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La casualidad, lo fortuito y el encuentro forman parte de las dinámicas lectoras. No solo en el modo en que un libro se acerca a nuestra forma de ser o de pensar, ni en el impacto de aquella lectura capaz de transformar una investigación. La casualidad también puede llegar a ser humana. En mi caso, fui arrastrando una serie de encuentros casuales y, me arriesgaría a decir que casi imposibles, con determinados personajes vinculados a ese pequeño mundo que orbita alrededor del mercado de la edición.

 

Ese pequeño mundo se compone de varios elementos: el proyecto de una gran editorial por publicar relatos jóvenes del alumnado de diversos institutos del Raval y La Florida; las libreras de un espacio comunitario lleno de vitalidad; profesores de institutos dispuestos a incentivar la escritura como una posibilidad para los jóvenes; unos fanzines capaces de poner en contacto a editores, mediadoras y lectores; y los propios jóvenes que, por placer, ocio o verdadero interés escritural, se unieron a esta causística.

 

¿Se dan cuenta? Se trata de uno de los hilos del tejido de una comunidad lectora en la que se conectan Blackie Books, la Librería Llavors, el Institut Eduard Fontserè, la Biblioteca Tecla Sala, Alba G. Mora y un grupo de jóvenes que se aventuraron a la escritura, dispuestos a formar parte de diversos proyectos culturales alrededor de esa publicación. Cada una de las personas con las que he ido coincidiendo en talleres, eventos y visitas fue reconduciendo mi descubrimiento de esos proyectos. Debo decir que el inicio de todo radica en un fanzine que ya habíamos reseñado en la web: La Florida / Chamberí zine.

 

Su lectura, profundamente humana y reconocible, la de una persona que habita aquella trascendencia de lo cotidiano, de lo que no siempre somos plenamente conscientes, me sorprendió, divirtió y conmovió a partes iguales. Como escribió Clarice Lispector: “No quiero tener la terrible limitación de que vive solo de lo que puede tener un sentido. Yo no: lo que quiero es una verdad inventada”. A eso se le suma la buena calidad de la propuesta fanzinera publicada por Paloma ediciones, más cercana a un libro híbrido.

 

Ese fanzine, que me enseñaron las libreras junto a otros tantos, ayudaba a entender el valor de las dinámicas que se apoyan entre sí. Y es que un fanzine que no se puede rastrear es, de alguna manera, un producto abrazado al olvido. Entonces, ese ejercicio cultural y de identidad vecinal, en el que muchas personas se retratan, encuentra una nueva posibilidad en la lectura de otros curiosos que exploran, se dejan recomendar y llegan a él por caminos inesperados.

 

A través de ese fanzine y de la investigación de sus autores, Alba G. Mora y Sergio Cascante, llegué a Històries de la Florida, un libro editado por ella. La edición está conformada por un trabajo arduo de exploración personal con las personas jóvenes que se animaban a escribir. En ese proceso se desarrollaron muchos pequeños fanzines donde cada participante exploraba su lugar en el mundo, ese mundo que habitaban todos como vecinos de La Florida. También contó con la colaboración del Espai Llavors y Gerard de Josep, docente del Instituto Fontserè.

 

Y aquí quiero ser cuidadoso. Más allá del riesgo, siempre presente, de convertir las historias de jóvenes migrantes en un simple valor editorial, creo que existe una identidad viva en el proyecto. Una identidad en la que las voces parten de una exploración honesta, personal, fuera de cualquier etiqueta cerrada. Sea cual sea. Eso no quiere decir que los libros no hablen de la vida en sus calles, o de su propia realidad como personas migrantes o hijas de migrantes. Es precisamente esa diversidad la que alimenta las posibilidades de exploración literaria de los libros.


Texto de 42 autores de los libros. Música "dedicatoria 12", álbum para morirnos de otra muerte de animales tristes


En Històries del Raval, el primero de estos proyectos, hay una estrategia editorial clara al presentar el libro como una reunión de las “noves veus adolescents de Barcelona”. Se recogen 21 relatos, en castellano o catalán, en los que se recorren muchas de las experiencias personales de habitar una zona multidiversa, muchas veces peligrosa, pero también llena de posibilidades. Allí aparecen una amenazante carta capaz de cambiar el rumbo de la vida de un joven; el extraño agradecimiento por el recibimiento de una comunidad migrante; un desahucio visto desde los Mossos y los afectados; la vida cotidiana de una paloma como forma de paliar el aburrimiento; dos amigas con un vínculo secreto; las virtudes de un grafiti con talento.

 

En todos estos relatos coincide una reflexión sobre ser joven, las ganas de huir, de cambiar, de apagarlo todo, de vivir al máximo, pero sobre todo la soledad y la importancia del otro en la reformulación de nuestra propia conciencia. Este libro lo editan Miqui Otero y Juan Pablo Villalobos entre 2019 y 2021, con la colaboración de la librería La Central y el Institut Miquel Tarradell, representado por el profesor Francesc Royuela.

 

Los editores repiten esta experiencia en 2023-2024 con Històries del Raval: la libertad que nos daba la sandía, donde recogen 11 relatos con la colaboración de la misma librería e instituto, esta vez con la profesora Clara Castellfort. En esta edición se amplían los géneros de exploración: aparecen pesadillas violentas en bucle, la reaparición de la vampira del Raval, la búsqueda de un joven a su hermano desaparecido al migrar o una mirada vivencial y agria sobre la lucha en Palestina. El punto en común, nuevamente, son las dudas juveniles, atravesadas por relatos que hablan de la cotidianidad de su generación y de la urbanidad.

 

Ahora bien, este recorrido me lleva realmente a ese primer libro que conocí, primero a través de sus autoras y autores en un encuentro que tuvimos junto a Noelia Domínguez, librera de Llavors en Casa América. Con Històries de la Florida: Latidos de un gueto, leí diez de los relatos que desarrollaron sus autores: historias de ceguera colectiva, de amores imposibles y otros posibles, de traumas familiares y personales. Existe una verdadera variedad de posibilidades y atrevimientos, que sigue siendo más un ejercicio de observación sobre cómo se cuentan los jóvenes que un objeto cerrado para el análisis literario.

 

No estoy desmereciendo el trabajo editorial ni de escritura. Comprendo, además, que existe un desbalance entre todas las voces de los tres libros. Pero es difícil analizar el texto solo desde su forma cuando lo que importa, en este caso, es también la intención. Y a mí la intencionalidad de cada una de esas personas que increpan me interesa, me convoca; mucho más que el ímpetu de buscar a las "nuevas voces jóvenes literarias". En este caso empatizo mucho más con esa honestidad de ser y que, en el camino, se les publique; porque así es el azar. Quizás, como diría Chenoa: "soy humana, muy humana".


En ese sentido, contacté con Enerolis Bautista para participar en las jornadas de Ya nadie lee, y posteriormente con Roguer Ángel para una entrevista en la Biblioteca Tecla Sala. De esa forma fui tejiendo encuentros con muchos de esos jóvenes a quienes leí con interés y, muchas veces, con admiración. Me sorprende, como el joven que alguna vez fui, reconocer mi propia falta de libertad para escribir historias de amor tan sinceras como la de Roguer con su relato "En realidad, la felicidad sí es eterna". Así como también me interpela el adulto que ahora soy, cuando lee todas las preguntas que propone Nosheen Talat con su relato "11 suïcidis" ante un suicidio inesperado, en el que las personas también pueden ser un daño colateral (relato publicado en el primer Històries del Raval).

 

Y eso, generacionalmente, no solo me interesa, sino que me gusta entenderlo como una de las muchas particularidades de las que hablan otros con absoluta honestidad: abuelos violentos, padres ausentes, violencia social, preguntas sobre la muerte. Existe una mirada desde el centro de lo que son, y esa mirada nos permite ver en 360 grados otras realidades que no nos pertenecen, pero que nos afectan por formar parte de este mismo tejido social alrededor de la cultura.

 

Quizás, a estas alturas, el hilo entre todos estos puntos se ha vuelto más enredado, pero también más visible. Sé, por ejemplo, que se tiene preparado un segundo libro de Històries de la Florida, que saldrá en 2027. También terminé topándome con Cosita, la novela que publicó Alba G. Mora, de la que luego haré una reseña por lo entrañable de su propuesta, esa mujer que colecciona objetos de segunda mano y se ve enfrentada a un Mago que busca quitarle cada uno de esos bienes preciados.

 

Cada una de las descripciones de los objetos extraños que aparecen en el relato aviva el afán de un coleccionismo personal, inusitado, tan extraño como este recorrido que les acabo de hacer por la colección de jóvenes de Blackie Books. Y, por lo tanto, también por las razones que me llevaron a pensar que tenía sentido una convocatoria como la Tarda Jove del Festival Món Llibre.


 

La intención es que sean sus jóvenes protagonistas quienes hablen de esta experiencia con los libros, más allá de la editorial, de los profesores, de los institutos y de las libreras. Que ellas y ellos encuentren un espacio de conquista sobre el cual articular su propia mirada del proyecto.

 

Después habrá un taller de fanzines con Alba G. Mora, pensado para ofrecer herramientas con las que pensar los espacios personales como posibles lugares de creación. Previamente a este taller, fui a varios institutos, bibliotecas y librerías para interactuar con jóvenes, reflexionar sobre cómo se les representa en los espacios educativos y culturales, e invitarlos a participar en una propuesta donde Alba trabajará desde un territorio aún más íntimo, propio y personal.

 


Quien quiera participar en la mesa ¿Cómo se cuenta una ciudad? está totalmente bienvenido. Será el viernes 29 de mayo, a las 17 h. Participan Enerolis Bautista, Roguer Ángel, Nosheen Talat y Sara Ramírez, esta última autora del próximo libro a publicar.


Después, a las 18:15 h, se celebrará el taller Un fanzine familiar, dirigido exclusivamente a jóvenes. Ambas actividades tendrán lugar en el Mirador del CCCB y las inscripciones pueden realizarse a través del enlace de la Tarda Jove.


Aquí podrás encontrar la crónica sobre la Tarda Jove.

 
 


“Los jóvenes no leen”. La frase se repite con facilidad en conversaciones adultas, a veces como diagnóstico y a veces como sospecha. Pero esa idea, además de simplificar, puede terminar influyendo en cómo los propios jóvenes se miran a sí mismos. Desde ese punto de partida llevamos a cabo en PezLinterna este estudio exploratorio de 130 páginas, impulsado por la Organización de Estados Iberoamericanos (OEI) y el Centro Regional para el Fomento del Libro en América Latina y el Caribe (CERLALC). No buscaba solo decidir si leen o no leen, sino ir a una pregunta más productiva: qué entienden por lectura y cómo se forma, se sostiene o se rompe ese vínculo en la adolescencia y la juventud.


La apuesta es sencilla y, a la vez, incómoda. Abrir la conversación más allá del libro como único objeto legítimo e incorporar los formatos, ritmos y sentidos que atraviesan hoy la vida cotidiana. También ampliar el foco para pensar cómo se cruzan lectura, escritura y oralidad en las prácticas culturales juveniles.


Para hacerlo, aplicamos una encuesta extensa creada por Freddy Gonçalves, Maité Dautant y Jaime Yáñez, con la que reunimos 2774 respuestas de personas entre 10 y 22 años, provenientes de Argentina, Bolivia, Brasil, Chile, Colombia, Ecuador, El Salvador, España, Guatemala, México, Nicaragua, Perú, Portugal, Puerto Rico, República Dominicana, Uruguay y Venezuela, además de muestras muy pequeñas de Cuba, Honduras y Paraguay. En este sentido no sólo tuvimos ayuda por parte de mediadores e instituciones, sino por los mismos jóvenes que desinteresadamente compartían y rellenaban la encuesta sin la gestión adulta.


Después realizamos encuentros focalizados con grupos de jóvenes de Argentina, Brasil, Colombia, España, Nicaragua y Venezuela, y con un grupo mixto de América Latina (Bolivia, Chile, México y Perú) con el que conversamos mientras jugábamos el videojuego Among Us. La muestra se diseñó para incluir tanto a quienes se nombran lectores como a quienes se asumen no lectores, porque el punto no es etiquetar sino entender cómo se construye el vínculo con la lectura en una etapa vital decisiva.


El primer hallazgo cuestiona un lugar común. El 48,99% afirma que la lectura aparece de forma recurrente en su vida cotidiana y en su tiempo libre. Aun así, incluso dentro de este grupo, leer rara vez funciona como una actividad exclusiva, porque suele convivir con la vida social y familiar (46%) y con el uso de redes sociales e internet (43%–44%). En cambio, el 51,01% no incluye la lectura entre sus actividades de ocio y se inclina más por prácticas como el deporte (53,9%) o los videojuegos (40,8%).



Si miramos la identidad lectora, el panorama se matiza. “Persona lectora” (32,93%) y “lector/a habitual” (25%) suman 58%, mientras “poco lector/a” (33,54%) y “persona no lectora” (8,53%) muestran que leer también opera como etiqueta social, no solo como práctica.


Los obstáculos, por su parte, no funcionan como una excusa abstracta. El más frecuente es la falta de tiempo (43,55%), seguida de la falta de concentración (29,42%), y después aparecen el aburrimiento, la dificultad de comprensión, la falta de dinero o la falta de libros. Sin embargo, al preguntar qué dificulta que “lean más”, la atención se desplaza hacia internet y redes sociales, que aparecen como competencia directa (49% sumadas en la codificación), por encima de la falta de tiempo (20%). La discusión, entonces, no se reduce a “pantallas contra libros”, sino que remite a hábitos de atención, ecosistemas de recompensa inmediata, prácticas escolares que no enganchan (casi la mitad considera que las lecturas obligatorias o sugeridas no conectan) y desigualdades materiales que siguen pesando cuando hablamos de acceso y acompañamiento.


En el estudio aparece un contraste claro entre la imagen social de “mujer lectora” frente a "hombres no lectores". Por un lado, las mujeres tienden a concentrar una relación más estable con la lectura por placer, con mayor presencia de lectura diaria (40% frente a 35,5% en hombres) y un hábito sostenido más alto si se suman lectura diaria y semanal (65,8% frente a 52,5%). En los varones, el estudio muestra que la identidad de “no lector” o “poco lector” pesa más y se sostiene con cierta estabilidad, sobre todo en edades escolares. Por tramos, “poco lector” se mantiene alto en hombres entre 10–13 (38,2%), 14–17 (35,4%) y 18+ (37,9%), y además la categoría “no lector” es sistemáticamente más alta que en mujeres durante la adolescencia. 


Al mismo tiempo, la autopercepción confirma que la identidad lectora de las mujeres se refuerza entre 10–17, pero en 18+ aparece un doble movimiento, porque crece “lectora habitual” y también “poco lectora”, lo que sugiere continuidad en una parte del grupo y fragilidad en otra, ligada a condiciones externas más que a “falta de interés”. Esa fragilidad tiene un rostro material cuando las jóvenes, especialmente en Centroamérica y Sudamérica, nombran tareas domésticas, cuidados y ruido del hogar como límites concretos para leer más, mientras que en el mismo territorio los varones mencionan con más frecuencia obligaciones laborales tempranas.


Esto sugiere un patrón de género claro en el vínculo con la lectura. En las mujeres aparece, en general, una relación más sostenida, especialmente cuando leer se asocia al placer, aunque esa continuidad se negocia con desigualdades concretas y expectativas de cuidado que condicionan tiempo, calma, acceso y acompañamiento. En los varones, la relación suele ser más ambigua y frágil cuando la lectura se piensa como ocio, y tiende a quedar más ligada al estudio y la obligación escolar, lo que refuerza una identidad de “poco lector” o “no lector” sin que eso implique rechazo al conocimiento, sino una forma más utilitaria y menos íntima de relacionarse con los textos.



En cuanto al acceso a espacios y soportes, solo el 30,71% afirma utilizar la biblioteca de su ciudad o municipio. Aunque una mayoría dice preferir el papel (80,97%), el uso de soportes digitales es prácticamente generalizado. El 90,2% confirma que suele leer a través de algún dispositivo, y el teléfono móvil es el más utilizado (62,91%).


La conclusión de fondo es política y pedagógica a la vez: si queremos que la lectura se sostenga, no basta con celebrar que “sí leen” ni con repetir que “no leen”. Hay que construir condiciones: acceso real a libros y otros formatos, espacios seguros y atractivos, mediación profesional y redes que acompañen sin moralizar, alfabetizaciones múltiples que incluyan lo digital con mirada crítica. Y, sobre todo, hay que asumir a los jóvenes como agentes de su propia formación cultural: no objetos de estudio, sino interlocutores con voz, capaces de decir qué les pasa cuando leen, cuando no leen y cuando el mundo les exige estar “al día” con todo.


Enlace para la descarga: Estudio

 
 


Autor y director: Lucas Ramada Prieto

Edición: Gerencia de Servicios de Bibliotecas, Diputación de Barcelona

Diseño: Postdata.cat

Barcelona, 2025


Es extraño que, a estas alturas del siglo veintiuno, siga siendo tan complejo proponer reflexiones acerca de la expansión lectora en la infancia y la juventud. Para este caso en específico, el debate se circunscribe a la ficción digital y sus posibilidades lectoras. Salir del margen, de la idea de nicho, y componer un ejercicio colectivo de reflexión con el apoyo de una institución pública es un logro para la cultura digital dentro del campo de la mediación lectora. Esta guía no solo expone, sino que muestra posibilidades de trabajo con el videojuego dentro del espacio bibliotecario; pero no como un mero acompañamiento ni con la intención de cumplir una cuota de innovación, sino con la voluntad de construir mirada, conversación y bagaje.


Este documento no se comporta como un manual de dinamización, sino como un mapa en el que la persona que media estos discursos debe aprender también a ser un lector más. Es decir: no se puede hablar de jugar sin jugar. Y ese es el mayor aporte de la guía, Lucas Ramada Prieto, autor del texto y director del proyecto, logró construir una comunidad de práctica que aprende junta, discute, se equivoca, ajusta y vuelve a probar, siendo él un participante más de esta experiencia colectiva. Va de jugar juntos. Con el apoyo de la Gerencia de Servicios de Bibliotecas de la Diputación de Barcelona, implementaron un primer año de capacitación para luego conformar una especie de laboratorio en el que se reunía el personal bibliotecario a compartir experiencias de sus propias prácticas (primero individuales, como jugadores; y después comunitarias, como mediadores).


En ese sentido, se contrapone el miedo que genera la pantalla en la vida de las infancias y se pone en valor el discurso del juego frente a la fascinación vacía de la modernidad. Juntas construyen una curaduría de juegos a partir de la mediación conversacional. Porque no solo se trata de jugar, sino de aprender a seleccionar obras de calidad, jugarlas en serio y sentarse con las infancias, adolescencias y juventudes para hablar de estética, de historias, de temas, de cómo nos afecta la experiencia del juego. Como quien abre un álbum ilustrado y, en vez de soltar un resumen tras una lectura lineal, explora, hurga y se pregunta: ¿qué hizo esto con tu cabeza?


Dentro de esta conversación prolongada, los participantes de diversas bibliotecas de Barcelona construyeron itinerarios en los que una obra puede expandir sus sentidos y propuestas. Cuatro ejemplos bastan para entender el método: Paseando la mirada (mirar lento), Vectorpark (surrealismo-juguete), Jugar la ciudad (construir huellas) y Los caminos que se bifurcan (decidir para narrar). Más que una lista al uso, da la sensación de generar una constelación de posibilidades por explorar. Dentro de estas propuestas no solo hay reseñas de juegos, sino crónicas de actividades implementadas por las bibliotecas con sus bibliotecarias. Narran la experiencia desde la propuesta, el desarrollo y el análisis de este acompañamiento en directo. Es una guía que se atreve e invita a ejecutar lo aprendido.




En ese sentido, la guía genera un diálogo entre lo literario como una actividad de goce íntimo y autónomo en la biblioteca; y la posibilidad de crear “oasis de juego autónomo”, en los que sus usuarios sean capaces de encontrarse con una pluralidad del videojuego más allá de lo que dicta la industria. Ubica, así, la selección más allá del impacto de la industria, acción en la que también se debería insistir dentro de la selección de literatura juvenil contemporánea.


Decenas de obras trabajadas, clubes de lectura de ficción digital con usuarios y una comunidad amplia de bibliotecas y participantes demuestran que las bibliotecas pueden abrazar otras formas de hacer en la contemporaneidad, desde el cuidado e incentivando el pensamiento. Es una guía profundamente útil para quien quiera explorar otro tipo de mediación.


Puede descargarse en tres idiomas: catalán, castellano e inglés. Se accede a través de este enlace a la Diputación de Barcelona. Disfrútenla, es un excelente trabajo, una propuesta interesante de mediación y lectura, que deja de ser programa escrito y se vuelve horizonte.




 
 
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