El hombre que perdió la cabeza
- Freddy Gonçalves Da Silva

- 25 dic 2025
- 2 Min. de lectura

EL HOMBRE QUE PERDIÓ LA CABEZA
Fanuel Hanán Díaz
Ilustra: Giulia Landonio
Diego Pun, 2025
El señor F. amanece un día sin su cabeza: no sabe dónde la perdió o si se ha ido por su cuenta. Y no es que haya enloquecido, esté distraído o sea incapaz de pensar; es que, físicamente, su cabeza ya no está. Y eso, para una persona aferrada a la rutina, es un inconveniente enorme: ¿cómo sale a cumplir la cotidianidad si está descabezado?
Ante esta onírica premisa, el álbum despliega escenarios absurdos, de inspiración surrealista, en los que las ilustraciones cobran especial protagonismo: colores intensos, animales inesperados y composiciones espaciales que retan al ojo de quien lee. En paralelo, el texto se vuelve cada vez más escueto, más silencioso, como si el lenguaje empezara a irse detrás de las ideas. La atmósfera que brindan las imágenes se adueña del espacio y de la narrativa. En medio de este trágico delirio, el señor F. se convierte en un errante sin paisaje. No lo habita: lo transita sin sentido. No trabaja: funciona mecánicamente. La vida deja de tener razón.
Así, quienes leen van reconociendo en el señor F. una pérdida de sentido. No es solo la cabeza la que desapareció: es el centro del relato y, por lo tanto, su motivación. El señor F. está fracturado y, aun así, es capaz de atender lo inmediato con precisión mecánica, sin pensar ni dedicarle tiempo al pensamiento. Esto dispara una pregunta fundamental: ¿cuánta vida cotidiana está hecha de seguir? Seguir trabajando, atendiendo, caminando, mientras lo esencial se esconde de nuestra propia identidad. Es la metáfora de la operatividad humana como una forma ilógica de resistencia.
En ese sentido, el libro se afirma en una sólida estructura narrativa que construye un imaginario en el que lo cotidiano también se vuelve ilógico. No es solo el hecho de perder la cabeza, sino el de hacer lo que hacemos (o transitar los espacios de siempre), sin ella: la oficina, la calle, el movimiento de los cuerpos, la exigencia de producir sentido a toda costa. Si la cabeza falta, ¿qué queda? Queda el cuerpo insistiendo. Queda la costumbre. Queda el miedo. Queda, también, una posibilidad rara: que el caos sea más honesto que la normalidad.
Este ejercicio absurdo funciona como lectura autónoma para las infancias, en torno a la comprensión de lo figurativo y el humor (e incomodidad) irreverente sobre un hombre sin una parte de su cuerpo. Sin embargo, entre muchas otras capas, enfrentarme a este libro como lector me hizo pensar en Remedios Zafra, cuando se pregunta de forma precisa: “¿Qué me sujeta a este hacer que amo?” en su libro Frágiles. Justo antes de empezar a cuestionar la posición de desventaja en las que se encuentran quienes aman su trabajo, pero se ven sepultados por las dinámicas de la burocracia o por las dificultades propias de la vida social, familiar e íntima. Este álbum, aparentemente sencillo, esconde un cuestionamiento filosófico sobre la forma en que los seres humanos se vinculan con su realidad contemporánea, poniendo el foco en lo simbólico: un hombre sin cabeza y, por lo tanto, sin un centro al que volver a habitar.








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