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Actualizado: 2 sept 2021


Hace unos días Raguá, un buen amigo, me preguntó por qué tardaba tanto en comentar el final de Girls. Es decir, luego de hacer aspavientos de cada episodio de su última temporada en mis redes sociales, llega el final de la serie y no digo nada. ¡Nada de nada! Tal vez porque buscaba asimilarlo. No porque fuera de esas historias que te ocasionan un trastorno emocional, sino para saber si estaba o no de acuerdo con las opiniones de los críticos, amigos y conocidos.


Callé de forma similar a Virginia, que tras ver el episodio final tardó una semana en escribirme al whatsapp: “no sé si me convence la rendición de Hannah”. Miguel Ángel, por otro lado, escribió en su muro que el capítulo 6x10 pudo ser uno más y no el final, aunque le gustara la temporada. A Ari sí que le había gustado. Y Araya dijo: “me encanta que el final inicie con Hannah y Marnie en la cama como en el primer episodio”. La mayoría de la crítica, sin embargo, lo tildaba de malo y decepcionante. Fue en esos comentarios y pequeñas discusiones con los otros seguidores de la historia donde encontré la clave. Me animé, incluso, a visitar ese primer episodio de Girls para refrescar el tránsito de Lena Dunham y tener luces para entender ese final de Hannah.



NEW YORK VS. GROVER

o de la tesis de lo femenino en Hannah

Antes de sumergirnos en la sexta temporada, con todos los spoilers incluidos, debemos partir del principio de que Lena Dunham, creadora y productora de la serie, advirtió que su final convencional estaba en el 6x09. Ella lo tenía claro. Lo que viene luego fue una especie de epílogo donde cerraría no la historia de Hannah, sino la propia tesis de la serie que ostentaba desde el episodio uno. Es decir, aceptar la maternidad no es una rendición de la protagonista, o al menos no lo creo, es un cambio de necesidad. Una decisión, en principio narcisista, hacia la madurez. Pero no como moraleja, sino como tránsito natural. Sin traicionarse. Hannah lo decide porque es potencialmente cool ser una madre soltera e independiente, aunque en el camino se da cuenta que hay más, que no se trata sólo de ella, que su decisión afecta a otra persona. Esto la enfrenta a todas sus decisiones en la vida, sin excusas y de verdad. Es allí donde se entrampa.


Por eso es importante la figura de la mamá de Hannah al final. Nos recuerda que la protagonista comenzó en una crisis por el desamparo de sus padres. Desde un capricho de dependencia que se resolvía trabajando. En cambio Grover, su bebé, es indefenso y depende totalmente de ella. Este nuevo hobby cuesta mucho más sacarlo adelante. Y a esta ecuación sumamos a Marnie como figura de contrapeso. Sentirse útil y hacer la representación de la mejor amiga permite que evada sus propias decisiones. Marnie está junto a Hannah no sólo por amistad, sino por el infinito egocentrismo de obtener la etiqueta de la “mejor amiga”. Ser la best friend es tener el trofeo de algo. Triunfar aunque sea en el vacío. Y claro está que para el público es evidente que el futuro de Marnie es ser exactamente igual a su madre: irresponsable, superficial e inmadura.

A pesar de esto, el episodio final da vueltas alrededor de la lactancia materna. Sí, suena raro cuando uno habla de Girls, pero no lo es tanto si pensamos que el concepto “mujer” es importante en cada uno de los episodios de la serie. Hannah quiere formar parte de esa idea natural de las madres, una idea meramente conceptual. Es decir, ser mamá significa dar de amamantar a los hijos. Pero no fluye porque la idea no es lo mismo que la práctica. La vida no es literatura, no son artículos críticos sobre la sociedad, esa vida es misteriosa.


En el primer episodio de la serie, antes de los créditos finales, observamos a la protagonista que sale caminando del hotel en el que se hospedan sus padres, en medio de New York. La cámara nos muestra a ella perdiéndose en la inmensidad de la ciudad. Busca seguir viviéndola, sin misterios. El final del último capítulo se reduce a Hannah con su bebé, en un espacio íntimo, lejos de la ciudad. Hannah deja a un lado la inmensidad inabarcable para reducirse a algo aún más infinito, a su hijo, a sí misma. Es una forma distinta de reconocerse, igual que hacen muchas mujeres en diversas épocas, en toda sociedad. El gran igual, para la idea totalitaria de las mujeres. Entonces, en este final, la tesis se concreta. Lena Dunham consigue cerrar su voz, la de Hannah, con la coherencia de sus ideas en punta. O eso parece. A mí, al menos, me convence.

Eso sí, pareciera que Lena Dunham junto a su coproductora Jennifer Konner hubieran leído las críticas de Lucas en mi muro, entremezcladas en las de muchos críticos al inicio de la serie: ¿por qué siendo New York tan diversa, la serie parecía la supremacía blanca?. Lena, ante este cuestionamiento que le hicieran en el 2012, había dicho que se reivindicaría en la segunda temporada. Mucho más después de que los negros fueran solo vagabundos o taxistas en la primera. La verdad, no recuerdo qué tanto rescató en cuanto a este tema durante la serie (sí pienso en uno que otro personaje, pero nada relevante), y parece que lo recordó al final.


El hijo de Hannah es negro. Sin más. Y si pensamos que el padre es el personaje interpretado por Rizwan Ahmed, un moreno pakistaní que en verdad es inglés, pues... parece una corrección aún más incorrecta. Araya se lo preguntó: “¿por qué es tan negro?” Sospecho que para evitar las mismas críticas al final. Confío que más que jugar a la inclusión, sea su propia lección.

HABITAR UN EDIFICIO VIEJO VIENDO UNA BELLA FACHADA

o de las otras mujeres a pesar de Hannah

Si eres un personaje secundario, y en la quinta temporada te llevan a Japón a hacerte una trama tan personal, no esperes más protagonismo. Eso le pasó a Shoshanna. Ella se alejó y así se evidenció en la última temporada donde las apariciones del personaje fueron muy esporádicas. Sin embargo, y a mi pesar, me pareció muy sutilmente logrado el cierre de su historia. Precisamente no podíamos contar mayor cosa de ella, porque la relación con las otras chicas simplemente había desaparecido. Y como ella misma lo dice en un almuerzo con Ray y Abigail: "prefiero un edificio viejo, pero viendo hacia la fachada de algo nuevo". Shos se asumió como pura apariencia, y respetó su esencia, aunque eso significara arrasar con su pasado.


Bajo esta dinámica, la temporada fue cerrando de manera respetuosa cada uno de los personajes y sus historias. Avanzando, dejando atrás los lastres. Tal vez es que yo soy muy fácil, pero a mí me conquistó la respetuosa estructura de toda la temporada. Resalto escenas como la de Marnie, que descubre el poco valor de sus objetos, y el hombre de la tienda de empeño la hace entender que vive culpando a los otros de las miserias que ella misma se provoca. O Jessa, autodestructiva, camino al bar dispuesto a lanzarse en el abismo mientras Adam está con Hannah y descubre que no es capaz de infringirse más daño. O Shoshanna en el penúltimo capítulo, encerrada en el baño con las otras chicas, dejando en evidencia que no pueden estar juntas en la misma habitación porque todas quieren ser el centro de atención.

Pero también está el tan comentado capítulo tres, donde se reflexiona acerca de las relaciones de poder entre un escritor famoso y las mujeres. Esas otras, muchas y variadas mujeres. Algunos críticos dicen que habla del abuso velado a la mujer, y sí. Pero creo que el libreto se atreve a dar un paso más allá. Es un episodio honesto, contundente, cerrado, donde nos vemos de los dos lados de la moneda. Pensamos como espectadores en que perfectamente podemos ser víctima y victimario. Depende de hacia qué lado de la balanza se siente el poder.

“SI DUELE, HARÁ QUE LO RECUERDES”

o del papel de los hombres en la serie

"Si duele, harás que lo recuerdes" ...con esa frase Adam, aparentemente el protagonista principal, hizo revivir a Hannah parte del recuerdo de su historia de las primeras temporadas. Pero aquí aplica el refrán de que es mejor no volver a los lugares que nos hicieron felices. Adam es el termómetro para mostrar que todos han evolucionado en sus caminos. Dije evolucionar, no madurar. Cada uno de ellos se adaptó a la realidad que eligió y se transformó para dar respuesta a ella. Él eligió a Jessa. Quizás por eso emocione tanto el final del episodio seis, con la canción de Robyn incluida: Hannah encuentra en esa película sobre su relación con Adam una puerta al pasado, un “quizás” por resolver. Y viven en 24 horas la ficción de un sentimiento. Ninguno de los dos puede engañarse. No se aman. Para Hannah él ya no es su hombre. Lo es Grover.


Ray es quien, desde su potencial patetismo, y escribo potencial porque para mí nunca ha sido patético, es el único que se reivindica. Uno lo agradece. Sufre la muerte de su amigo, se ve ante el espejo de esa soledad, se vuelve a abrir como personaje social, que busca entender a New York desde un punto de vista inclusivo. Espanta, de sí, la fatua necesidad de Marnie y Shoshanna de estar a su lado, pero sin comprometerse, sin respetarlo. Y como le dijo Adam a Hannah alguna vez: “Permanecer en relaciones tóxicas es lo que nos impide crecer”. El encuentro con Abigail, la ex jefa y amiga de Shoshanna, da una vuelta de tuerca inesperada y sana para la historia de Ray. La química además estalla en ese primer encuentro. El final, con el beso torpe y ridículo en el carrusel, lo hace chistosamente sublime. Los personajes raros también merecen ser felices.

Elijah, en cambio, tiene todo el foco esta temporada. No entendí por qué. Dicen los críticos que el público lo amaba. No lo vi especialmente interesante. Ni tampoco el más divertido. Pero sí, la gente amaba su despreocupación y su frescura. Ahora bien, con él se arrastra esa buena escena de Hannah con su ex prometido, llorando por los hijos.


Lena Dunham, esta voz autoproclamada voz del feminismo millennials, fue bastante noble con el desenlace de sus hombres. Ellos sí parecen conseguir sus aspiraciones, por mínimas que sean. O será que los piensa con necesidades más fáciles de satisfacer.


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En la suma de todas esas voces, de sus búsquedas, está el gran éxito de HBO con Girls, aunque la serie estuviera claramente dirigida a un público muy específico. Hannah lo dijo en algún episodio: "Creo que puedo ser la voz de mi generación. O al menos una voz. De una generación". Y sí lo logró. Habla de muchos temas, e invita a pensarlos.


Entonces, si me preguntan a mí, el episodio nueve es definitivamente el final de la serie. Ese baile de las cuatro amigas rememora a aquel momento fuera de la casa de verano de la tercera temporada. Solo que esta vez se siente que no hay vuelta atrás en su amistad, ni posibles reencuentros. Y quizás para muchos Lena debió haber acabado la temporada en ese momento. Evitar el episodio diez que podría ser uno más de la temporada. Pero Hannah necesitaba tener su final sola. La odies o no, es su decisión, y como me dijo mi amiga Lara que apenas comienza a verla: “tal vez todos tenemos algo de Hannah que nos hace sentir incómodos”. A lo mejor, esa obligación de vernos en ella, es muy incómoda. Y por eso nos cuesta tanto.


Además, como su mismo personaje dijo alguna vez: "Nadie podría odiarme tanto como me odio a mí misma. ¡Cualquier cosa horrible que me quieras decir ya me la he dicho a mí misma en la última media hora!". Así que, en conclusión, dejemos de perder el tiempo pensando en cosas horribles del final, porque ya Lena lo había pensado antes.

 
 

A Bojack Horseman la vi con prejuicio. Pensé que sería una serie animada más del montón, políticamente incorrecta, calcando el modelo de Los Simpsons, South Park o Padre de Familia. Que se trataba de Netflix queriendo abarcar todo tipo de contenidos. Y aunque efectivamente es muy incorrecta, es también una serie emotiva y reflexiva. Me sorprende gratamente como su creador Raphael Bob-Waksberg, basándose en el absurdo y la irreverencia, hace que sus personajes siempre estén en constante evolución. Sus avances corresponden a la introspección constante que hacen en las acciones de sus vidas, cada flashback que incluyen en la historia es necesario para dejar en evidencia los conflictos de cada uno de ellos. Muchos de estos flashback están relacionados con aquel viejo programa de los noventa Horsin' Around que protagonizó Bojack y del que aún no ha podido zafarse.


Bojack Horseman es una serie que cuestiona la vida de estos actores de la pantalla chica que, tras un éxito avasallador, no han sabido hacia dónde dirigir su carrera y su vida personal luego de que termina el show. Lo interesante es que no sólo se trata de Bojack, sino de su agente Princess Carolyn, una gata de 40 años que sacrificó su vida personal por su carrera; Diane, la mujer intelectual de 34 años que quiere ser escritora pero termina involucrada en un mundo frívolo del que no sabe cómo escapar (o si de verdad quiere hacerlo); Mr. Peanutbutter, un perro actor famoso, también de los noventa, adinerado, optimista y capaz de arriesgarse en una serie de negocios inútiles por tener fe en la vida; Todd Chavez, el más joven (24 años) y desenfocado de todos ellos, que duerme en el sofá de Bojack y termina siempre involucrado en historias irracionales para sobrevivir a su día a día (cuya voz, además, la hace Aaron Paul, quien interpretó al atormentado Jesse en Breaking Bad). Sin embargo, el peso pesado recae sobre el mismo Bojack (la voz la interpreta Will Arnet, recordado por ser el mago fracasado de la familia Bluth en Arrested Development), este caballo que va entendiendo, tras muchos tropiezos y con una actitud bastante autodestructiva, que su carrera acabó. Este viaje del héroe por recuperar su lado más humano -entendiendo que se trata de un animal-, invita al espectador a reflexionar en las necesidades de este personaje tanto como actor, como persona y como caballo. Suena complejo, pero lo consiguen.


Hay capítulos que, tras lanzar carcajadas, te golpean con una escena que te obliga a remover las emociones. Esta temporada, además, el duelo te sorprende con una muerte inesperada y vas recogiendo poco a poco este dolor en medio de la risa y la cotidianidad de este mundo absurdo y variopinto. No es una serie complaciente ni fácil, necesita que te involucres como espectador, que te prestes al juego no sólo emocional sino artístico de las imágenes y la relación de este mundo animal y humano en medio de la farándula. Con la ventaja de que sus personajes, absolutamente todos, te atrapan y despiertan tu interés como espectador. Hago énfasis, sobre todo, en el capítulo sobre el aborto de esta tercera temporada que tiene un contenido crítico poderoso, manejado con un humor bastante ácido y un mensaje necesariamente contradictorio. También, pero por razones distintas, resalto al capítulo en que Bojack hace promoción bajo el mar, pues se trata de un episodio de situaciones sin parlamentos, que te invita a vivir 28 minutos de experiencias en un mundo alternativo, donde la cotidianidad se construye a partir de figuras marinas. Este episodio, en muchos espacios de la crítica, es considerado uno de los mejores del año. A mí, en lo personal, me parece irónicamente la serie más humana de las que han salido este año. Y eso es mucho decir, cuando el protagonista es un caballo.


Mejor episodio 3x04 "Fish out of water", porque a veces las palabras sobran y las acciones importan. 28 minutos para una gran metáfora.

 
 

Nadie lo pone en duda, la serie se ganó a la audiencia desde la nostalgia. Es como oír una canción de radio en familia el 31 de diciembre. Matt y Ross Duffer, sus creadores, apelaron al cariño que nuestra generación le tiene a las historias de los ochenta (por no reducirlo todo a Spielberg). Son los Goonies reloaded. Con un punto muy a su favor, el carisma de los niños protagonistas: Lucas, Mike y Dustin son los amigos que todos quisimos tener en la infancia. Son dulces y arriesgados. Aunque sin duda, el show se lo roba Eleven, la E.T. del siglo XXI, aunque más bonita y con poderes complejos que apuestan a su propia destrucción. Las referencias no cesan a cada minuto de la serie, que además es como ver una película de ocho horas (gracias a la trampa Netflix). Además, ver a Winona Ryder haciendo de Joyce, sufriendo como una madre desesperada, es un golpe emocional necesario que nos coloca a todos los que vivimos los ochenta de igual a igual. Sí, nos hemos puesto viejos. La serie engancha, es divertida, entretenida y da miedo, pero la historia tiene esa candidez de los ochenta que, a mi parecer, le hace perder algo de contundencia. Entiendo que es parte de su esencia, pero uno corre el riesgo de perder el interés cuando pasa la nostalgia.


Mejor episodio: 1x03 "Holly, Jolly". Porque mis navidades ya no será la misma, esperaré que las luces del arbolito me descifren a donde fue a parar Bárbara o que me cuenten más de la vida de Eleven.


 
 
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Cultura, libros, infancia y adolescencia

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ilustración de las jornadas @Miguel Pang

ilustración a la izquierda @Juan Camilo Mayorga

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