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Los dos Goyas obtenidos este año por la adaptación cinematográfica de Arrugas (el de guión adaptado, realizado por el mismo Paco Roca, y el de mejor largometraje de animación) en la gran gala del cine español, vienen a consolidar una certeza que ya teníamos casi todos sus seguidores: Paco Roca es lo más parecido que tenemos a una estrella dentro del cómic español actual.

Una historia geriátrica, protagonizada por un grupo de entrañables abuelitos que se rebelan ante su terrible enfermedad, ha conseguido conquistar el afecto, no solo de los miles de lectores que se han acercado al cómic (por encima de los 50.000 en todo el mundo), sino ahora también el de los críticos y espectadores de la gran pantalla. Sin duda, Arrugas bien lo merece, como dejan ver los numerosos galardones que la obra ha obtenido desde su primera edición francesa en 2007, entre los que se cuentan varios premios en los salones de Barcelona, Lucca y Madrid o el Premio Nacional del Cómic de 2008.

Estamos ante un trabajo sensible, inteligente y con una admirable elaboración técnica. Uno de los grandes méritos de esta obra es el de haber sido capaz de aportar una visión verosímil, honesta y respetuosa acerca de un tema tan sensible como el del Alzheimer, sin caer nunca en la sensiblería melodramática. Arrugas emociona, pero lo hace porque la construcción narrativa que sostiene sus páginas es equilibrada, y al mismo tiempo audaz y llena de recovecos; porque sus páginas recogen una galería de personajes cargados de vida y pálpito humano; y su historia se apoya en un estilo gráfico ágil, descriptivo y, por momentos, brillante.

Estilísticamente, Roca siempre se ha movido dentro de una línea clara ligeramente caricaturesca, elegante y detallista: una suerte de afortunado cruce entre la sobriedad de Jacobs, el dinamismo expresivo de Franquin y el trazo desenfadado de la Escuela Bruguera; las dos líneas franco-belgas filtradas por la mirada de un valenciano que siempre se ha declarado admirador de Ibáñez y los suyos (a los que homenajea en El invierno del dibujante).

La elegancia clásica de su estilo es, sin duda, una de las señas de identidad de la carrera de un autor quien, por otro lado, se ha movido con comodidad en toda suerte de géneros viñeteros: desde la recreación histórico-biográfica (la de los dibujantes de la Editorial Bruguera en la recién señalada El invierno del dibujante), a la aventura fantástico-surrealista de El juego lúgubre(protagonizada por un Dalí delirante), pasando por la reflexión humorística autobiográfica de sus planchas dominicales para Las Provincias, recogidas en Un hombre en pijama o la crónica viajera a dos manos que realizó junto a Miguel Gallardo en Emotional World Tour. Paco Roca se maneja con soltura en todos los géneros y sus obras son siempre reconocibles más allá de su indiscutible personalidad gráfica. El caso es que, independientemente del género o la historia que aborde, en sus páginas se reconocen casi siempre una serie de motivos recurrentes (tanto temáticos como puramente visuales) que vertebran su obra, dotándola de homogeneidad y una personalidad única.

Uno de ellos es el que sugiere la dualidad realidad-ficción, que se manifiesta incluso en sus obras más realistas, a través de la recreación de las ensoñaciones y fantasías de sus protagonistas (como sucede en Arrugas), la recurrencia a paisajes oníricos (muy presente en Las calles de arena) o incluso mediante el desplazamiento a los planos de la demencia y de la ilusión (El juego lúgubre). En una entrevista reciente, Álvaro Pons comentaba a propósito de este punto que “ese aspecto de enfrentamiento entre la realidad e irrealidad aparece incluso en El invierno del dibujante, donde el personaje de Escobar refleja esa lucha entre la utopía de un sueño y la realidad de la situación real”. A lo que el mismo Paco Roca respondía que “en el fondo buscas historias así, los personajes son perdedores que, de alguna forma, están huyendo de una realidad que no les gusta y buscando un sueño”.

Efectivamente, y esta es otra de las marcas de identidad del autor valenciano, las obras de Paco Roca están casi siempre protagonizadas por antihéroes o, mejor dicho, héroes de andar por casa (en pijama), perdedores y supervivientes del día a día. Incluso sus trabajos más humorísticos, como Memorias de un hombre en pijama, están cargados de cierto cinismo decadente (autorreferencial en algún caso, pero casi nunca autoindulgente) y un toque de acidez resignada, que funciona como un mecanismo de protección de los personajes ante una realidad que en ocasiones se antoja tan hostil como la de un asilo de ancianos o una editorial independiente sin futuro.

En otras ocasiones, ante el desespero, no vale otra cosa que la contemplación morosa del paso del tiempo y el silencio. En eso Paco Roca es también un maestro: el dibujante maneja las elipsis y las transiciones mudas con la pericia de algunos maestros de la narración contemplativa, como el japonés Jiro Taniguchi o el estadounidense Chris Ware. Las pausas narrativas y las secuencias mudas de sus cómics, funcionan, en este sentido, como un símbolo del aislamiento, o de la resistencia paciente ante un futuro que se sospecha desesperanzado y cuyos recorridos parecen no conducir a un punto de destino determinado más allá de la soledad individual (Las calles de arena).

Para apoyar esta serie de motivos y variaciones temáticas que venimos comentando, Paco Roca recurre en bastantes ocasiones a un uso simbólico del color, al juego cromático como herramienta expresiva con la que trasmite sentimientos y atmósferas. Es el caso de Arrugas, por ejemplo, en el que los tonos otoñales (colores pastel, naranjas, azules y ocres) consiguen comunicar con eficacia la decadencia existencial de sus protagonistas.

El recurso es más evidente aun en El invierno del dibujante, donde la España gris y parduzca de la postguerra española se alterna con las escenas de los flashbacks, mucho más luminosas y veraniegas (colores amarillos y anaranjados), en los que aquel grupo de artistas soñadores (los extraordinarios Carlos Conti, Guillermo Cifré, Josep Escobar, Eugenio Giner y José Peñarroya) pensaron que podían liberarse del tiránico yugo editorial de Bruguera y crear su propia línea de tebeos… Sueños abocados a un fracaso que se dibuja en gélidos azules invernales.

Pese a todo, la comodidad con la que Paco Roca se mueve en un espectro genérico y temático amplio, su sensibilidad a la hora de crear personajes honestos y su riqueza de recursos gráfico-narrativos, solo explican en parte el reconocimiento multitudinario que ha obtenido en los últimos tiempos. ¿Quién llega a entender los vericuetos de la fama? Quizás debamos conformarnos con aplaudir el que, por una vez y de forma multitudinaria, el mundo del cómic en español vea reconocido el talento, en este caso en la figura de Paco Roca, y entonar aquel brindis lorquiano (como hace Escobar en una de las viñetas de El invierno del dibujante, aunque esperemos que con más éxito profético que el suyo), para que “…nunca se apague tu alta lumbre”.

***Imágenes usadas en este artículo: 1. Detalle de la portada del libro Arrugas (2010). 2. El póster de la película animada Arrugas. 3. Portada del libro Memorias de un hombre en pijama. 4. Viñetas del libro Arrugas. 5. Viñetas del libro El invierno del dibujante. Todos los libros del autor fueron editados en español por Astiberri.


 
 

“En el Corán, lo primero que Dios le dijo a Muhamad fue: Lee”
Alia Muhammad Baker, citada por Jeanette Winter en La Bibliotecaria de Basra.

Estábamos en la sección infantil de la biblioteca pública de Waterloo (Canadá), la ciudad en la que vivimos, cuando me recomendaron que leyera La bibliotecaria de Basra: una historia real desde Irak (2004) escrita e ilustrada por Jeanette Winter y editado en español por la editorial Juventud. VM, mi hija de 3 años, y yo pasamos las mañanas de los jueves leyendo cuentos allí. Es uno de nuestros paseos favoritos, así que rápidamente pude posar mis manos en el libro. Tenía una idea general de lo que trataba: el acceso a la lectura en el Medio Oriente. Incluso el subtítulo me daba pistas: “Una historia real desde Irak”. Esa simple palabra: “real”, me hizo temer que historias demasiado duras para VM aparecieran en esas páginas. Imaginaba palabras más crudas como guerra, muerte, exclusión saliendo sin control del libro. Y es que, después de ser mamá, no importa cuantos libros o noticias haya leído, cuantas historias escuché en el pasado, una parte de mi simplemente prefiere olvidar todo eso tan real. Como si afirmara con la más profunda ingenuidad: “Ahora VM está en el planeta, y deseo con toda mi alma que su mundo no contenga historias de tanto dolor”.

Fue con esa candidez con la que abrí el libro. Y también con la ilusoria certeza maternal de tener el control de la lectura: finalmente se trataba de un libro infantil y estábamos a salvo. Así nos enfrentamos a la conmovedora historia de Alia, la bibliotecaria de Basra, quien protegía los tesoros de la biblioteca en plena guerra. Una biblioteca que fue quemada y cuya colección, en su mayoría, fue salvada por los esfuerzos furtivos de Alia y otros civiles que protegieron los libros en sus casas y negocios.

Winter usa solo las palabras precisas y nos guía de la incertidumbre a la debacle. Desde allí abre las ventanas para dar paso a la luz y reemplazar el miedo por la esperanza de la paz representados en Alia y todos los héroes y heroínas cotidianas. Sus ilustraciones, que remiten al arte popular, aparentemente sencillas, planas y sin profundidad buscan más bien resaltar el valor plástico de estos lienzos. El uso de figuras superpuestas apelan a lo humano junto a una composición de colores vivos y brillantes, reforzando de esta forma la esperanza en una historia sobre la incertidumbre y la guerra.

A medida que VM y yo avanzamos en nuestra lectura encontramos imágenes de fuegos y tanques, de personas huyendo. Hay armas y expresiones de desesperanza marcadas en los rostros y los paisajes incendiados. VM nunca ha visto grandes fuegos. El color naranja de las ilustraciones le llamaba la atención y nos condujo al encuentro con aquello tan “real” que tanto temía:

¿Por qué hay tanto fuego?– pregunta VM.

Son incendios, VM. Son incendios que ocurrieron en la guerra– logro responder entre todas mis dudas.

¿Qué es la guerra?– pregunta VM, como era de esperarse.

Es cuando las personas y los países se atacan, y hacen incendios, hay mucho fuego y la gente tiene que huir– me atropello a responder.

Pero ¿por qué hay guerras?– dice VM. Ya para ese momento me veía con los ojos muy abiertos y asustados.

Porque los adultos pueden ser muy tontos– es lo mejor que llego a responder y la verdad es que todavía no se me ocurre una mejor respuesta.

Confieso que después de esa conversación corrí entre las páginas del libro y salté hasta las últimas, en las que Alia sueña con el retorno de la paz.

No estaba preparada para acompañar a VM en esta lectura, no todavía. Por su edad, a lo mejor ella tampoco estaba lista. Ambas nos quedamos conversando sobre la guerra y la fortuna que teníamos de nunca haber vivido una. Hablamos del diálogo, de las formas en que podemos mantener la atrocidad al margen. Así VM y yo le ganamos al miedo.

Una sensación quedó en el aire, sin embargo. Algo ya no lo vivimos igual. Nuestras idas a la biblioteca toman ahora otro tono, que a veces se parece a la insurgencia, una demostración de nuestra presencia en este planeta y nuestra curiosidad por escuchar sobre la vida y las experiencias de otras personas, otros pueblos. Con ese espíritu de solidaridad, y esa alegría de vivir que transmite Winter me atreví a comprar otro título de la misma autora: La escuela secreta de Nasreen: Una historia real de Afganistan (2009).

Estas experiencias lectoras con Winter me hacen visitar una cita del crítico canadiense Perry Nodelman en su ensayo Todos somos censores, donde afirma que: “si le damos a los niños conocimiento del mundo, podremos discutirlo con ellos, y comunicarles nuestras propias actitudes. En cambio, si preferimos mantenerlos ignorantes de todo lo que rechazamos (teóricamente porque lo estamos protegiendo de eso), perderemos la oportunidad de sostener este tipo de discusiones”. En mi caso, el encuentro con el libro fue inesperado, me permitió discernir con VM sobre la guerra, así como sugiere Nodelman. Pero para el segundo título de Winter, La escuela secreta de Nasreen, ignoraré la teoría. Se lo reservo a VM para cuando sea mayor, o quizás para cuando yo tenga más herramientas para acompañarla en su reflexión.

La escuela secreta de Nasreen cuenta la historia de una niña cuyo padre es desaparecido por el régimen Talibán entre el final de la década de 1990 y el principio de la década de 2000. Su madre desaparece un día en que decide ir a buscarlo y Nasreen queda sola con su abuela, una mujer que sufre por la desaparición de su hijo y su nuera, y que lamenta profundamente que su nieta no pueda acceder a la escuela tal y como ella lo había hecho en su propia infancia. Nasreen se sumerge en la tristeza a partir de la desaparición de su madre y su padre, y la incertidumbre de no saber si los volverá a ver. Así pasa sus días en silencio y no puede asistir a la escuela pues el régimen Talibán prohibió que las niñas estuvieran escolarizadas, así como prohibió a las mujeres trabajar fuera de sus hogares o si quiera salir de ellos a menos que contaran con un chaperón. Preocupada por el mutismo de Nasreen, su abuela encuentra una escuela clandestina, a la cual asisten niñas y reciben clases de historia, arte, lengua y matemáticas. Con el tiempo, la pequeña recuperó la sonrisa y el don de la palabra: “Nasreen no se siente más sola. El conocimiento que guarda dentro siempre estará con ella, como un buen amigo”.

Winter relata esta historia real, por la que fue galardonada con el premio Jane Addams en 2010, con mucho respeto, narrando desde la voz de la abuela de Nasreen. Sus ilustraciones sencillas y claras nos hacen llegar un poco de luz en la penumbra en la cual las heroínas se van emancipando de la tristeza y el ostracismo. Una vez más la autora nos habla de victorias cotidianas y luchas permanentes, sin euforias pero con mucha esperanza.

Todos los días hay niñas que como Nasreen hacen de su acceso a la educación una victoria cotidiana. Hace unos años los medios de todas partes nos presentaron a Malala Yousafzai. Malala es una adolescente de Pakistán, que vive en la región del valle de Swat donde los talibanes tienen un poder importante sobre la población y el territorio. Malala defendió su causa bajo seudónimo en un blog en el 2009, comenzando ha ser una activista por el derecho de las niñas a la educación desde muy temprana edad, y ha enfrentado públicamente el régimen Talibán desde que tiene 11 años, cuando dio un discurso a los medios de comunicación pakistaníes que tituló “¿Cómo se atreven los talibanes a arrancarme mi derecho básico a la educación?”.

Hija de un educador, esta adolescente se convierte en una figura pública nacional e internacional a favor de la educación de las niñas en Pakistán y en contra del control Talibán. Malala también se convirtió en objeto de amenazas de muerte desde hace más de dos años. Estas amenazas se materializaron en un atentado realizado en octubre de 2012 el cual se adjudicaron las fuerzas talibanas. Malala y dos de sus compañeras resultaron gravemente heridas.

Malala se recuperó luego de pasar por cuidados intensivos, dos operaciones y su transferencia a un hospital en Inglaterra. Ya retornó a la escuela, esta vez en Birmingham, Inglaterra y escribe sus memorias. Su valentía la ha hecho el centro de movilizaciones globales a favor de la educación de las niñas y celebrará su cumpleaños número 16 dando un discurso en la sede de las Naciones Unidas en Nueva York.

¿Por qué esperar un acto tan visible de violencia para que hayan posturas definitivas al respecto? Me pregunto también si otros actos de crueldad tienen que ocurrir para que estas posturas se materialicen en acciones efectivas y respetuosas. Esperemos que no. Por citar un ejemplo de acciones constructivas a partir de un acto de violencia, IBBY Pakistán ante este hecho, invitó a niños de todo el mundo a enviar postales para Malala, invitación que en Venezuela recibió el Banco del libro y que, a su vez, otorgó a La rana encantada quien junto a la Ludoteca, realizaron actividades en el marco de postales para la paz. Reunieron a un grupo de niños que reflexionaron sobre la situación de Malala y los derechos de los niños, niñas y adolescentes. De esta experiencia colectiva bajo la sombra de un tema tan complejo, surgieron reflexiones como las de Jesús, que con 11 años asume que “la escuela es un pájaro porque aprender hace volar tu mente y tu imaginación”. Este encuentro dejó en evidencia diversas ideas sobre la paz, la violencia y la educación de las niñas por parte de los niños. Multiplicar estos espacios de discusión y creación, invitan a niñas y niños a pensar sobre temas que nosotros, como padres, corremos el riesgo de censurar pero a la vez nos educan a nosotros para conocer nuevas herramientas y alternativas para abordar estos temas.

Entretanto, ¡larga vida a las Malalas y Nasreens! no sólo a aquellas en el Sur de Asia y en el Medio Oriente, sino también a las niñas, niños y jóvenes del resto del mundo que se abren paso a las escuelas y bibliotecas entre conflictos armados, la pobreza y el fundamentalismo.

Por mi lado, VM y yo continuaremos abriéndonos mundos (o quizás abriéndonos al mundo) un libro a la vez.

***Imágenes usadas en este artículo: 1, 2. Ilustraciones del libro La escuela secreta de Nasreen: Una historia real de Afganistan, escrito e ilustrado por Jeanette Winter, editado en español por la editorial Juventud. 3. Ilustración del libro La bibliotecaria de Basra: una historia real desde Irak escrito e ilustrado por Jeanette Winter, editado en español por la editorial Juventud. 4. Video de Malala Yousafzai al ser reconocida por el Premio Nacional de la Paz 2011 otorgado por Pakistán.


 
 

Actualizado: 18 ago 2021


Vacaciones en Mendoza

Conocí La Saga de los Confines en el año 2009, en unas vacaciones en Mendoza, provincia de Argentina donde la cordillera de los Andes comienza a asomarse. Compré los tres libros que conforman la saga: Los días del Venado, Los días de la Sombra y Los días del Fuego, obedeciendo a la constante recomendación que me hacían mis amigos lectores. Tiempo después, me enteré que en Mendoza, zona bañada de ríos caudalosos y serpenteantes, con sus hermosos valles y quebradas, casualmente era el mismo lugar en el que su autora, Liliana Bodoc, escribió el primer libro de la saga. Adentrarme a los Confines fue una experiencia provocadora, empecé a soñar con los Lulus, a imaginar los Animales con Cabellera, a oler los panes de Kush. El universo de las Tierras Fértiles cobraba una nueva fuerza en mi cabeza, gracias a la influencia de los atardeceres Mendocinos. Llegaban tantas imágenes que necesité ilustrar torpemente en un cuaderno de bocetos que tenía: algunos Llamellos, Un Sideresio, Nanahuatli sin su trenza…

Involucrado con la saga, regresé de mis vacaciones buscando en la web la interpretación que otros artistas hacían de este imaginario de los Confines. Para mi sorpresa, nadie se había dedicado a darle trazo a esos paisajes y personajes. No tardé en decidir que mi tiempo libre estaría dedicado a ilustrar esta fantasía épica en mi cuaderno de bocetos.

Kupuka

Las primeras ilustraciones que realicé fueron de los Animales con Cabellera, pasando luego por Dulkancellin y Kush. Ninguno terminaba de convencerme. Sentía que mis imágenes no reflejaban completamente la profundidad de la obra de la autora. Hasta que, meses después, apareció Kupuka y sucedió algo distinto. Estaba caminando por la calle cuando me topé con una fotografía de un indigente, y me sorprendió que su rostro estuviera completamente curtido, surcado por arrugas. Era como si toda su vida estuviese escrita en su piel. Esos surcos fueron el camino para que Kupuka apareciera. El énfasis en su mirada, con tanto amor y sufrimiento en su historia, debía reflejarse de alguna manera a través de sus ojos. Sin embargo, fue una cita del capítulo La cabra y su leyenda en el tercer libro de la saga, Los días del Fuego, en donde terminé de encontrar las razones para concretar el alma de esa imagen: “Tanto envejecer y tanto amar, para que llegue este día en que no sé como ampararlos.” (Bodoc 2000: 274)

Al culminar la ilustración, también lo vi a los ojos y sentí como Kupuka se había hecho presente. La historia y amparo de sus ojos me apoyaron en la imperiosa necesidad de contactar a Liliana Bodoc. Necesitaba saber si mi Kupuka era su Kupuka.

La autora

No fue fácil. Contacté a mucha gente, rogué, y envié incontables correos electrónicos. Al día siguiente, descubro una invaluable sorpresa: Liliana Bodoc había dejado en mi blog, un mensaje justo debajo de la imagen de Kupuka. El mensaje decía lo siguiente:

Encontré en tus ilustraciones las imágenes que tuve presentes mientras escribía la saga. Kupuka, Dulkancellin y Vieja Kush recibieron no solo sus rasgos sino también sus almas. Gracias.

Sumado a este detalle, me escribió un correo con mucha gratitud y sencillez. Fue así como, abusando un poco de su confianza, le propuse seguir creando más imágenes de la Saga si ella me daba su consentimiento y su guía. No solo accedió, sino que a partir del primer encuentro que tuvimos nació este proyecto que tenemos en conjunto llamado El Arte de los Confines. Liliana escribe y comparte algunos textos en torno a la Saga, y yo trato de ir ilustrando algunos personajes y paisajes para subirlos a un blog. No nos hemos exigido alcanzar ningún objetivo ni ponernos compromisos. Cada uno respeta el tiempo del otro, y solo nos impulsamos ante el amor a esta historia.

Ilustrando los Confines

Los procesos para generar las ilustraciones nunca son iguales: para algunas imágenes hemos deliberado mucho a través de varios correos; otras veces simplemente ilustro y luego le mando las imágenes. Una humilde Liliana nunca ha retrucado nada y deja que yo trabaje libremente, aún sabiendo que es autora de la obra. Siento como ilustrador la importancia de trabajar codo con codo con el autor de la historia. Es un sueño conjunto.

Uno de los ejemplos, estuvo en darle forma al tablero forma al tablero del Yocoy, el juego de estrategia de Los Señores del Sol cuyo reglamento aparece en el último libro de la Saga. Realmente fue uno de los asuntos que ambos apenas discutimos. Ella tenía alguna idea para el tablero en forma de cruz, en donde cada una de sus salientes estuviesen conectadas por brazos o puentes. Ambos estuvimos de acuerdo en que tuviera forma circular. Luego pensamos que el juego tuviese varios niveles o escalones, de manera de poder situar en el medio del tablero y en lo alto, lo que sería el “trono” a conquistar por los contrincantes. También llegamos a discutir acerca de las distintas piezas del juego y de su forma, ya que algunas de ellas debían poder permitir ocultar en su interior una suerte de “traición”. Aunque sobre este último punto no se realizó todavía ninguna imagen que refleje estas conclusiones.

Por otro lado, hubo algunas divergencias en cuanto a las características del personaje Drimus, a quien imaginé como monstruoso y deforme: Liliana entonces me compartió unos textos inéditos sobre la niñez del personaje que permitían identificarlo como alguien mucho más humano de lo que mi imaginario había construido.

Otras imágenes en pugna fueron las representaciones de los Lulus. Liliana tenía algunas ideas físicas concretas sobre estos pequeños seres, así que investigamos junto a amigos paleontólogos sobre ciertos marsupiales extintos en esta región del mundo. Nos encontramos con la sorpresa de que existieron criaturas con rasgos muy cercanos a nuestros Lulus, unos marsupiales extintos de América del Sur. En casualidades como esas, se afianzaba lo increíble en la obra de Liliana: los Husihuilkes y los pueblos originarios de la Patagonia; las referencias a la isla de Pascua; el pueblo de los Bóreos y sus semejanzas con las incursiones de los Vikingos en América antes de la conquista; la repentina desaparición del pueblo Maya reflejada en la historia de Beleram; entre muchas otras referencias que suponían un desafío constante para mi trabajo como ilustrador. Debí estudiar a fondo referencias históricas de la cultura precolombina, para trabajar con una estética que concordara con los textos.

La respuesta de varios lectores me sorprendió gratamente. Muchos asumen que las ilustraciones captan fielmente el espíritu de los personajes y paisajes narrados en los libros, y se debe al resultado del exhaustivo análisis que debo realizar antes de enfrentar cada nueva imagen. Esto permite que el resultado sea bastante coherente. Por supuesto que las ilustraciones que realizo son tan solo una de las tantas visiones que puede tener el imaginario de los libros; jamás podría decir que son unívocas ni definitivas. Ni siquiera para las visiones que pueda llegar a tener en un futuro al revisitar las ilustraciones que ya realicé. ¡Creo que cualquier que intente esto estaría quitándole al género fantástico su mayor riqueza!

Finalmente, el trabajo constante que realicé junto a, mi ahora amiga, Liliana Bodoc, se consolidó al concretar mi participación en el universo de los Confines. Ser no solo la imagen de las tapas de las nuevas ediciones de los libros tanto en el mercado hispano, como sus traducciones en italiano y polaco, sino también, las ilustraciones que acompañan el interior del último libro Relatos de los Confines-Oficios de Búhos, son un inesperado cierre de ese viaje a Mendoza donde conocí la vitalidad de esta historia.

Cucub ausente

Cada ilustración tiene un 80% de trabajo de análisis, de pensar, investigar, volver a leer una y otra vez. El otro 20% es exclusivamente ilustrar y plasmar lo que voy amasando durante tanto tiempo. Mucho de este proceso metodológico se lo debo a mi formación de diseñador. A veces pienso que en este proyecto tengo mucho más de diseñador, en cuanto a la búsqueda conceptual, que de artista en sí. Asumo también que en el ensayo, tengo muchos bocetos e ilustraciones para la Saga que nunca concluí porque no creía muy coherentes con los libros, ya sea porque me había apresurado en hacerlas o porque no había sido consecuente con lo que había analizado. Quizás por esa razón, algunos personajes que podría haber ilustrado ya, aún no han aparecido, como es el caso de Cucub, a quien todavía debo buscar y amasar un poco más para que venga a hacerse presente. Igual no tengo apuro, seguiré ilustrando de a poco esta inagotable Saga, y creo que me llevará toda mi vida. Cucub vendrá cuando él crea necesario hacerse presente.

Obras consultadas

Bodoc, Liliana. (2000) Los días del fuego. Bogotá: Norma.

***Imágenes usadas en este artículo: 1. Ilustración de Nakin realizada por el ilustrador argentino Gonzalo Kenny para El arte de los Confines 2. Ilustración para Los días del venado ilustrado por Gonzalo Kenny y editada por Suma. 3. Fotografía anónima. 4. Ilustración de Kupuka realizada por Gonzalo Kenny para El arte de los Confines.


 
 
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