, 2010) de Karmelo Irribaren. 2. Ilustración del libro Versos que el viento arrastra. 3. Ilustración del libro Desde mi ventana (Anaya, 2006) de Ana Tortosa 4. Detalle de la portada del libro o Nilo y Zanzibar (Edelvives, 2006) de Javier García Sobrino. 5. Ilustración del libro de presentación de la editorial El Jinete azul que corresponde a Cristina Müller.


Actualizado: abr 13


Cristina Müller tiene el encanto y la timidez de los niños, a pesar de ser más alta que muchos adultos. La sobriedad de sus palabras, a ratos, se tropieza con el encanto pícaro de alguna idea. Fue así como transcurrió esta entrevista, entre juegos y respuestas, revelándonos el universo creador de la poesía de imágenes. Su trabajo ha sido editado en Venezuela y España, y es conocida por sus ilustraciones en lo libros Desde mi ventana (Anaya, 2006) de Ana Tortosa; Palabras al viento (La Barca de la luna, 2007) de Pedro Okura; La noche es un tren (Anaya, 2008) de Alejandro Sandoval Ávila; Versos que el viento arrastra (El Jinete azul, 2010) de Karmelo Irribaren o Nilo y Zanzibar (Edelvives, 2006) de Javier García Sobrino, por el que fue merecedora del 1º Premio en el “I Concurso Internacional Álbum Infantil Biblioteca. Cabildo de Gran Canaria. También participó en el proyecto ‘play and learn with miffy’ de Butterfly Works, donde diseñó junto al ilustrador Yonel Hernández, y las escritoras Elvia Silveira y Reyva Franco, al primer amigo internacional bajo el legado del diseño de Dick Bruna: Yoyo, una pereza que contará con su libro de próxima edición como resultado de la experiencia intercultural que relacionó a Amsterdam y Caracas. Con esta hoja de vida a su favor, una humilde Cristina Müller nos reveló datos sobre su trabajo y experiencia.

¿Ilustrar para niños o para jóvenes? ¿Por qué?

Lo mismo me pregunto yo. La verdad es que la decisión profesional que tomé hace unos años fue la de ilustrar literatura infantil, pero hoy en día me planteo: ¿por qué ilustrar para niños y no sencillamente ilustrar literatura? Sinceramente la edad del destinatario es algo que no tengo presente al momento de ilustrar. Es cierto que cada edad tiene su encanto, sus intereses, sus ritmos… pero en verdad no me convence el planteamiento de que a una persona le guste esto o aquello solo porque tiene 5, 17 o 60 años. Creo más bien que lo que define a un ser humano son muchos otros factores, miles de factores, y sería reduccionista pensar sólo en su edad. Imagínense ilustrar sólo para niñas (¡puaj!). Hay adultos que nunca dejan de ser niños y pequeños seres humanos que viven mucho más experiencias e incluso más duras de las que algunos adultos jamás experimentarán.

Ilustrar poesía, suponemos, debe ser una tarea complicada. Sin embargo, en varios de los libros de poesía que has ilustrado (Vientos que el verso arrastra, La noche es un tren), logras que la imagen no solo acompañe a la palabra poética, sino que la reinvente. ¿Cómo haces para ilustrar poesía? ¿Existe alguna dinámica posible?

Bueno, primero, muchas gracias por tu apreciación y acercamiento al trabajo hecho. La imagen poética ha sido personalmente un gran descubrimiento, pues me siento muy libre al ilustrar poemas. Al final del libro La noche es un tren explico, de manera muy sencilla, parte del método utilizado. Se trata de un ejercicio de semiótica que hacíamos en la escuela, que consiste en encontrar dos o más signos visuales y cruzarlos, descontextualizarlos y finalmente generar un nuevo contenido con ellos. Similar al juego que hace el nombre de esta revista: Pez linterna. Tales signos deben estar vinculados de una u otra forma (entre sí y con el poema) y deben crear cierta extrañeza al ser relacionados porque mientras más distantes sean, más interesante será la relación. Sin embargo, no debe ser del todo absurdo el resultado para poder lograr comunicar algún mensaje, aunque el significado último es aquel que el lector le da.

¿Cristina Müller tiene una poética de la imagen?

Me parece que es muy pronto para decirlo pues (espero) aún me faltan muchos textos por ilustrar (sonrisa esperanzada).

Háblanos de tu adolescencia. ¿Cómo fue tu primer acercamiento a la ilustración?

Fui una niña muy tranquila y ahora creo que me faltó rebeldía, locura. Siempre tuve un gran sentido de responsabilidad y quizá eso no me ha dejado ser todo lo libre que me gustaría ser. Mi acercamiento a la ilustración fue intuitivo y nadie me dijo que no lo hiciera, porque de lo contrario seguramente habría obedecido. Así soy ilustradora.

¿Cómo te sentiste al ver tu primer libro editado?

Mi primer libro editado vino mucho después y para ser totalmente sincera, lo que sentí fue un gran alivio, porque lo viví como un proceso muy difícil en ese momento. Hoy en día siento -y me imagino seguiré sintiendo- una gran alegría cada vez que un libro llega a ser realidad (igual que cualquier otro escritor o ilustrador seguramente); y lo mejor de todo: me voy sintiendo muy poco a poco cada vez más adolescente.

Has logrado conseguir un discurso propio, basado en los íconos y formas que reestructuran la imagen que construyes. Haces de la combinación de los objetos una metáfora. ¿Cómo ha sido este camino? ¿Qué te condujo al minimalismo visual?

Un buen editor es quien te señala tu propio camino. Antonio Ventura es, en mi caso, quien me hizo ver por primera vez el carácter melancólico y el silencio que estaba contenido en las imágenes que creaba. Me señaló el poder evocador que tiene ese espacio y pude darme cuenta de que ese carácter incompleto es el que permite que el lector construya significados propios. Fue una lección de humildad, pues en verdad no hay que decirlo todo y ésa es una gran lección de la que estaré eternamente agradecida.

Tuviste la oportunidad de experimentar directamente con los Yukpa para ilustrar un libro con técnicas digitales, como también te embarcaste en la experiencia de Yo-Yo. ¿Te consideras una ilustradora de riesgo? ¿O es que experimentar es parte de tu arte?

Tengo la necesidad de aprender algo en cada proyecto, de crecer. Cada proyecto lo asumo como un reto y los que mencionas en particular me proporcionaron grandes aprendizajes. El mito indígena que ilustré representó una gran interrogante, pues en ese momento habría sido igual de bizarro ilustrar un cuento escandinavo o norkoreano, pues era muy poco (por no decir nada) lo que conocía a la cultura Yukpa. Gracias a que la editorial contaba con un presupuesto que permitía internarse unos días en esa comunidad, logré vincularme directamente con el tema. Siempre me queda la duda de si realmente una persona que ha crecido rodeada de códigos yukpas conecta con el imaginario planteado y le da significados profundos, más allá de los que yo pude prever como ilustradora de un texto dado, pues sigue siendo en cierta forma un lector desconocido para mí. El otro proyecto que nombras ha sido un regalo de la vida, porque desde hace muchos años he querido estar involucrada en un proyecto social con el que pueda aportar algo a la sociedad en la que nací y en la que me desarrollo. El reto en este caso fue el de trabajar en colectivo y desprenderse de la forma de trabajo personal para alcanzar un objetivo muy claro: desarrollar un personaje, bajo el legado gráfico de Dick Bruna, que será destinado a la primera infancia. Ojalá la gran mayoría de los niños de mi país, aquellos de menos oportunidades de lectura, tengan acceso a este material en un futuro cercano, para que crezcan con él y puedan sentir el cariño que le pusimos a yo-yo al momento de crearlo.

¿Qué piensas del graffiti? ¿Para ti es arte?

El graffiti es, sin duda alguna, un lenguaje artístico, urbano por excelencia. En ese sentido aprecio a aquellos que tienen un mensaje valioso que comunicar y que escogen este lenguaje como medio de expresión de su discurso, mientras que desprecio a los que sólo repiten su firmita aquí y allá, pues es una técnica que requiere de gran destreza y me parece talento perdido en el autofoco. Me encanta que uno pueda “leer” la ciudad, entonces mejor que sea interesante lo que uno pueda leer en ella, ¿cierto? En realidad sueño con ser graffitera, pero quizá algunos piensen que ya se me pasó la hora… ¿Ves lo que te contaba de mi adolescencia tardía? (mucha risa).

Los jóvenes admiran mucho tu estética. ¿Nunca te has preguntado por qué?

No, la verdad no lo sabía. Pero ahora que lo pienso… yo los admiro mucho a ellos y quizá sea por eso la conexión.

De poder ilustrar un clásico adolescente, ¿cuál te gustaría? ¿Por qué?

No me lo he planteado y quizá por ello pueda darte una respuesta que carezca de reflexión o que por desconocimiento deje fuera algo que me guste, pero mis lecturas favoritas de adolescente eran los cuentos de Cortázar y quizá eso es lo que me gustaría ilustrar, pues era lo que me apasionaba leer en esa época de mi vida. Su capacidad de jugar con las estructuras narrativas, los personajes, el placer por el lenguaje y las palabras. En la escuela de diseño ilustré un cuento de él que se llama “líneas de la mano” en formato de cómic. Me planteé hacerlo con pura narración visual, es decir, ilustrando literalmente cada palabra y omitiendo el texto. También entonces me gustaban mucho los cuentos eróticos, pero me parecen muy difícil de ilustrar. En ese caso mejor la imaginación, pues es más volátil, menos concreta que la imagen.

¿Cuáles son tus influencias? ¿Tienes ilustradores que te inspiren?

Muchos, pero creo que las influencias vienen de todas partes. Uno va coleccionando lo que resuena dentro, ya sea una frase, un paisaje, un recuerdo, venga del cine, sea la letra o la melodía de alguna canción o el rostro de alguien. Igual de los ilustradores te puedo nombrar a mis tres indispensables: Wolf Erlbruch, Kveta Pacoska e Isidro Ferrer. Cuando sea grande quiero ser tan libre como ellos.

¿Has pensado en escribir?

Me encantaría escribir, mucho, pero soy una cobarde.

¿Qué te inspira?

La vida, el arte. Me inspiro al ver otras creaciones. Me gusta pensar que la luz llama a la luz y la oscuridad llama a la oscuridad.

¿El futuro de Cristina Müller? ¿Vienen novedades?

Estamos trabajando en eso. Hay dos proyectos en construcción. (:-D)



Conversaciones minúsculas

¿Un cuadro?

La escultura de Duchamp con la rueda de bicicleta.

¿Poema o cuento?

Cuento: “La luz es como el agua” de Gabriel García Márquez.

¿Una película?

Air doll de Hirokazu Koreeda.

¿Un héroe de la adolescencia?

Bob Marley.

¿Una persona?

Frida Kahlo.

¿Qué querías ser de niña?

Como todos, quería ser grande.

¿Un color?

Los matices del blanco.

El mejor libro de Cristina Müller hasta ahora es…

Ta ta ta taaaan…

¿Un objeto?

Una libreta pequeña para anotarlo todo.

¿Una palabra?

Utopía.

***Imágenes usadas en esta entrevista: 1. Autoretrato ilustrado de Cristina Müller en la biografía de su portafolio virtual. 2. Fotografía cortesía de la ilustradora. 3. Ilustración del libro Palabras al viento (La Barca de la luna, 2007) de Pedro Okura.


Actualizado: ene 19


-¡Demasiados niños! –exclamó James dando portazo.

Así da comienzo el libro Los seis signos de la luz de Susan Cooper, una de las escritoras que acompañó con sus novelas la infancia del director de cine Wes Anderson. Él asume en diversas entrevistas que Cooper forma parte de los temas que lo inspiraron para la creación de los espacios imaginados de su última película Moonrise Kingdom. Un film, por cierto, donde la mayoría del reparto está compuesto por niños. Tampoco es una sorpresa, el director había incursionado en el universo infantil con Fantástico Sr. Fox, su anterior película basada en el libro de Roald Dahl, nominada al globo de oro y al Óscar como mejor película animada. Más que animación Anderson se vale de las posibilidades del stopmotion para legitimar su particular estética, generando una atmósfera perfectamente válida para el espectador infantil sin dejar de atraer al adulto, valiéndose también del humor -como en todas su obras- de matiz a ratos absurdo, camino arriesgado de cara al espectador menos acostumbrado. Se trata de una comedia fina, como sus anteriores películas Rushmore (1998), The Royal Tenenbaum (2001) -por la que fue nominado al Óscar como mejor guión-, Vida acuática (2004) o Viaje a Darjeeling (2007). Con este historial, es curioso que aún no se hayan reconocido sus trabajos con grandes premios cinematográficos, y es que –seamos sinceros- los discursos de Wes Anderson no son del interés de todos los público. Algunos lo consideran cine de culto –gemas raras para gente rara-, pero cual sea la razón, la fórmula estilística de este director texano escaló hasta la consolidación de un discurso propio, tan poco frecuente en estos días en las salas, y más cuando de cine estadounidense se trata.

Si en Fantástico Sr. Fox cuenta la historia de un vivaz zorro adulto y la relación con su hijo, un pequeño zorro que hará todo lo posible por ganarse el reconocimiento del padre, en Moonrise Kingdom los niños se liberan de la necesidad de ser aceptados y toman sus propias decisiones a pesar de los adultos. La historia se encarga de construir el amor entre Suzy y Sam, interpretados por los actores Kara Hayward y Jared Gilman, quienes se apropian de las interpretaciones como si formaran parte del singular staff fetiche del director. Sin embargo, en esta película Anderson solo usa a un par de estos actores emblemáticos (Bill Murray y Jason Schwartzman), y presenta un cartel renovado con algunas figuras conocidas de Hollywood: Bruce Willis, Edward Norton, Frances MacDormand y Tilda Swinton. Los personajes adultos sirven apenas como telón de fondo, importantes en el guión, con historias y caracterizaciones propias del universo de Anderson, pero con el fin claro de ambientar el viaje de estos dos niños protagonistas. Algunos son fundamentales como Edward Norton, el capitán del campamento que logra transmitir el equilibrio justo entre el patetismo y la ternura; y otros tan elementales como Servicios Sociales (Tilda Swinton), que apenas son nombrados por su función en la historia, pero que sirven como eslabón en esta cadena de humor absurdo en cada una de sus apariciones.

Decir telón de fondo en este caso no es, en lo absoluto, un asunto despectivo; por el contrario, es parte fundamental del discurso de Anderson. Recordemos que en la década de los cincuenta y sesenta, Vojtech Kubasta se convirtió en uno de los artistas más fértiles de la editorial Artia, creadora de libros pop-up. Los libros más conocidos de este autor, pertenecen a la serie Tip + Top, que narra sus historias por medio de la ingeniería de papel, y dan cuenta de las aventuras de dos niños con perro incluido. Muy parecido, por cierto, al perro del campamento en el que se concentra uno de los puntos de tensión álgida en Moonrise Kingdom. La película se filma en estudios al mejor estilo de una casa de muñecas, construidos a base de detalles cuidados con lupa, donde no parece escapar nada. Basta con recordar la secuencia de presentación habitual, para imaginar que los traveling de cámara nos despliegan la casa de Suzy en solapas, como construidas en papel. Lo mismo ocurre con el campamento, cuya primera toma de seguimiento al jefe scout nos descubre el lugar de donde Sam, el protagonista, ha huido. De igual forma, Suzy abandona a la familia para vivir aventuras similares a los libros que lee. Ambos niños representan una obvia contraposición a la historia cobarde de Bruce Willis y Frances MacDormand. Quizás porque todos los adultos de Anderson parecen gente exitosa, centradas en sus vidas pero que están hundidos en cierto fracaso emocional.

Suzy, en este caso, huye de su realidad a través de los libros, esos que lee con avidez y que terminan formando parte de una maleta de artículos de primera necesidad para su huída. Son seis los libros que roba de la biblioteca, y que luego lee a Sam como nexo de amor y compañía entre ambos. Ella se va convirtiendo, sin darse cuenta, en una especie de Wendy “indie”, que al mejor estilo Peter Pan termina, en una escena, leyendo a todos los niños del campamento, como niños perdidos pero esta vez no a consecuencia de la muerte sino desde la defensa contra la derrota emocional de los adultos. Originalmente, la idea de Anderson era fusionar la animación dentro del película, haciendo breves micros de los fragmentos de los libros que se leen en el film, pero prefirió quedarse con la imagen de la contemplación del oyente ante la lectura de Suzy. Sin embargo, en abril usó a Bob Balaban quien hace de narrador de la película, para introducirnos en las seis animaciones que el director presentó como un pequeño cortometraje. Los libros usados para la película son invenciones del director, los fragmentos son escritos por él y sus carátulas fueron creadas por diversos artistas que se inspiraron en las publicaciones infantiles de la época. Ver las portadas de estos libros es como estar frente a la biblioteca de Enid Blyton o de la misma Susan Cooper (haz click en la foto y verás el corto).

Anderson no se conforma con contar una historia, sino que se apropia de los objetos para reforzar el arte en cada detalle. Por eso nos encontramos con el viejo tocadiscos, los binoculares de Suzy, una lata de Tang, la brújula, la pipa, las tijeras para zurdos, la moto, el mapa, los zarcillos de insectos, el megáfono, las cartas y los libros. Es un recolector nostálgico por excelencia que genera un bombardeo visual, donde cada fotograma es una composición propia. Detenerse en alguno de ellos, prácticamente al azar, permitiría disfrutar de la dimensión de su cuidado fotográfico. Esto se aprecia desde el primer encuentro de ambos niños en el campo con el molino en el centro, e incluso en la pantalla partida para mostrar las conversaciones telefónicas donde unifica el tratamiento de la luz, creando un díptico con visos de teatrino.

La banda sonora de Alexander Desplat, nominado al Óscar por Fantástico Mr. Fox, también es usada con la precisión de un relojero en la película. El hilo conductor de la musicalización es tan potente que no puedes levantarte del asiento hasta que termine el último crédito, pues las lecciones musicales no te lo permitirán. Anderson llegó a clasificar a la música como el “color de la película”; y es que ciertamente la música contribuye con la creación de una atmósfera propia a la paleta de colores de esta historia. El uso de composiciones del inglés Benjamín Britten, interesado en crear música infantil, también contribuye en gran medida a esta ambientación.

Sam, el protagonista, tampoco se libera de las referencias infantiles, pues sobre él recae la carga del héroe clásico infantil, a ratos con pinceladas de un personaje de Dickens: huérfano, solo en el mundo y con la valentía de emprender un viaje a costa de lo que sea, incluso construyendo un propio reino para la querencia. Asunto que además trata con seriedad debido al rechazo al que siempre ha estado sometido. Pero el director no se detiene en estos detalles, no investiga la psicología del niño, sino que lo muestra con temperamento frío y carácter decidido. Si Sam ofrece prendas hechas a mano como regalo, también las coloca en los lóbulos de su compañera aunque deba abrir los huecos. Es primitivo en su decisión, pero metódico y siempre listocomo todo buen scout. Por lo que si Suzy imagina mundos posibles, Sam los construye en una playa. Ambos, niños de 12 años, están cruzando un umbral hacia la adolescencia, y lo erótico forma parte de este encuentro en medio de la soledad aunque no sea ésta el fin último del relato. Parecen dos seres fríos, pasivos-agresivos, que se encuentran en un refugio donde solo ellos dos se entienden con la serenidad de un sentimiento sincero, sin complicación. Vistos en el contexto global de la obra ofrecida por Wes Anderson, asemejan el recuerdo de Richie y Margot, esos personajes de su anterior película The Royal Tenenabaum, que en el 2001 eran incapaces de quererse y que de adultos conversan sobre sus sentimientos dentro de la tienda de campaña de su infancia. Sam y Suzy se evitan unos cuantos años de soledad, se internan en la tienda de campaña, y construyen un reino vintage donde todo es posible.

***Imágenes usadas para este artículo: 1. Un cartel no oficial hecho por Ben Whithesell. 2. Póster promocional de la película Moonrise Kingdom. 3, 4, 5. Fotogramas de la película. 6. Trailer de la película.


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