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Actualizado: 2 sept 2021


Hay películas que tienen un "mode" peculiar y son difíciles de clasificar; esas que uno duda en recomendar a un amigo, o que cuesta explicar lo que transmiten. La película co-producida entre España y Estados Unidos, Un monstruo viene a verme (o en inglés A Monster Calls) tiene un poco de esa esencia. Es como si en su fuero interno habitara la necesidad de hacer una película de domingo familiar, usando tintes "hipsterosos" de cine independiente, pero con la elucubración del alma de un niño al estilo europeo. En cualquiera de los casos, la película arrastra al espectador dentro de su cadencia, y lo lleva de la mano a un estallido de emociones, a veces intencionalmente lacrimógeno, que incluyen la rabia, la culpa y la tristeza. De hecho, con este precedente, se puede entrar en el debate de si se trata una película dirigida al público infantil, pues su historia y los tiempos que maneja durante la tensión de la película, persigue adentrarse en una metáfora cinematográfica del fin de la infancia más que contarle el proceso a un niño.

Juan Antonio Bayona, director español de El Orfanato (2007) y Lo imposible (2012), es quien se encarga de llevar a la pantalla la adaptación cinematográfica de esta novela fantástica del mismo nombre publicada en el 2011. El libro fue escrito por Patrick Ness quien además se encarga de adaptar el guión del film. Esta novela cuya adaptación al cine es bastante respetuosa, estaba inspirada en una idea original de la autora Siobhan Dowd, escritora de libros para jóvenes y víctima mortal del cáncer de mama. Fue bajo esta angustiosa premisa que nació el relato de la película: la mamá de Conor, el niño protagonista, tiene cáncer y está coqueteando de forma constante con la muerte. Los 108 minutos del film resumen este momento crítico desde la perspectiva del niño de doce años, que encuentra un interlocutor en un viejo árbol del cementerio que está cerca de la casa. Este árbol, tras lo que parece una invocación de Conor, se transforma en un monstruo que comienza a acosarlo con la condición de que debe oírle tres historias; aunque la última se la debe contar el protagonista.


El joven actor Lewis MacDougall interpreta a Conor, un niño triste y con atisbos de abandono ante la separación de sus padres y la enfermedad de su madre, con la que vive. La interpretación de este pequeño actor es quizás uno de los asuntos no resueltos de la película, es decir, contiene tanto dolor dentro de sí que uno no llega a definir si es un truco del director para mantener, con manipulación, el vínculo con el público; o es la forma astuta que tiene el niño de mantener un tono necesario para la revelación final de este personaje en la película. Por lo que vale destacar que el actor es británico y que sus facciones, al natural, transmiten una profunda melancolía. Pero independientemente de la razón, el niño es la columna vertebral de la película y la relación que se establece con él es la guía para mantener en vilo el desarrollo de los acontecimientos. Y eso, al fin y al cabo, se logra. El espectador, sin darse cuenta, forma parte de este recorrido y siente tanta injusticia como propia.



Y es que la película transita por un juego de emociones muy complejas: la soledad, la posibilidad de la muerte pero, sobre todo, la conciencia de que la infancia se acaba. Nadie nunca advierte que hay un momento en la vida en el que ocurre un quiebre, en el que se busca entender al mundo, de ordenarse bajo sus reglas, pero este mundo es implacable y las decisiones de los adultos dejan de depender del niño. Eso le ocurre a Conor: su papá no puede estar con él, su mamá hace todo por sobrevivir, su abuela trata de hacer hasta lo imposible por proteger a la mamá; y nadie se da cuenta del bulliyng que le hacen en el colegio, o de los sentimientos de ira que va almacenando y revelando a través de actos que en principio no se sabe si pertenecen al monstruo, o si responden simbólicamente al monstruo que habita en él.


Sólo Sigourney Weaver entra a participar de esta intimidad. Ella, quien siempre nos recordará a Alien, deja la fuerza a un lado para mostrar su espacio más vulnerable. A pesar de ser una abuela distante, poco asertiva y emocionalmente compleja; es la que generará los espacios de conflicto en el protagonista y quien observará desde la intimidad cotidiana y real las reacciones de Conor. Tanto así que, una de las grandes escenas de la película, se la deben a ella junto al niño en el carro mientras esperan que cruce el tren. Es un espacio en el que no hay más excusas para ponerle nombre a los sentimientos, y dejar en claro la posición de ambos en la vida del otro.



A esta intimidad también pertenece -con el apoyo de grandes y logrados efectos especiales- el monstruo, a veces árbol, otras cuentero y casi siempre psicoanalista, y cuya voz la hace Liam Neeson. El monstruo siempre está junto a él, formando parte de su mundo de forma natural. Pero también los relatos que el monstruo le cuenta están acompañados de pequeños cortos animados muy bien logrados, que generan un tono diferente a la película. En estos relatos, el monstruo también filósofo cuenta sobre la humanidad desde las emociones y la subjetividad de las mismas: a veces lo bueno puede ser malo o viceversa. Esto enfrenta a Conor a las ambigüedades del mundo, y lo hace ir alejándose cada vez más al niño que era. Se va construyendo un criterio propio, descubriendo, dentro de sí, sensaciones que no se atreve a nombrar. Y es en este aspecto donde la película se crece: en ese última historia que debe contar Conor y donde se revela ese estado compungido en el que vive el niño desde el inicio de la película. Es una forma muy valiente y sensible de contar las emociones que puede almacenar un niño, aunque esto implique saltar a la adolescencia y sus complejidades. Este ponerle nombre a los sentimientos, por más crueles que sean, es la mayor virtud del film.

El epílogo de la cinta nos sugiere que este monstruo que se invoca, que se pinta, en el que se habita, está también relacionado con la mamá (con una compasiva interpretación por parte de Felicity Jones). Como si ella fuera parte de este monstruo que, cuando vean la película, entenderán que sí lo es.


Un monstruo viene a verme es extraña y, a ratos, da la sensación de quiere abarcar muchos temas, y esto hace que queden cosas volando alrededor. Pero si algo consigue su historia, es sensibilizar y reflexionar, quizás con recursos de psicología simple pero con una potente imagen y un recurso fantástico que calza perfectamente con la historia. Con doce nominaciones al Goya del 2017 que incluye mejor película, Bayona habla del cierre de una trilogía con sus dos anteriores películas en el que se profundizan los lazos entre madres e hijos; tema que considero se maneja a profundidad y de forma asertiva en esta película aunque no sea la mejor de las tres. Eso sí, aunque no quieras, dejarás caer alguna lagrimita.



 
 

Actualizado: 2 sept 2021


Juego de tronos: una puerta a la aventura y a la filosofía para los jóvenes (y no tan jóvenes)

¿Era predecible que un producto de siete libros (algunos aún por escribir), una epopeya de más de 5000 páginas, con cientos de personajes, pudiera ser un producto comercial y de moda? Creo que la respuesta es, rotundamente, no. El éxito de Canción de Hielo y Fuego de George R. R. Martin ha sido, sin duda, a contracorriente. Una vez que está de moda podemos glosar sus virtudes hasta la saciedad, pero es evidente que a priori no es para nada un producto comercial. El hecho de que una editorial pequeña como Gigamesh comprara por 4.000 euros los derechos de la obra de Martin, ya lo dice todo.

Al leer los libros de Martin uno se da cuenta de varias cosas: la grandeza de su obra y también de la lograda adaptación que HBO ha hecho, pues trasladar la trama monumental sin sacrificar por completo el espíritu literario es algo que, si somos sinceros, ni los responsables de El Señor de los Anillos consiguieron. El éxito televisivo de Game of Thrones ha favorecido a convertir una obra de culto en el fenómeno del momento. Aunque también es cierto que su éxito no habría sido posible sin el boom de Frodo y compañía. Ellos sacaron a la literatura fantástica del boulevard de los sueños rotos. ¡Con él los frikis salimos del armario!

Las claves del éxito

¿Pero que tiene la obra de Martin que la haga tan interesante para miles de lectores en todo el mundo, jóvenes y adultos? La sinceridad. Martin es un escritor sincero, no tiene miedo de explicar como es la vida, la vida real incluso en un mundo de fantasía. Si hay que cargarse a Eddard Stark, él lo hace. Martin no es un escritor moralista, aspecto que sí tenía Tolkien (por su educación postvictoriana no podía evitarlo). Tolkien también era filólogo, pero Martin fue guionista en Hollywood. El autor de Canción de Hielo y Fuego no solo es un buen narrador, sino un lector apasionado de la historia de Roma y la Edad Media, con una larga carrera en la escritura, que bebe de la filosofía de Hobbes, Maquiavelo, aunque abundan homenajes a Lovecraft, Conan, Apocalypse Now de Francis Ford Coppola, entre muchos otros referentes.

Juego de Tronos y la filosofía

A simple vista, uno de los pilares sobre los que se sustenta el hilo argumental de Juego de Tronos, es una gran reflexión sobre el poder. Pero hay elementos más allá que pueden comentarse en la obra de Martin, entre ellas, una sinfonía de personajes interesantes, cada uno con sus matices, sus pasiones, virtudes y defectos. Esta gran cantidad de personajes permite una identificación que se fundamenta en los arquetipos inmemoriales, pero que cruzan la frontera para desbordar el libro o la pantalla, llegando al alma del lector y el televidente.

Carl Jung planteó los arquetipos para designar cada una de las imágenes originarias constitutivas del “inconsciente colectivo” y que son comunes a toda la humanidad. Configuran ciertas vivencias individuales básicas, se manifiestan simbólicamente en sueños o en delirios y son contenidos más o menos encubiertos en leyendas, cultos y mitos de todas las culturas. Goethe también los usó en Fausto para explicar que las madres iluminaban el camino del héroe, como Catelyn cuando va camino a Aguasdulces y acude al septón. El guerrero es un arquetipo en el que Catelyn no solo identifica a Robb Stark, su hijo, sino también a sus enemigos.

La evolución de los personajes que heredan el conflicto de los reinos, es proporcional a la evolución de una madurez propia del adolescente. No en vano, la infancia y la juventud son factores importantes de cambio en esta saga. Joffrey Baratheon es la representación de lo perverso con apenas 13 años, su maldad se inicia en un relato de su infancia, cuando abre una gata preñada para mostrarle las crías muertas a su padre. Pero no es la aparente semilla de la crueldad lo que arruina su destino, sino el juego del poder. Sus concepciones absolutas, propias de la adolescencia, no lo ayudan a manejarse en un mundo oscuro y lleno de posibilidades. Puede matar o torturar, sin consejeros, siendo su palabra la ley absoluta. Contrario ocurre con los valores de Sansa Starks, que con 14 años es prometida y negociada a Joffrey, debido a las virtudes que la educación de la época había impuesto en ella. Experta en bordado y otras actividades femeninas, se abduce ante la ilusión de un futuro matrimonio. Es el arquetipo de la dama. Ayra Starks, su hermana de 10 años, se aleja de este establishment, transformándose en una mujer sin rostro, capaz de enfrentarse a las adversidades con la valentía de su linaje desde la niñez. Igual ocurre con Robb Stark y Jon Nieve, de 16 y 17 años, guerreros que defienden el sentido del honor desde el estratega que lidera las batallas o el que las libera a favor de su gente.

Daenerys Targaryeen (14 años), al contrario de los anteriores pilares de la historia, es el personaje donde se emulará el concepto del héroe propuesto por Joseph Campbell en su libro El héroe de las mil caras, en el que profundiza el patrón literario del héroe, a partir de elementos en común en leyendas de distintas culturas. Daenerys también es obligada a comprometerse como Sansa, pero con Khal Drogo del pueblo Dothraki. La diferencia con Sansa es que la heredera Targaryeen no es un personaje pasivo. Se inquieta, busca soluciones, y sabe que en ella radica la única voluntad para poder salir de esa prisión que implica el matrimonio. Más que la resistencia, Daenerys aprende a abandonar el miedo a través del conocimiento. Aprende un nuevo idioma, otras costumbres, y su adolescencia va cruzando por los doce estadios del viaje del héroe, llegándose a transformar en la poderosa madre de dragones.

Sin duda, por estas imágenes de fortaleza, algunas chicas se identifican con Arya, otras con Cersei o Sansa. Algunos adultos se reconocen en el sentido del honor de los Stark. Otros sienten fascinación por los campos asolados por los ejércitos de mercenarios, la marcha de los guerreros a la batalla, la cocina fastuosa y rica en detalles… Ya en la década de los años veinte Sigmund Freud planteó la necesidad del hombre moderno por escapar virtualmente de una vida segura, cómoda y civilizada, pero llena de restricciones que había refugiado en el inconsciente sus pulsiones más primitivas, aquellas precisamente que afloran de forma clara en Canción de Hielo y Fuego. Era en la literatura donde el hombre podía matar, morir y renacer, amar y ser amado sin cortapisas morales. La literatura, y la ficción por extensión eran el refugio del alma. Mircea Elíade fue más allá y recogiendo las ideas de Carl Jung, discípulo disidente de Freud, escribió en Lo sagrado y lo profano un párrafo que ayuda a explicar la clave del éxito de la obra de Martin:

Se podría escribir todo un libro sobre los mitos del hombre moderno, sobre las mitologías camufladas en los espectáculos que le gustan, en los libros que lee. El cine –esta fábrica de sueños- recupera y utiliza innumerables motivos míticos: la lucha entre el héroe y el monstruo, los combates y las pruebas iniciáticas. (Elíade 2012: 227-228)

Este libro podría ser cualquiera de los que conforma la saga Canción de Hielo y Fuego. Sus historias nos aprovisionan para la vida y así recuerdo las bellas palabras del novelista americano John Steinbeck acerca de la obra La muerte de Arturo de Thomas Malory:

No me asombraba que Uther Pendragon codiciara a la mujer de su vasallo y la tomara mediante engaños. No me asustaba descubrir que había caballeros malignos además de caballeros nobles. También en mi pueblo había hombres que lucían los hábitos de la virtud pero cuya maldad me era conocida. En medio del dolor, la pesadumbre o el desconcierto, yo volvía a mi libro mágico. Si yo no sabía escoger mi senda en la encrucijada del amor y la lealtad, tampoco Lanzarote sabía hacerlo. Podía comprender la vileza de Mordred porque también él estaba en mí; y también había en mí algo de Galahad, aunque quizá no lo bastante. Pese a todo también estaba en mí la apetencia del Grial, hondamente arraigada, y quizá aún lo esté. (García Gual 2007: 212-213)

Esto es lo que nos sucede ante la obra de Martin. Es un reflejo de los vicios y las virtudes que siempre han existido y anidan en nosotros. Quién puede negar que haya algo que admirar en la nobleza de Edd Stark, en su forma de vivir, de obedecer las leyes de forma kantiana y en su muerte, tan socrática; o en la ambición de los Lannister por alcanzar el poder, un poder que pocos filósofos han descrito tan bien como Hobbes o Maquiavelo, o incluso F. Nietzsche. Los tres son autores de referencia para comprender, para ver y no solo mirar y admirar la obra de Martin. Y también el sexo, descarnado en la obra.

En un mundo como el de los Siete Reinos que no conoce el cristianismo la religión no coarta en exceso el cuerpo, un cuerpo a veces al servicio del poder, un cuerpo que se exhibe, que goza y que sufre. Poniente es un mundo con moral, de una moral no cristiana pero de indudables raíces europeas. Una especie de siglo XIV-XV de transición entre el medievo y el renacimiento. Nada lo simboliza más como las dos familias de la primera parte de la saga: los Stark (una familia feudal, de tintes escoceses y creyentes de antiguos dioses) que acuden a la guerra con los estandartes de los señores que les son fieles y con quién les unen lazos de vasallaje renovados por las buenas o por las malas; y los Lannister (un nombre con regusto a los Lancaster de la Guerra de las Dos Rosas, bellos, ricos, anglosajones e intrigantes) precursores de un maquiavelismo que hace correr tanto el dinero como la espada, sin hablar de la estrategia incestuosa que los lleva a la corona en la figura del despiadado, cruel y un poco “degenerado” Joffrey Baratheon.

Para entrar de verdad en el mundo de Martin debemos ir más allá de donde nuestros ojos ven, comprender con el alma como decía Platón. Quizás descubrir si nosotros seríamos capaces de sentarnos en el Trono de Hierro y resistir su encanto, de no sucumbir a su embrujo de poder y reflexionar si seria posible obrar bien y ser reyes justos de las tierras de los Siete Reinos.

Obras consultadas

Campbell, Joseph (1997). El héroe de las mil caras: psicoanálisis del mito. México: Fondo de cultura económica.

Elíade, Mircea (2012). El sagrat i el profà, pgs. Barcelona: Fragmenta Editorial.

García Gual, Carlos (2007). Historia del rey Arturo y de los nobles y errantes caballeros de la Tabla Redonda. Barcelona: Alianza Editorial.

***Imágenes usadas en este artículo: 1. Ilustración de la emblema de la casa Stark. 2. Detalle de portada del libro Canción de hielo y fuego I: Juego de tronos, ilustrado por Enrique Corominas y editado por Gigamesh. 3, 4, 5, 6. Fotogramas de la serie Game of Thrones transmitida en HBO. 7. Trailer de la serie de televisión.


 
 

Actualizado: 2 sept 2021


Los vampiros están de moda, lo han estado por un buen rato y lo seguirán estando. Hay algo fascinante en los vampiros que a lo largo de generaciones ha cautivado a la humanidad. Quizás hoy en día los vampiros están más de moda que nunca gracias a la saga de libros -luego convertidos en exitosas versiones cinematográficas- de Crepúsculo de Stephenie Meyer. Y si bien los amantes de los vampiros deberíamos estar contentos con el triunfo de nuestros amigos, los llamados “caminantes nocturnos”, hay algo que no deja de preocuparnos: se está desvirtuando su imagen. Se están convirtiendo en una especie de versión comercial, light y con colmillos punta roma de sí mismos. En pocas palabras, una abominación cultural.

Cada quien tiene derecho a formarse su propia opinión, algunos consideran que la saga de libros y películas de Crepúsculo son buenas, mientras que otros -donde me incluyo- pensarán que no lo son en lo absoluto. El peligro no radica realmente en que el público lea y mire con disfrute las obras de esta saga, sino que el riesgo parece estar en que los lectores y aficionados del género se conviertan en público cautivo y exclusivo de Crepúsculo. Que sólo conozcan –o crean conocer- a los vampiros por medio de esos personajes e historias que ofrece esa saga en particular. Porque, de ser así, nos estaríamos condenando a ver sólo un pedacito minúsculo del espectro, al tiempo que nos estaríamos perdiendo una amplísima gama de matices que también abordan el tema de los vampiros de manera maravillosa en la literatura, el cine, el cómic y la novela gráfica.

Me gustaría pensar –aunque tengo mis dudas- que la saga de libros y películas de Crepúsculo pueden servir como un abrebocas, una primera aproximación al tema de los vampiros. Que gracias a estas obras los lectores y espectadores sentirán los efectos del gusanito por el vampirismo y que de allí, puedan tender puentes hacia otras obras que tratan sobre estos perturbadores pero entrañables seres de la oscuridad.

Valdría la pena preguntarse un poco sobre los vampiros. ¿Quiénes son?, ¿Qué los caracteriza?, ¿Cuáles son las reglas del juego para jugar con los vampiros sin irrespetarlos?

Partamos de un hecho científico muy curioso: los vampiros son una especie de murciélagos hematófagos (los que se alimentan de sangre) que sólo habitan en Latinoamérica y que conforman apenas el 3% de todas las especies de murciélagos del mundo. Los murciélagos vampiro no tienen colmillos largos y puntiagudos como se cree, sino que sus dientes más prominentes y filosos son los incisivos, con ellos provocan una pequeña herida en los animales (normalmente en el ganado) y luego lamen la sangre con su pequeña lengua donde tienen una sustancia en la saliva que impide que la sangre se coagule, de manera de garantizar que siempre esté líquida. Es realmente excepcional que los vampiros ataquen al hombre, por lo que resulta especialmente curioso que se haya construido alrededor de ellos un mito mundial, tan aterrador e inmerecido, sobre todo en regiones del planeta donde los murciélagos hematófagos ni siquiera habitan.

Sin embargo, gracias a la ficción, los vampiros de la literatura, el cine, la televisión y el cómic se han convertido en una especie distintísima pero igual de fascinante a la que existe en la naturaleza. Y gracias a estos autores que se han sentido cautivados por la figura del vampiro, hemos ido construyendo con el paso de los siglos un conjunto de “reglas” y “características” para los vampiros de la ficción. Sabemos, por ejemplo, que son seres nocturnos, que tienen colmillos que clavan en los cuellos de sus víctimas para alimentarse de su sangre y que con esa mordida suelen convertir a sus víctimas en nuevos miembros del clan de los vampiros. Sabemos también que no soportan la luz del sol, tampoco los crucifijos ni el agua bendita ni los dientes de ajo. Que para darles muerte definitiva (a pesar de que son muertos en vida) hay que clavarles una estaca de madera en el corazón. Muchos autores nos han hecho saber –saber en la ficción es sinónimo de creer- que los vampiros y los licántropos (los hombres lobo) no se la llevan nada bien, que ancestralmente ha habido una rivalidad entre ambos bandos a pesar de ser, de alguna manera, primos en la nocturnidad. Ah, y muy importante, también sabemos que los vampiros sólo pueden entrar en nuestros hogares si los invitamos a pasar.

Respetar esas normas del juego es tan importante como respetarlas en cualquier partido de fútbol. Messi podrá ser mejor jugador del mundo, pero si cruza con el balón la línea final o la lateral ya no puede continuar la jugada, pierde el dominio de la pelota y le corresponde sacar al otro equipo. De igual manera, se puede ser todo un Zidane o un Cristiano Ronaldo y hacer jugadas de ensueño, pero si agredes a un rival o tocas el balón con la mano, eso es considerado una falta y puede que te cueste hasta una tarjeta roja. Lo mismo pasa cuando jugamos con los vampiros, hay que conocer y hacer respetar las reglas del juego porque de no hacerlo estamos irrespetando la esencia misma del juego, también a nuestros compañeros de juego y a nuestros rivales. O simplemente estamos jugando a otra cosa.

Hay infinitas maneras de jugar con el tema de los vampiros. Sin embargo, debemos saber que hay muchos jugadores del montón, muchos autores que escriben sobre vampiros como si estuvieran haciendo churros; pero también existen autores en la literatura, el cine y el cómic que son unos verdaderos Pelés, Maradonas, Messis, Iniestas, Zidanes y Ronaldos del buen vampirismo. Unos auténticos magos. Son ellos los que convierten al culto por los vampiros en un arte o un acto de magia. Hay que estar atentos, leer mucho y ver muchas películas para aprender a reconocerlos.

Así que volvemos en este punto a Crepúsculo y decimos: “muy bien, me puede gustar o no la saga… pero qué otras cosas habrá por allí sobre el tema de los vampiros”, y entonces si nos ponemos a investigar descubriremos que hay otras obras magníficas que abordan de manera cautivante, digna e ingeniosa a nuestros amigos de la noche.

Creo que los jóvenes adeptos a las películas de vampiros tienen que asomarse, por ejemplo, a esa maravillosa película sueca llamada Låt den rätte komma (Let the Right One In o Déjame entrar en español), donde se nos cuenta la historia de un jovencito víctima de ese nefasto acoso tan en boga en nuestros tiempos que es el bullying. El protagonista, un solitario asustadizo, se hace amigo de una extraña niña que lo defiende y que le pide en las noches que la deje entrar a su cuarto para así acompañarse mutuamente. Déjame entrar es también una curiosa historia de amor entre humanos y vampiros. Una película que maneja la sensualidad y la violencia de una manera muy elegante, muy sutil y refrescante. Sí, es una película de terror, no deja de ser una película fantástica con momentos espeluznantes, pero desde una mirada muy auténtica, desde la piel de un niño que se adentra en la juventud en compañía de un ser que, a pesar de no ser humano, es mucho más humano que tantísimas personas.

Otra película interesante -y cuyos vampiros tienen poco que ver con los que conocemos en la saga de Crepúsculo- vendría a ser Fright Night (conocida en español como Noche de miedo o Noche de espanto). Allí los vampiros son nuestros propios vecinos. Sí, el señor que poda su jardín al lado de nuestra casa o la vecina guapísima que vive enfrente. Y en esta oportunidad los vampiros son tragicómicos. Dan miedo y son malvadísimos, pero también matan de risa. El barrio entero está en peligro, poco a poco sus habitantes han ido desapareciendo y sólo los conocimientos del joven protagonista sobre eso que hemos llamado antes “las reglas del juego con los vampiros” podrán librar a la comunidad de esos vecinos indeseables. En este caso la ficción, todos esos mitos que ya nadie cree y de los que la “gente seria” se mofa, son la única alternativa para curar la realidad.

Si hablamos de sagas cinematográficas que ofrecen otras visiones atractivas, creo que vale la pena que los jóvenes miren a Blade, protagonizada por Wesley Snipes. Las películas de Blade se inspiran en el cómic del mismo nombre que cuenta las aventuras de un héroe híbrido –hijo de vampiro con humana-, un justiciero que tiene cualidades de vampiro pero también de ser humano y que se dedica a combatir a los vampiros malvados que piensan exterminar a la humanidad. Blade, armado con su filosas espadas (de allí su nombre), es una especie de vampiro que habita las noches y los días con el fin de ponerle orden a sus parientes que han optado por el camino del mal.

Quizás para los jóvenes sea interesante también asomarse en esas propuestas contemporáneas donde la imagen del vampiro se asocia con la de los rockeros góticos. Mucha acción, mucho cuero con remaches metálicos al ritmo de la música oscura, donde la palidez de los rostros de los vampiros contrasta con la oscuridad reluciente de sus ropas, el maquillaje de sus ojos, sus labios encendidos y sus tatuajes. La reina de los condenados (inspirada en la obra de la escritora Anne Rice) y la saga de Underworld serían buenos ejemplos de esta mezcla de las estéticas del vampirismo con las del rock gótico.

Quizás, con menos éxito, pero sin irrespetar las normas básicas del vampiro, la televisión se atreve a presentar edulcoradas historias adolescentes como The vampires diaries, que pretende ser una historia de amor heredada de Crepúsculo pero paseándose con códigos más oscuros. Una especie de Vampi(1991), telenovela brasileña pero con más presupuesto, menos humor y contada por temporadas. HBO también se arriesgó con la adaptación de la serie de libros de Charlaine Harris en la serie de televisión True blood, creada por Allan Ball (el mismo creador de la aclamada serie Six Feet Under), que profundiza sobre la inclusión social del vampiro y las consecuencias políticas, religiosas y sociales que esto acarrea. Tras cinco temporadas, la inclusión de otros asuntos paranormales que resultan efectistas, le restan validez y coherencia a una historia que prometía una representación más respetuosa del vampiro en la televisión.

Y, claro, no podemos dejar de nombrar a los clásicos cinematográficos. Ningún buen vampirólogo (o vampirófilo) de cualquier edad debería dejar de asomarse a obras fundamentales como Nosferatu –la original en blanco y negro- o como Bram Stoker’s Dracula del gran cineasta Francis Ford Coppola. O incluso yendo un paso más atrás, lejos de la pantalla, y sentarse a leer el libro Drácula del escritor irlandés Bram Stoker, o descubrir el germen en 1819, con el relato corto El vampiro de John William Polidori. Hay que fijarse en los grandes para luego poder comparar y reflexionar.

Larga vida a los vampiros y a todos aquellos maestros de ayer y hoy que se acuerdan de ellos para garantizarles, por medio de la ficción, una existencia digna, perturbadora y cautivante entre nosotros.

Los vampiros están de moda, lo han estado por un buen rato y lo seguirán estando. Hay algo fascinante en los vampiros que a lo largo de generaciones ha cautivado a la humanidad. Quizás hoy en día los vampiros están más de moda que nunca gracias a la saga de libros -luego convertidos en exitosas versiones cinematográficas- de Crepúsculo de Stephenie Meyer. Y si bien los amantes de los vampiros deberíamos estar contentos con el triunfo de nuestros amigos, los llamados “caminantes nocturnos”, hay algo que no deja de preocuparnos: se está desvirtuando su imagen. Se están convirtiendo en una especie de versión comercial, light y con colmillos punta roma de sí mismos. En pocas palabras, una abominación cultural.

Cada quien tiene derecho a formarse su propia opinión, algunos consideran que la saga de libros y películas de Crepúsculo son buenas, mientras que otros -donde me incluyo- pensarán que no lo son en lo absoluto. El peligro no radica realmente en que el público lea y mire con disfrute las obras de esta saga, sino que el riesgo parece estar en que los lectores y aficionados del género se conviertan en público cautivo y exclusivo de Crepúsculo. Que sólo conozcan –o crean conocer- a los vampiros por medio de esos personajes e historias que ofrece esa saga en particular. Porque, de ser así, nos estaríamos condenando a ver sólo un pedacito minúsculo del espectro, al tiempo que nos estaríamos perdiendo una amplísima gama de matices que también abordan el tema de los vampiros de manera maravillosa en la literatura, el cine, el cómic y la novela gráfica.

***Imágenes usadas en este artículo: 1. Detalle de póster promocional de la película Drácula de Bram Stoker (1992), dirigida por Francis Ford Coppola. 2. Fotograma de la película Nosferatu (1922), dirigida por Friedrich Wilhelm Murnau. 3. Póster promocional de la serie de televisión True Blood (2008), transmitida por HBO y creada por Alan Bell (y trailer). 3. Póster promocional de la película Déjame entrar (2008), dirigida por Tomas Alfredson (y trailer). 4. Póster promocional de la película Blade (1998), dirigida por Stephen Norrington (y trailer). 5. Trailer de Drácula de Bram Stoker.


 
 
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Cultura, libros, infancia y adolescencia

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ilustración a la izquierda @Juan Camilo Mayorga

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