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“Los jóvenes no leen”. La frase se repite con facilidad en conversaciones adultas, a veces como diagnóstico y a veces como sospecha. Pero esa idea, además de simplificar, puede terminar influyendo en cómo los propios jóvenes se miran a sí mismos. Desde ese punto de partida llevamos a cabo en PezLinterna este estudio exploratorio de 130 páginas, impulsado por la Organización de Estados Iberoamericanos (OEI) y el Centro Regional para el Fomento del Libro en América Latina y el Caribe (CERLALC). No buscaba solo decidir si leen o no leen, sino ir a una pregunta más productiva: qué entienden por lectura y cómo se forma, se sostiene o se rompe ese vínculo en la adolescencia y la juventud.


La apuesta es sencilla y, a la vez, incómoda. Abrir la conversación más allá del libro como único objeto legítimo e incorporar los formatos, ritmos y sentidos que atraviesan hoy la vida cotidiana. También ampliar el foco para pensar cómo se cruzan lectura, escritura y oralidad en las prácticas culturales juveniles.


Para hacerlo, aplicamos una encuesta extensa creada por Freddy Gonçalves, Maité Dautant y Jaime Yáñez, con la que reunimos 2774 respuestas de personas entre 10 y 22 años, provenientes de Argentina, Bolivia, Brasil, Chile, Colombia, Ecuador, El Salvador, España, Guatemala, México, Nicaragua, Perú, Portugal, Puerto Rico, República Dominicana, Uruguay y Venezuela, además de muestras muy pequeñas de Cuba, Honduras y Paraguay. En este sentido no sólo tuvimos ayuda por parte de mediadores e instituciones, sino por los mismos jóvenes que desinteresadamente compartían y rellenaban la encuesta sin la gestión adulta.


Después realizamos encuentros focalizados con grupos de jóvenes de Argentina, Brasil, Colombia, España, Nicaragua y Venezuela, y con un grupo mixto de América Latina (Bolivia, Chile, México y Perú) con el que conversamos mientras jugábamos el videojuego Among Us. La muestra se diseñó para incluir tanto a quienes se nombran lectores como a quienes se asumen no lectores, porque el punto no es etiquetar sino entender cómo se construye el vínculo con la lectura en una etapa vital decisiva.


El primer hallazgo cuestiona un lugar común. El 48,99% afirma que la lectura aparece de forma recurrente en su vida cotidiana y en su tiempo libre. Aun así, incluso dentro de este grupo, leer rara vez funciona como una actividad exclusiva, porque suele convivir con la vida social y familiar (46%) y con el uso de redes sociales e internet (43%–44%). En cambio, el 51,01% no incluye la lectura entre sus actividades de ocio y se inclina más por prácticas como el deporte (53,9%) o los videojuegos (40,8%).



Si miramos la identidad lectora, el panorama se matiza. “Persona lectora” (32,93%) y “lector/a habitual” (25%) suman 58%, mientras “poco lector/a” (33,54%) y “persona no lectora” (8,53%) muestran que leer también opera como etiqueta social, no solo como práctica.


Los obstáculos, por su parte, no funcionan como una excusa abstracta. El más frecuente es la falta de tiempo (43,55%), seguida de la falta de concentración (29,42%), y después aparecen el aburrimiento, la dificultad de comprensión, la falta de dinero o la falta de libros. Sin embargo, al preguntar qué dificulta que “lean más”, la atención se desplaza hacia internet y redes sociales, que aparecen como competencia directa (49% sumadas en la codificación), por encima de la falta de tiempo (20%). La discusión, entonces, no se reduce a “pantallas contra libros”, sino que remite a hábitos de atención, ecosistemas de recompensa inmediata, prácticas escolares que no enganchan (casi la mitad considera que las lecturas obligatorias o sugeridas no conectan) y desigualdades materiales que siguen pesando cuando hablamos de acceso y acompañamiento.


En el estudio aparece un contraste claro entre la imagen social de “mujer lectora” frente a "hombres no lectores". Por un lado, las mujeres tienden a concentrar una relación más estable con la lectura por placer, con mayor presencia de lectura diaria (40% frente a 35,5% en hombres) y un hábito sostenido más alto si se suman lectura diaria y semanal (65,8% frente a 52,5%). En los varones, el estudio muestra que la identidad de “no lector” o “poco lector” pesa más y se sostiene con cierta estabilidad, sobre todo en edades escolares. Por tramos, “poco lector” se mantiene alto en hombres entre 10–13 (38,2%), 14–17 (35,4%) y 18+ (37,9%), y además la categoría “no lector” es sistemáticamente más alta que en mujeres durante la adolescencia. 


Al mismo tiempo, la autopercepción confirma que la identidad lectora de las mujeres se refuerza entre 10–17, pero en 18+ aparece un doble movimiento, porque crece “lectora habitual” y también “poco lectora”, lo que sugiere continuidad en una parte del grupo y fragilidad en otra, ligada a condiciones externas más que a “falta de interés”. Esa fragilidad tiene un rostro material cuando las jóvenes, especialmente en Centroamérica y Sudamérica, nombran tareas domésticas, cuidados y ruido del hogar como límites concretos para leer más, mientras que en el mismo territorio los varones mencionan con más frecuencia obligaciones laborales tempranas.


Esto sugiere un patrón de género claro en el vínculo con la lectura. En las mujeres aparece, en general, una relación más sostenida, especialmente cuando leer se asocia al placer, aunque esa continuidad se negocia con desigualdades concretas y expectativas de cuidado que condicionan tiempo, calma, acceso y acompañamiento. En los varones, la relación suele ser más ambigua y frágil cuando la lectura se piensa como ocio, y tiende a quedar más ligada al estudio y la obligación escolar, lo que refuerza una identidad de “poco lector” o “no lector” sin que eso implique rechazo al conocimiento, sino una forma más utilitaria y menos íntima de relacionarse con los textos.



En cuanto al acceso a espacios y soportes, solo el 30,71% afirma utilizar la biblioteca de su ciudad o municipio. Aunque una mayoría dice preferir el papel (80,97%), el uso de soportes digitales es prácticamente generalizado. El 90,2% confirma que suele leer a través de algún dispositivo, y el teléfono móvil es el más utilizado (62,91%).


La conclusión de fondo es política y pedagógica a la vez: si queremos que la lectura se sostenga, no basta con celebrar que “sí leen” ni con repetir que “no leen”. Hay que construir condiciones: acceso real a libros y otros formatos, espacios seguros y atractivos, mediación profesional y redes que acompañen sin moralizar, alfabetizaciones múltiples que incluyan lo digital con mirada crítica. Y, sobre todo, hay que asumir a los jóvenes como agentes de su propia formación cultural: no objetos de estudio, sino interlocutores con voz, capaces de decir qué les pasa cuando leen, cuando no leen y cuando el mundo les exige estar “al día” con todo.


Enlace para la descarga: Estudio

 
 


Autor y director: Lucas Ramada Prieto

Edición: Gerencia de Servicios de Bibliotecas, Diputación de Barcelona

Diseño: Postdata.cat

Barcelona, 2025


Es extraño que, a estas alturas del siglo veintiuno, siga siendo tan complejo proponer reflexiones acerca de la expansión lectora en la infancia y la juventud. Para este caso en específico, el debate se circunscribe a la ficción digital y sus posibilidades lectoras. Salir del margen, de la idea de nicho, y componer un ejercicio colectivo de reflexión con el apoyo de una institución pública es un logro para la cultura digital dentro del campo de la mediación lectora. Esta guía no solo expone, sino que muestra posibilidades de trabajo con el videojuego dentro del espacio bibliotecario; pero no como un mero acompañamiento ni con la intención de cumplir una cuota de innovación, sino con la voluntad de construir mirada, conversación y bagaje.


Este documento no se comporta como un manual de dinamización, sino como un mapa en el que la persona que media estos discursos debe aprender también a ser un lector más. Es decir: no se puede hablar de jugar sin jugar. Y ese es el mayor aporte de la guía, Lucas Ramada Prieto, autor del texto y director del proyecto, logró construir una comunidad de práctica que aprende junta, discute, se equivoca, ajusta y vuelve a probar, siendo él un participante más de esta experiencia colectiva. Va de jugar juntos. Con el apoyo de la Gerencia de Servicios de Bibliotecas de la Diputación de Barcelona, implementaron un primer año de capacitación para luego conformar una especie de laboratorio en el que se reunía el personal bibliotecario a compartir experiencias de sus propias prácticas (primero individuales, como jugadores; y después comunitarias, como mediadores).


En ese sentido, se contrapone el miedo que genera la pantalla en la vida de las infancias y se pone en valor el discurso del juego frente a la fascinación vacía de la modernidad. Juntas construyen una curaduría de juegos a partir de la mediación conversacional. Porque no solo se trata de jugar, sino de aprender a seleccionar obras de calidad, jugarlas en serio y sentarse con las infancias, adolescencias y juventudes para hablar de estética, de historias, de temas, de cómo nos afecta la experiencia del juego. Como quien abre un álbum ilustrado y, en vez de soltar un resumen tras una lectura lineal, explora, hurga y se pregunta: ¿qué hizo esto con tu cabeza?


Dentro de esta conversación prolongada, los participantes de diversas bibliotecas de Barcelona construyeron itinerarios en los que una obra puede expandir sus sentidos y propuestas. Cuatro ejemplos bastan para entender el método: Paseando la mirada (mirar lento), Vectorpark (surrealismo-juguete), Jugar la ciudad (construir huellas) y Los caminos que se bifurcan (decidir para narrar). Más que una lista al uso, da la sensación de generar una constelación de posibilidades por explorar. Dentro de estas propuestas no solo hay reseñas de juegos, sino crónicas de actividades implementadas por las bibliotecas con sus bibliotecarias. Narran la experiencia desde la propuesta, el desarrollo y el análisis de este acompañamiento en directo. Es una guía que se atreve e invita a ejecutar lo aprendido.




En ese sentido, la guía genera un diálogo entre lo literario como una actividad de goce íntimo y autónomo en la biblioteca; y la posibilidad de crear “oasis de juego autónomo”, en los que sus usuarios sean capaces de encontrarse con una pluralidad del videojuego más allá de lo que dicta la industria. Ubica, así, la selección más allá del impacto de la industria, acción en la que también se debería insistir dentro de la selección de literatura juvenil contemporánea.


Decenas de obras trabajadas, clubes de lectura de ficción digital con usuarios y una comunidad amplia de bibliotecas y participantes demuestran que las bibliotecas pueden abrazar otras formas de hacer en la contemporaneidad, desde el cuidado e incentivando el pensamiento. Es una guía profundamente útil para quien quiera explorar otro tipo de mediación.


Puede descargarse en tres idiomas: catalán, castellano e inglés. Se accede a través de este enlace a la Diputación de Barcelona. Disfrútenla, es un excelente trabajo, una propuesta interesante de mediación y lectura, que deja de ser programa escrito y se vuelve horizonte.




 
 

PERRA MALA 666

Jimena González, Gizeh Jiménez, Sara Uribe, Sandra Sánchez, Lázaro Izael, Citlalli Ixchel, Elvis Guerra, Elizabeth Rivera, Lia García (La Novia Sirena), Alioth, Sabina Orozco, Lucía Rueda, Iveth Luna Flores, Eui Chin Talamantes, Alex Toledo, emaLúa gcanchola, Odette Alonso, yol segura, Romina Jauregui, Priscila Palomares, Nancy Niñofeo.

Selección y prólogo: Gizeh Jiménez & Priscila Palomares

EL BRILLO “2025”



Perra Mala 666 es un título que, en sí mismo, mezcla distintos calificativos asociados a la maldad, a lo diabólico, a lo impúdico de lo femenino. Perra (el meme de “yo también soy perra y muerdo”); Mala (como Lilith, la primera mujer creada con “inmundicia y sedimento en lugar de polvo puro”, según la interpretación de un midrash judío del siglo X); 666 (el número de la bestia). Es un título construido para causar alarma, tanto en quien escucha como en quien lee. No promete ni quiere ser un lugar cómodo ni delicado: se anuncia como una forma de estar, desde esas etiquetas con las que suele señalarse lo que las personas no son capaces de nombrar. Esta antología es un registro comunitario de poemas (y realidades alternas) que no se enfocan en su “calidad” como piezas canónicas, sino en su capacidad de sonar estridentes, inquietantes, imperativas.


Este libro representa más de siete años de voces disidentes en distintas ciudades de México, en donde se han dado encuentro personas jóvenes con adultes, migrantes con natives, habitantes de la ciudad con los de la ruralidad. Es un poemario que no sólo reúne sino que convoca, como labor de pequeño archivo, algunas voces que han usado el micrófono abierto para enunciarse desde la poesía. Gizeh Jiménez, la persona encargada de iniciar, mantener y sostener este proyecto, “busca poner en el centro las voces de las personas trans y disidencias sexogenéricas”. Ella arma esta relevante selección en formato libro para acercar esas pequeñas obras a todes quienes aún no les han escuchado.


La compilación mezcla voces reconocidas con poetas novates. No hay un proceso de edición, sino de acompañamiento. Se respeta la oralidad como un acto político, pues no se pretende domesticar la temperatura de una palabra: una confesión, una huella dicha al micrófono. Se nota que este libro no nació para agradar a un canon, sino para inventar un lugar: uno donde escribir no sea permiso, sino derecho; donde la poesía no sea un club, sino una puerta. Es un libro para leer en voz alta.


Y ahí está su verdadera fuerza: Perra Mala 666 no funciona como vitrina, funciona como coro. Un coro de experiencias: el cuerpo como territorio, el deseo como idioma, la violencia como marca social, la identidad como algo vivo y cambiante, la amistad como forma de sostén real. Más que poesía, es una atmósfera en la que quienes leen se adentran, se confrontan, se identifican o se remueven. Hay diversidad de tonos, formas, construcciones, diseños: la palabra es arcilla que se moldea y, de manera irremediable, también conmueve.


Al final, la poesía muta de género a gesto. Existe porque alguien, alguna vez, se puso de pie con su voz para decirle algo al mundo y reorganizarlo alrededor de esa voz. El libro se presenta muy bien editado: una portada rosa, poderosa; biografías identitarias; estructuras cuidadas y detalles de viñetas que, como copistas, agregan información extra a algunas palabras sueltas de los poemas. Poder tener ese material impreso en papel es un gesto de presencia y pertenencia en el mercado cultural, que marca un acento y abre otras posibilidades de movilizar la palabra fuera del cuerpo.


"Acá, del otro lado de la esperanza, estamos dulcemente solas".


 
 
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Cultura, libros, infancia y adolescencia

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ilustración de las jornadas @Miguel Pang

ilustración a la izquierda @Juan Camilo Mayorga

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