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LA CACERÍA

David Lozano

Edebé, 2025



Eva y Marlon, dos jóvenes veinteañeros, se encuentran a la entrada de lo que parece un pueblo fantasma. Apenas se conocen de las redes sociales, pero ninguno tiene miedo de estar a solas con el otro en medio de la nada, quizá porque llevan un rifle de disparo digital y unas lentillas que, en unos minutos, los conducirán a participar en un juego llamado VENARI. Víctimas de la adrenalina, estos dos personajes son apenas uno de los grupos que formarán parte de seis horas de cacería y supervivencia en un mundo virtual. Otras cuatro personas estarán dando inicio a la partida en puntos distintos de ese pueblo.


Estamos ante un thriller trepidante, de capítulos cortos. La adrenalina se expande de los personajes a las personas que leen, pues es el tono con el que se narra la historia: empieza de forma directa, con explicaciones breves y acciones ágiles. La intención de ese juego experimental no es solo divertir a un grupo de jóvenes a cambio de un premio de cincuenta mil euros, sino ser observados por un grupo de médicos, empresarios, ingenieros, científicos y programadores, capaces de entender el comportamiento humano dentro de un espacio controlado por la inteligencia artificial.


La elección de un pueblo abandonado no es en vano. No solo cumple la función de tablero, sino que es un espacio con memoria, donde lo humano es capaz de coordinarse en su espacialidad. No hay descanso en este mundo abierto, sino una alerta constante ante misiones, persecuciones o el riesgo de enfrentamiento con las criaturas que los atacarán. Es una propuesta siniestra, porque la realidad aumentada les hace creer a estos jóvenes que están invadiendo este mundo, el humano, y no participando en un planteamiento ajeno al que no pertenecen.


Son seis horas contadas con el vértigo de un narrador en tercera persona que no tiene tiempo que perder, y que analiza cada movimiento con la urgencia del juego. Los jugadores no solo lo dan todo por el premio: se arriesgan a enfrentarse a la mantícora, el monstruo más terrible jamás programado para un videojuego. Del otro lado, quienes observan también tienen seis horas para que la partida funcione como generador de datos para futuros negocios basados en el comportamiento humano. Aquí la tecnología no es neutra: es una inteligencia artificial (Moira) diseñada para observar, aprender y apropiarse de las emociones humanas. Solo a partir de los puntos débiles y de las formas de responder ante ciertas situaciones, la IA puede generar monstruos más complejos y escenarios más retadores. El peligro radica en que el juego se transforma en un método de control sobre el ser humano.


Y, de pronto, lo que parecía “entretenimiento” se vuelve entrenamiento: obedecer instrucciones, aguantar presión, competir, desconfiar del grupo, seguir avanzando aunque el cuerpo diga no. La novela no busca ser un manual crítico sobre los videojuegos, ni mucho menos pretende aleccionar a quien lee; lo invita, más bien, a replicar la experiencia desde la urgencia y la inquietud. Pero también cuestiona la actitud pasiva de los seres humanos ante la entrega de datos, hábitos y reacciones a una gran maquinaria que solo busca capitalizar lo humano. En este juego por la supervivencia, la persona que lee cierra el libro pensando no solo en aquello que nos hace humanos, sino también: ¿en qué momento aceptamos que la vigilancia fuera parte del juego?


"Cazar de forma presencial requiere agilidad, es muy diferente a jugar a través de una pantalla, sin moverte de tu habitación"

 
 

HISTORIA DE AMOR VERDADERO ENTRE UNA RANA Y UN CUCARRÓN

Francisco Montaña

Ilustra: Manu Montoya

Cataplum, 2025



Una rana y un cucarrón se enamoran. Esa es exactamente la premisa de este relato. Y, en parte, lo hacen por culpa de un carrito de helados. Lo sé: podría parecer absurdo todo lo que se cuenta al inicio de esta reseña, pero les puedo asegurar que existen relaciones humanas mucho más cuestionables que las de estos dos personajes. Y esa es la gran virtud de este libro: no genera resistencias en quien lee, porque la historia se cuenta con tal seriedad emocional que no hay cabida para más hipótesis entre especies que la del enamoramiento como motor de las acciones de ambos. Esta es una historia de amor verdadero, con todas las consecuencias que eso conlleva, tanto para sus personajes como para la persona que se embarca en su lectura.


Celebramos la reedición de este libro con nuevas ilustraciones (y menos páginas), cuya tierna atmósfera se mantiene intacta. Aquí no se explora el amor desde el dramatismo, sino desde la forma en que una pareja se posiciona ante las búsquedas y necesidades del otro. Por supuesto que el libro habla de burbujitas de babas, de comer moscas y viajar sobre tortugas, pero también profundiza en el acto de acompañar, cuidar, cargar, separarse, extrañar. Y, lo sentimos por la anticipación, en esta historia no todo son alegrías. A veces eres solo un cucarrón, en medio de un estercolero, preguntándote: "¿para qué la mañana si no estaba ella para volar juntos antes de que saliera el sol?"


Este relato se sostiene sobre el conflicto de la diferencia: el de ser dos sujetos tan distintos atravesados por una emoción que, en teoría, debería poder con todos los obstáculos. Pero ¿hasta dónde llega el amor cuando el hogar de uno no coincide con el hogar del otro?


La aventura se mueve entre lo cómico y lo existencial con una ligereza que engaña: quien lee se ríe y, de repente, se encuentra pensando en reflexiones que cobran sentido en la adultez. Y no es que un joven lector en tránsito no sea capaz de entender este recorrido exploratorio a través del amor; es que la verdad del relato genera ecos en cualquier persona que lo lea, independientemente de su edad. Es una lectura autónoma que interpela desde lo emocional, gracias a la naturalidad simbólica con la que está escrita.


La ilustración de Manu Montoya es clave para sostener ese tono. El libro se siente luminoso, raro, un poco disparatado, pero nunca cruel. Los personajes tienen esa humanidad caricaturesca que permite que el conflicto sea digerible. En el fondo, esta es una historia de amor que no romantiza el sacrificio, pero tampoco se burla de él, lo mira de frente, con ternura. Terminas con una sensación extraña, como quien abarca algo aparentemente simple, pero que esconde un ritmo de preguntas y sensaciones que, como lector, no te esperas.


Se mantiene intacta, como una de las joyas de la literatura infantojuvenil colombiana.



 
 



CORAZÓN DE MAÍZ

Juana Chiviliú

Ilustra: Rosana Faría


En este ejercicio doméstico, Lupita narra en primera persona una mañana cotidiana en el campo guatemalteco. Específicamente, en el pueblo Tz’i k’in Jaay, que en el idioma maya tzutujil significa “casa de pájaros”, que además es un elemento gráfico significativo en este relato de la memoria. Los pájaros, en múltiples formas, estarán acompañando esta narración de Lupita. No hay, ni pretende haber, una gran aventura, sino un recorrido sosegado a través de las palabras: esas que, desde el afecto, construyen las labores convencionales del pueblo y de la familia.


Antes de ir al colegio, Lupita ayuda a su madre. Debe moler el nixtamal para obtener la masa con la que hará las tortillas, una labor que realizan también otras mujeres del pueblo a primera hora. En ese encuentro colectivo se van almacenando historias alrededor del maíz que, como dice en la contraportada, es un “símbolo de la identidad cultural de los pueblos mesoamericanos”. Aunque aquí agregaría que no solo es símbolo, sino también memoria material. Todos los sentidos de esas mujeres forman parte del proceso en el que el maíz pasa de ser mazorca a tortilla: es lo que se toca, se muele, se come, se sostiene e incluso se procesa. Esta idea se refuerza en las viñetas en blanco y negro que aparecen pequeñas, en la parte inferior de la página del texto, donde madre e hija anónimas, en una ciudad, hacen del proceso de las tortillas otro espacio de bienestar y consumo: importar o exportar tortillas empaquetadas, para hacer eco de este encuentro cultural con personas de otros rincones.


El libro funciona como una pequeña reliquia doméstica: familia, entorno, rutinas, sonidos; gestos que parecen minúsculos, pero que, en realidad, mantienen el mundo en pie. Y las ilustraciones no solo acompañan, sino que expanden esa sensación de que el pueblo y sus habitantes forman parte del paisaje. A medida que avanzan las páginas, los colores del fondo van cambiando según los tonos del amanecer. El lector acompaña a Lupita en su recorrido por el crepúsculo matutino, poniendo en diálogo sus aficiones personales (K-pop, manga) con elementos identitarios del pueblo (las cestas, los tejidos, la ropa). Todo está vivo sin necesidad de gritar: lo que se viste, lo que se carga, lo que se mira de reojo. Es un libro que cuenta, desde la alegría y la querencia, otros ritmos en la vida de las infancias.



 
 
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Cultura, libros, infancia y adolescencia

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ilustración de las jornadas @Miguel Pang

ilustración a la izquierda @Juan Camilo Mayorga

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