La infancia ante su entorno, la palabra del padre (Zinemaldia 2026)

[La mayoría de fragmentos de mi reseña de Le corset provienen de un artículo que escribí para el Diario oficial de la 74 Edición del Festival de San Sebastián]

La infancia “mancillada” en un entorno rural en transformación del documental La ilusión de un verano sin fin dialoga con la tierna autoficción Le corset (Perlak), estrenada en 'Un certain regard' de Cannes y multipremiada en Annecy. Animador en Pixar, Louis Clichy se basa en su experiencia llevando un corsé correctivo para contar la historia del pequeño Cristophe, hijo de granjeros ganaderos de las llanuras de Beauce, cuya subsistencia se ve dificultada por la extensión de un modelo industrial y masivo de producción agrícola y cárnica. Incapaz de mantenerse erguido hasta el punto de destrozar el tractor familiar, Cristophe se ve obligado a portar, hasta para dormir, un aparatoso, limitante y asfixiante corsé Miwaukee. Situación que genera comicidad con las caricaturescas y dinámicas expresiones y los torpes gestos y movimientos, propios del slapstick y el cartoon, de quien no se apaña para vivir y moverse sin estar como un elefante en una cacharrería.
La crudeza del bullying, el disciplinamiento irascible de un padre auto-reprimido o la frustración personal, por serle veladas las tareas campesinas en favor de la reclusión doméstica, marcan la existencia de Cristophe. Pero este dulce coming of age pronto abre espacio a la esperanza: Cristophe empieza a enamorarse de Clara, su compañera de natación, y encuentra en la interpretación del órgano de su parroquia una vía para su salvación individual. Pero entonces el dilema emerge: ¿No será la recuperación de su ilusión vital y la consecución de su vocacional sueño artístico un evasionismo frente a una realidad que se cae a pedazos? El imaginativo realismo mágico de la película (el corsé parece dotar a su portador del superpoder de quebrar las leyes gravitacionales, de inclinar la realidad), acentúa la gloria y levitación purificadora de la catarsis musical y amorosa, pero también la resurrección de la responsabilidad familiar, por más sisífico que sea el esfuerzo.
La acentuada religiosidad de la cinta queda reflejada tanto en su trabajo sonoro -la trascendencia celestial, a coro y órgano, de la pieza 'Réquiem en re menor’ de Gabriel Fauré, caracterizada por su serena evocación del cielo, contrasta con la humanidad del realista doblaje- como, incluso, en su estilo animado. La acuarelada y ocre animación destaca en su coloración de las sombras, mientras que la luz es representada en cada prístino espacio negativo, en blanco, prevaleciendo, así, la iluminación, como destaca Siddhant Adlakha para su reseña en Variety. A ello añade que su tenue trazo a tinta, tanto como la vaporosa difuminación de los fondos, remite a la frágil densidad de los recuerdos.

También las rememoranzas de una infancia marcada por la transformación (ahora, urbanística), centran la ficción triunfadora de Nest, la competencia de cortometrajes de escuelas de cine de San Sebastián. El réquiem Erased from the map (Nest), del indonesio Masaryk Reka, sitúa su obra al este de la isla de Borneo, en la provincia de Kalimantan Oriental. Allí, desde 2019 y con un presupuesto de más de 40 mil millones de dólares, se está construyendo Nusantara, la futura capital administrativa de Indonesia, en una posición más estratégica y con menos ciclones tropicales que Yakarta. Erased from the map cuenta cómo este polémico proceso está pasando por el total borrado y expropiación de las comunidades indígenas y pueblos agrícolas de la zona.
Lo hace narrando la intrusión de dos hermanos a sus espacios de infancia, invadidos por las grúas y las obras de la nueva ciudad, siendo sustituidos los árboles de su niñez por kilómetros de ladrillo, las tiendas locales por altos edificios vacíos. Reka juega con sus protagonistas en estos lugares totalmente vedados y escribe las tumbas de los enclaves que fueron y ya no son. Espacios vaciados de la vida que un día allí resplandeció. Coherentemente, Reka acompaña esta estatización mortificadora con un dispositivo particular: tomando como referencia fundamental La Jetée de Chris Marker (también en su exploración del tiempo), el corto está compuesto en su práctica totalidad por fotos fijas (en medido blanco y negro) montadas con maestra continuidad, en su salto del plano-contraplano y en su progresión de escalas, en la presencia (en puesta en abismo y reflexividad constante) de fotografías realizadas por los propios niños entre las (no) "ruinas" y, sobre todo, en un elaborado, inmersivo y evocador diseño sonoro.

Las voces enlazan, dotan de conexión narrativa y hacen parte del flujo ficcional a las imágenes, desde el fuera de campo. Ese fuera de campo que, en la magistral Para los contrincantes (Zabaltegi-Tabakalera) invade, desasosiega y presiona hasta martillear los tímpanos con la fuerza del puñetazo más letal. Hablamos del nuevo cortometraje, ganador de la Palma de Oro en Cannes, del argentino Federico Luis, quien en la apasionante Simón de la montaña hizo uso de las elipsis y la opacidad psicológica para dotar de ambigüedad moral al tan magnético como incómodo relato de un incomprendido y atribulado joven de 21 años que, ante su triste y violenta realidad familiar desestructurada, encontraba su lugar, integrándose en un grupo de personas con discapacidad cognitiva, imitándoles atraído por sus anárquicas, libres y lúdicas reglas de socialización y sus modos de amar y divertirse.
Tras combatir nuestros prejuicios más capacitistas, Federico Luis se enfrenta en Para los contrincantes, con la misma fascinante ambigüedad, a todos los condicionamientos sociales, familiares, deportivos y emocionales que entrañan esas competiciones de boxeo infantiles del barrio de Tepito, en México DF, a las que concurren niños que se ven obligados a sacrificar su tiempo de juego interpretando el papel de luchadores profesionales para satisfacer las expectativas de sus familias. El corto, profundamente revelador desde su minimalista premisa, empieza con planos detalles de aparatos médicos y primeros planos de Damián López, de 10 años, mientras le enumeran con brutal naturalidad las posibles lesiones que puede recibir. Es un inicio impactante e intrigante que da paso al partido, sin más información contextual, que vemos desde fuera del cuadrilátero, enfocando siempre, desde la distancia voyeurística y los zooms periodísticos, al rostro de Damián, con la cámara moviéndose febrilmente para que Damián no se le escape, proliferando los tensos planos secuencia.
Es entonces cuando oímos las agobiantes voces de su padre, entrenador y el resto de familiares, entremezclándose, que acongojan hasta la taquicardia al guiarle en su violencia o reprocharle con furia, al aconsejarle con insistencia o cuestionarle cada movimiento, al expresar sus sanguinarios deseos o sus hostigadoras decepciones. La cámara parece situarse a su lado, volcando todas sus expectativas sobre el protagonista y convirtiéndose en un contrincante más que no deja de reforzar, con su presencia, el papel como boxeador (sea más o menos indeseado) de Damián. Como me dijo el director en una entrevista que le hice para el Diario del Festival: “Este personaje tiene muchos contrincantes cuando está subido al ring, desde el rival en su batalla a toda esta presión, los deseos de su padre, las indicaciones de su entrenador. Pelea incluso contra la idea de una película haciéndose sobre su pelea, contra mí, contra el espectador. Y no solo pelea, sino que sus lágrimas y todo lo que él despliega en ese tiempo tan acotado es como su ofrenda, lo que él les puede ofrecer a sus contrincantes".

Esta incesante montaña rusa emocional se guarda alguna de sus mejores cartas para el final, para, con un único plano, romper toda la gramática audiovisual precedente, apuntar a un contexto mayor y liberar momentáneamente a su protagonista de todo lo que le oprimía. También hay momentos de oasis frente a la palabra del padre en Will you still be my friend (New Directors), ópera prima taiwanesa de Lu Po-Shun. Jasper, hijo de un perfecto y adinerado emprendedor de Singapur empeñado en plagar un pueblo de Taiwán con paneles solares (desoyendo los perjuicios en la actividad pesquera y las críticas de los lugareños), se hace amigo por petición de sus padres con Jun, nieto del líder comunal de quien los hipócritas empresarios quieren conseguir simpatías y favores. Pero pronto la relación entre los niños se estrecha y alcanza una enorme intensidad afectiva amenazada por los enfrentamientos de los adultos.
Los debates medioambientales, la aculturación de la globalización, la violencia y manipulación clasista, la déspota folklorización de las tradiciones por parte de las grandes coorporaciones, la alianza criminal entre las autoridades políticas y el capital, etc., son un rico fondo (asordinado, sin profundizar) para el argumento central: una historia de amor con visos de tragedia shakesperiana, en que los niños imitan y encarnan el conflicto adulto a pequeña escala y donde solo los preciosistas reductos de intimidad bajo la hora dorada o la nocturnidad sirven de escape ante la crueldad ambiente. Puede que el resultado sea algo repetitivo, que no se separe demasiado de los cauces arquetípicos del coming of age y que su puesta en escena a cámara en mano carezca de inventiva, pero la conexión entre los protagonistas, bajo el influjo melancólico del piano o teclado (ya no del órgano de Le corset), tiene encanto y corazón.
Llamativas son las similitudes entre el cuestionamiento silencioso de los sentimientos de Jasper hacia Jun (construido y visible desde el gesto), y las dudas y represiones del enamoramiento de Bruno hacia Vladimir (patente a través de las miradas) debido, de nuevo, a las tensiones adultas que marcan su infancia, en Seis meses en el edificio rosa con azul (Horizontes Latinos), de Bruno Santamaría Razo, la muy emocionante reconstrucción de su propia niñez en la México D.F. de principios de los 90, marcada por el diagnóstico de VIH positivo a su padre.


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