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La organización de los Colegios del Mundo Unido (CMU) es la única ONG educativa mundial que une a jóvenes de todo el planeta, seleccionados en su propio país en base al mérito y sin considerar su situación económica, para compartir una experiencia centrada en una misión, “hacer de la educación una fuerza para unir a las personas y las culturas por la paz y un futuro sostenible.”

El origen de los CMU -también en inglés United World Colleges (UWC)- se remonta a los días más tensos de la Guerra Fría, cuando un grupo de educadores europeos compartieron una visión inspiradora y única: que la comprensión entre los jóvenes podía sentar un camino hacia a la paz y la seguridad. Kurt Hahn, un reconocido educador alemán de la primera mitad del siglo XX, creía que se podía hacer mucho por superar las divisiones religiosas, culturales y raciales de su época si los jóvenes de todas partes del mundo lograban relacionarse mejor. Era un plan audaz; concebir un colegio con alumnos de diferentes naciones que trabajaran para lograr la meta común de superar las hostilidades de la guerra y construir la paz. Es así como en 1962, el año de la crisis de los misiles cubanos, fue fundado el primer CMU en el sur de Gales. En aquel entonces, el diario británico The Times of London calificó el movimiento como “el experimento educativo más importante desde la Segunda Guerra Mundial.”

A pesar de que el mundo ha cambiado mucho desde 1962, esa visión sigue siendo relevante y vital. El recrudecimiento de los conflictos en el Medio Oriente, la incertidumbre social en el mundo desarrollado, y los conflictos políticos en nuestros países nos recuerdan que las amenazas a la paz van más allá de las diferencias nacionales e incluyen la discriminación racial, religiosa y de nivel socioeconómico. En medio de tensiones, antiguas y nuevas, conflictos e incertidumbres, podemos apreciar aún más claramente que necesitamos líderes que puedan entenderse entre sí, y que estén preparados a reorganizar su entorno, para convertirse en lo que Nelson Mandela, el Presidente Honorario de los CMU, ha llamado “células de innovación y catalizadores para el cambio.” En los últimos 50 años, los CMU han pasado de ser un colegio en la costa sur de Gales a un movimiento de escala mundial, único en el reconocimiento de que la educación permite relacionarse con los demás sobre la base de un sentido de humanidad compartida. Por lo tanto, podemos estar seguros de que la misión fundadora, tan valiosa entonces, es aún más relevante en el siglo XXI.

Hoy, los alumnos de los CMU son seleccionados por Comités Nacionales en más de 140 países. Los candidatos son seleccionados a través de un riguroso proceso de selección en base al mérito personal y sin distinción de raza, religión, preferencia política o situación económica. Este esfuerzo garantiza que los CMU sean verdaderamente globales y reflejen todos los aspectos de la sociedad. No es coincidencia, entonces, que en la mayoría de los CMU, haya un promedio de 70 nacionalidades diferentes cada año.

El programa académico de todos los CMU se articula en torno al Diploma del Bachillerato Internacional (IB), uno de los cursos preuniversitarios más respetados y conocidos alrededor del mundo y, como tal, aceptado por las universidades más selectivas del planeta. Si bien, el desempeño académico es muy importante, los CMU procuran equilibrar las actividades académicas con una combinación de servicio a la comunidad, actualidad internacional y actividades físicas y creativas. Los alumnos de los CMU aprenden no sólo que pueden sobresalir en cualquier campo que elijan, sino que también pueden ayudar a encontrar las soluciones a algunos de los problemas más difíciles que enfrenta el mundo hoy en día. Esta seguridad crece a partir de una educación exigente y de vanguardia, pero comienza con el acto crucial del acercamiento al otro.

La teoría y la práctica de la resolución de conflictos adquieren una dimensión especial con alumnos que provienen de zonas afectadas por conflictos. Es particularmente emocionante, para todos aquellos que hemos tenido el privilegio de estudiar en un CMU, recordar las discusiones entre compañeros de Israel y Palestina, Serbia y Kosovo o la India y Pakistán, especialmente cuando las diferencias se transforman en amistades perdurables. Basta con pasar unos pocos minutos en alguno de los CMU para sentirse alentado por la pasión, la esperanza, el compromiso y la capacidad de los estudiantes de ver y sacar lo mejor de sí mismos.

La mayoría de los estudiantes, quienes ingresan a los colegios entre los 16 y 18 años, a pesar de estar muy arraigados en sus propias culturas, aún son lo suficientemente tolerantes para aprender de los otros. Como alumno de los CMU, se obtienen habilidades de vida esenciales a través de diferentes actividades que conforman la experiencia: ser voluntario en una comunidad local, participar en debates internacionales, realizar interpretaciones artísticas, solo por mencionar algunas. Aprender a administrar el tiempo propio para lograr un equilibrio entre las actividades académicas, el voluntariado, los deportes, las artes, socializar y dormir, es probablemente el reto práctico más grande que se enfrenta en los colegios.Viviendo y aprendiendo en una comunidad dinámica de gente joven de diferentes orígenes y culturas, y generalmente compartiendo tu habitación con otros estudiantes, representa una oportunidad de aprendizaje sobre sí mismo y sobre otros estudiantes cuyas costumbres y perspectivas son diferentes. El sencillo acto de acercamiento entre jóvenes de orígenes diversos aporta una riqueza adicional a la educación de todos en los colegios.

El reconocimiento de que los temas regionales son manifestaciones locales de problemas mundiales sirve de motivación a los ex-alumnos para que se conviertan en líderes en las artes, las ciencias, los negocios, el gobierno y hasta los viajes espaciales. Miles de ex-alumnos de los CMU son educadores y médicos que diariamente hacen innumerables contribuciones a la vida de los demás. Hay muchos otros menos visibles, cuyas acciones están haciendo diferencias fundamentales en sus lugares de trabajo, sus universidades y sus comunidades. Pero en todos estos casos, el factor común es la inspiración que toman de la misión y los valores de los CMU y su convicción de que “cada graduado es un potencial arquitecto para la paz”, en palabras de la Reina Noor de Jordania, presidenta de los CMU.

Recientemente, el único CMU en Sudamérica, ubicado en los llanos venezolanos, y especializado en la enseñanza de agricultura, fue clausurado en medio de la coyuntura política venezolana. Decenas de estudiantes, comprometidos con la misión y los principios de los CMU, perdieron la oportunidad de promover los ideales de la organización en una de las regiones más desiguales del planeta. A pesar de las tensiones políticas, los conflictos y las incertidumbres, en los próximos 50 años el movimiento debe continuar su labor pionera precisamente en aquellas regiones del planeta donde las tensiones políticas, raciales y religiosas encuentran sus peores manifestaciones.

Fiel a esta visión, en 2009, se inauguró el Colegio del Mundo Unido de Mostar, ubicado en Bosnia y Herzegovina, para convertirse en la primera institución completamente multicultural de ese país. Este colegio, como muchos otros CMU, busca apoyar e influenciar positivamente a jóvenes que quieren cambiar su futuro en una sociedad que aún no ha hecho las pases con su pasado. El efecto transformador que tiene la educación de los CMU no se limita a los ex-alumnos, sino también a las comunidades en las cuales éstos operan. El Colegio en Mostar recientemente organizó el primer Modelo de las Naciones Unidas en los Balcanes, regularmente dicta cursos de verano sobre “La paz y la reconciliación”, apoya a grupos deportivos locales y gestiona un centro de desarrollo profesional para docentes en Bosnia y Herzegovina.

Para celebrar el 50 aniversario de esta organización pionera, los CMU deben seguir siendo una fuerza que une a la gente en un mundo en el que se ensanchan nuevas brechas divisorias como la disparidad en la riqueza, la educación, la seguridad y la distribución desigual de los costos asociados al cambio climático. En los próximos 50 años, los CMU deben tomar su legitimidad y fortaleza de aquellos que desean un futuro más pacífico y sostenible.

Este año, 1500 alumnos de más de 146 países se graduaron de uno de los doce Colegios del Mundo Unido (CMU). En 2013, tomará su lugar otra generación de jóvenes seleccionados en su propio país, en base al mérito personal y la curiosidad intelectual. Para mayor información sobre el proceso de selección en tu país, visita nuestro sitio web http://bit.ly/fnevvu

Testimoniales

Tessa Devreese, 17 años, Belga. CMU Costa Rica

Mi proceso de selección fue muy tranquilo, hasta la etapa de la entrevista donde siete personas me presionaron haciéndome preguntas muy incómodas y a veces hasta incoherentes. Mi experiencia más impactante en los colegios, ocurrió no con un hecho aislado sino al darme cuenta de cómo, en otras culturas, particularmente asiáticas, muchachos de nuestra edad no tienen derecho a cuestionar las autoridades y a emitir sus opiniones. Estas mismas personas provenientes de esas culturas no cambian ese arquetipo de pensamiento sin importar cuánto cambie lo que los rodea.

Kshitij Kapur, 18 años, Hindú. CMU Costa Rica

En la India el proceso de selección se hace directamente en Mahindra UWC of India, y durante dos días hay una especie de convivencia y entrevistas. Ambas cargadas de preguntas que buscan incomodar a los participantes. Mi impacto más grande fue ver la sinceridad de la gente. Ese tipo de confianza y “comportamiento”, en India, solo se ve entre gente que tiene por lo menos dos años conociéndose muy bien. Aquí en UWC, desde el primer momento, la gente es muy sincera y abierta. Para mí es una sorpresa muy agradable, pero para otras personas de mi cultura quizás resulte muy incómodo.

Roberto Della Neve, 19 años, Venezolano. CMU Costa Rica

El proceso de selección venezolano, en comparación al resto de los que he oído aquí, es MUY fuerte. Teniendo etapas más numerosas y difíciles que otros procesos. En la nota personal, para mí fue muy complicado estar en la convivencia, porque la noche anterior había muerto el papá de mi mejor amigo, y un padre para mí también. Ese hecho, sin embargo, representó una motivación extra, un obstáculo más que superar. Una vez llegado aquí, el impacto cultural más grande que he tenido no tardó en llegar: al final del mes de Ramadán musulmán, la comunidad judía del Colegio le preparó un festín a los musulmanes que habían estado siguiendo las costumbres de dicho mes. Entendí que en este lugar, todo lo que creemos entender del mundo se ve desafiado, y muchas veces el sur se confunde con el norte.

Anton Baleato, 19 años. Español. Ex CMU del Atlántico

Abby Robinson, 17 años, USA. CMU Costa Rica

Nuestro proceso de selección consistió de dos etapas. La primera fue la presentación de aplicaciones, y luego las recomendaciones de los maestros, una recomendación de un consejero universitario, una declaración personal, tres ensayos cortos, y una lista de los libros más allá de la que el solicitante haya leído. Alrededor de 500 personas solicitaron mi año, y 120 de ellos son seleccionados para asistir a entrevistas regionales. Hubo más de 10 sitios de entrevista a través del estado. En la entrevista del día había muchas actividades de grupo y una entrevista individual. Lo que más destacó para mí fue que hubo actuales estudiantes UWC USA en mi entrevista o compartiendo con nosotros, lo que realmente me ayudó a comprender que UWC era algo que existía (y no un lugar de culto), con personas reales beneficiándose de los colegios. Supongo que mi mayor sorpresa fue que al llegar al colegio, las demás personas no eran las utopías que me imaginaba que fueran. Esperaba encontrar personas que estudiaran constantemente o que conscientemente trataran de mejorar el mundo de acuerdo con los valores de UWC. Pero gracias a Dios, me dio más seguridad ver que mis compañeros de los segundos años, y mis co-años, son personas también imperfectas, y no solo mini-diplomáticos y futuros fundadores de otras ONG. Eso no quiere decir que no tengamos todos un similar principio ético vinculante y que, ¿por suerte?, creemos en lo que UWC representa, pudiendo tener la posibilidad de crear un cambio positivo global del que constantemente se habla.

Aitor Luna, 32 años, Español. Ex CMU del Atlántico

El proceso de selección fue intenso, pero muy divertido. Es inevitable estar un poco nervioso porque las ganas de ir a un Colegio o a un curso de verano son enormes, y sabes que te juegas una plaza con los otros chavales que están allí contigo. Pero, sin darte cuenta, la tensión se diluye, sale lo mejor de ti, y del grupo. La selección es también parte de la experiencia de los UWC, aunque no te den una plaza, porque durante el fin de semana de la selección conoces y colaboras con gente muy distinta a ti, pero a la vez muy cercana y parecida, con la que forjas lazos muy fuertes, amistades que duran. Al legar al colegio, el primer fin de semana que estuve en Atlantic College, tuvimos que presentarnos y hablar un poco de nuestros países y culturas. Nos habían recomendado llevar un traje típico, para hacerlo más colorido y divertido. Como yo no tenía traje de alicantino y no se me ocurrió otro cosa, le pedí prestado un traje de rosa de lunares a Miriam, una estudiante de Jaén, y salí allí con traje de flamenca, sombrero cordobés, imitando un baile andaluz y recitando un poema de Espronceda. Miriam y mis compañeros se morían de la risa. Después de aquello, no hubo hielo ni barreras con mis nuevos compañeros.


Creo que lo más fácil fue hacer amigos. En todos los países hay gente con la que te une mucho. Para un adolescente, ir a un UWC es como abrir un cofre del tesoro. Las personas que encuentras y las experiencias que vives con ellas son inimaginables hasta que llegas allí. Lo más difícil al principio fue compaginar tantas cosas nuevas a la vez: vivir solo, estudiar fuerte en otro idioma, hacer y consolidar nuevas amistades con gente de 90 países distintos, tener que liderar y participar en ideas, actividades, proyectos, meterme de lleno en el servicio social… pero precisamente esa responsabilidad y esas posibilidades son las que te hacen madurar y crecer. A los 15 o 16 años, una educación genuinamente internacional con sólidos valores, rigor académico e infinitas oportunidades de asumir responsabilidades y vivir experiencias impensables en tu entorno de siempre, te transforma. Lo más tangible es mencionar que gracias a la experiencia en los UWC he podido estudiar en las mejores universidades del mundo, trabajar en lo que me gusta y desarrollar mis otras pasiones sociales, culturales, etc., siendo fiel a la idea que me hice de mí mismo y de los valores que desarrollé en los Colegios del Mundo Unido. Y ha sido así porque en los Colegios te haces consciente de tus responsabilidades y de tu potencial, y tienes la oportunidad de ponerlos en práctica. Yo era un adolescente con hambre de mundo, y en el Colegio empecé a comérmelo.

David González, 22 años. Venezolano. Ex CMU Noruega


***Imágenes usadas en este artículo: 1. Detalle del logo de los colegios del mundo unido. 2. Detalle de fotografía cortesía de Aitor Luna. 3, 4, 5. Fotos tomadas de la página en Facebook de la selección venezolana de los UWC. 6. Video cortesía de Anton Baleato y a la selección española de los UWC. 7. Video cortesía de David González.


 
 

Actualizado: 17 ago 2021



“Siempre imaginé que el Paraíso sería algún tipo de biblioteca” Jorge Luis Borges

No me gustaba leer, y mis padres –una pareja de docentes a quienes la vida había premiado con cuatro buenos hijos lectores- cedieron ante la idea de que las cosas no siempre salen según lo planeado y que seguramente, yo sería la oveja negra que teñiría la familia. Pese a mi inapetencia lectora sobreviví a los primeros años de estudio con lo poco que llegaba allá, al último rincón del salón, al pupitre más alejado del tablero. Pero las cosas fueron cambiando, cada año al terminar las vacaciones y reanudarse el periodo escolar, sentía que la silla en que me sentaba -por alguna extraña razón- tenía que estar más cerca al tablero. Todo parecía marchar bien, yo así lo creía y era feliz, hasta que un día recibí la nefasta noticia: reprobé el año, mi espíritu rebelde se deshizo y fue entonces cuando –colmado de frustración- acepté visitar el optómetra. Un par de lentes me enseñaron que el mundo era un poco más nítido de lo que yo lo había concebido; que eso de que las figuras se disolvieran unas entre otras dando lugar a imágenes graciosas no era normal; me enseñaron que no era necesario hacerse en la primera fila del salón -junto a los nerds- para poder ver el tablero, y lo mejor de todo ¡que era posible leer sin sufrir jaquecas!

Empecé a leer. La oveja negra resulto tener esa misma afición por los libros que sus hermanitas, su vida ya no trascurría exclusivamente entre pupitres y tareas, sino también en el mediterráneo, entre griegos y troyanos. Visitaba con frecuencia al ingenioso hidalgo al pie de quien lloraba y reía. De vacaciones me iba a Macondo, un pueblito tropical en el que la realidad supera la ficción. Así eran mis días por aquellas épocas, el ocio bachiller era una riqueza que se invertía en el amor, los amigos y los libros.

No sé si muy temprano, no sé si ya muy tarde, me enamoré de la filosofía. Cuando terminé el colegio entré a la universidad a estudiar eso que tanto me gustaba, ese fue el “sí, acepto” en el altar de mi existencia, me consagre a la lectura y así bese la novia, desde entonces mi relación con los libros es un matrimonio: fieles en lo próspero y en lo adverso, en la salud y en la enfermedad, con amor y respeto… hasta que la muerte nos separe.

Diez semestres de idilio no me hicieron inmune a la duda, entre más próximo estaba a graduarme mayores eran las incógnitas sobre mi destino. Me gustaba leer, sí ¿Pero eso de que me serviría? ¿Cómo se supone que cambiaría el mundo? ¿En qué forma llegaría a hacer mejor mi vida y la de los demás? ¿Cómo mantendría mi matrimonio con los libros? Fue entonces cuando oí hablar de la promoción de lectura.

“Se trata de acercar la gente a la lectura” me dijo Alejandra –la amiga más antigua de mi vida-. Evidencie mi incomprensión, ante lo cual Alejandra tomó aire, fijó sus ojos en los míos y empezó su explicación. Comenzó hablando de Fundalectura: “es una fundación sin ánimo de lucro que tiene como propósito hacer de Colombia un país de lectores”. Me contó que allí trabajaba desde hacía pocos meses, en un punto “PPP” que quedaba a dos cuadras de su casa. No lo voy a negar, en un comienzo pensé que era mentira, pero después de verlo con mis propios ojos, llegué a la conclusión de que ese debería ser el mejor trabajo del mundo.

Imagine usted que cerca de su casa hay un parque que es visitado a diario por niños, jóvenes y adultos. Imagine que en ese parque, además de haber prados, senderos y árboles, hay también rodaderos, columpios, bancas en dónde sentarse e incluso canchas para la práctica de ciertos deportes como básquet y fútbol. Ahora bien, intente ubicar en un rincón del parque una especie de paradero (como el del bus) con formas y colores únicos. Imagine que ésta increíble estructura ¡está repleta de libros! Libros de la más exquisita variedad y además, puestos allí a disposición de todo aquel que quiera irlos a leer. Pero eso no es todo, resulta que el paradero es atendido por un joven lector, cuyo trabajo no es pues el de alcanzarle los libros, cobrarle o intentar venderle ¡no!, es el de compartir con usted el gusto por la lectura…

Desde entonces quise ser parte de Fundalectura. Mi interés fue creciendo con el tiempo, cuando descubrí que además de los PPP (Paraderos Paralibros Paraparques) existían más proyectos: Puntos de lectura en Plazas de Mercado, donde el aroma de los frutos de la tierra se entremezclan con la lectura y el juego; Bibloestaciones, es decir, bibliotecas en las estaciones del Transmilenio, allí uno puede pedir prestado algún libro para sortear los trancones y el aburrimiento; Centros de lectura para Familias, lugares en los que madres gestantes, padres y niños se reúnen a consentirse y crecer a través de la palabra. Había tantas cosas, tantas posibilidades que en corto tiempo me convencí de que ser lector valía la pena y servía… ¡para mucho!


Comenzando el 2010 -a los veinte años de haberse creado la fundación- llegó mi oportunidad. Una tarde dominical, cuando paseaba por las inmediaciones del punto PPP de mi barrio, descubrí un afiche humedecido por la lluvia en el que la alcaldía local de Engativá convocaba a los jóvenes a participar en un proyecto asesorado por Fundalectura. No me emocioné de inmediato -lo confieso- normalmente me entero de las convocatorias demasiado tarde, pero este no fue el caso, en cuanto verifiqué el calendario la emoción se hizo en mí, me incorporé y tomé atenta nota.

Habiendo llegado el día y la hora, arribé a la biblioteca en la que –según el afiche mojado- se presentaría oficialmente el proyecto. Al entrar encontré un gran número de jóvenes, todos hipnotizados con la melodiosa voz de una mujer que leía en voz alta. Aprecié también un suculento arrume de libros del que se podía tomar cualquiera para leerlo ahí o bien, para llevárselo a casa sin ningún compromiso. Me senté con el temor de haberme equivocado de lugar, empero, las lecturas fueron tan atractivas que decidí quedarme. Qué reunión tan extraña, tertuliamos casi todo el tiempo y solo hasta el final, se nos habló de LIBREARTE.

Una extraña palabra de nueve letras, con la facilidad de descomponerse en un bello adjetivo (libre) y un polisémico sustantivo (arte), nombraba ambiciosamente el proyecto del que –más temprano que tarde- llegaría a ser parte. Como un acorde que recoge tres notas: la primera, la de la mitad y también la última; de los nueve grafemas emergía una tercera palabra: lee. LIBREARTE: lectura, arte y libertad, que mejor forma de bautizar un proyecto de lectura para jóvenes.

Engativá es una de las localidades de la ciudad con mayor población juvenil, pero el desempleo, la imposibilidad de acceder a la educación superior y las escasas alternativas para emplear el tiempo libre han dado lugar al pandillerismo, la drogadicción, las barras bravas y otras manifestaciones de pobreza espiritual. Es por eso que la alcaldía local, en convenio con Fundalectura, fundó LIBREARTE un proyecto de promoción de lectura con el objetivo de fortalecer espacios culturales, instituciones artísticas, escuelas deportivas, y toda clase de iniciativas para el beneficio de los jóvenes.

Formación, dotación y comunicación fueron los tres ejes a través de los cuales el proyecto LIBREARTE se desarrolló. A partir de la primera reunión –la del afiche mojado- treinta jóvenes iniciamos un proceso de capacitación para convertirnos en promotores de lectura. De entrada se nos exigió que asistiéramos únicamente quienes amábamos la lectura –no puedes promover algo que no te gusta-. Se nos instruyó en técnicas de lectura, procesos de promoción lectora, gestión comunitaria y formulación de proyectos. En cada sesión, un promotor con trayectoria nos hablaba de su vida, nos narraban sus peripecias como promotores de lectura. Con estas capacitaciones se abrió la primera biblioteca para jóvenes de Bogotá, y cuatro nuevos puntos PPP -cada uno con un aproximado de trescientos libros- fueron instalados en los parques de la localidad. Entonces, cuando todo parecía estar listo, se nos informó que de los treinta solo cinco promotores serían seleccionados para atender los nuevos puntos PPP y la biblioteca para jóvenes. La noticia nos tomó por sorpresa, en menos de un minuto pasamos de ser tertulianos a ser rivales.

Pocos días después recibí la llamada. No sé cómo, no sé por qué, mi nombre apareció entre los cinco seleccionados. Así, entre el espanto y la dicha, recibí la biblioteca para jóvenes. Me costó trabajo asimilarlo: en un lapso de tres semanas pase de ser un estudiante desempleado y lleno de dudas, a ser un promotor de lectura, la persona a cargo de la primera biblioteca para jóvenes de la ciudad. Con regularidad, los programas para jóvenes son atendidos y liderados por personas adultas, pero este no era el caso de LIBREARTE. En general, yo tenía la misma edad de mis usuarios, los mismos temores, los mismos sueños y problemas. No era yo más sabio, ni más inteligente, simplemente era igual a ellos, y ese fue el éxito de éste proyecto. Como pares los vínculos afectivos se establecen con mayor inmediatez -ese no es un secreto para nadie- pero los vínculos afectivos son el motor para desarrollar programas culturales y de trasformación social, ese –creo- si es un secreto para muchos.

En el tercer piso de un frío edificio, allá entre oficinas y pasillos angostos quedaba mi biblioteca. Nadie que la hubiese visto desde afuera habría podido imaginar lo que era por dentro. No muy grande, no muy pequeña, habitada por el silencio y la luz blanca. Un aroma inconfundible a libro nuevo atrapaba a quien entrase en ella. En el corazón, entre los ventanales y el sofisticado mueble en el que dormitaban los libros, era inevitable sentirse el lector más afortunado del mundo. Un día, sumergido en la intimidad que me proporcionaba aquel recinto, llegué a concluir como el sapiente escritor argentino que el paraíso debe ser una especie de biblioteca.

Recién llegué al inmaculado recinto me propuse sacar adelante el proyecto. Se suponía que ya era todo un promotor, que además de saber contagiar a otros el gusto por la lectura podía administrar la colección, registrar prestamos y llevar el control de las devoluciones. Se suponía que estaba capacitado para desarrollar actividades culturales dirigidas a la población juvenil, que estaba listo para crear programas y hacer gestión social. Sin embargo, el tiempo se encargo de mostrarme que en realidad uno nunca está listo y que siempre habrá cosas por aprender.

Comencé por constituir un círculo de lectores con diez niños entre los 9 y los 13 años. Nos reuníamos dos veces a la semana para leer y hacíamos muchas cosas, jugábamos, bailábamos, pintábamos y nos divertíamos bastante pero con el paso del tiempo, algunos niños dejaron de asistir, al cabo de unos meses iban muy pocos, y al final, me quedé solo. Nunca supe que sucedió con los chicos del círculo ni por qué dejaron de ir a la biblioteca. De vez en cuando, pasaba a visitarme la joven madre de una de las niñas que había sido miembro del círculo, curiosamente esta señora nunca me habló de su hija ni de su experiencia en LIBREARTE, nada más hablaba de su soledad a raíz del suicidio de su esposo. De alguna manera, la biblioteca le hacía compañía. Si bien mi primera experiencia con los jóvenes pareció un fracaso, debo admitir que me enseñó la importancia que tienen los sentimientos en las personas. Desde entonces sostengo que la dimensión afectiva es una variable fundamental a la hora de trabajar con personas y lograr adelantos culturales.


A través de LIBREARTE conocí personas estupendas y trabé amistad con varias de ellas. Conocí un poeta que varias veces me dijo que si no fuera poeta sería asesino; conocí también el actor que después de leer el libro de Marco Polotomó su bicicleta y se fue a recorrer toda Latinoamérica en ella, diez años después -cansado de viajar en bicicleta- decidió seguir su trasegar a través de los libros de mi biblioteca. Cuando se lee es difícil no desarrollar un especial afecto por el arte. Fue así como me hice amigo de varios artistas, entre ellos, un cineasta joven que trabajaba como camarógrafo particular, grabando matrimonios y eventos familiares aunque su sueño era montar una productora de porno. Gracias a Poe me hice amigo de un pintor que aunque llegué a apreciar mucho, no me gustaba que visitara la biblioteca, pues un día me confesó que se consideraba un ladrón de libros profesional. Esos días, a mi pesar, me tocó ser un personaje espía, para evitar el robo de los libros de mi amigo, el pintor.

Entre los lectores, al que más recuerdo es a Andrés. Cuando entró por primera vez a la biblioteca descubrí un joven lleno de amarguras, acelerado y tosco en su manera de hablar. Un devorador de libros junto al cual crecí mucho. Él me trasmitió el amor por la poesía y yo, sin querer, lo inicié en el arte de la escritura. Comencé por mostrarle los textos de mi incipiente literatura. Incentivado, empezó a escribir poco a poco y a mí me tocó enseñarle lo poco que sabía. Al principio empezó a publicar cuentos en el boletín de la biblioteca, luego en revistas universitarias y ahora, vive en Francia como escritor.

Los procesos que inicié en la biblioteca con estos pintorescos amigos fueron un éxito: fundamos un club de literatura fantástica con el que desarrollamos promoción de lectura en algunos colegios distritales, el club después se convirtió en fundación y el poeta asesino se transformó en su director actualmente.

El pintor de los libros perdidos trabaja actualmente como gestor cultural y ya me ha apoyado en varios procesos culturales de la localidad. Andrés, por su parte, sigue escribiendo en Francia y el actor marco polo no para de viajar con la lectura.


La promoción de lectura es una profesión de interminables caminos, algunos más transitados, otros más difíciles; hay caminos cortos y caminos largos; caminos gorditos y caminos flacos; caminos dulces para gente amarga y caminos amargos para gente dulce; hay caminos con luces para quienes no ven y sonidos para quienes no escuchan. Hay caminos que no van a ningún lugar pero hay otros, que llevan a todas partes. Lo mejor de todo, es que hay caminos por descubrir…

Yo descubrí que el afecto es la estrategia más poderosa para hacer promoción de lectura. Si te gusta leer y te emociona, tendrás esa disposición natural de quererlo compartir todo con los demás. Si le alcanzas un libro a alguien, no con miedo, no con rutina sino con cariño, ese alguien sabrá reconocer el gesto y verá el libro no ya como un cúmulo de hojas aburrido, sino como un gesto de amor. Si le lees a un niño su cuento preferido las veces que él te lo pida, crecerá convencido de que las historias son mejores cuando se comparten. El afecto nos obliga a conocernos a la par que conocemos, y así es más fácil acercar el libro indicado a la persona indicada. Si hay algo más placentero que leer un buen libro, esto debe ser el poder leerlo con otra persona. Atrévete a compartir con alguien la lectura con amor y sucederá lo inimaginable: su vida será mejor, ya que aceptará ser un esclavo de la lectura con tal de llevar una vida verdaderamente libre.

Un solo año en LIBREARTE me permitió vivir lo suficiente para crecer como promotor de lectura y consagrar mi vida a ello. A partir de mi experiencia en la biblioteca para jóvenes, mis servicios fueron solicitados en otras partes. Así, mi misión empezó a ampliarse cada vez más, al punto en que tuve que dejar la biblioteca. El día de mi partida, hicimos una copa de vino poética. La idea era que cada persona leyera algún poema, no importaba si era propio o era prestado. Cuando llego el momento de intervenir, me puse de pie y empecé a caminar hacia el micrófono, con cada paso que daba fui descubriendo una biblioteca llena de usuarios, compañeros, amigos y un agradable olor a vino que competía con las sonrisas de todos ellos. Empezó a librarse dentro de mí la peor de las batallas, el dolor de despedida versus la alegría de ver la biblioteca tan viva. Me sentía vencedor. No leí pues el poema de despedida que debía haber leído, leí el poema que el azar quiso, y mi boca se pronunció. Las palabras cobraron vida y las vibraciones atacaron los oídos, todo lo que fuese mío ese día se estremeció mostrándole al mundo que las ovejas negras pueden ir al paraíso.

***Imágenes usadas en este artículo: todas fueron cortesía de David Bermúdez.


 
 

Actualizado: 2 sept 2021


Juego de tronos: una puerta a la aventura y a la filosofía para los jóvenes (y no tan jóvenes)

¿Era predecible que un producto de siete libros (algunos aún por escribir), una epopeya de más de 5000 páginas, con cientos de personajes, pudiera ser un producto comercial y de moda? Creo que la respuesta es, rotundamente, no. El éxito de Canción de Hielo y Fuego de George R. R. Martin ha sido, sin duda, a contracorriente. Una vez que está de moda podemos glosar sus virtudes hasta la saciedad, pero es evidente que a priori no es para nada un producto comercial. El hecho de que una editorial pequeña como Gigamesh comprara por 4.000 euros los derechos de la obra de Martin, ya lo dice todo.

Al leer los libros de Martin uno se da cuenta de varias cosas: la grandeza de su obra y también de la lograda adaptación que HBO ha hecho, pues trasladar la trama monumental sin sacrificar por completo el espíritu literario es algo que, si somos sinceros, ni los responsables de El Señor de los Anillos consiguieron. El éxito televisivo de Game of Thrones ha favorecido a convertir una obra de culto en el fenómeno del momento. Aunque también es cierto que su éxito no habría sido posible sin el boom de Frodo y compañía. Ellos sacaron a la literatura fantástica del boulevard de los sueños rotos. ¡Con él los frikis salimos del armario!

Las claves del éxito

¿Pero que tiene la obra de Martin que la haga tan interesante para miles de lectores en todo el mundo, jóvenes y adultos? La sinceridad. Martin es un escritor sincero, no tiene miedo de explicar como es la vida, la vida real incluso en un mundo de fantasía. Si hay que cargarse a Eddard Stark, él lo hace. Martin no es un escritor moralista, aspecto que sí tenía Tolkien (por su educación postvictoriana no podía evitarlo). Tolkien también era filólogo, pero Martin fue guionista en Hollywood. El autor de Canción de Hielo y Fuego no solo es un buen narrador, sino un lector apasionado de la historia de Roma y la Edad Media, con una larga carrera en la escritura, que bebe de la filosofía de Hobbes, Maquiavelo, aunque abundan homenajes a Lovecraft, Conan, Apocalypse Now de Francis Ford Coppola, entre muchos otros referentes.

Juego de Tronos y la filosofía

A simple vista, uno de los pilares sobre los que se sustenta el hilo argumental de Juego de Tronos, es una gran reflexión sobre el poder. Pero hay elementos más allá que pueden comentarse en la obra de Martin, entre ellas, una sinfonía de personajes interesantes, cada uno con sus matices, sus pasiones, virtudes y defectos. Esta gran cantidad de personajes permite una identificación que se fundamenta en los arquetipos inmemoriales, pero que cruzan la frontera para desbordar el libro o la pantalla, llegando al alma del lector y el televidente.

Carl Jung planteó los arquetipos para designar cada una de las imágenes originarias constitutivas del “inconsciente colectivo” y que son comunes a toda la humanidad. Configuran ciertas vivencias individuales básicas, se manifiestan simbólicamente en sueños o en delirios y son contenidos más o menos encubiertos en leyendas, cultos y mitos de todas las culturas. Goethe también los usó en Fausto para explicar que las madres iluminaban el camino del héroe, como Catelyn cuando va camino a Aguasdulces y acude al septón. El guerrero es un arquetipo en el que Catelyn no solo identifica a Robb Stark, su hijo, sino también a sus enemigos.

La evolución de los personajes que heredan el conflicto de los reinos, es proporcional a la evolución de una madurez propia del adolescente. No en vano, la infancia y la juventud son factores importantes de cambio en esta saga. Joffrey Baratheon es la representación de lo perverso con apenas 13 años, su maldad se inicia en un relato de su infancia, cuando abre una gata preñada para mostrarle las crías muertas a su padre. Pero no es la aparente semilla de la crueldad lo que arruina su destino, sino el juego del poder. Sus concepciones absolutas, propias de la adolescencia, no lo ayudan a manejarse en un mundo oscuro y lleno de posibilidades. Puede matar o torturar, sin consejeros, siendo su palabra la ley absoluta. Contrario ocurre con los valores de Sansa Starks, que con 14 años es prometida y negociada a Joffrey, debido a las virtudes que la educación de la época había impuesto en ella. Experta en bordado y otras actividades femeninas, se abduce ante la ilusión de un futuro matrimonio. Es el arquetipo de la dama. Ayra Starks, su hermana de 10 años, se aleja de este establishment, transformándose en una mujer sin rostro, capaz de enfrentarse a las adversidades con la valentía de su linaje desde la niñez. Igual ocurre con Robb Stark y Jon Nieve, de 16 y 17 años, guerreros que defienden el sentido del honor desde el estratega que lidera las batallas o el que las libera a favor de su gente.

Daenerys Targaryeen (14 años), al contrario de los anteriores pilares de la historia, es el personaje donde se emulará el concepto del héroe propuesto por Joseph Campbell en su libro El héroe de las mil caras, en el que profundiza el patrón literario del héroe, a partir de elementos en común en leyendas de distintas culturas. Daenerys también es obligada a comprometerse como Sansa, pero con Khal Drogo del pueblo Dothraki. La diferencia con Sansa es que la heredera Targaryeen no es un personaje pasivo. Se inquieta, busca soluciones, y sabe que en ella radica la única voluntad para poder salir de esa prisión que implica el matrimonio. Más que la resistencia, Daenerys aprende a abandonar el miedo a través del conocimiento. Aprende un nuevo idioma, otras costumbres, y su adolescencia va cruzando por los doce estadios del viaje del héroe, llegándose a transformar en la poderosa madre de dragones.

Sin duda, por estas imágenes de fortaleza, algunas chicas se identifican con Arya, otras con Cersei o Sansa. Algunos adultos se reconocen en el sentido del honor de los Stark. Otros sienten fascinación por los campos asolados por los ejércitos de mercenarios, la marcha de los guerreros a la batalla, la cocina fastuosa y rica en detalles… Ya en la década de los años veinte Sigmund Freud planteó la necesidad del hombre moderno por escapar virtualmente de una vida segura, cómoda y civilizada, pero llena de restricciones que había refugiado en el inconsciente sus pulsiones más primitivas, aquellas precisamente que afloran de forma clara en Canción de Hielo y Fuego. Era en la literatura donde el hombre podía matar, morir y renacer, amar y ser amado sin cortapisas morales. La literatura, y la ficción por extensión eran el refugio del alma. Mircea Elíade fue más allá y recogiendo las ideas de Carl Jung, discípulo disidente de Freud, escribió en Lo sagrado y lo profano un párrafo que ayuda a explicar la clave del éxito de la obra de Martin:

Se podría escribir todo un libro sobre los mitos del hombre moderno, sobre las mitologías camufladas en los espectáculos que le gustan, en los libros que lee. El cine –esta fábrica de sueños- recupera y utiliza innumerables motivos míticos: la lucha entre el héroe y el monstruo, los combates y las pruebas iniciáticas. (Elíade 2012: 227-228)

Este libro podría ser cualquiera de los que conforma la saga Canción de Hielo y Fuego. Sus historias nos aprovisionan para la vida y así recuerdo las bellas palabras del novelista americano John Steinbeck acerca de la obra La muerte de Arturo de Thomas Malory:

No me asombraba que Uther Pendragon codiciara a la mujer de su vasallo y la tomara mediante engaños. No me asustaba descubrir que había caballeros malignos además de caballeros nobles. También en mi pueblo había hombres que lucían los hábitos de la virtud pero cuya maldad me era conocida. En medio del dolor, la pesadumbre o el desconcierto, yo volvía a mi libro mágico. Si yo no sabía escoger mi senda en la encrucijada del amor y la lealtad, tampoco Lanzarote sabía hacerlo. Podía comprender la vileza de Mordred porque también él estaba en mí; y también había en mí algo de Galahad, aunque quizá no lo bastante. Pese a todo también estaba en mí la apetencia del Grial, hondamente arraigada, y quizá aún lo esté. (García Gual 2007: 212-213)

Esto es lo que nos sucede ante la obra de Martin. Es un reflejo de los vicios y las virtudes que siempre han existido y anidan en nosotros. Quién puede negar que haya algo que admirar en la nobleza de Edd Stark, en su forma de vivir, de obedecer las leyes de forma kantiana y en su muerte, tan socrática; o en la ambición de los Lannister por alcanzar el poder, un poder que pocos filósofos han descrito tan bien como Hobbes o Maquiavelo, o incluso F. Nietzsche. Los tres son autores de referencia para comprender, para ver y no solo mirar y admirar la obra de Martin. Y también el sexo, descarnado en la obra.

En un mundo como el de los Siete Reinos que no conoce el cristianismo la religión no coarta en exceso el cuerpo, un cuerpo a veces al servicio del poder, un cuerpo que se exhibe, que goza y que sufre. Poniente es un mundo con moral, de una moral no cristiana pero de indudables raíces europeas. Una especie de siglo XIV-XV de transición entre el medievo y el renacimiento. Nada lo simboliza más como las dos familias de la primera parte de la saga: los Stark (una familia feudal, de tintes escoceses y creyentes de antiguos dioses) que acuden a la guerra con los estandartes de los señores que les son fieles y con quién les unen lazos de vasallaje renovados por las buenas o por las malas; y los Lannister (un nombre con regusto a los Lancaster de la Guerra de las Dos Rosas, bellos, ricos, anglosajones e intrigantes) precursores de un maquiavelismo que hace correr tanto el dinero como la espada, sin hablar de la estrategia incestuosa que los lleva a la corona en la figura del despiadado, cruel y un poco “degenerado” Joffrey Baratheon.

Para entrar de verdad en el mundo de Martin debemos ir más allá de donde nuestros ojos ven, comprender con el alma como decía Platón. Quizás descubrir si nosotros seríamos capaces de sentarnos en el Trono de Hierro y resistir su encanto, de no sucumbir a su embrujo de poder y reflexionar si seria posible obrar bien y ser reyes justos de las tierras de los Siete Reinos.

Obras consultadas

Campbell, Joseph (1997). El héroe de las mil caras: psicoanálisis del mito. México: Fondo de cultura económica.

Elíade, Mircea (2012). El sagrat i el profà, pgs. Barcelona: Fragmenta Editorial.

García Gual, Carlos (2007). Historia del rey Arturo y de los nobles y errantes caballeros de la Tabla Redonda. Barcelona: Alianza Editorial.

***Imágenes usadas en este artículo: 1. Ilustración de la emblema de la casa Stark. 2. Detalle de portada del libro Canción de hielo y fuego I: Juego de tronos, ilustrado por Enrique Corominas y editado por Gigamesh. 3, 4, 5, 6. Fotogramas de la serie Game of Thrones transmitida en HBO. 7. Trailer de la serie de televisión.


 
 
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