Al oeste, en Zapata
Actualizado: 22 oct

En medio de la ciénaga de Zapata, una de las regiones más inhóspitas de Cuba, Landi se interna en los pantanos para cazar cocodrilos. Lo hace con sus propias manos, cargando después con los animales que consigue capturar para garantizar la subsistencia de su familia. En una secuencia inicial hipnótica, en un recorrido de cámara en el que la simetría del entorno, y el inesperado encuentro con el caimán, inyecta naturalismo y precisosismo por partes iguales. Mientras tanto, Mercedes permanece en casa al cuidado de su hijo Deinis, pendiente de los recursos que necesita para alimentarlo y de que su marido consiga regresar. En una secuencia simbólicamente compleja, en el que la criatura en brazos es ese hijo que la necesita. La pandemia, la escasez y el malestar político atraviesan sus vidas, aunque todo ocurre a una distancia que parece separar a esta familia del resto del mundo.
Al oeste, en Zapata, ópera prima de David Bim, es un documental de observación que acompaña los movimientos cotidianos de este matrimonio. Durante ocho años, el director desarrolló un proyecto cinematográfico que termina adoptando una estructura dividida entre el padre que sale a buscar alimento y la madre que permanece en el hogar. Dos espacios que se necesitan mutuamente, aunque sus protagonistas apenas coincidan durante buena parte del metraje.

La película está rodada en blanco y negro y renuncia a las explicaciones convencionales del documental. No hay una voz que nos indique cómo debemos interpretar las imágenes, ni entrevistas destinadas a explicar la situación económica del país. En cambio, encontramos largos recorridos por el pantano, una minuciosa atención al sonido de la naturaleza y conversaciones domésticas o de la radio donde las preocupaciones materiales forman parte de la cotidianidad. La fotografía consigue transformar el paisaje en un territorio inquietante, donde la belleza natural convive con el peligro y la incertidumbre.
Este documental también permite reconocer una distribución desigual de las responsabilidades familiares. Landi arriesga su vida buscando alimentos en una reserva natural protegida, mientras Mercedes administra los recursos disponibles y sostiene buena parte de los cuidados de su hijo. Son dos formas distintas de enfrentarse a la precariedad. La primera, espectacular por el peligro físico que supone; la segunda, aparentemente menos llamativa, pero marcada por una exigencia permanente. Ambas resultan indispensables para comprender la supervivencia de esta familia.
El contexto político se filtra a través de las noticias que llegan por la radio. La pandemia, las muertes y las tensiones sociales parecen acontecimientos lejanos, pero condicionan las posibilidades de quienes viven en estos márgenes. En este sentido, la película plantea una dificultad interesante, ¿hasta qué punto es posible retratar la supervivencia de una familia cubana sin examinar las condiciones políticas que la hacen necesaria? La decisión de privilegiar la observación permite reconocer la dignidad y las contradicciones de sus protagonistas, aunque también deja buena parte de estas preguntas abiertas.
Hay otro riesgo, propio de una propuesta cinematográfica tan preocupada por la composición visual y es convertir la precariedad en una experiencia estética. Las imágenes de los pantanos y las acciones de Landi poseen una fuerza indiscutible, pero también pueden conducir al espectador hacia una admiración que desplace las condiciones materiales de quienes aparecen en pantalla. No se trata de restarle valor a la belleza del documental, sino de reconocer que esa belleza también exige una lectura crítica.
La aproximación íntima a esta familia, permite rondar como espectadores a la idea de necesidad. David Bim construye una película paciente, de enorme atención visual y sonora, donde los ciclos de la naturaleza parecen confundirse con los de la supervivencia humana. Su mayor interrogante es cómo Landi consigue sobrevivir en los pantanos y convertirla en su actividad cotidiana.





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