Entrevista a Liliana Bodoc

Actualizado: abr 13


En el año 2000, cuando Liliana Bodoc publicó su primera novela Los días del venado junto a la editorial Norma, jamás imaginó el revuelo que ocasionaría en la feria del libro de Buenos Aires. Su libro era el inicio de una saga de fantasía épica vinculada con un imaginario latinoamericano, tema ausente en tierras del realismo mágico. Es quizás por esto, y su buena literatura, que los tres libros no conocieron fronteras. Consiguió innumerables lectores, sobre todo jóvenes, que se identificaron con la contundencia de esta historia. Pero Bodoc demostró, además, que no se trataba de la suerte del principiante, sino de la demostración de un constante trabajo y respeto a la palabra. Garantía de esto permanece en libros como Sucedió en colores (2004), Memorias impuras(2007), El mapa imposible (2008) o Presagio de carnaval (2009), por citar solo algunos ejemplos. Liliana atendió a nuestro llamado y compartió con nosotros sus impresiones sobre la literatura, el arte de escribir y su vida:

Tu primer trabajo publicado dentro de la literatura para jóvenes fue una saga fantástica. Una historia planteada en varios tomos, y con una estructura y elementos de fantasía épica. ¿Por qué escogiste este formato? ¿Qué puntos a favor tiene la saga que ha atrapado a la juventud contemporánea?

La sinceridad es un buen comienzo, por eso debo admitir que mientras escribía la saga de Los Confines no tuve intención de hacer literatura para jóvenes. Lo supe después y lo agradecí. Con esto procuro decir que cualquier reflexión que haya podido hacer respecto del género ha sido posterior a la edición de la trilogía. Creo que las épicas fantásticas, por definición de género, proponen al lector un espacio de pertenencia, una ética, un “ejército” al cual adherir, una causa. Las épicas fantásticas reclutan lectores que las honran con un alto grado de lealtad. Por otro lado, tienen una doble condición, ¡tan semejante a la vida!, de ser al mismo tiempo un espacio familiar y un espacio misterioso. Y esto también nos enamora. Los relatos épicos, sabemos, tienen como mandato original crear individuos pertenecientes a una cultura. Aunque los siglos han pasado, algo de eso subsiste y sigue siendo eficiente. Cuando nos calzamos las botas de una saga es para siempre, y esa saga crece con nosotros.

Para el lector de la saga, sufrir la muerte de un personaje querido es difícil. Como creadora de los mismos, ¿cómo se vive la muerte de algunos personajes importantes de la saga?

Con seguridad sufrimos menos como escritores que como lectores. Debe ser porque lo venimos maquinando fríamente, analíticamente y, llegado el momento, no nos tiembla el pulso. En mi caso, sentí como lectora la pérdida de algunos personajes mucho más de lo que sufrí en la acción de matarlos, párrafo a párrafo, con mis propias manos.

En el 2010 iniciaste el proyecto El Arte de Los Confines junto al ilustrador Gonzalo Kenny, quien ha hecho nuevas portadas para la saga e ilustraciones para Oficio de Búhos. ¿Por qué este acercamiento con el mundo de la ilustración? ¿Cómo ha sido el proceso creativo con el ilustrador?

Encontré a Gonzalo a través del rostro de Kupuka. Tuve ante mí ese dibujo y enseguida supe que ahí había alguien que veía lo que yo imaginaba. Cuando pude conocerlo personalmente todo terminó de cerrar. Profesionalmente Gonzalo es un artista de excelencia y humanamente es un husihuilke. Nos entendimos sin necesidad de muchas palabras y hoy siento, con toda sinceridad, que la saga también le pertenece.

¿Qué te llevó a caminar nuevamente las Tierras Fértiles con Oficio de Búhos? ¿Siempre tuviste planes de hacerlo o fue una necesidad posterior?

Dije más de una vez que la saga de Los Confines había llegado a su final definitivo con la tercera parte. Pido disculpas por la contradicción. La verdad es que uno de los factores que renovó el deseo de volver a Los Confines fueron, justamente, las ilustraciones de Gonzalo. Vi lo que vi, y quise regresar a ese lugar querido. Kupuka tuvo una mirada y yo sentí que quería reencontrarme con esa historia. Después vino el tiempo de pensar muy bien el modo de hacerlo. No quise una cuarta parte tradicional. Preferí estos relatos que se sitúan en distintos tiempos y espacios, preferí el fragmento, la niebla.

Aunque tocas temas universales, tus libros tienen una marcada referencia latinoamericana. ¿Hay una necesidad intencional en tu producción literaria de realzar lo latinoamericano? ¿Cómo ves la literatura publicada para jóvenes en Argentina y en Latinoamérica?

Sí, hay claramente una intencionalidad en el uso de la simbología. Soy de los que creen que es difícil hablar y contar acerca de lo que no conocemos, no comprendemos y no amamos. No hubiese podido escribir una saga con simbología anglosajona… En todo caso, hubiera sido un texto más externo, más parecido a una escenografía que a una casa. Por lo demás, es indispensable que el arte trabaje desde y sobre nuestra identidad continental, nadie sino nosotros vamos a hacerlo. Con seguridad, el orgullo bien entendido, sin prepotencia, sin dogmatismo, sin autoritarismo, es bueno para la gente.

Has publicado libros para niños, jóvenes y adultos. Cuando escribes, ¿piensas en el lector? ¿Adaptas el discurso de acuerdo a un público específico?

Sí, claro que sí… Pienso, y no poco, en aquellos lectores a quienes está destinada la obra. No para simplificarles la lectura, no para agradarles, no para buscar una rápida identificación sino para comunicarme con ellos. Si deseamos que, al menos en parte, la comunicación suceda es necesario trabajar en registros compartidos.

Tus obras tienen en común un tono antiguo, mítico. ¿A qué se debe este trabajo particular con la palabra?

El lenguaje tiene que ver con la coherencia del mundo ficcional y con la verosimilitud de la historia narrada. La saga de Los Confines intenta posicionarse en un tiempo sin tiempo, en un espacio fuera del espacio, y eso me exigió un lenguaje, digamos, “mítico”. ¡Hasta donde eso es posible! Durante el proceso de escritura tuve muy en cuenta no interferir con expresiones que pusieran el texto en unas coordenadas espacio-temporales reconocibles. Y ni hablar de los argentinismos. ¿Te imaginás a Vieja Kush diciendo “Che, vos”? Me gustaría aclarar que no digo que sea imposible que los personajes de una épica fantástica hablen en lengua coloquial y actual, digo que eso no funcionaba en la saga de Los Confines.

Filmaste un documental llamado “La madre de Los Confines” dirigido por Diego Ávalos. ¿Cómo fue la experiencia de recorrer tu pasado?

Lo primero, y quizás más arduo, fue comprender que no se puede volver del todo. Nunca jamás. Ya nada era aquello que yo recordaba, aunque la apariencia fuera la misma. Aún así fue intenso ese regreso a los lugares de mi infancia y de mi adolescencia: al sitio donde está la tumba de mi madre, a mi escuela primaria… Diego Ávalos, y quienes hicieron la peli, trabajaron con la idea de que todo eso estaría presente, de un modo u otro, en la saga. ¿Estará? Yo no sé en qué capítulo aparece mi madre, en qué línea está mi primera vergüenza, qué episodio representa mi vestido celeste con flores azules y blancas… No creo que en la vida de las personas, esas líneas puedan rastrearse con precisión. Pero, al menos, habrá una hipótesis.

Luego de la muerte de tu madre, católica, creciste en un entorno ateo. ¿Cuándo llegó tu conversión a la religión musulmana y de qué manera ha influido en tu obra?

Llegó, y no casualmente, durante la primera guerra del golfo, cuando sentí mucha cercanía con esa nación arrasada. Tiempo después caminé por una calle de Mendoza y llegué a la mezquita de la ciudad. Me atendió uno de los seres humanos más luminosos que he conocido. Jaled, el hermano Jaled, Jalito para los amigos. Vale aclarar que Jaled es el encargado de cuidar la mezquita, el que atiendo, sirve té y asea. Él me acercó al Islam con una humanidad poco común. Hoy, si bien no practico con rigor los rituales y las costumbres musulmanas, sigo aferrándome a las palabras de Jaled. Hermanito, le pregunté un día, después de escuchar un sermón apocalíptico de boca del sheik, ¿qué es el fin del mundo? Jaled se sonrió. “El único fin del mundo es el desamor”, me dijo.

Sé que para escribir necesitas orden; es un proceso, intelectual, pensado, ¿cómo desarrollaste tu forma de trabajo?

Es cierto… Necesito de bastante orden: anotaciones, listas, líneas temporales y a veces mapas. Es casi imposible que arranque en el procesador de texto, sin antes pasar por un cuaderno. Pero para que la cosa no quede en lo literario, también necesito de orden a mi alrededor, en mi casa, en mi mesa de trabajo.

¿Qué ocurrió con la continuación de Memorias Impuras?

Puedo decirte, con mucha alegría, que esta misma tarde envié a editorial Alfaguara el texto de las dos partes de Memorias Impuras, Los padres y Los huérfanos, para que empiece el proceso de edición. Parece que por fin va a suceder.

En tu obra has tocado una temática variadísima. ¿Sobre qué tema en particular te gustaría escribir?

Me gusta hablar de nuestro mundo desde otro mundo, de nosotros desde otros. Me gustan las alternativas a nuestra realidad cotidiana. Será por eso que mi cabeza ronda lugares remotos, tiempos idos, culturas distantes. Más allá de lo argumental, la idea que me persigue siempre mediatizar el espejo que suele ser la literatura, intervenirlo con otros paradigmas. De un modo o de otro, es lo mágico lo que me importa.


Conversaciones minúsculas


¿En qué animal te metamorfosearías?

En oso pardo.

¿Qué libro marcó tu adolescencia?

Los capitanes de la arena de Jorge Amado

¿Un recuerdo de tu infancia?

Una muñeca a la que quise mucho, con la que convivía más allá del juego. Juntas dormíamos, juntas tomábamos la merienda, juntas nos sentábamos a leer o a mirar tele. Un día, a los trece años, después de una impugnación burlona de mis amigas, ¡ay!, la tiré al canal y se la llevó el agua.

¿Un olor?

A pan recién horneado.

¿Un sonido?

Campanas al atardecer.

¿Una comida?

Pastel de papas.

¿Algo que siempre has querido hacer, y nunca has hecho?

Andar a caballo, ¡pero andar bien!

¿Algún temor?

El dolor de mis hijos

¿Un vino?

Malbec de Mendoza.

¿Un autor?

Dostoievsky.

¿Un país o un viaje?

Sicilia, la isla donde vivió mi abuelo.

¿Una película?

La Strada de Fellini.

***Imágenes usadas en esta entrevista: 1. Detalle de retrato hecho por Juan Nacht. 2. Detalle de fotografía realizada por Alejandra López. 3. Detalle de ilustración del libro Cuando San Pedro viajó en tren ilustrado por Valeria Docampo, editado por SM. 4. Trailer del documental La madre de los confinesdirigido por Diego Ávalos.