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Game of Thrones


Alerta: Spoilers, obviamente.


Cuando la noche de un domingo escuché el llanto y los gritos desesperados de una vecina mía, tuve que correr a ver el final de temporada para que no me contaran el final que la tenía descontrolada. Porque con esta serie tan vista por el mundo entero, los spoilers están a la orden del día. David Benioff y D. B. Weiss no pensarían en el impacto en el público que tendría adaptar para la televisión este drama fantástico medieval sin concluir. Canción de Hielo y Fuego de George R. R. Martin generó no solo un betseller en sus libros, sino un trabajo de comparación entre los fanáticos sobre lo que otorga la serie frente a lo que cuenta el libro. Evidentemente hay miles de insatisfacciones, pero nadie puede negar que el poder envolvente y, a ratos, efectista de esta serie, nos tiene seducidos a muchos.


Considero que entre los tantos elementos que tiene a favor, uno es la empatía con las estrategias del poder que invitan al espectador a participar en el juego. Si fueras tú un estratega más, hacía donde se dirigiría tu apoyo o tus decisiones. Así que probablemente como público odias los indolentes desenlaces de algunos personajes o historias, pero nunca dejas de entender por qué ocurren esas cosas.


Si sumado a esto, le colocamos una gama de personajes con los que tienes una gran afinidad y a los que quieres siempre como si fuera la última vez, porque te tienen acostumbrado a que en cualquier momento uno de ellos lo reclame la parca. O sino que lo diga esta temporada que se llevó a varios, y al final golpeó con dureza las expectativas de muchos fanáticos de la familia Stark -aunque Jon sea solo un bastardo-. Pero todos sabemos que quizás, solo en este caso, sea una estrategia engañosa de final de temporada sin consecuencias reales para la sexta.


Rescato en esta temporada maravillosas escenas, alianzas, encuentros y finales de episodio que nos dejaron con la ansiedad alborotada. El final del 8, con ese apoteósico levantar de los muertos como caminantes blancos, mientras Jon Snow se iba con lo que queda de su ejército abrumado por lo que les depara fuera del muro. Luego el final del episodio 9, en el que los Hijos de la Arpía comienzan a arrasar en la arena con el pueblo de Meereen con la intención de acabar con Daenerys cuando aparece sorpresivamente Drogon a rescatarla. El despliegue técnico, los efectos especiales, el uso de la música, la forma de contar las secuencias, todo estaba hecho para causar un impacto cada vez más angustiante en el espectador.


Aunque para mí, lo mejor fue el camino de la vergüenza de Cersei. A ver, llevamos cinco años detestando a esta mujer como quizás a ningún otro personaje de la serie. La odiamos. Nos basta con ver las penurias de Arya y Sansa -a la que maltrataron esta temporada con mucha saña-, para siempre recordar el poder maquiavélico y perverso de Cersei. Todos deseábamos esa penitencia. Sin embargo, la serie está construida de una forma tan magistral, que a mitad de la secuencia, uno empieza a mezclar la satisfacción con la lástima y la vergüenza. Uno quiere que se acabe, que dejen de humillarla, le permite al espectador conectar con su lado más humano. Conseguir esa breve transformación en el público es muy poderoso, aunque al final todos sepamos que esto le fortalece la maldad y la hace un personaje más letal.

Y por último sólo nombraré a Tyrion Lannister, porque su presencia y sus líneas son, de manera constante, lo mejor de la serie.


Seguiremos tarareando la canción de la presentación con la angustia de que en el nuevo episodio maten a cualquiera y si nos destruyan o alimenten las esperanzas en este terrible e intrincado juego de poderes.




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