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El trauma inolvidable (Zinemaldia 2026)

hace 3 horas
5 min de lectura

Si en The Man I Love, Tender Loving Care y Wilde Horse Nine sus protagonistas empiezan a ser incapaces de recordar a pesar de sus titánicos esfuerzos, el peso de un pasado imperdonable o de un trauma irreparable arrastra al desquiciante límite o a la pesadumbre insostenible a los personajes centrales de diversos títulos repartidos por diferentes secciones del festival. 


Body of glass (New Directors, ganadora de la sección), ópera prima de la alemana Naëmi Ada, comienza con un espectacular y tenso plano secuencia. El sonido de la violencia verbal y de una coral polifónica reverbera por las paredes de la sala, proveniente de distintos altavoces que envuelven al espectador. La cámara, desde la parte trasera de un coche que avanza a toda velocidad, enfoca la zigzagueante y pindia carretera que queda atrás, mientras un martilleante tecno empieza a dominar el diseño sonoro. Una puerta se abre y Tian, una prometedora bailarina inmersa en una tóxica e inescapable relación de violencia de género con Felix, su mentor, es abandonada en mitad de la rocosa montaña. El resto de la película podría ser un intento de espectador y protagonista de recuperarse de este shock inicial, así como de todos los asfixiantes y agresivos gestos de Felix que siguen. 


Pero el silencio como resistencia de Tian (similar al de la Gülizar de la turca Belkis Bayrak) pronto da paso a una incómoda vía de escape que pasa por una arriesgada y perturbadora doble mentira que deja en vilo, y que, traspasando límite tras límite (“that escalated quickly”), resulta cada vez más insoportable y suspensiva: una ocultación del estado de Felix a la compañía de danza acrobática que dirige y, sobre todo, una suplantación de identidad hacia un cariño basado en el engaño de un duelo compartido. Mejor no desvelar más. Pues aunque su complejidad psicológica a veces resulte arbitraria, lo que no se puede negar es que es, por momentos, bastante inesperada. De Body of glass destaca, por último, como Naëmi Ada saca rédito a su formación coreográfica para ofrecer una obra muy física, tanto por sus inmersivas secuencias de baile, como por su énfasis en los efectos posturales, gestuales y expresivos de la emoción actoral, y, sobre todo, por hacer uso constante de la cámara en mano como una presencia danzarina en el espacio, como un intérprete más. 




También empieza de lleno Josephine (Perlak), de Beth de Araújo, la gran revelación del pasado Festival de Sundance, donde obtuvo el Gran Premio del Jurado y el Premio del Público. Su sugerente primer plano, totalmente subjetivo, contiene una rotunda declaración de intenciones poéticas. Desde los ojos de Josephine, vemos y escuchamos la orden paterna: dar al botón de cierre automático del portón del garage y salir corriendo antes de que este toque el suelo. Un entrenamiento arduo al que la cámara responde con el temblor del pánico, la indecisión del temor de la apocada niña de ocho años protagonista (cuyo dolor interioriza con sutilidad la debutante Mason Reeves). Queda expresado: de aquí en adelante, todo el desmoronamiento psicológico, todas las confrontaciones familiares, todo el terror fantasmal del trauma se sentirá desde la sensibilidad infantil, se sostendrá desde el impresionismo incomprendido de su mirada. Y ello, y en esta compatibilidad está lo auténticamente sorprendente, sin restar complejidad a las vicisitudes del antagonismo matrimonial (en crisis), a los matices anímicos y performativos (de género) de cada uno de sus padres en su evitación o confrontación, en su ocultación o respuesta brutal ante el Evento; y sin perder de vista la exposición crítica de las causas sistémicas, judiciales, culturales, institucionales e ideológicas del perdurar del Trauma, los fundamentos de que las reverberaciones del Hecho no dejen de derribar a Josephine. 



Pero, ¿de qué Evento, Trauma o Hecho estamos hablando? En la segunda secuencia, Josephine se aleja corriendo de su padre, una mañana gris en el Golden Gate Park de San Francisco, y, desde la distancia, vislumbra un suceso que la impacta sin entender muy bien qué ha ocurrido: una salvaje violación, filmada con crudeza, sin medias tintas. El mundo se derrumba. Una perpleja Josephine no deja de reconocer o proyectar obsesivamente en cada mínimo detalle las huellas, los patrones o los gérmenes del atroz acto. Imitando inconscientemente lo que ve tanto como intentando alejarse de ello, Josephine, impulsada por el miedo, empieza a seguir los hostiles principios autodefensivos de su bienintencionado padre (Channing Tatum), ese himbo (gracias a Mariona Borrul por descubrirme este preciso término en su crítica para Fotogramas) de masculinidad herida cuyas sugerencias sobre la necesidad de armarse y de radicalizar el castigo penitenciario ante la enfermedad del criminal acaban reproduciendo la violencia testosterónica a la que se opone. Al mismo tiempo, la niña da la espalda a su padre cuando abraza con fuerza a su madre (Gemma Chen), compadeciéndose de la “debilidad” e indefensión de quien intenta salvar la situación y proteger a su criatura sembrando la cordura con una pudorosa y mecánica enunciación de un aséptico didactismo. 



Cada momento del filme, en continuo descenso hacia el horror, está cargado de arriesgado (y algo telefilmero, pero efectivo) simbolismo sin perder la autenticidad emocional, incluso cuando uno siente que ciertos arcos, conclusiones, acciones o instantes no se han “ganado” desde la perspectiva de la verosimilitud narrativa. Poco importa, de tanta fuerza y memorabilidad que tiene cada momento de esta monster movie particular. Hasta llegar al hostigamiento insoportable de un juicio en plano secuencia que quita el aliento e invita a la sororidad. 


Lejos del inicio de impacto, en la minúscula (argumentalmente) La Perra (Horizontes Latinos), de la chilena Dominga Sotomayor, el trauma indomesticable que resuena en la conexión a ras de suelo entre Sílvia y su can callejera tarda en revelarse. En esta concreta, pausada y observacional adaptación del libro homónimo de Pilar Quintana, es la desaparición del animal el detonante del flashback de infancia que, a base de fundidos encadenados, lo explica y despierta todo. Pura simpleza narrativa cargada de ecos simbólicos, psicológicos, sensitivos y poéticos que generan paralelos y divergencias entre sus dos protagonistas. Lo que queda es la desaforada sensibilidad naturalista (en términos deleuzianos) de las pulsiones, la fuerza telúrica de las presencias dolientes, rastros de lo perdido, la eroticidad inasible de un evocador y orgánico escenario isleño de indomable oleaje, tempestuosas ventiscas y enverdecidos pastos, rodado con la melancólica luz del atardecer, el mortecino fluorescente y los matinales haces brillantes que queman la imagen. 




En su entretenido ejercicio de memoria histórica Glaxo (Sección Oficial), el habitual en el Zinemaldia Benjamín Naishat cruza incesantemente más líneas temporales que Sotomayor, debidamente diferenciadas por su relación de aspecto y gramática audiovisual cercanas a la del cine de la época retratada: un prólogo de cine callejero, con toques de la urgencia neorrealista de Roma, ciudad abierta, en 4/3, para la representación de esa masacre clandestina del 10 de junio de 1956 que fueron los fusilamientos de José León Suárez; la historia, más extensa, de amistad y sueños juveniles, impunidad política, despertar sexual e inocente amor con regusto melodramático de 1957, con una desleal traición desvelada a cuentagotas en el centro, filmada a 1:85:1; y el scope en 1984 para el sucio y oscuro noir en torno a un expresidiario que regresa resentido a su pueblo, Chivilcoy, sin dejar de remembrar lo que ocurrió en 1957.  


Aunque desequilibrada, con anodinos movimientos de cámara y gamas cromáticas netflixeras y una male gaze (hacia Lali Espósito) elevada al cubo, esta atmosférica adaptación (de encargo) de la enredada obra homónima de Hernán Ronsini presenta una crítica pertinente, más o menos oblicua en su prisma íntimo, a los crímenes y vergüenzas todavía no resueltos de la(s) dictadura(s) argentina(s). Un tema que emparenta Glaxo con la segunda película presentada por Naishat, en codirección con María Alché, en la Zinemaldia: Pedro en el país, recopilación del singular testimonio del peronista Pedro Catella. 




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