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¿Cuántos viven hoy en una lengua que no es la suya? ¿Cuánta gente ya no sabe ni siquiera su lengua o todavía no la conoce y conoce mal la lengua mayor que está obligada a usar? Problema de los inmigrantes y sobre todo de sus hijos. Problema de las minorías. Problema de una literatura menor.

Kafka. Deleuze y Guattari

A manera de lente, la teoría crítica nos ofrece miradas; ópticas que nos permiten ver y explorar ámbitos que generalmente escaparían a nuestras lecturas habituales. Deleuze y Guattari nos invitan a pensar la obra literaria fuera de nuestros esquemas convencionales. En vez de “libro”, ellos proponen aproximarse a una “máquina”, entendiendo la obra literaria como un agente que “hace”, que “crea efectos” en vez de sólo representar y significar. Así quiero yo releer la celebrada novela gráfica de Shaun Tan. A cinco años de su publicación inicial, no es secreto para los adeptos de la literatura infantil y juvenil el hito que ha marcado Emigrantes.

A mi parecer, esta obra nos ofrece materia para considerarla como parte de la tradición de obras modernas que han buscado ofrecer una visión descentrada de la cultura, posicionándonos frente a perspectivas no hegemónicas ni dominantes. Creo que allí reside su carácter subversivo. Para desarrollar esta lectura me gustaría apelar a la noción de literatura “menor” que Deleuze y Guattari elaboran a partir de los textos y reflexiones literarias de Franz Kafka. No me interesa plantear una correspondencia directa entre la obra de Tan y la de Kafka (si bien mucho podría elaborarse sobre instancias de esta obra como experiencias “kafkianas”), sino aludir a la tipificación que Deleuze y Guattari elaboran en torno a un cuerpo de obras que definen como “menores”: “Una literatura menor no es la literatura de un idioma menor, sino la literatura que una minoría hace dentro de una lengua mayor.” (Deleuze y Guattari 13) Precisamente, una literatura menor se vale de una lengua dominante, pero la “presiona” y “desterritorializa” hasta convertirla en una lengua de fuerzas (en vez de significaciones). Creo que esta operación es esencial en la novela gráfica de Tan y la conecta –más allá de su tema central- con la situación de las minorías, de los grupos minoritarios y de todo sujeto que busca alejarse de las formaciones sociales mayoritarias o dominantes.

Bajo esta mirada, el carácter “menor” de ciertas obras literarias involucra tres procedimientos fundamentales: desterritorializar una lengua, articular lo individual como un gesto político y funcionar como un dispositivo colectivo de enunciación. Con estas tres claves, trataré de ofrecer una lectura política de esta particular obra de Tan (y sospecho que son categorías atribuibles a otras de sus obras para niños y jóvenes).

Desterritorialización

La “desterritorialización” implica fundamentalmente un proceso de liberación o separación de las premisas socialmente reconocidas y aceptadas, específicamente de las premisas sobre el lenguaje. Me gustaría reflexionar sobre este proceso a partir del lenguaje visual. Emigrantes no sólo nos traslada a ámbitos sin palabras y en este sentido “desterritorializa” –como otras novelas gráficas- las formas clásicas de contar una historia y nuestras convenciones de lectura de textos escritos. Además, dentro de su propuesta pictórica y gráfica, ocurren desplazamientos, juegos, re-significaciones y dislocaciones sobre ciertos lenguajes artísticos tradicionales y soportes.No deja de resultar curioso que a finales de la primera década del dos mil, Tan escogiese explorar el viejo álbum fotográfico como formato para su obra más monumental. Abrir un álbum fotográfico parece en la actualidad un gesto casi arcaico y remoto. Los álbumes fotográficos recientes ya hace más de una década que emigraron a espacios digitales en los que lo íntimo y lo público se conjugan. Sin embargo Emigrantes reconstruye el soporte residual del álbum con nuevos sentidos. Esta operación ya nos invita a pensar una forma de “desterritorialización”.

La evocación que nos propone Tan de los procesos migratorios de finales del siglo XIX y principios del XX –rememorados en alusiones a fotos de archivos como el de Ellis Island– se nos plantea desde una posición desorientada, lejos del discurso histórico de los anales. Estos datos se re-significan al estar hilados dentro de un mundo memorativo pero extraño e inédito, invitándonos a pensar los procesos migratorios fuera de nuestras convenciones históricas, y a internalizarlos con cierta intimidad a través del formato del viejo álbum de fotos.

El lenguaje de los archivos -por excelencia fotográfico y realista- es “desterritorializado” y “reterritorializado” con elementos fantásticos, incluso afines a la ciencia ficción y otras formas de expresión de lo ficticio. Así, en su formato de álbum antiguo, la clásica imagen fotográfica sepia la hallamos conjugada con otros elementos inquietantes y nuevos. En este sentido, lo que creemos comprender o ubicar es realmente un referente huidizo.

Esta operación nos prohíbe entender a Emigrantes como una simple novela (gráfica) histórica que pretende hacernos ver verosímilmente un hecho distante de otra época. Aunque el juego de la remembranza se suscita al encontrarnos con tecnologías como el barco de vapor, los vestuarios anticuados y otros elementos de tono costumbrista, estos códigos están siendo “presionados” por la presencia de nuevas cosas: figuras oníricas, lenguajes trastocados, objetos que producen ciertas analogías –se sabe que hay “animales”, “grafías”, “frutas”, “máquinas” “verduras”, “sistemas de transporte”- pero no pueden nombrarse porque pertenecen a un mundo desconocido y relativamente ininteligible. Esta operación desestabilizadora no sólo nos conecta con un proceso que está subvirtiendo las formas tradicionales de representar (el lenguaje mayor), también logra ofrecernos una experiencia imaginaria del asombro y desconcierto de quien llega a tierras nunca vistas.

No obstante, la “desterritorialización” ocurre en su forma más plena a partir del código pictórico. El dibujo marcado por un tinte realista se ve constantemente “desterritorializado” con formas cercanas a la tradición surrealista. Emigrantes nos lleva así a leer un lenguaje que disloca lenguajes artísticos convencionales. Hay instantes donde la imagen adquiere rasgos simbólicos que rozan lo cósmico. En estas instancias del dibujo, se violenta el tiempo y las representaciones precisas para que lo emotivo puro cobre relevancia en la imagen.

Bajo esta mirada, no estamos frente a una obra que demande precisiones. No hay que saber con exactitud qué es todo lo que vemos, pero sí transitar una experiencia inédita. Esta neutralización del sentido –del ¿qué significa todo esto que leo/veo?- implica una alteración de los hábitos de lectura tradicionales. Así, el sentido es materia para la “línea de fuga” y lo que predomina es una experiencia que oscila entre lo que se “desterritorializa” y se “reterritorializa” generando nuevas posibilidades. El sujeto emigrante va conociendo y negociando su nuevo lugar y sus posibilidades de comprensión, al igual que nosotros como lectores de imágenes.

Todo es político

La literatura “menor” es –en esencia- un tipo de escritura política que se conecta necesariamente con una lucha. En otras palabras, la literatura “menor” se distingue de las “grandes” literaturas porque “en ellas todo es político” (29). Según Deleuze y Guattari:

“La literatura menor es completamente diferente: su espacio reducido hace que cada problema individual se conecte de inmediato con la política. El problema individual se vuelve entonces tanto más necesario, indispensable…Es en este sentido que el triángulo familiar establece su conexión con los otros triángulos, comerciales, económicos, burocráticos, jurídicos…”(29)

En la literatura “menor” los asuntos aparentemente individuales están inmediatamente conectados con una discusión política más amplia. Emigrantes es una novela (gráfica) moderna cuyo tema central no es sólo el desplazamiento, sino el poder. Desde el inicio, vemos en la partida del hombre protagonista una suerte de cola de dragón que acecha su existencia. Igualmente se muestran -con lenguajes simbólicos- otras historias de injusticias y emergencias, fijando una denuncia del abuso del poder autoritario en cada una de las historias de emigrantes que vamos conociendo a través del viaje del hombre. Así, estamos frente a una relectura “gráfica” de lenguajes que nos hablan -desde su particular construcción- de las vidas de quienes se han desplazado a la fuerza porque han vivido el horror de las guerras, las dictaduras, los totalitarismos y las persecuciones políticas.

Asimismo, la novela nos expone la vida de los emigrantes en un nuevo espacio que tampoco es ajeno a las mecanizaciones y las divisiones económicas. Las alusiones a las fábricas, la automatización de la cotidianidad y el empleo informal se manifiestan una y otra vez en los tránsitos del personaje.

Enunciación colectiva

En palabras de Deleuze y Guatarri, “lo que el escritor dice totalmente solo se vuelve una acción colectiva, y lo que dice o hace es necesariamente político.” (30) En este sentido, las literaturas “menores” funcionan como dispositivos de enunciación colectiva. No son simples obras maestras de un autor (en este sentido la obra no depende de la figura de Tan). En su maquinaria, Emigrantes nos lleva a experimentar los problemas de comprensión de una comunidad: la de quienes se han desplazado por problemas e injusticias graves. El sujeto que llega no es sólo el personaje masculino a quien conocemos de cerca. Son también las otras personas que están insertas en este relato de desplazados. Es su mujer, su niña, y todos los otros que han tenido que irse. Desde las guardas esta obra nos está pautando esta importante pista al ofrecernos una galería extensa de retratos anónimos.

Creo que Emigrantes nos permite repensar la literatura infantil y juvenil como un campo de acción y de fuerzas. Así, desde su carácter “menor”, nos ofrece vías para reflexionar el mundo con miradas empoderadoras que nos hacen ver y pensar otras cosas: experiencias marginales, luchas y anonimias trascendentales de lo humano.

Obras citadas

Deleuze, G. y Guattari, F. Kafka. Por una literatura menor. Trans. Jorge Aguilar Mora. México. D.F.:Ediciones Era, 1993.

Tan, Shaun. Emigrantes. Cádiz: Bárbara Fiore Editora, 2007.

***Imágenes usadas en este artículo: ilustraciones del libro Emigrantes (2007) de Shaun Tan, editado en español por la editorial Bárbara Fiore.


 
 

"Para Beatrice,
Querida, encantadora, muerta."

El tétrico epígrafe es nuestra entrada al primer libro de A series of unfortunate events traducido en Hispanoamérica como Una serie de eventos desafortunados. No es casual que los trece tomos de la saga están dedicados a esta figura, siempre ausente, muerta, amada y extraña que nos remite a la Beatrice de Dante. Es una primera estrategia para anunciarle al lector sobre el inicio de un viaje a través de distintos tipos de infierno. Aunque sus jóvenes lectores no necesariamente conozcan la importancia de La Divina Comedia de Dante Alighieri en la literatura universal, por lo que antes de perder la dulce ironía, la obra busca un segundo espacio de advertencia sobre el oscuro porvenir del lector: su narrador.

Los libros, escritos por Lemony Snicket, cuentan la difícil vida de Violet, Klaus y Sunny Baudelaire a partir del momento en que quedan huérfanos. Cada episodio desdichado es contado por este narrador de ultratumba, que tiene una visión omnisciente de todo lo que ocurrió. Él narra la historia con amargura y pesar, pero también con la necesidad mórbida de un periodista que debe contar la tragedia de estos niños para no dejar que cada nuevo lector la olvide. Su presencia es importante para ir entendiendo los lazos familiares de los Snicket, es el espacio de la memoria, aunque nunca veamos su participación como personaje dentro de la saga. Sin embargo, más importante que ir armando las piezas de la trama, es su voz y disfrutar de ese ingenioso humor negro sobre el que se fundamenta la obra.

Su narrador no solo usa el juego de palabras y un tono sombrío en sus comentarios sino también cita conceptos alrededor de la fatalidad que él mismo explica con ejemplos. Esto da cuenta de una especie de testigo constante pero, a la vez, de un diccionario humano que apela al lector infantil como en una novela de formación. Querido lector: no siempre ser un buen niño, por más que te lo diga un manual del bien hacer, es el camino que te toca. La vida es dura, enfréntala.

De 1999 al 2006, el escritor Daniel Handler usa el seudónimo del personaje para publicar los trece tomos ilustrados por Brett Helquist. Registra en ellos la vida de tres niños Baudelaire, que luego de un incendio donde sucumben sus padres, deben ser recibidos por un tutor legal que ellos les habían elegido antes de su muerte. El primer tutor que les asignan es el maléfico conde Olaf, un artista melodramático, codicioso y cruel que está dispuesto a cometer cualquier crimen para quedarse con el dinero de la herencia de la familia Baudelaire (y también de los Quagmire). Así empiezan entonces los periplos, yendo de un tutor a otro. Estos excéntricos personajes que acogen a los Baudelaire conocen siempre un final terrible, planificado o a veces improvisado por el conde Olaf que siempre parece llevarles ventaja con respecto a la situación.

Con la excusa de esta trama, se esconde una conspiración llevada a cabo por los V. F. D., una organización secreta “voluntaria apaga fuegos” cuyo logo se encuentra tatuado en el tobillo del maléfico Conde Olaf. En cada cambio de tutor, los tres hermanos van descubriendo más detalles sobre esta organización, y se empiezan a dar cuenta que la historia de sus padres es mucho más compleja de lo que pensaban. La organización, dividida por un cisma, forma dos grupos, los “buenos” que apagan los fuegos y los “malos” que los inician. Pero su división también se debe por otros conflictos: amores, desamores, desencuentros, codicia, envidias, deseos de separarse de la organización.

La moral en esta saga nunca es blanca o negra, hasta Lemony Snicket lo menciona en algún momento, cuando los Baudelaire se ponen a reflexionar sobre sus acciones (como tirar a la señora Lulu a los leones, o engañar a Hal en el hospital) y se dan cuenta de que aunque no lo quieran sus manos están manchadas de sangre y de crimen. Es un mundo tan negro, injusto y trágico que creer en la bondad y el bien cuesta muchísimo. A medida que la saga avanza, los Baudelaire empiezan a perder fe en esos valores que sus padres encarnaban. Pero la figura de los padres también se va oscureciendo porque los Baudelaire empiezan a preguntarse cuál era el rol de sus progenitores en la organización y el cisma. O cómo personas que se cruzan en su camino, cambian de decisiones e incluso de bando (basta ver la figura de Olivia Caliban alias Madame Lulu que termina por colaborar con ellos; o Fiona que acaba por traicionar a los Baudelaire e irse con el bando de Olaf). A estos tres hermanos, solo les queda confiar en ellos mismos.

Sus adaptaciones

Esta saga ha sido adaptada en dos ocasiones. La primera en una película del 2004 de Brad Silberling y en el 2017 en una serie creada por Mark Hudis y Barry Sonnenfeld. Al inicio, fui bastante escéptica con la serie porque tenía el recuerdo de la película. Yo que adoré la saga, que la había releído hasta el cansancio, entusiasmada porque con cada lectura ubicaba aún más referencias literarias. Fue quizás por eso que me conformé con la película porque era la única adaptación que existía. No me hacía completamente feliz pero con leer los libros y tener esa adaptación como ese apoyo visual, me bastaba.

La película retomaba los tres primeros libros y los condensaba. El Conde Olaf era interpretado por Jim Carrey, que lograba perfectamente el papel de actor fracasado pero pretencioso y creído. Ahora bien, en la serie del 2017 producida por Netflix, el gran villano es interpretado por Neil Patrick Harris. Y yo sigo creyendo, después de 16 episodios, que Jim Carrey era un Olaf genial, y que su cara era perfecta para encarnarlo al igual que su voz y su mímica. No tengo nada contra Neil Patrick Harris pero Jim Carrey puede hacer el payaso sin rayar en lo burlesco, mientras que Harris a veces roza lo ridículo. A pesar de eso, no podemos negar la buena química que tiene Olaf con el resto de su caricaturesca pandilla, lo que genera situaciones divertidas en cada capítulo.

Luego están los tres actores que interpretan a los hermanos Baudelaire en la serie, Malina Weissman, Louis Hynes y Presley Smith. Ellos son verdaderamente niños, mientras que en la película Violet (Emily Browning) y Klaus (Liam Aiken) parecían ser demasiado adultos para la edad que debían tener en el film. Además que en la serie se permiten hablar de los cambios físicos de los niños en cada una de las temporadas con humor. Como por ejemplo con la bebé, Sunny, a la que Klaus hace referencia al inicio de la segunda temporada denotando el cambio físico a pesar de que, temporalmente en la historia, siguieran en la misma escena del final de la primera temporada un año atrás.

Con respecto al personaje de Lemony Snicket, aún recuerdo la voz meliflua e inglesa de Jude Law en la película. En la serie, la voz es más bien tenebrosa, gruesa, con la que el actor Patrick Warburton le agrega otra personalidad, no solo atinada sino sumamente bien interpretada. Quien por cierto, a diferencia de la película, está presente en cada una de las acciones como un observador que comenta. Ese mismo papel lo juega Lemony como narrador en los libros. Era complejo mantener esta figura narrativa en la serie, y han conseguido adaptarla del discurso literario al de la pequeña pantalla.

También lo lograron con los libros. La primera temporada le dedica dos episodios de una hora a cada libro: Un mal principio, La habitación de los reptiles, El ventanal, El aserradero lúgubre y en la segunda temporada (que salió en 2018) continua con los cuatro siguientes: Una academia muy austera, El ascensor artificioso, La villa vil, El hospital hostíl y el Carnaval carnívoro. Gracias a su formato episódico y a la intervención del autor Daniel Handler en las decisiones de la serie, los creadores de esta producción le rinden un mejor homenaje a toda la riqueza de la obra de Lemony Snicket. En principio, está la ambientación que algunos han calificado de steampunk, con los colores siempre grisáceos, melancólicos y fríos. Es una representación muy atemporal aunque con indicios de encontrarse en los años 20 pero con toda una maquinaria de finales de siglo XIX. Los directores de arte logran darle vida a algunos de las ilustraciones con estilo de grabado de Brett Helquist, como los edificios en forma de tumba de la Academia Prufrock.

El respeto a la estructura de los libros es impecable, sobretodo con la manera en la que lograron hacer de la organización V. F. D. una trama central que se va desarrollando sin traicionar aún todos sus secretos. Este juego misterioso se sostiene, incluso para los que ya hemos leído la saga anteriormente. Otro acierto fue integrar a personajes que no existían o que aparecían en otros libros de la saga como la secretaria Jacqueline, o el mesero Larry u Olivia Caliban (que sin duda es una referencia a Shakespeare y que recuerda a Miranda Caliban, otro personaje de la Tempestad y que está en la isla del último tomo). En la película, en cambio, se ven pocos indicios con respecto a V. F. D. pero no los suficientes. Es verdad que en los tres primeros tomos no se sabe mucho de este tema, pero durante la saga se vuelven a visitar muchos detalles que empiezan a cobrar sentido. Esto deja un poco decepcionado a los que esperan una estricta adaptación de los libros.

Esta libertad con los personajes de la organización que han tomado en la serie puede llegar a satisfacer a los lectores, ya que en la saga uno siente que no queda casi nadie de V. F. D. o no se les encuentra nunca. Por eso nos conformamos con la trampa que siempre cae como Deus Ex Machina para acabar con la poca felicidad que logran encontrar los Baudelaire. Ahora bien, esta dilatación de la trama, que también depende de esos silencios, esos suspensos, esos cuentos-que-no-nos-contarán-nunca pueda también volver a la serie algo pesada en su ritmo. En la serie siguen tirando de un hilo para contar tres temporadas, expandiendo, añadiendo subtramas, y a veces se siente forzado.

Una queja, formal, alejadísima de mi purismo con respecto a la adaptación del libro a lo visual, sería la música. Otra vez, vuelvo a referirme a la película porque Thomas Newman había logrado capturar la esencia de la saga y transformarla en música. La serie, por su lado, tiene una canción en los títulos, cuyo refrán es “Look away” y que va con la idea general de la obra de Lemony Snicket, que siempre escribe bajo el modo de la advertencia del “lo que van a leer es horrible así que mejor deberían leer otra cosa” pero él sigue contando, y eso atrapa aún más. Así que el “Look away, look away” funciona, pero a mí, por alguna razón, me resulta agotador.

Y luego están las secuencias musicales (sobretodo la de La Ventana Vil o la de El Ascensor Artificioso), que me parecen excesivas o casi ridículas. La manera de filmar es algo burlesca, y lo que se ve es ya de por sí como muy hiperrealista, entonces añadirle una escena musical es sacarnos totalmente de la ilusión narrativa o cinematográfica. A mí me pareció de muy mal gusto. Porque lo que pasa es que la serie logra recrear esa atmósfera rara, oscura, mórbida de la saga que al mismo tiempo releva de lo irreal, de lo fantástico. En un mundo que ya de por sí está marcado por lo extraño, lo fantasioso, siento que lo musical está de más. Los personajes no pueden cantar. No está en su esencia. Además no hay nada que cantar. Justamente, todo yace en lo no-dicho, en lo misterioso, en lo apenas sugerido y en ese determinismo trágico que se siente, ese peso de la fatalidad que está en todos lados pero que, como buenos personajes de tragedia, nunca es evocado por ellos, solamente por Lemony Snicket, que tiene entonces el rol de corifeo.

A pesar de estos detalles, que me siguen molestando, la cinematografía es muy acertada. Tiene unos toques casi burtonianos o inspirados en ilustraciones de Edward Gorey (¿o es casual que la estética en La habitación de los reptiles evoque al libro El Jardín Maléfico?). En cada episodio se juega con una luz fría sobre colores que pudieran ser cálidos, sobre el mundo tan gris como una taza de agua sucia, con esa piel blanca de los actores como si estuviesen cubiertos de talco, con ese burlesco tétrico que huele a muerte pero que nunca la pinta como es, sino como una desaparición, una ausencia, un vacío. Es melancólica sin pesarte, la muerte está incorporada a la vida, la vida parece casi un cementerio (academia Prufrock) y eso hace que cualquier grano de felicidad brille más que cualquier cosa en este mundo tan sombrío. Y esos toques de luz, se los da esa otra inspiración cinematográfica que en sus disfraces, sus escenarios, su representación de una época atemporal que recuerda a las películas de Wes Anderson, que son tan limpias y tan pulcras como el apartamento de los Squalor, que está llena de detalles en los planos que solo son dignos de un obsesivo compulsivo. La mezcla de estas dos estéticas, de estas dos visiones, estos dos lentes que ven el mundo pintan un paisaje que es excéntrico, raro, único y que corresponde al de la saga. Tal vez eso es, que hace que su adaptación sea tan polémica, es que el mundo de Snicket es tan raro que verlo da ganas de frotarse los ojos y decir “pero no es real”. Entonces significa que los productores de la serie lo han logrado. Y sorprendentemente bien. Y eso me hace muy feliz.

Sus referencias literarias

El mayor aliado que siempre tienen los Baudelaire es la biblioteca y el acceso al conocimiento. Esta muchas veces parece menospreciada por los adultos pero los libros y la palabra no dejan de tener importancia en la historia (incluso aquellas que balbucea la bebé Sunny, y cuyo significado entienden muy pocos); es por eso que también resaltan las referencias literarias que son un juego vital para lectores atentos. Desde los nombres de los personajes: los Baudelaire (¡como el querido Charles!), los Squalor (como el título de una novela de Salinger), el señor Poe; a los lugares (la academia Prufrock como el poema de T.S.Eliot, el submarino Queequeg que se llama así por un personaje de Moby Dick), los libros que leen Isadora la poetisa y Klaus, el lector de los hermanos. La fuerza de esta saga yace en la ingeniosidad de sus personajes, sobretodo de los jóvenes: lectores, inventores, siempre ávidos de conocimiento, acumulándolo y reutilizando para sobrevivir.

La saga también nos muestra la importancia de la literatura: desde darles recursos para sobrevivir a los niños, a mostrarles que el conocimiento está a su alcance si lo buscan. los libros pueden convertirse en un escudo para mandar mensajes codificados o ser un arma, que es lo que se ve en el último tomo de la saga. En El fin, los Baudelaire naufragan en una isla dominada por un hombre llamado Ishmael, “llámenme solo Ish”. Este personaje se ha inventado reglas, como un Crusoe en su isla para legitimar una especie de gobierno que él encabeza. Dice que lo hace por el bien de todos, pero también mantiene a los habitantes como corderitos mansos al darles una bebida de coco fermentado. Pero, lo que es curioso, es que este personaje posee una cueva, en la que estuvo recogiendo cosas que encallaban en la isla y que pudieran ser útiles (especias, armas) y lo más importante, cada libro que sobrevivía al naufragio. Ishmael, inspirado en un personaje de Moby Dick, remendaba con paciencia y escondía con cuidado estos libros porque sabía que las palabras eran un arma cargada de futuro. Es decir, eran un peligro porque hablaban de libertad. Ponían a los lectores a pensar, a cuestionar las cosas y eso podría acabar con su gobierno. Hacer que las personas en la isla leyeran, revelaría que todos habían pasado un contrato social con Ishmael, manipulados por sus intenciones por el bien común.

En fin, que sigo releyendo los libros en mi cabeza, saboreando el mundo creado por Snicket y al menos estoy contenta de que le hayan dado vida de nuevo, de que lo hayan vuelto a traer al mundo porque me parece que es una saga que merece ser leída y apreciada. Se siente que detrás de la producción hay respeto hacia los libros (o un Daniel Handler muy quisquilloso). Mantienen el mundo que se creó dentro de la saga y todo la riqueza que lo compone. Aún tengo mis reticencias con respecto a la serie pero siguen siendo más las cosas que me gustan. Sigo a la espera de la próxima temporada, porque a mi parecer los mejores libros son los últimos cuatro, donde los niños van creciendo, endurecidos por las desdichas, y donde los lugares en los que se encuentran se van poniendo cada vez más interesantes (la montaña, el grotto, el hotel, la isla) y esto se va a convertir en un reto para los directores. Los lectores, ahora vestidos de espectadores, seguiremos esperando un final digno a las desdichas de estos tres hermanos y un trágico desenlace para el Conde Olaf, sea cual sea, pero que no sea cantando.


 
 

Hace unos días Raguá, un buen amigo, me preguntó por qué tardaba tanto en comentar el final de Girls. Es decir, luego de hacer aspavientos de cada episodio de su última temporada en mis redes sociales, llega el final de la serie y no digo nada. ¡Nada de nada! Tal vez porque buscaba asimilarlo. No porque fuera de esas historias que te ocasionan un trastorno emocional, sino para saber si estaba o no de acuerdo con las opiniones de los críticos, amigos y conocidos.


Callé de forma similar a Virginia, que tras ver el episodio final tardó una semana en escribirme al whatsapp: “no sé si me convence la rendición de Hannah”. Miguel Ángel, por otro lado, escribió en su muro que el capítulo 6x10 pudo ser uno más y no el final, aunque le gustara la temporada. A Ari sí que le había gustado. Y Araya dijo: “me encanta que el final inicie con Hannah y Marnie en la cama como en el primer episodio”. La mayoría de la crítica, sin embargo, lo tildaba de malo y decepcionante. Fue en esos comentarios y pequeñas discusiones con los otros seguidores de la historia donde encontré la clave. Me animé, incluso, a visitar ese primer episodio de Girls para refrescar el tránsito de Lena Dunham y tener luces para entender ese final de Hannah.



NEW YORK VS. GROVER

o de la tesis de lo femenino en Hannah

Antes de sumergirnos en la sexta temporada, con todos los spoilers incluidos, debemos partir del principio de que Lena Dunham, creadora y productora de la serie, advirtió que su final convencional estaba en el 6x09. Ella lo tenía claro. Lo que viene luego fue una especie de epílogo donde cerraría no la historia de Hannah, sino la propia tesis de la serie que ostentaba desde el episodio uno. Es decir, aceptar la maternidad no es una rendición de la protagonista, o al menos no lo creo, es un cambio de necesidad. Una decisión, en principio narcisista, hacia la madurez. Pero no como moraleja, sino como tránsito natural. Sin traicionarse. Hannah lo decide porque es potencialmente cool ser una madre soltera e independiente, aunque en el camino se da cuenta que hay más, que no se trata sólo de ella, que su decisión afecta a otra persona. Esto la enfrenta a todas sus decisiones en la vida, sin excusas y de verdad. Es allí donde se entrampa.


Por eso es importante la figura de la mamá de Hannah al final. Nos recuerda que la protagonista comenzó en una crisis por el desamparo de sus padres. Desde un capricho de dependencia que se resolvía trabajando. En cambio Grover, su bebé, es indefenso y depende totalmente de ella. Este nuevo hobby cuesta mucho más sacarlo adelante. Y a esta ecuación sumamos a Marnie como figura de contrapeso. Sentirse útil y hacer la representación de la mejor amiga permite que evada sus propias decisiones. Marnie está junto a Hannah no sólo por amistad, sino por el infinito egocentrismo de obtener la etiqueta de la “mejor amiga”. Ser la best friend es tener el trofeo de algo. Triunfar aunque sea en el vacío. Y claro está que para el público es evidente que el futuro de Marnie es ser exactamente igual a su madre: irresponsable, superficial e inmadura.

A pesar de esto, el episodio final da vueltas alrededor de la lactancia materna. Sí, suena raro cuando uno habla de Girls, pero no lo es tanto si pensamos que el concepto “mujer” es importante en cada uno de los episodios de la serie. Hannah quiere formar parte de esa idea natural de las madres, una idea meramente conceptual. Es decir, ser mamá significa dar de amamantar a los hijos. Pero no fluye porque la idea no es lo mismo que la práctica. La vida no es literatura, no son artículos críticos sobre la sociedad, esa vida es misteriosa.


En el primer episodio de la serie, antes de los créditos finales, observamos a la protagonista que sale caminando del hotel en el que se hospedan sus padres, en medio de New York. La cámara nos muestra a ella perdiéndose en la inmensidad de la ciudad. Busca seguir viviéndola, sin misterios. El final del último capítulo se reduce a Hannah con su bebé, en un espacio íntimo, lejos de la ciudad. Hannah deja a un lado la inmensidad inabarcable para reducirse a algo aún más infinito, a su hijo, a sí misma. Es una forma distinta de reconocerse, igual que hacen muchas mujeres en diversas épocas, en toda sociedad. El gran igual, para la idea totalitaria de las mujeres. Entonces, en este final, la tesis se concreta. Lena Dunham consigue cerrar su voz, la de Hannah, con la coherencia de sus ideas en punta. O eso parece. A mí, al menos, me convence.

Eso sí, pareciera que Lena Dunham junto a su coproductora Jennifer Konner hubieran leído las críticas de Lucas en mi muro, entremezcladas en las de muchos críticos al inicio de la serie: ¿por qué siendo New York tan diversa, la serie parecía la supremacía blanca?. Lena, ante este cuestionamiento que le hicieran en el 2012, había dicho que se reivindicaría en la segunda temporada. Mucho más después de que los negros fueran solo vagabundos o taxistas en la primera. La verdad, no recuerdo qué tanto rescató en cuanto a este tema durante la serie (sí pienso en uno que otro personaje, pero nada relevante), y parece que lo recordó al final.


El hijo de Hannah es negro. Sin más. Y si pensamos que el padre es el personaje interpretado por Rizwan Ahmed, un moreno pakistaní que en verdad es inglés, pues... parece una corrección aún más incorrecta. Araya se lo preguntó: “¿por qué es tan negro?” Sospecho que para evitar las mismas críticas al final. Confío que más que jugar a la inclusión, sea su propia lección.

HABITAR UN EDIFICIO VIEJO VIENDO UNA BELLA FACHADA

o de las otras mujeres a pesar de Hannah

Si eres un personaje secundario, y en la quinta temporada te llevan a Japón a hacerte una trama tan personal, no esperes más protagonismo. Eso le pasó a Shoshanna. Ella se alejó y así se evidenció en la última temporada donde las apariciones del personaje fueron muy esporádicas. Sin embargo, y a mi pesar, me pareció muy sutilmente logrado el cierre de su historia. Precisamente no podíamos contar mayor cosa de ella, porque la relación con las otras chicas simplemente había desaparecido. Y como ella misma lo dice en un almuerzo con Ray y Abigail: "prefiero un edificio viejo, pero viendo hacia la fachada de algo nuevo". Shos se asumió como pura apariencia, y respetó su esencia, aunque eso significara arrasar con su pasado.


Bajo esta dinámica, la temporada fue cerrando de manera respetuosa cada uno de los personajes y sus historias. Avanzando, dejando atrás los lastres. Tal vez es que yo soy muy fácil, pero a mí me conquistó la respetuosa estructura de toda la temporada. Resalto escenas como la de Marnie, que descubre el poco valor de sus objetos, y el hombre de la tienda de empeño la hace entender que vive culpando a los otros de las miserias que ella misma se provoca. O Jessa, autodestructiva, camino al bar dispuesto a lanzarse en el abismo mientras Adam está con Hannah y descubre que no es capaz de infringirse más daño. O Shoshanna en el penúltimo capítulo, encerrada en el baño con las otras chicas, dejando en evidencia que no pueden estar juntas en la misma habitación porque todas quieren ser el centro de atención.

Pero también está el tan comentado capítulo tres, donde se reflexiona acerca de las relaciones de poder entre un escritor famoso y las mujeres. Esas otras, muchas y variadas mujeres. Algunos críticos dicen que habla del abuso velado a la mujer, y sí. Pero creo que el libreto se atreve a dar un paso más allá. Es un episodio honesto, contundente, cerrado, donde nos vemos de los dos lados de la moneda. Pensamos como espectadores en que perfectamente podemos ser víctima y victimario. Depende de hacia qué lado de la balanza se siente el poder.

“SI DUELE, HARÁ QUE LO RECUERDES”

o del papel de los hombres en la serie

"Si duele, harás que lo recuerdes" ...con esa frase Adam, aparentemente el protagonista principal, hizo revivir a Hannah parte del recuerdo de su historia de las primeras temporadas. Pero aquí aplica el refrán de que es mejor no volver a los lugares que nos hicieron felices. Adam es el termómetro para mostrar que todos han evolucionado en sus caminos. Dije evolucionar, no madurar. Cada uno de ellos se adaptó a la realidad que eligió y se transformó para dar respuesta a ella. Él eligió a Jessa. Quizás por eso emocione tanto el final del episodio seis, con la canción de Robyn incluida: Hannah encuentra en esa película sobre su relación con Adam una puerta al pasado, un “quizás” por resolver. Y viven en 24 horas la ficción de un sentimiento. Ninguno de los dos puede engañarse. No se aman. Para Hannah él ya no es su hombre. Lo es Grover.


Ray es quien, desde su potencial patetismo, y escribo potencial porque para mí nunca ha sido patético, es el único que se reivindica. Uno lo agradece. Sufre la muerte de su amigo, se ve ante el espejo de esa soledad, se vuelve a abrir como personaje social, que busca entender a New York desde un punto de vista inclusivo. Espanta, de sí, la fatua necesidad de Marnie y Shoshanna de estar a su lado, pero sin comprometerse, sin respetarlo. Y como le dijo Adam a Hannah alguna vez: “Permanecer en relaciones tóxicas es lo que nos impide crecer”. El encuentro con Abigail, la ex jefa y amiga de Shoshanna, da una vuelta de tuerca inesperada y sana para la historia de Ray. La química además estalla en ese primer encuentro. El final, con el beso torpe y ridículo en el carrusel, lo hace chistosamente sublime. Los personajes raros también merecen ser felices.

Elijah, en cambio, tiene todo el foco esta temporada. No entendí por qué. Dicen los críticos que el público lo amaba. No lo vi especialmente interesante. Ni tampoco el más divertido. Pero sí, la gente amaba su despreocupación y su frescura. Ahora bien, con él se arrastra esa buena escena de Hannah con su ex prometido, llorando por los hijos.


Lena Dunham, esta voz autoproclamada voz del feminismo millennials, fue bastante noble con el desenlace de sus hombres. Ellos sí parecen conseguir sus aspiraciones, por mínimas que sean. O será que los piensa con necesidades más fáciles de satisfacer.


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En la suma de todas esas voces, de sus búsquedas, está el gran éxito de HBO con Girls, aunque la serie estuviera claramente dirigida a un público muy específico. Hannah lo dijo en algún episodio: "Creo que puedo ser la voz de mi generación. O al menos una voz. De una generación". Y sí lo logró. Habla de muchos temas, e invita a pensarlos.


Entonces, si me preguntan a mí, el episodio nueve es definitivamente el final de la serie. Ese baile de las cuatro amigas rememora a aquel momento fuera de la casa de verano de la tercera temporada. Solo que esta vez se siente que no hay vuelta atrás en su amistad, ni posibles reencuentros. Y quizás para muchos Lena debió haber acabado la temporada en ese momento. Evitar el episodio diez que podría ser uno más de la temporada. Pero Hannah necesitaba tener su final sola. La odies o no, es su decisión, y como me dijo mi amiga Lara que apenas comienza a verla: “tal vez todos tenemos algo de Hannah que nos hace sentir incómodos”. A lo mejor, esa obligación de vernos en ella, es muy incómoda. Y por eso nos cuesta tanto.


Además, como su mismo personaje dijo alguna vez: "Nadie podría odiarme tanto como me odio a mí misma. ¡Cualquier cosa horrible que me quieras decir ya me la he dicho a mí misma en la última media hora!". Así que, en conclusión, dejemos de perder el tiempo pensando en cosas horribles del final, porque ya Lena lo había pensado antes.

 
 
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