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HISTORIA DE AMOR VERDADERO ENTRE UNA RANA Y UN CUCARRÓN

Francisco Montaña

Ilustra: Manu Montoya

Cataplum, 2025



Una rana y un cucarrón se enamoran. Esa es exactamente la premisa de este relato. Y, en parte, lo hacen por culpa de un carrito de helados. Lo sé: podría parecer absurdo todo lo que se cuenta al inicio de esta reseña, pero les puedo asegurar que existen relaciones humanas mucho más cuestionables que las de estos dos personajes. Y esa es la gran virtud de este libro: no genera resistencias en quien lee, porque la historia se cuenta con tal seriedad emocional que no hay cabida para más hipótesis entre especies que la del enamoramiento como motor de las acciones de ambos. Esta es una historia de amor verdadero, con todas las consecuencias que eso conlleva, tanto para sus personajes como para la persona que se embarca en su lectura.


Celebramos la reedición de este libro con nuevas ilustraciones (y menos páginas), cuya tierna atmósfera se mantiene intacta. Aquí no se explora el amor desde el dramatismo, sino desde la forma en que una pareja se posiciona ante las búsquedas y necesidades del otro. Por supuesto que el libro habla de burbujitas de babas, de comer moscas y viajar sobre tortugas, pero también profundiza en el acto de acompañar, cuidar, cargar, separarse, extrañar. Y, lo sentimos por la anticipación, en esta historia no todo son alegrías. A veces eres solo un cucarrón, en medio de un estercolero, preguntándote: "¿para qué la mañana si no estaba ella para volar juntos antes de que saliera el sol?"


Este relato se sostiene sobre el conflicto de la diferencia: el de ser dos sujetos tan distintos atravesados por una emoción que, en teoría, debería poder con todos los obstáculos. Pero ¿hasta dónde llega el amor cuando el hogar de uno no coincide con el hogar del otro?


La aventura se mueve entre lo cómico y lo existencial con una ligereza que engaña: quien lee se ríe y, de repente, se encuentra pensando en reflexiones que cobran sentido en la adultez. Y no es que un joven lector en tránsito no sea capaz de entender este recorrido exploratorio a través del amor; es que la verdad del relato genera ecos en cualquier persona que lo lea, independientemente de su edad. Es una lectura autónoma que interpela desde lo emocional, gracias a la naturalidad simbólica con la que está escrita.


La ilustración de Manu Montoya es clave para sostener ese tono. El libro se siente luminoso, raro, un poco disparatado, pero nunca cruel. Los personajes tienen esa humanidad caricaturesca que permite que el conflicto sea digerible. En el fondo, esta es una historia de amor que no romantiza el sacrificio, pero tampoco se burla de él, lo mira de frente, con ternura. Terminas con una sensación extraña, como quien abarca algo aparentemente simple, pero que esconde un ritmo de preguntas y sensaciones que, como lector, no te esperas.


Se mantiene intacta, como una de las joyas de la literatura infantojuvenil colombiana.



 
 



CORAZÓN DE MAÍZ

Juana Chiviliú

Ilustra: Rosana Faría


En este ejercicio doméstico, Lupita narra en primera persona una mañana cotidiana en el campo guatemalteco. Específicamente, en el pueblo Tz’i k’in Jaay, que en el idioma maya tzutujil significa “casa de pájaros”, que además es un elemento gráfico significativo en este relato de la memoria. Los pájaros, en múltiples formas, estarán acompañando esta narración de Lupita. No hay, ni pretende haber, una gran aventura, sino un recorrido sosegado a través de las palabras: esas que, desde el afecto, construyen las labores convencionales del pueblo y de la familia.


Antes de ir al colegio, Lupita ayuda a su madre. Debe moler el nixtamal para obtener la masa con la que hará las tortillas, una labor que realizan también otras mujeres del pueblo a primera hora. En ese encuentro colectivo se van almacenando historias alrededor del maíz que, como dice en la contraportada, es un “símbolo de la identidad cultural de los pueblos mesoamericanos”. Aunque aquí agregaría que no solo es símbolo, sino también memoria material. Todos los sentidos de esas mujeres forman parte del proceso en el que el maíz pasa de ser mazorca a tortilla: es lo que se toca, se muele, se come, se sostiene e incluso se procesa. Esta idea se refuerza en las viñetas en blanco y negro que aparecen pequeñas, en la parte inferior de la página del texto, donde madre e hija anónimas, en una ciudad, hacen del proceso de las tortillas otro espacio de bienestar y consumo: importar o exportar tortillas empaquetadas, para hacer eco de este encuentro cultural con personas de otros rincones.


El libro funciona como una pequeña reliquia doméstica: familia, entorno, rutinas, sonidos; gestos que parecen minúsculos, pero que, en realidad, mantienen el mundo en pie. Y las ilustraciones no solo acompañan, sino que expanden esa sensación de que el pueblo y sus habitantes forman parte del paisaje. A medida que avanzan las páginas, los colores del fondo van cambiando según los tonos del amanecer. El lector acompaña a Lupita en su recorrido por el crepúsculo matutino, poniendo en diálogo sus aficiones personales (K-pop, manga) con elementos identitarios del pueblo (las cestas, los tejidos, la ropa). Todo está vivo sin necesidad de gritar: lo que se viste, lo que se carga, lo que se mira de reojo. Es un libro que cuenta, desde la alegría y la querencia, otros ritmos en la vida de las infancias.



 
 

PROHIBIDO EL PUNK

Erika Zepeda

SM, 2025


Guadalajara, 1999, y una adorable y divertida Mariana adentrándose en el mundo del punk. Suena a chiste, pero es mucho más serio de lo que parece. Hace falta contexto: ella está en la prepa, sin entender muy bien quién es, qué quiere ni hacia dónde va; los típicos problemas de la juventud. Esto le genera ansiedad. En medio de esa búsqueda de identidad aparece Juan Pablo, el chico por el que empieza a sentir cosas todavía más difíciles de definir. O sea: más preguntas. Y es aquí cuando la música y el ruido juegan un papel fundamental, no solo a nivel simbólico, sino en la manera en que se construye el tono de la novela. Es el punk lo que va a desencajar todas las piezas de Mariana.


A pesar de estar convencidísima de que odia los conciertos y de que su gusto musical es bastante diferente al de Juan Pablo, prefiere abrazarse a la letra de aquella canción de José Alfredo Jiménez: “Y si quieren saber de tu pasado, es preciso decir una mentira, di que vienes de allá, de un mundo raro”, y actuar en consecuencia. Sin nada que perder, oculta quién es para adentrarse en el bar El Calavera y disfrutar de la banda Criaturas Podridas. Esa pequeña decisión termina detonando su vida social y la forma en que se enuncia ante el mundo. Ocurre ese gran descubrimiento identitario de la juventud, y no a partir de la imagen, sino de la sensación de pertenencia que le genera el punk, con su rabia y su estridencia.


Así, a pesar de su timidez, Mariana reconfigura el siempre complejo espacio familiar y abre un lugar de amistad con las personas que integran la banda: Lupe, Gordo González y Mozart. No renuncia: ensaya, practica, insiste, aprende de sus errores y sigue, porque el punk la mantiene con vida. Prohibido el punk se arma con esa energía, la del humor que no niega el conflicto, solo lo vuelve soportable. Y con un corazón adolescente que no quiere ser drama… pero igual lo es, porque crecer siempre es un poco eso, drama con música de fondo.


Un libro que no se centra en la etiqueta de lo juvenil, sino en los procesos de ser joven. Sin condescendencia, pero con un trasfondo de ternura. Es habitar en y desde la música para crear un espacio personal, explorando cómo los vínculos (amistosos, sociales, culturales) forman parte del desarrollo de una salud mental sana y estable. Mariana encontrará en el punk un estilo que deja de ser prohibitivo o censurable para convertirlo en un lugar habitable, donde sentirlo todo, hacer ruido al máximo y decir lo que sea en voz alta. Y así, poder ser finalmente escuchada, no sólo por el entorno, sino por ella misma.






 
 
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