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Colosal

24 nov 2025
3 min de lectura

Actualizado: 22 oct


En 1990, Joaquín Balaguer consiguió mantenerse en la presidencia de República Dominicana después de unas elecciones marcadas por graves denuncias de fraude. Al frente de la Junta Central Electoral se encontraba Froilán Tavares, un reconocido abogado dominicano y abuelo de la directora Nayibe Tavares-Abel. Treinta años después, en medio de nuevas movilizaciones ciudadanas que reclamaban transparencia electoral, su nieta decide revisar los archivos familiares para comprender qué ocurrió durante aquellas elecciones y cuál fue la responsabilidad de su abuelo.


Colosal es un documental sobre la memoria política de República Dominicana, pero también sobre las dificultades que existen para reconstruir una historia cuando quienes pueden contarla forman parte de nuestra propia familia. Porque una cosa es investigar el pasado de una nación y otra muy distinta es descubrir que las personas a las que queremos pudieron contribuir a sus episodios más oscuros.


Tavares-Abel reúne documentos, fotografías, grabaciones y testimonios familiares para reconstruir una historia que se extiende más allá de las elecciones de 1990. En ella también aparece Amín Abel, familiar de la directora y militante revolucionario asesinado por agentes policiales en 1970. Dos figuras vinculadas a posiciones políticas enfrentadas que permiten reconocer las contradicciones de una misma familia y, en cierta manera, las de un país que durante décadas convivió con la violencia institucional y el autoritarismo. Es probablemente donde radica uno de las grandes confrontaciones ideológicas para el espectador. No se busca, evidentemente, un documental que registre de forma neutral las tensiones políticas de una época, pero como persona que ha vivido las tensiones de un país en crisis, cuesta identificar cuanta conciencia política hay en un registro de la memoria signado por el afecto familiar.


Y es que en este recorrido, el archivo no funciona únicamente como un recurso para explicar acontecimientos históricos. Es también una manera de confrontar los recuerdos de quienes participaron en ellos. La directora construye un árbol genealógico que poco a poco se transforma en una especie de mapa político, mientras las conversaciones familiares van descubriendo versiones distintas de los mismos hechos. Hay quienes quieren hablar, quienes prefieren guardar silencio y quienes encuentran razones para justificar determinadas decisiones. Esa justificación es compleja, porque se cuestiona el valor de ese lazo impuesto por la idea de familia, por el afecto de una interacción social hegemónica, versus la imagen que se refleja de viejas figuras autoritarias o que participaron dentro de las dinámicas de dicho autoritarismo.



Esa es, quizás, una de las cuestiones más interesantes de Colosal, la dificultad de separar los afectos de la responsabilidad política. Los silencios familiares no necesariamente responden al desconocimiento. También pueden convertirse en mecanismos de protección, formas de preservar una imagen o de evitar que determinados recuerdos alteren las relaciones entre generaciones. Sin embargo, comprender las circunstancias en las que actuaron nuestros familiares no supone necesariamente justificar sus decisiones.


La película también sale de ese espacio doméstico para encontrarse con las calles de Santo Domingo. Allí, la directora recoge opiniones sobre Balaguer que evidencian las contradicciones de la memoria colectiva. Un mismo gobernante puede ser recordado como una figura de progreso y, al mismo tiempo, como responsable de un sistema de persecución política. Esa convivencia de relatos permite reconocer hasta qué punto la memoria histórica está condicionada por nuestras experiencias, pero también por aquello que hemos aprendido a olvidar.


El problema que plantea esta propuesta cinematográfica se encuentra precisamente en los límites de su investigación. La proximidad afectiva permite acceder a testimonios y materiales que difícilmente estarían disponibles para alguien ajeno a la familia, pero también puede dificultar que ciertas preguntas encuentren respuestas. La película se mueve entre el deseo de comprender al abuelo y la necesidad de cuestionar su participación en un proceso electoral que comprometió la democracia dominicana. Y esa tensión no siempre puede resolverse mediante los testimonios de quienes lo conocieron.


En paralelo, las movilizaciones de 2020 ofrecen otra lectura del documental. Las nuevas generaciones no aparecen únicamente como herederas de una historia de violencia y autoritarismo, sino como personas capaces de intervenir en el presente. El ejercicio de memoria deja de ser una búsqueda concentrada en el pasado para convertirse en una

pregunta sobre las responsabilidades políticas que asumimos en la actualidad.


Conmovedora secuencia de cierre, en el que la cámara fija se bambolea al ritmo de las olas, mientras la directora intenta cerrar la herida de un padre que falleció. Esos minutos de nado, generan un efecto emocional mucho más violento por su poder íntimo, que los debates del resto del documental. No en vano es una de las piezas del cartel. Porque las familias, como los países, también construyen relatos para explicarse a sí mismas. Y algunas veces, para comprenderlos, hace falta reconocer todo aquello que han dejado fuera.



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