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LOS MUCHACHOS DEL APOCALIPSIS Jorge Galán

Alfaguara, 2025



Las temperaturas están bajando de forma estrepitosa en El Salvador. Este evento climático sin precedentes puede traer consecuencias nefastas para la comunidad, porque no están preparados para tanto frío. Se dice en internet que ya ha muerto gente a causa de esta crisis, pero lo que de verdad más les preocupa a los “muchachos": Sonia, Antonio, Nana, Tomás, Maca y Lucy, es sobrevivir cada día. Y es que no existe apocalipsis capaz de rebajar la violencia cotidiana de un sistema fallido. Estos jóvenes habitan barrios marginales, con sus dinámicas y con esa atmósfera tensa como un péndulo constante. Es más fácil (y más probable) morir dentro del barrio que por un meteorito inesperado. Los seis son conscientes de esa realidad.


Con personajes jóvenes profundamente bien construidos, la novela se estructura alrededor de un coro, con episodios en los que la persona que lee va explorando cada una de sus circunstancias. Personajes como Lucy que buscan migrar al Norte a pesar de cualquier riesgo; o Tomás, que se esconde en una cisterna vacía bajo el patio de su abuela para no ser encontrado por un delincuente. Un delincuente que violó a Sonia, quien cumple una condena en prisión por abortar. Porque sí: aquello que parece improbable forma parte de la lógica de un Estado en el que lo último que importan son los derechos de sus ciudadanos. La historia de Sonia, no en vano, está basada en la realidad objetiva de muchas chicas a las que obligan a ir a prisión antes que tener derecho a la libre decisión sobre su cuerpo y la maternidad.


Este coro no es un alegato a la amistad; al contrario, se construye desde relaciones bastante realistas, donde a veces la lealtad puede ser un salvavidas, pero la crueldad también es un lenguaje aprendido y compartido. A medida que se ensamblan todas las historias, quien lee encuentra ternura breve, escondida; la risa como contraseña; el miedo como clima y cierta inocencia en la forma en cómo se relacionan con lo íntimo. El libro trabaja con esa energía de pandilla afectiva: cuando el mundo es hostil, lo colectivo es refugio, aunque el refugio también tenga grietas. No es una historia lineal, sino una hecha de fragmentos violentos, capítulos breves, como si fueran también supervivientes de la memoria.


Por eso el apocalipsis no es lo más terrorífico: la falta de futuro es una sensación constante. El libro no necesita monstruos de fantasía; le basta con la experiencia de crecer dentro de un sistema que se cae a pedazos (o que, peor, ya aprendió a sostenerse cayéndose). La prosa coquetea entre el nervio, lo concreto y lo inesperadamente poético. Aparecen imágenes y escenas que parecen sencillas, pero se quedan resonando: una conversación mínima que muestra el tamaño real del abandono; un gesto entre amigos que, por un segundo, salva; una calle que no es solo calle, sino sentencia.


Otra capa que el libro explora es la masculinidad. Estos muchachos no están aprendiendo a ser hombres en un sentido épico, sino en un sentido brutal: aprender a no llorar, aprender a responder, aprender a endurecerse antes de tiempo. Y, sin embargo, el libro deja ver el costo de esa armadura con el cuerpo tenso, el afecto mal traducido, la rabia como idioma principal. La pregunta de fondo es terrible y simple: ¿qué tipo de sensibilidad queda disponible cuando te educan para resistir y no para sentir?


Este no es un libro cómodo ni esperanzador. No busca dejarte con moraleja ni con consuelo fácil. Es de los que duele. Lo que ofrece es una mirada directa, a ratos amarga, a ratos sorprendentemente tierna, sobre lo que significa crecer cuando el futuro parece un privilegio ajeno. Como persona que lee, terminas y te queda una sensación inquietante. Descubres que el apocalipsis, en realidad, no estuvo nunca en el final, sino que coexiste en su entorno.


"Sabrás lo que es cuando sea el tiempo propicio, porque nadie tendrá manera de no saberlo. Nadie puede mirar hacia otra parte en medio de la apocalipsis".

 
 

EL BOSQUE DE LOS MIL OJOS

Frances Hardinge

Ilustra: Emily Gravett

Traduce: Noemí Risco

Bambú, 2025



El bosque es el enemigo. Se expande, crece, es capaz de devorarlo todo hasta transformarlo, y los humanos son muy conscientes de su poder. Por eso viven detrás del muro, una frontera que los protege de ese espíritu, de ese hambriento ejército con el que se mueve la naturaleza. La joven Pluma y su hurón, Lustroso, deciden adentrarse en una peligrosa expedición, con tal de encontrar respuestas que los ayuden a evitar que ese avance se vuelva inmanejable. Y eso es un problema, porque Pluma no peca de ingenua, sino de curiosa. Impulsada por el hambre de entender, se vuelve imprudente. Esa confrontación con el espacio del otro, con los personajes inesperados que se cruzan en su camino, pero también con las normas que rigen ese mundo inhabitable, la enfrentan a una pregunta irremediable: ¿qué hace una persona cuando lo único que la separaba del miedo ya no existe?


En esta breve historia de aventura y misterio, Pluma no “descubre el mundo” como quien colecciona postales: aprende cosas prácticas, incómodas, muy de supervivencia (cómo se consigue agua, cómo se pesca, cómo se inventa una herramienta), pero cada hallazgo tiene una capa emocional y política. Porque en el camino aparecen otras comunidades, aisladas entre sí, que han desarrollado soluciones distintas para un mismo problema. Y entonces el libro se vuelve, sin avisar, un relato sobre la circulación del conocimiento: lo que se salva cuando se comparte, lo que se pierde cuando se guarda como secreto, lo que se vuelve poder cuando se monopoliza.


En ese sentido, El bosque de los mil ojos es un libro sobre fronteras. La frontera física, sí (el Muro, el límite), pero también la frontera mental: lo que una comunidad se permite imaginar. Hay algo muy fino en la manera en que Hardinge escribe el miedo colectivo: no como cobardía, sino como sistema. El temor se institucionaliza, se hereda, se vuelve argumento moral. “No salgas”, “no preguntes”, “no mires”. Y claro: si el Bosque tiene mil ojos, la gente también aprende a vigilarse entre sí. El afuera amenaza, pero el adentro controla.


Y luego están las ilustraciones de Emily Gravett, que no funcionan como adorno ni como pausa simpática, sino como atmósfera. Hay un trabajo de textura que parece insistir en que el Bosque no se queda “allá”: se mete en la página. Entra por los márgenes, roza el texto, hace sentir esa invasión lenta que, en una historia así, es el verdadero terror: la certeza de que algo avanza mientras se intenta llevar una vida normal. Es precioso y opresivo a la vez.



 
 

Actualizado: 26 dic 2025


GENEALOGÍA

María Teresa Andruetto

Ilustra: Santiago Guevara


Dos breves historias gráficas, hechas a carboncillo a través de viñetas, registran las experiencias de personas migrantes en dos épocas distintas. Al inicio, los procesos migratorios de familias europeas hacia América, signados por un color tierra; y, posteriormente, otras migraciones, en color azul mar, muy similares a los desplazamientos contemporáneos de África hacia Europa. Ese contraste está interceptado, en el centro material del libro, por un poema de María Teresa Andruetto, en el que se va deshilvanando la genealogía de una familia en movimiento. En ese espacio de respiro, entre un tiempo y otro, se configura una línea femenina en la que se desplaza la carga de contar la propia memoria familiar: trabajo, crianza, viajes de ida, decisión de quedarse.


El poema comienza con la premisa de una foto del casamiento de sus padres. No se trata de una historia de aventuras, sino de un ejercicio simbólico en el que distintas formas de narrar coinciden en un mismo diálogo: las consecuencias afectivas de la migración. Cada escena es breve, concreta, casi como una fotografía verbal de la que emergen una bisabuela, una hija, una travesía, una forma de sobrevivir. El poema avanza por acumulación y por ritmo. Lo que no se dice pesa tanto como lo que se nombra. Y, en ese sentido, el libro funciona como una especie de inventario afectivo: no del “yo”, sino de lo heredado. ¿Qué se transmite, realmente? ¿Un apellido? ¿Un modo de mirar? ¿Un cansancio antiguo? ¿Un miedo que aprendimos sin saberlo?


Pero este poema es apenas la cadencia del mar, un susurro de fondo, entre los vórtices del libro que enuncian el recorrido físico y visual de las personas migrantes. No solo en los detalles del rostro o en la incertidumbre del paisaje, sino en el giro simbólico entre tiempos y en los muros que existen en la actualidad. En ese sentido, la genealogía no solo habla del linaje de una familia, sino de una repetición histórica, en la que el contraste de la imagen opera como reclamo político y social. La frontera contemporánea representa un inhumano acto de violencia contra los derechos humanos. Citando a Valeria Luiselli en su libro Desierto sonoro: “Hay una compatibilidad de nuestras soledades, y una absoluta incompatibilidad de nuestras situaciones”.


Originalmente publicado en 2024 por la editorial colombiana Babel, llega a España este año en una coedición con Libros del zorro rojo. Genealogía es un libro fragmentario, peculiar, breve y, por eso mismo, incisivo y difícil de clasificar. Establece una poética propia al trazar líneas invisibles entre sus diversas representaciones. Más que construir un sentido cerrado, genera inquietud alrededor de la idea migratoria, tanto por quienes fueron parte de esa ola en el siglo XX como por quienes lo son en el siglo XXI. El agitamiento de conciencia forma parte de la propuesta: no es ausencia de sentido, sino un ejercicio humano de replantearnos las condiciones y razones por las que tantas personas salen en busca de nuevas oportunidades. La ausencia, al fin y al cabo, también puede ser una trampa de la memoria.




 
 
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Cultura, libros, infancia y adolescencia

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ilustración de las jornadas @Miguel Pang

ilustración a la izquierda @Juan Camilo Mayorga

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