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LOBO

Saša Stanišić

Ilustra: Regina Kehn

Traduce: Alfonso Castelló

Siruela, 2025


Kemi, el narrador de esta historia, es obligado a pasar el verano en un campamento en medio del bosque. Le abruma tener que compartir literas, lidiar con los insectos, hacer rutas de senderismo, socializar con desconocidos. Y, evidentemente, lo primero que le toca es compartir con Jörg: un personaje que ama la naturaleza, que pinta como los dioses y que tiene un amplio conocimiento sobre el mundo. Es alguien digno de admirar.


La relación de ambos se sostiene sobre el eje fundamental de esta historia: la amistad. Porque, si bien hay un tema evidente y constante en el libro, no es el motor real de las acciones. Jörg, por su ímpetu hacia el conocimiento, es también profundamente tímido, y eso lo vuelve un blanco fácil para otros jóvenes que se burlan de él y lo acosan. Ese es el razonamiento de Kemi, quien entiende esa vulnerabilidad como un “permiso” para los abusones, y por eso prefiere hacerse a un lado para no ser el próximo.


A este conflicto se le suman unos extraños sueños que Kemi tiene con un lobo. Trata de buscarles sentido, de entender algún mensaje simbólico, pero poco a poco se da cuenta de que su búsqueda de respuestas y la evolución de Jörg dentro del campamento pueden ir de la mano. Las ilustraciones son apenas un acompañamiento al texto, con el uso de un color amarillo que genera la sensación de una linterna iluminando el bosque. Lo importante es la soltura del relato y la precisión del texto en su traducción.


Una novela contada con humor, sarcasmo, y con párrafos y diálogos concisos, aborda el tema del bullying sin convertirlo en un eje escolar de manual. No hay víctimas, ni santos, ni figuras monstruosas capaces de cualquier cosa en nombre de la caricatura de lo malo. Lo mira como es: un sistema pequeño, cotidiano, insistente, que se instala en un grupo y se alimenta del silencio del resto. En ese sentido, la valentía no se vuelve un acto épico, sino un paso pequeño en el momento exacto.


"¿Por qué los folletos sobre bosques no enseñan las astillas en los dedos ni las garrapatas?"


 
 

HANSEL Y GRETEL

Stephen King

Ilustra: Maurice Sendak

Traduce: Darío Zárate Figueroa

Lumen, 2025



Una de las preocupaciones contemporáneas en torno a la infancia y la lectura es la distancia que empieza a abrirse entre generaciones a partir de ciertos referentes. Es decir: esos cuentos tradicionales que forman parte del diálogo humano y que, poco a poco, dejan de habitar el imaginario colectivo del hogar en las nuevas infancias. Por eso es relevante generar espacios definidos para este tipo de relatos.

Sin embargo, una de las dudas radicaba en la reformulación del cuento alemán original a través de la reescritura de Stephen King: ¿qué aporte podría darle a un relato que ya, de por sí, es bastante aterrador?


El autor entiende algo básico de los cuentos tradicionales: que no son tiernos, son exactos. Que la crueldad no es un exceso, sino el motor. Su texto no se entretiene en embellecer el horror; lo enuncia con esa claridad de fogón: “esto pasa y punto”. Y esa sequedad funciona porque el terror aquí no está en los sustos, sino en la lógica: cuando hay hambre, cuando una familia está al límite, lo impensable se vuelve opción. El cuento no necesita monstruos sofisticados: le basta con adultos cansados, una casa que promete, una puerta abierta.


Hansel y Gretel es eso: dos niños con hambre, abandonados, que crean un camino de migas que no sirve y encuentran una casa que los acoge con la intención de hacerlos desaparecer. Porque la bruja que la habita también tiene hambre. Lo interesante es cómo King ajusta el foco. Hay un aire de relato oral, como quien se lo cuenta a la vecina, y eso vuelve más inquietante cada gesto cotidiano: la caminata, la noche, el cálculo, la desconfianza. Porque, en el fondo, Hansel y Gretel siempre ha sido un cuento sobre estrategia infantil: la inteligencia como forma de defensa cuando el mundo se vuelve impredecible. Aquí esa idea se siente más filosa: los niños no son “inocentes” como adorno moral; son competentes porque no les queda otra. Y eso da orgullo y tristeza al mismo tiempo.


Ahora bien, sabemos que esta dupla creativa también puede leerse como una estrategia comercial oportunista. Pedirle a Stephen King que le diera voz a este relato era una forma de crear un producto editorial que recuperara el material que Maurice Sendak produjo para la puesta en escena de Hansel y Gretel en la Houston Grand Opera en 1997. Sendak fue diseñador visual tanto de decorados como de trajes, por lo cual sus diseños y sketches se reutilizaron para esta readaptación del cuento original. Por eso su bosque no es postal: es una masa viva, con sombra y dientes. Lo siniestro no está solo en la bruja, sino en el ambiente entero, como si el mundo estuviera ligeramente torcido desde el principio.


Y no nos quejamos. Vale la pena con tal de tener a la mano y observar el resultado de la imaginación de Sendak y entender por qué es importante sostener el sentido de los cuentos tradicionales sin edulcorantes. Es importante leer como la casa de la bruja, esa promesa brillante, se convierte en el centro simbólico perfecto: lo dulce como señuelo; la abundancia como trampa; el placer como mecanismo de captura. La bruja, por supuesto, es el exceso, la caricatura oscura: la adultez depredadora sin máscara. Pero lo más fuerte del libro es que no te deja poner todo el mal en ella. Porque el cuento no empieza con la bruja; empieza en la casa familiar. Empieza con el hambre. Empieza con la decisión de abandonar. Y ahí es donde este Hansel y Gretel se vuelve más que un relato de susto, se vuelve un cuento sobre la traición estructural, sobre cómo el cuidado puede fallar y cómo la infancia encuentra sus propios recorridos para salir airosa dentro del mundo. Larga vida a los cuentos tradicionales.



 
 

EL HOMBRE QUE PERDIÓ LA CABEZA

Fanuel Hanán Díaz

Ilustra: Giulia Landonio

Diego Pun, 2025




El señor F. amanece un día sin su cabeza: no sabe dónde la perdió o si se ha ido por su cuenta. Y no es que haya enloquecido, esté distraído o sea incapaz de pensar; es que, físicamente, su cabeza ya no está. Y eso, para una persona aferrada a la rutina, es un inconveniente enorme: ¿cómo sale a cumplir la cotidianidad si está descabezado?


Ante esta onírica premisa, el álbum despliega escenarios absurdos, de inspiración surrealista, en los que las ilustraciones cobran especial protagonismo: colores intensos, animales inesperados y composiciones espaciales que retan al ojo de quien lee. En paralelo, el texto se vuelve cada vez más escueto, más silencioso, como si el lenguaje empezara a irse detrás de las ideas. La atmósfera que brindan las imágenes se adueña del espacio y de la narrativa. En medio de este trágico delirio, el señor F. se convierte en un errante sin paisaje. No lo habita: lo transita sin sentido. No trabaja: funciona mecánicamente. La vida deja de tener razón.


Así, quienes leen van reconociendo en el señor F. una pérdida de sentido. No es solo la cabeza la que desapareció: es el centro del relato y, por lo tanto, su motivación. El señor F. está fracturado y, aun así, es capaz de atender lo inmediato con precisión mecánica, sin pensar ni dedicarle tiempo al pensamiento. Esto dispara una pregunta fundamental: ¿cuánta vida cotidiana está hecha de seguir? Seguir trabajando, atendiendo, caminando, mientras lo esencial se esconde de nuestra propia identidad. Es la metáfora de la operatividad humana como una forma ilógica de resistencia.


En ese sentido, el libro se afirma en una sólida estructura narrativa que construye un imaginario en el que lo cotidiano también se vuelve ilógico. No es solo el hecho de perder la cabeza, sino el de hacer lo que hacemos (o transitar los espacios de siempre), sin ella: la oficina, la calle, el movimiento de los cuerpos, la exigencia de producir sentido a toda costa. Si la cabeza falta, ¿qué queda? Queda el cuerpo insistiendo. Queda la costumbre. Queda el miedo. Queda, también, una posibilidad rara: que el caos sea más honesto que la normalidad.


Este ejercicio absurdo funciona como lectura autónoma para las infancias, en torno a la comprensión de lo figurativo y el humor (e incomodidad) irreverente sobre un hombre sin una parte de su cuerpo. Sin embargo, entre muchas otras capas, enfrentarme a este libro como lector me hizo pensar en Remedios Zafra, cuando se pregunta de forma precisa: “¿Qué me sujeta a este hacer que amo?” en su libro Frágiles. Justo antes de empezar a cuestionar la posición de desventaja en las que se encuentran quienes aman su trabajo, pero se ven sepultados por las dinámicas de la burocracia o por las dificultades propias de la vida social, familiar e íntima. Este álbum, aparentemente sencillo, esconde un cuestionamiento filosófico sobre la forma en que los seres humanos se vinculan con su realidad contemporánea, poniendo el foco en lo simbólico: un hombre sin cabeza y, por lo tanto, sin un centro al que volver a habitar.



 
 
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Cultura, libros, infancia y adolescencia

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ilustración de las jornadas @Miguel Pang

ilustración a la izquierda @Juan Camilo Mayorga

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