Actualizado: 22 oct

Colin es un adolescente que acaba de ingresar a una nueva escuela. Su tartamudez condiciona buena parte de sus relaciones, especialmente cuando debe intervenir frente a sus compañeros o enfrentarse a situaciones donde hablar se convierte en una actividad pública. En una etapa de la vida donde pertenecer a un grupo parece una necesidad permanente, Colin descubre que su manera de expresarse puede convertirlo en objeto de burlas y dificultades. Sin embargo, el encuentro con un profesor de teatro empieza a modificar la relación que mantiene con su propia voz.
Le Panache, dirigida por Jennifer Devoldère, se aproxima a las dificultades de un adolescente que intenta encontrar su lugar en un entorno donde las diferencias suelen convertirse en motivos de exclusión. La película utiliza el teatro como recurso narrativo para explorar las posibilidades de la expresión personal, pero también para examinar el papel que pueden desempeñar los adultos cuando reconocen las capacidades de un joven sin reducirlo a sus dificultades.
El profesor, interpretado por José Garcia, se convierte en una figura especialmente importante para Colin. Su relación permite construir un espacio de confianza donde el adolescente puede experimentar con sus posibilidades expresivas. Frente a las exigencias de la escuela y las expectativas de sus compañeros, el teatro ofrece una experiencia distinta, representar a otras personas, ensayar situaciones y descubrir que la comunicación no depende exclusivamente de la fluidez con la que pronunciamos las palabras. Sin embargo, esta propuesta también plantea una cuestión que merece ser discutida. Las historias donde un docente consigue transformar la vida de un estudiante suelen organizarse alrededor de una figura adulta excepcional, capaz de descubrir un talento que nadie había reconocido. Aunque estos relatos pueden resultar emotivos, también corren el riesgo de convertir las dificultades del protagonista en obstáculos que deben superarse para alcanzar una determinada idea de éxito.
Por eso fue tan importante la respuesta del grupo de estudiantado que veía la película, pues sus celebraciones, muchas en sorna propia del contexto social, partían de los logros del protagonista. El adulto, en este caso, estaba al servicio de los logros de los adolescentes de la historia. Quizás me sorprendía la entrega, absoluta y generalizada, a cada uno de los miedos que iba superando no sólo el protagonista sino el grupo de jóvenes que participaban en la obra de teatro. Un entusiasmo que no parecía impostado por el escándalo. Celebrar era invocar los logros. Aplausos, alegrías, emociones, generaban un ánimo empático que se contagiaba y ponía tenso a los adultos que buscaban controlar la efervescencia.
Para los distintos grupos de Pumarín, como en el caso de Colin, les resultaba importante preguntarse si el objetivo debería ser aprender a hablar de una manera que los demás consideren adecuada o conseguir que su entorno reconozca la legitimidad de sus propias formas de expresión. La tartamudez no tendría que convertirse en una condición incompatible con la participación social, aunque frecuentemente sean las expectativas de quienes escuchan las que terminan estableciendo esa limitación.
La película introduce además las dificultades de construir una identidad durante la adolescencia. Colin debe enfrentarse a las opiniones de sus compañeros, las responsabilidades familiares y el deseo de encontrar personas con las que pueda relacionarse sin sentir que está permanentemente siendo evaluado. El teatro adquiere importancia porque le ofrece la posibilidad de ensayar otros lugares desde los cuales intervenir en el mundo.

También hay una reflexión sobre la educación artística. A diferencia de aquellas actividades escolares organizadas exclusivamente alrededor de la evaluación, las prácticas teatrales permiten reconocer conocimientos y capacidades que no siempre encuentran espacio dentro de las aulas. La posibilidad de interpretar, improvisar y trabajar colectivamente puede modificar las relaciones entre quienes participan, especialmente cuando se construyen condiciones para equivocarse sin miedo a la humillación.
El riesgo, nuevamente, consiste en presentar el arte como una herramienta casi milagrosa, capaz de resolver problemas que tienen raíces sociales más amplias. El teatro puede contribuir a que Colin desarrolle mayor confianza, pero eso no significa que desaparezcan las actitudes discriminatorias que condicionan sus experiencias. Porque quizás el problema nunca haya sido que Colin necesite aprender a hablar de otra manera, sino que los demás todavía tengan que aprender a escucharlo.







