Prácticas y percepciones de lectura en adolescentes y jóvenes. Estudio exploratorio.
- Freddy Gonçalves Da Silva

- hace 2 horas
- 5 Min. de lectura

“Los jóvenes no leen”. La frase se repite con facilidad en conversaciones adultas, a veces como diagnóstico y a veces como sospecha. Pero esa idea, además de simplificar, puede terminar influyendo en cómo los propios jóvenes se miran a sí mismos. Desde ese punto de partida llevamos a cabo en PezLinterna este estudio exploratorio de 130 páginas, impulsado por la Organización de Estados Iberoamericanos (OEI) y el Centro Regional para el Fomento del Libro en América Latina y el Caribe (CERLALC). No buscaba solo decidir si leen o no leen, sino ir a una pregunta más productiva: qué entienden por lectura y cómo se forma, se sostiene o se rompe ese vínculo en la adolescencia y la juventud.
La apuesta es sencilla y, a la vez, incómoda. Abrir la conversación más allá del libro como único objeto legítimo e incorporar los formatos, ritmos y sentidos que atraviesan hoy la vida cotidiana. También ampliar el foco para pensar cómo se cruzan lectura, escritura y oralidad en las prácticas culturales juveniles.
Para hacerlo, aplicamos una encuesta extensa creada por Freddy Gonçalves, Maité Dautant y Jaime Yáñez, con la que reunimos 2774 respuestas de personas entre 10 y 22 años, provenientes de Argentina, Bolivia, Brasil, Chile, Colombia, Ecuador, El Salvador, España, Guatemala, México, Nicaragua, Perú, Portugal, Puerto Rico, República Dominicana, Uruguay y Venezuela, además de muestras muy pequeñas de Cuba, Honduras y Paraguay. En este sentido no sólo tuvimos ayuda por parte de mediadores e instituciones, sino por los mismos jóvenes que desinteresadamente compartían y rellenaban la encuesta sin la gestión adulta.
Después realizamos encuentros focalizados con grupos de jóvenes de Argentina, Brasil, Colombia, España, Nicaragua y Venezuela, y con un grupo mixto de América Latina (Bolivia, Chile, México y Perú) con el que conversamos mientras jugábamos el videojuego Among Us. La muestra se diseñó para incluir tanto a quienes se nombran lectores como a quienes se asumen no lectores, porque el punto no es etiquetar sino entender cómo se construye el vínculo con la lectura en una etapa vital decisiva.
El primer hallazgo cuestiona un lugar común. El 48,99% afirma que la lectura aparece de forma recurrente en su vida cotidiana y en su tiempo libre. Aun así, incluso dentro de este grupo, leer rara vez funciona como una actividad exclusiva, porque suele convivir con la vida social y familiar (46%) y con el uso de redes sociales e internet (43%–44%). En cambio, el 51,01% no incluye la lectura entre sus actividades de ocio y se inclina más por prácticas como el deporte (53,9%) o los videojuegos (40,8%).

Si miramos la identidad lectora, el panorama se matiza. “Persona lectora” (32,93%) y “lector/a habitual” (25%) suman 58%, mientras “poco lector/a” (33,54%) y “persona no lectora” (8,53%) muestran que leer también opera como etiqueta social, no solo como práctica.
Los obstáculos, por su parte, no funcionan como una excusa abstracta. El más frecuente es la falta de tiempo (43,55%), seguida de la falta de concentración (29,42%), y después aparecen el aburrimiento, la dificultad de comprensión, la falta de dinero o la falta de libros. Sin embargo, al preguntar qué dificulta que “lean más”, la atención se desplaza hacia internet y redes sociales, que aparecen como competencia directa (49% sumadas en la codificación), por encima de la falta de tiempo (20%). La discusión, entonces, no se reduce a “pantallas contra libros”, sino que remite a hábitos de atención, ecosistemas de recompensa inmediata, prácticas escolares que no enganchan (casi la mitad considera que las lecturas obligatorias o sugeridas no conectan) y desigualdades materiales que siguen pesando cuando hablamos de acceso y acompañamiento.
En el estudio aparece un contraste claro entre la imagen social de “mujer lectora” frente a "hombres no lectores". Por un lado, las mujeres tienden a concentrar una relación más estable con la lectura por placer, con mayor presencia de lectura diaria (40% frente a 35,5% en hombres) y un hábito sostenido más alto si se suman lectura diaria y semanal (65,8% frente a 52,5%). En los varones, el estudio muestra que la identidad de “no lector” o “poco lector” pesa más y se sostiene con cierta estabilidad, sobre todo en edades escolares. Por tramos, “poco lector” se mantiene alto en hombres entre 10–13 (38,2%), 14–17 (35,4%) y 18+ (37,9%), y además la categoría “no lector” es sistemáticamente más alta que en mujeres durante la adolescencia.
Al mismo tiempo, la autopercepción confirma que la identidad lectora de las mujeres se refuerza entre 10–17, pero en 18+ aparece un doble movimiento, porque crece “lectora habitual” y también “poco lectora”, lo que sugiere continuidad en una parte del grupo y fragilidad en otra, ligada a condiciones externas más que a “falta de interés”. Esa fragilidad tiene un rostro material cuando las jóvenes, especialmente en Centroamérica y Sudamérica, nombran tareas domésticas, cuidados y ruido del hogar como límites concretos para leer más, mientras que en el mismo territorio los varones mencionan con más frecuencia obligaciones laborales tempranas.
Esto sugiere un patrón de género claro en el vínculo con la lectura. En las mujeres aparece, en general, una relación más sostenida, especialmente cuando leer se asocia al placer, aunque esa continuidad se negocia con desigualdades concretas y expectativas de cuidado que condicionan tiempo, calma, acceso y acompañamiento. En los varones, la relación suele ser más ambigua y frágil cuando la lectura se piensa como ocio, y tiende a quedar más ligada al estudio y la obligación escolar, lo que refuerza una identidad de “poco lector” o “no lector” sin que eso implique rechazo al conocimiento, sino una forma más utilitaria y menos íntima de relacionarse con los textos.

En cuanto al acceso a espacios y soportes, solo el 30,71% afirma utilizar la biblioteca de su ciudad o municipio. Aunque una mayoría dice preferir el papel (80,97%), el uso de soportes digitales es prácticamente generalizado. El 90,2% confirma que suele leer a través de algún dispositivo, y el teléfono móvil es el más utilizado (62,91%).
La conclusión de fondo es política y pedagógica a la vez: si queremos que la lectura se sostenga, no basta con celebrar que “sí leen” ni con repetir que “no leen”. Hay que construir condiciones: acceso real a libros y otros formatos, espacios seguros y atractivos, mediación profesional y redes que acompañen sin moralizar, alfabetizaciones múltiples que incluyan lo digital con mirada crítica. Y, sobre todo, hay que asumir a los jóvenes como agentes de su propia formación cultural: no objetos de estudio, sino interlocutores con voz, capaces de decir qué les pasa cuando leen, cuando no leen y cuando el mundo les exige estar “al día” con todo.
Enlace para la descarga: Estudio







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