Hansel y Gretel
- Freddy Gonçalves Da Silva

- 25 dic 2025
- 3 Min. de lectura

HANSEL Y GRETEL
Stephen King
Ilustra: Maurice Sendak
Traduce: Darío Zárate Figueroa
Lumen, 2025
Una de las preocupaciones contemporáneas en torno a la infancia y la lectura es la distancia que empieza a abrirse entre generaciones a partir de ciertos referentes. Es decir: esos cuentos tradicionales que forman parte del diálogo humano y que, poco a poco, dejan de habitar el imaginario colectivo del hogar en las nuevas infancias. Por eso es relevante generar espacios definidos para este tipo de relatos.
Sin embargo, una de las dudas radicaba en la reformulación del cuento alemán original a través de la reescritura de Stephen King: ¿qué aporte podría darle a un relato que ya, de por sí, es bastante aterrador?
El autor entiende algo básico de los cuentos tradicionales: que no son tiernos, son exactos. Que la crueldad no es un exceso, sino el motor. Su texto no se entretiene en embellecer el horror; lo enuncia con esa claridad de fogón: “esto pasa y punto”. Y esa sequedad funciona porque el terror aquí no está en los sustos, sino en la lógica: cuando hay hambre, cuando una familia está al límite, lo impensable se vuelve opción. El cuento no necesita monstruos sofisticados: le basta con adultos cansados, una casa que promete, una puerta abierta.
Hansel y Gretel es eso: dos niños con hambre, abandonados, que crean un camino de migas que no sirve y encuentran una casa que los acoge con la intención de hacerlos desaparecer. Porque la bruja que la habita también tiene hambre. Lo interesante es cómo King ajusta el foco. Hay un aire de relato oral, como quien se lo cuenta a la vecina, y eso vuelve más inquietante cada gesto cotidiano: la caminata, la noche, el cálculo, la desconfianza. Porque, en el fondo, Hansel y Gretel siempre ha sido un cuento sobre estrategia infantil: la inteligencia como forma de defensa cuando el mundo se vuelve impredecible. Aquí esa idea se siente más filosa: los niños no son “inocentes” como adorno moral; son competentes porque no les queda otra. Y eso da orgullo y tristeza al mismo tiempo.
Ahora bien, sabemos que esta dupla creativa también puede leerse como una estrategia comercial oportunista. Pedirle a Stephen King que le diera voz a este relato era una forma de crear un producto editorial que recuperara el material que Maurice Sendak produjo para la puesta en escena de Hansel y Gretel en la Houston Grand Opera en 1997. Sendak fue diseñador visual tanto de decorados como de trajes, por lo cual sus diseños y sketches se reutilizaron para esta readaptación del cuento original. Por eso su bosque no es postal: es una masa viva, con sombra y dientes. Lo siniestro no está solo en la bruja, sino en el ambiente entero, como si el mundo estuviera ligeramente torcido desde el principio.
Y no nos quejamos. Vale la pena con tal de tener a la mano y observar el resultado de la imaginación de Sendak y entender por qué es importante sostener el sentido de los cuentos tradicionales sin edulcorantes. Es importante leer como la casa de la bruja, esa promesa brillante, se convierte en el centro simbólico perfecto: lo dulce como señuelo; la abundancia como trampa; el placer como mecanismo de captura. La bruja, por supuesto, es el exceso, la caricatura oscura: la adultez depredadora sin máscara. Pero lo más fuerte del libro es que no te deja poner todo el mal en ella. Porque el cuento no empieza con la bruja; empieza en la casa familiar. Empieza con el hambre. Empieza con la decisión de abandonar. Y ahí es donde este Hansel y Gretel se vuelve más que un relato de susto, se vuelve un cuento sobre la traición estructural, sobre cómo el cuidado puede fallar y cómo la infancia encuentra sus propios recorridos para salir airosa dentro del mundo. Larga vida a los cuentos tradicionales.








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