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El poder del testimonio como repliegue de la ficción (Zinemaldia 2026)

hace 6 horas
5 min de lectura

[Fragmentos originales de este artículo provienen de la columna Aproximaciones y de la reseña sobre Possible love que escribí para el Diario Oficial de la 74 Edición del Festival de San Sebastián]


Al inicio de la sobrecogedora Seis meses en el edificio rosa con azul (Horizontes Latinos), el director mexicano Bruno Santamaría Razo deja que su madre recorra el detallista set de su película, una recreación del hogar familiar que compartieron cuando aquel era niño, en la Ciudad de México de 1992, etapa marcada por el diagnóstico de sida a su padre, que hizo que Bruno empezara a cuestionar su propia sexualidad. El testimonio de su madre todoterreno, sobrecargada por las incesantes tareas domésticas y su crisis vital y sentimental, no solo pretende “validar” la obra autoficcional que sigue, ampliando, con la perspectiva adulta, lo que Bruno no logró presenciar ni comprender del todo en su infancia, sino que, cuando reaparece (aterrizando ciertas idealizaciones nostálgicas), consigue amplificar la emoción y los niveles de lectura hasta zonas insospechadas. Especialmente cuando introducen algún giro narrativo inesperado, como cuando los roles se invierten y la ficción quiebra y se repliega hasta la conmoción. A un Bruno con los ojos tan llorosos como los del espectador, la madre pregunta: “¿Por qué tardaste en decirme que eras gay?”. La película es su tan dolorosa como bella respuesta.


Seis meses en el edificio rosa con azul es el vívido retrato de un evento, un momento, una familia, un lugar y una palpitación: la lucha interior entre el puro deseo y el peso de capas y capas de pintura que lo ahogan. Santamaría Razo salta con soltura de las las fulgurantes miradas anhelantes queers del niño, con la compleja perspectiva de un matrimonio en descomposición. Con melodramatismo y saturación cromática almodovariana, la película es una conmovedora y honesta cápsula del tiempo con colosal sensibilidad para capturar el detallista naturalismo de una cotidianidad que, bajo el desparpajo y la alegría, contiene o oculta una densa confusión identitaria y una familia al borde del derrumbe. Un ejercicio de catarsis total que encuentra en ciertas fugas musicales, teatrales-surrealistas e incluso animadas, una fuente más de belleza y emoción.




Seis meses en el edificio rosa con azul no es la única cinta de ficción que otorga al testimonio un papel central. Si Las cosas indefinidas se concentraba en el montaje de un film sobre personas con ceguera, un nuevo proceso parece protagonizar la nueva y transparente película de María Aparicio: A veces me entra tristeza, otras veces rebelión (Zabaltegi-Tabakalera). En un muy reconocible Madrid, filmado con la total nitidez del digital, Dante (interpretado con sobriedad por el crítico de cine Roger Koza) se pasa los días en la biblioteca del museo Reina Sofía investigando el exhaustivo diagnóstico Informe sobre el estado de las clases obreras en el interior de la República Argentina (1904), del médico y abogado catalán Juan Bialet Massé. Entretenido leyendo y releyendo ecuaciones ocultas en la labor de los estibadores y reflexionando deambulante sobre el parpadeo en el cine, Dante ve sacudida su torre de marfil intelectual, su naufragio cínico en un estático historicismo, por su encuentro con la cineasta también argentina Eva (encarnada por la habitual Eva Bianco), de visita en la capital. 


En un film sobre las huellas que nos dejan las personas, un sesudo debate filosófico con Eva (una discusión aparentemente calmada bajo la que palpita un sumergido pero radical terremoto emocional), sobre lo común en la subjetividad, el indignante mundo del trabajo o el papel de la historia, detona un cambio radical en la actitud de Dante, pero también en la forma de una cinta que, hasta el momento, había vagado por distintas lindes de la ficción, de la tensa y juguetona persecución hitchcockiana a la romántica conversación callejeante a lo Antes del amanecer, pasando por las escenas oníricas, más o menos afortunadas. De repente, Dante saca su cámara y lo que sigue es un documental de bustos parlantes en el que una gran diversidad de inmigrantes testimonia la vigencia de la explotación laboral más inhumana. Todo es cine-documento en el largometraje de Aparicio, pero en su sucesión de brutales e íntimas declaraciones el gesto se radicaliza y queda claro que, el tránsito de la tristeza a la rebelión, pasa por aterrizar en el presente. 




Pero, ¿cuánto pueden acercarse las clases en el acto de filmar? ¿Y si, tras ciertas aproximaciones aparentemente bienintencionadas al retrato de la pobreza, se escondiese la codicia extractivista más hipócrita? Possible love (Zabaltegi-Tabakalera), el film ganador del Gran Premio del Jurado en Venecia, comienza con una cita del décimo mandamiento de la ley de Dios: “No codiciarás los bienes ajenos”. Y es que el nuevo largometraje del surcoreano Lee Chang-dong, ocho años después de su también exploración del privilegio y la precariedad Burning, se enmarca en una serie de proyectos inspirados libremente en los diferentes capítulos de la miniserie polaca El decálogo, de Krzysztof Kieślowski.


La trabajadora textil Mi-ok y su marido Ho-seok, protagonista de una brutalmente reprimida huelga obrera en protesta por los despidos masivos de la fábrica Siderúrgica SP, traban una relación de “amistad” con Sang-woo, un multimillonario empresario con visos de Steve Jobs, y su mujer, Mi-ok, una documentalista que pretende convertirles en centro de su película sobre las consecuencias en el proletariado de la “reestructuración empresarial” contemporánea, es decir, sin disfraces, del inhumano capitalismo salvaje. Empero, ¿es posible amar a quién no cesa de recordarte tu opresión estructural o te engaña y alinea con asimétricas admiraciones? ¿Es posible definir como afectuoso el interés de quien hace negocio de tu vivencia? ¿Es posible superar la superioridad de la compasión, esa fugaz empatía de quien se sabe mejor? ¿Es posible filmar una realidad ajena sin protagonizar el más vampírico extractivismo? ¿Es posible mirar abajo sin realizar una espectacularizante pornografía de la miseria? ¿Es posible que tu voz no sea neutralizada en su captación y que tu testimonio no sea despolitizado en su psicologización terapéutico-artística? ¿Es posible ser capaz de hablar de aquel dolor traumático que no te deja respirar? ¿Es posible dejar que las palabras dejen de ocultar? ¿Es posible que las máscaras de los poderosos se caigan sin que su peso nos desplome en el abismo? 



Possible love aborda estas cuestiones con sutil complejidad, con lúcida capacidad analítica y sin maniqueísmos, filmando bajo temblorosa cámara en mano a su acompasada troupe de actores (por nombrarlos, ellos son: Jeon Do-yeon, Sol Kyung-gu, Jo In-sung, Cho Teo-jeong). Si, hay diferencias mínimas pero muy ricas en su estilo formal entre la emulación fotoperiodística en los vídeos de la protesta sindical, el feísmo de la algo inmadura y caprichosa puesta en escena y vocación verista de Mi-ok, y la belleza instantánea de un gesto o un fondo en la composición ficcional (extradiegética); pero, en general, cada secuencia se construye como un pausado caldo de cultivo en el que las intenciones tardan en desvelarse. Lo mismo puede decirse del film en general. Haciendo suyo el principio del “arma de Chéjov” hasta sus últimas consecuencias, Lee Chang-dong construye un clímax cocinado a fuego lento, donde cada mínimo dato previamente lanzado recibe una sorprendente réplica reveladora y de enorme fuerza poética. Ahí es cuando el testimonio adquiere mayor potencia, cuando la superflua incontinencia verbal de Mi-ok se acalla y cuando las palabras de Ho-seok hacen revivir hasta el quiebre eso que se quiere olvidar.




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