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Actualizado: 22 oct


A finales de los años noventa, una familia de origen húngaro se muda a una vivienda en la isla de Vancouver, Canadá. Sasha tiene ocho años y encuentra en ese nuevo entorno la posibilidad de descubrir amistades, recorrer paisajes y disfrutar de una infancia aparentemente tranquila. Sin embargo, la convivencia familiar está condicionada por los problemas de comportamiento de Jeremy, su hermano mayor, cuyas acciones provocan conflictos que sus padres no consiguen resolver. Los enfrentamientos, las intervenciones policiales y las dificultades para comprender lo que le ocurre van transformando la vida cotidiana de todos en la película Blue Heron, primer largometraje de Sophy Romvari.


Busca reconstruir una experiencia inspirada en su historia familiar. Lo hace desde una perspectiva que combina los recuerdos de infancia con la mirada de una mujer adulta que intenta comprender acontecimientos para los que entonces no tenía explicaciones. La película no establece una verdad definitiva sobre Jeremy. Genera una inquietud tensa desde la narración, que hace al espectador mantenerse al margen. Explora las dificultades de reconstruir una historia cuando buena parte de sus protagonistas ya no pueden responder a nuestras preguntas.


Hay una decisión narrativa especialmente interesante y es que los problemas de Jeremy se muestran fundamentalmente a través de las experiencias de quienes conviven con él. Más que en el mismo Jeremy. Sasha observa los cambios en el comportamiento de sus padres, escucha conversaciones que no siempre comprende y presencia situaciones cuyo significado apenas consigue interpretar. En ocasiones, sus padres hablan húngaro para evitar que los hijos conozcan determinados asuntos, aunque ese intento de protegerlos tampoco consigue impedir que perciban las tensiones familiares.



La directora se interesa por esa distancia entre lo que los adultos creen que pueden ocultar y aquello que los niños terminan comprendiendo de manera fragmentaria. La infancia no aparece como territorio de inocencia absoluta. Sasha puede reconocer el miedo, la tristeza o el agotamiento de sus padres sin disponer de información suficiente para comprender sus causas.


Con el avance de la película, la memoria adquiere un protagonismo cada vez mayor. La reconstrucción de los acontecimientos introduce preguntas sobre las posibilidades de representar a una persona a partir de los recuerdos que conservamos de ella. ¿Cuánto de aquello que creemos recordar pertenece realmente al pasado y cuánto responde a las interpretaciones que hemos construido con los años? La directora utiliza el cine para regresar a una experiencia dolorosa, pero también para cuestionar la legitimidad de sus propias versiones.



Ese ejercicio plantea una dificultad ética importante. Jeremy es observado desde las consecuencias que sus acciones tienen sobre la familia, aunque sus conflictos personales y las limitaciones de las instituciones que intentan ayudarlo también forman parte de la historia. Existe el riesgo de reducir su identidad a los problemas que provoca, especialmente cuando conocemos sus experiencias a través de quienes tuvieron que convivir con ellas. Sin embargo, esa misma dificultad se convierte en una de las preocupaciones centrales del relato, reconocer que amar a alguien no significa necesariamente comprenderlo.


Blue Heron también examina las responsabilidades que suelen recaer sobre las familias cuando las respuestas institucionales resultan insuficientes. Los padres intentan encontrar soluciones mientras sus otros hijos aprenden a convivir con una incertidumbre que no han elegido. La película evita reducir estas experiencias a una colección de errores individuales y permite reconocer las limitaciones de quienes intentan sostener una situación para la que no están preparados. Romvari no propone que regresar al pasado permita resolver todos los conflictos. De hecho, reconoce con bastante valentía, desde su retrato de la cotidianidad, que nuestros recuerdos también son interpretaciones incompletas.



 
 

Actualizado: 22 oct


En medio de la ciénaga de Zapata, una de las regiones más inhóspitas de Cuba, Landi se interna en los pantanos para cazar cocodrilos. Lo hace con sus propias manos, cargando después con los animales que consigue capturar para garantizar la subsistencia de su familia. En una secuencia inicial hipnótica, en un recorrido de cámara en el que la simetría del entorno, y el inesperado encuentro con el caimán, inyecta naturalismo y precisosismo por partes iguales. Mientras tanto, Mercedes permanece en casa al cuidado de su hijo Deinis, pendiente de los recursos que necesita para alimentarlo y de que su marido consiga regresar. En una secuencia simbólicamente compleja, en el que la criatura en brazos es ese hijo que la necesita. La pandemia, la escasez y el malestar político atraviesan sus vidas, aunque todo ocurre a una distancia que parece separar a esta familia del resto del mundo.


Al oeste, en Zapata, ópera prima de David Bim, es un documental de observación que acompaña los movimientos cotidianos de este matrimonio. Durante ocho años, el director desarrolló un proyecto cinematográfico que termina adoptando una estructura dividida entre el padre que sale a buscar alimento y la madre que permanece en el hogar. Dos espacios que se necesitan mutuamente, aunque sus protagonistas apenas coincidan durante buena parte del metraje.



La película está rodada en blanco y negro y renuncia a las explicaciones convencionales del documental. No hay una voz que nos indique cómo debemos interpretar las imágenes, ni entrevistas destinadas a explicar la situación económica del país. En cambio, encontramos largos recorridos por el pantano, una minuciosa atención al sonido de la naturaleza y conversaciones domésticas o de la radio donde las preocupaciones materiales forman parte de la cotidianidad. La fotografía consigue transformar el paisaje en un territorio inquietante, donde la belleza natural convive con el peligro y la incertidumbre.


Este documental también permite reconocer una distribución desigual de las responsabilidades familiares. Landi arriesga su vida buscando alimentos en una reserva natural protegida, mientras Mercedes administra los recursos disponibles y sostiene buena parte de los cuidados de su hijo. Son dos formas distintas de enfrentarse a la precariedad. La primera, espectacular por el peligro físico que supone; la segunda, aparentemente menos llamativa, pero marcada por una exigencia permanente. Ambas resultan indispensables para comprender la supervivencia de esta familia.


El contexto político se filtra a través de las noticias que llegan por la radio. La pandemia, las muertes y las tensiones sociales parecen acontecimientos lejanos, pero condicionan las posibilidades de quienes viven en estos márgenes. En este sentido, la película plantea una dificultad interesante, ¿hasta qué punto es posible retratar la supervivencia de una familia cubana sin examinar las condiciones políticas que la hacen necesaria? La decisión de privilegiar la observación permite reconocer la dignidad y las contradicciones de sus protagonistas, aunque también deja buena parte de estas preguntas abiertas.


Hay otro riesgo, propio de una propuesta cinematográfica tan preocupada por la composición visual y es convertir la precariedad en una experiencia estética. Las imágenes de los pantanos y las acciones de Landi poseen una fuerza indiscutible, pero también pueden conducir al espectador hacia una admiración que desplace las condiciones materiales de quienes aparecen en pantalla. No se trata de restarle valor a la belleza del documental, sino de reconocer que esa belleza también exige una lectura crítica.


La aproximación íntima a esta familia, permite rondar como espectadores a la idea de necesidad. David Bim construye una película paciente, de enorme atención visual y sonora, donde los ciclos de la naturaleza parecen confundirse con los de la supervivencia humana. Su mayor interrogante es cómo Landi consigue sobrevivir en los pantanos y convertirla en su actividad cotidiana.



 
 


Heme aquí

un hombre

anticuado dinosaurio

portador de agravios

merecedor de condenas

frágil soñador

más no pierdan su fe

en este poeta triste

que está intentando escribir

un poema feliz


Con ese poema busca su redención Óscar Restrepo, un sujeto que evidentemente fracasa como sujeto funcional y con un ejercicio de autoconciencia pendiente, al que no es capaz de enfrentarse por su ego como poeta. Por eso, el encuentro con Yurlady es tan significativo, porque descubre en el talento que esta adolescente tiene para escribir, la posibilidad de recuperar aquello que él mismo perdió en su frustrada carrera literaria. Convencido de que la poesía puede ofrecerle un futuro mejor, intenta convertirla en una gran escritora, sin preguntarse demasiado si ese es también su deseo. Mientras Óscar, los profesores, los jurados y las instituciones culturales discuten sobre su talento y las oportunidades que merece, la voz de Yurlady queda relegada a un segundo plano. Hasta que ella misma pone en cuestión las expectativas que los demás han depositado sobre su vida. Le gusta escribir, pero eso no significa que quiera dedicar su existencia a la literatura. La película plantea así una contradicción fundamental de la mediación cultural, ¿en qué momento nuestro deseo de ampliar las posibilidades de otra persona termina convirtiéndose en la imposición de nuestros propios sueños? Para Óscar, la poesía representa una posibilidad de salvación; para Yurlady, es una práctica que disfruta y que no necesita transformarse en una vocación. Quizás reconocer esa diferencia sea una de las formas más importantes de acompañar a alguien y aceptar que aquello que consideramos extraordinario no tiene por qué ocupar el mismo lugar en la vida de los demás. Silvia la vio, yo la vi. Y luego conversamos.



FREDDY: Ver Un poeta, cansado, al final de la noche, a mí me implicó un compromiso. No tanto por el ritmo de la película, que me resulta bastante amable, sino por tratar de no perder detalle de la fina línea irónica del discurso. Y es que me da la sensación de que si no estás atento, puedes caer fácilmente en algunos tópicos. Es decir, a ratos la película (que no el personaje, de quien ya hablaremos) tiene un dejo de "señoro" y en otros la simbología de un patetismo de superioridad cultural. ¿Crees que exista una intención discursiva de poner en contraste a distintas generaciones? No sólo con lo que se cuenta y como se cuenta, sino desde la delimitación de los personajes: jóvenes así, adultos así.


SILVIA: Tal vez sea el “debate” generacional, pero hubo momentos de “El poeta” que me enfadaron. Yo no sé hasta qué punto la película era consciente de lo casposo de la versión adulta de la poesía. Era obvio que se burlaba bastante de los personajes de la escuela de poesía, villanizando al hombre exitoso que va de correcto pero es un tremendo narcisista y sólo preocupado por las apariencias… Pero mi problema es ¿donde está la poesía en el discurso constante del personaje principal adulto? Entiendo que es parte del punto, pero a mí me cansa en exceso, un poco como a la joven protagonista, la idealización y el monólogo sobre la dignidad del arte por el arte de este hombre.


El momento concreto donde las jóvenes de la escuela denuncian la violación haciendo una caricatura de TikTok y tirándose al suelo sólo lo puedo ver como un momento muy desacertado de burla (no sé si solamente a los jóvenes o concretamente a las mujeres jóvenes).


Dicho esto, sorprendentemente todas las mujeres de la película (menos estas figurantas de la escuela) me parecen los personajes mejor construidos y con diferencia más interesantes y eso es muy de agradecer.


Además pasados unos días lo que se queda conmigo es de hecho la joven poeta en la que, al contrario que en el protagonista masculino, sí que encuentro un punto de interés en el arte por el arte, despojada de una ambición de ser percibida como “x” y simplemente siendo y escribiendo sin por ello necesitar validación o estatus. Creo que ese punto si lo retratan con bastante buen gusto y aunque al salir del cine estaba, digamos, enfadada con la película, ahora puedo decir que también veo sus virtudes y sus momentos de lucidez.


FREDDY: Me gusta tu enfado, porque a mí esos momentos me daban mucha risa. Quizás porque reconocía esa figura en muchas personas del ámbito cultural que no tuvieron mas oportunidades y a quienes se les catalogó, en su momento, de joven promesa. Quise entenderla como una crítica, una forma en cómo se construyen artificios en determinadas épocas. Que no conociéramos nada de su obra es deliberado, ya no interesa, en cambio la de la nueva joven promesa es bella pero también debe responder a su época para que la celebren. Es terrible el momento en que ella lee su poema en el concurso, y todos los adultos celebran, la mayoría blancos y extranjeros, la "valentía" de ser negra y defenderlo.


Que aquí la palabra valentía tiene mucho juego. La presentación de la película, en la que muestran al hombre como un Quijote, es tan exagerado como simplista (y buenista). Este protagonista es cobarde, desagradable, aunque con atisbos del hacer correcto. No opera desde la maldad. Él, realmente, se quedó instalado en la idea de joven promesa. ¿A ti te gustaría ser una joven promesa de algo?


Creo que la caricatura del personaje principal no es fácil de construir ni de mantener, y lo logran. Si no fuera un personaje sólido, se caería absolutamente toda la trama. Lo que ocurre con los personajes femeninos, me da la sensación, de que son las que tienen los pies puestos sobre la tierra. Incluso la madre del poeta, que es tan manipuladora.


SILVIA: Mmm creo que no empatizo mucho con los hombres “buenistas” con complejo de Don Quijote, porque lejos de ser un personaje novedoso siento que estamos rodeadas jajajjaja


Un poco autocomplaciente, ya lo siento que es como lo viví jaj


FREDDY: No te parece curioso que en la presentación que hicieron previamente de la película, el hombre insistió en la bondad del protagonista. Como si fuera el único motor de la película, una condescendencia absoluta sobre el pobre poeta caído en desgracia que solo busca el "bien" literario. Creo que también ese alegato previo, sugestionó la mirada de los que nos enfrentamos a la película, que al final es una historia sobre el patetismo. Y cómo combatirlo (en el caso de la joven poeta que no quiere serlo y el de la hija que quiere a un padre y no a un hombre al que cuidar)


Y no me respondiste a esta pregunta final.


SILVIA: Sí, estoy de acuerdo con que la presentación enfatizaba demasiado la idea del buen hombre al que le pasan cosas malas y también lo que te decía, que siento que es un arquetipo que me he encontrado bastante, así que tal vez llevaba puesta la máscara del odio jajajaj


Mmmm no sé qué decir, supongo que sí hay una parte de ambición de querer validación o reconocimiento en las cosas que haces (en mi caso con la escritura, la música, las obras) y supongo que en primera instancia es satisfactorio ser “una joven promesa”… Pero no es que suene muy bien. Es también el peso de las expectativas y muchas veces una dificultad para experimentar sin tomarse el tiempo de madurar lo que haces.


Yo creo que prefiero aprender a hacer las cosas que ser una promesa :)




 
 
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