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[Fragmentos originales de mi reseña sobre With love and rage provienen de la columna Aproximaciones que escribí para el Diario Oficial de la 74 Edición del Festival de San Sebastián]


Decía Pier Paolo Pasolini que “la lengua del cine es fundamentalmente una lengua de poesía”, no sustentada “sobre una base institucional de lengua instrumental, posesión común de todos los parlantes, […] lengua comunicativa” regulada por un diccionario, sino en otros sistemas de signos irracionales, las imágenes (im-signos) mímicas y del ambiente y las “del mundo de la memoria y de los sueños”, signos visivos e iconográficos, pre-gramaticales y pre-morfológicos. Añadía Jean Epstein que si los libros estarían del lado de Yahvé, en tanto que propagadores de la estatizante, inerte, equilibrada y tradicional lógica del lenguaje, una ley inmutable eminentemente silogística, deductiva y racionalista; el cine era revolucionario instrumento demoniaco en tanto que compartía con el libertario y tentador Satán la defensa del movimiento perpetuo al convertir en líquida, maleable y viscosa hasta las construcciones causales-identitarias más fijas y sólidas. Manu Kaul, Luis Buñuel, Germaine Dulac, Maya Deren, podrían añadirse a esta estirpe de cineastas-teóricos a partir de los que una dicotomía irresoluble parecía imponerse. La de la palabra como general, simbólica, abstracta, narrativa, estática, sacral, fundamentada, racional, comunicativa, limitante, deductiva, sólida, entitativa, prosaica, comprensible, significativa, descifrable, conceptualizadora, fría..., frente a la imagen cinematográfica particular, iconográfica, concreta, móvil, demoniaca, anárquica, irracional, prelingüística, libre, inductiva e intuitiva, líquida, procesual, poética, incomprensible, inmediata, sensible, afectiva... 


Sin embargo, muchos años después, en la 74ª Edición del Festival Internacional de San Sebastián, un buen puñado de nombres, de Benjamín Naishat y María Alché a Bojina Panayotova, pasando por Valentina Maurel o Los Javis, introducen como elemento capital de sus filmes la palabra escrita, caligrafiada o leída, diarística o epistolar, prosaica o poética, demostrando la vivacidad del cine para superar las definiciones esenciales más asentadas. Esos mensajes grabados a tinta para la posteridad tienen, a su vez, otro elemento común: el amor. 


En su autobiografía a flor de piel La belle année (Zabaltegi-Tabakalera), una desnuda y vulnerable Angelica Ruffier relata los fantasmas del pasado que, tras la muerte de su padre, se despiertan a su regreso al caserón en la campiña francesa de su infancia. Documental con puesta en escena ficcional, muy trabajada en el montaje, La belle année completa el retrato de un frágil y complejo duelo marcado por el trauma (de nuevo, el trauma) de los abusos y violencias de un padre despótico (bien archivadas en vídeos caseros), con la reconstrucción lúdica de lo que, en su día, fue su vía de escape: su perdido enamoramiento adolescente hacia su profesora de historia, Mademoiselle Bresson. Una evocación producida por el encuentro con su ruborizante diario, cuya lectura acompaña con imágenes oníricas, una recreación ensoñada de la fantasía.



En cambio, en Pedro en el país (Zabaltegi-Tabakalera), de Benjamín Naishat y María Alché, tras imágenes de archivo de la propagandística publicidad con que se vendieron los Juegos Olímpicos de México D.F. de 1968, días antes de la masacre de Tlatelolco, un travelling en cámara lenta por calles bien abandonadas, bajo el flujo jazzístico de un saxofón, ilustran sin ilustrar las militantes y amorosas misivas leídas por Lucía Adúriz y Mariano Llinás que, entre 1955 y 1957, se enviaron Alicia Eguren y John William Cooke desde las respectivas cárceles a las que les condenó el Golpe de Estado que derrocó a Perón. Es un prólogo que resalta el componente íntimo de la Historia. Ese que, a lo largo de una hora, Pedro Gustavo Catella Eguren, hijo (e hijastro) de los intelectuales, escritores, combatientes y dirigentes del peronismo revolucionario citados (ambos llegaron a luchar junto al Che), prueba una y otra vez en su singular testimonio, rico en detalles y adornos descriptivos, y grabado con la austeridad del busto parlante encuadrado con pocas variaciones (y mínimos planos detalles), para dar todo el protagonismo a sus fascinantes palabras, sin ocultar los cortes de montaje que remontan, condensan y omiten partes del discurso original. La anécdota chismosa, la especulación hermenéutica y la reflexión personal se dan la mano con el pormenorizado relato de eventos fundamentales de la Historia política argentina, latinoamericana y mundial, en primera persona: de la Revolución Cubana a la creación de la triple A, del exilio de Perón en la España franquista al espionaje de la CIA. 


Una cita del ensayo biográfico Alicia en El País, del historiador Miguel Mazzeo, culmina tan fascinante viaje: “Estas experiencias suelen ser negadas, encubiertas, destituidas compulsivamente de su universalidad y declaradas insignificantes, porque la autodefinición y la autocomprensión en torno a ellas alimentan las insurgencias y las iniciativas políticas populares, porque ponen en juego modos de comprensión no colonizados, diferentes a los del populismo o la izquierda dogmática”. Una glosa que evidencia la importancia que, para los directores, tiene la escucha de vivencias como las de Pedro. 




De finales va la cosa. Así es en el bello trance que une hipnóticamente el exilio republicano con el mapeo de lenguas y sonidos en extinción de la delicada y moderna Lejos de los árboles (Zabaltegi-Tabakalera), de Meritxell Colell, que, tras enfatizar en cada contraplano sostenido la posición situada de quien escucha al Otro, termina con una cariñosa toma de palabra, una respuesta afectuosa a aquel de quien se toma el relevo. 






Así es en el cierre del magnético compendio de los errares precarios y disfuncionales de Siempre seré tu animal materno (Horizontes Latinos), de Valentina Maurel, trepidante y empático agregado de las dificultades vitales de sus delirantes tres mujeres protagonistas, perfectas en sus imperfecciones. Eva regresa a su Costa Rica natal, tras años estudiando en Europa, con la intervencionista sobreprotección y la superioridad del prejuicio burgués occidental, intentando “salvar” (a pesar de sus rebeldes resistencias) a su esotérica hermana, Amaia, que espanta con hechizos a los espíritus que la violan cada noche, mientras abre su desordenada casa a punkis colegas, camellos y matones de poca monta, y la cierra a cal y canto a la mujer de la limpieza. Totalmente indiferente, Isabel, su madre divorciada, atraviesa una crisis de identidad, quitándose las bolsas de los ojos en las vísperas de la reedición de su primer poemario, profundamente erótico. Una vida que la maternidad le hizo dejar atrás, como recuerda con rencor. Interpretada con el descaro del mumblecore (recordando especialmente el coming of age de Lady Bird) y filmada con enérgico teleobjetivo y una fluidez de continuidad extraordinaria en su cruce de miradas bajo el montaje rápido de primeros planos, Siempre seré tu animal materno reitera la lectura de unos versos que, en sus últimos compases, se entonan ante las calles de una ciudad sin más relato, dejando espacio para que el espectador interprete por sí mismo, bajo una nueva luz, las rimas entre las líneas y el terremoto emocional previamente contemplado. 



Tan parecida y tan distinta la lectura de “El amor duerme en el pecho del poeta” de Federico García Lorca, en el desenlace de este entretenidisimo fanfic wattpatero (en el sentido más genuinamente encantador o cuco del término, gracias Freddy por alumbrarme esta vía analítica) de ambición desmedida que es La bola negra (Perlak), el comentadísimo segundo largometraje de Javier Calvo y Javier Ambrossi. Sin ánimo de polemizar sus cuestionables decisiones de (des)representación política ni de elucubrar sobre sus (muchas) posibilidades de Oscar, me limitaré a lanzar dos ideas (discutibles) que alcanzan su epítome en el clímax de esta adaptación de La piedra oscura de Alberto Conejero, que también tiene la valiente osadía de reescribir a Lorca (a su manera) y el tino de aterrizar los frutos de lo reprimido (esos romances queers ocultos en las cunetas) en la contemporaneidad más reconocible y humanamente compleja, en los cuerpos de Carlos González y de la fiel comunidad de amigxs de los directores. 


Primero, La bola negra es cine teleológico que controla todos sus elementos conociendo de partida su punto de llegada, y subordinando consecuentemente toda imagen al destino de su narrativa, que, por ello, resulta, a simple vista, profundamente satisfactorio. Ello explica la tensión entre el solo aparente detallismo (en el fragmentario inicio que se cruza a cada rostro y objeto significativo, en las fugas musicales, en las conversaciones naturalistas en segundo plano) con la estetizante total ausencia de profundidad de campo en muchos de sus planos, que orientan la mirada incesantemente y no dejan vivir a sus fondos, irrelevantes en el devenir argumental. La imagen tan cautiva como los caracteres que la poblan. 



Segundo, su montaje (y sonido) es de una soltura y ritmo impagable (las 2 horas y media pasan en un suspiro) a la hora de saltar continuamente y sin pérdida entre las tres temporalidades que conforman la cinta, líneas narrativas de una elementalidad arquetípica insoslayable en los dilemas y pulsiones de los personajes: la reconstrucción de la obra teatral lorquiana La bola negra, en 1932; la atracción entre un preso convencidamente republicano y un “accidental” soldado franquista, en 1937; y los intentos de un insatisfecho dramaturgo por cerrar una inesperada herencia ante el reciente fallecimiento de su abuelo, en 2017. Pero los acompasados enlaces epocales de tal edición no parecen (a ojos de este espectador) estar movidos por o generar fértiles ideas salvo en su desenlace, cuando el poema de Lorca se haga comprensible guiando y siendo guiado por las imágenes, antes separadas en lo reflexivo y que finalmente se unifican en un discurso común. Tanto en Siempre seré tu animal materno como en La bola negra el poema compendia y cierra con fuerza sentimental, pero si en la primera apela al recuerdo ante imágenes “vaciadas”, libres de su yugo, en la segunda coordina y domestica sus figuras visivas, siempre subordinadas a la literalidad del texto y a la estructura del guion. 


Pero, ¿y si la palabra, no siendo leída sino escrita en pantalla, convertida en imagen, no unificara o envolviera lo visto, sino que formara parte de la fragmentación? Así ocurre en el fascinante collage impresionista de materiales híbridos With love and rage (Zabaltegi-Tabakalera), de Bojina Panayatova. El 17 de noviembre de 1980 tuvo lugar una histórica protesta ecofeminista, antimilitarista y antinuclear de desobediencia civil no violenta: la interseccional Women´s Pentagon Action. Más de dos mil mujeres (pacifistas, católicas, brujas neopaganas, lesbianas radicales, sin partido ni sindicato común), acompañadas por gigantescas marionetas, participaron en esta desconocida performance de guerrilla estructurada en 4 estados emocionales: el luto (la marcha por el cementerio de Arlington, con la colocación de lápidas caseras para las brujas de Salem, Karen Silkwood o “las tres mujeres vietnamitas que mi hijo mató”), la furia (el caótico acercamiento al Pentágono, bajo los gritos de “No more war”, no más guerra), el empoderamiento (rodear en solidario círculo la sede del Departamento de Defensa estadounidense, con la lectura de la Declaración de Unidad) y el desafío (el bloqueo de las entradas del Pentágono con sentadas y redes de hilos multicolores destrozadas por la policía). 



Panayatova, consciente de la actualidad de la manifestación (suficientemente subrayada en la coda del film), apuesta, antes que por una reconstrucción histórica o un reportaje cronológico, por un recorrido poético, político e íntimo que, descontextualizando sus imágenes, se vuelca en las resonancias. Un auténtico trance hipnótico que alterna con audacia inmersiva los discursos teóricos heterogéneos a modo de manifiesto, en voz en off, de autoras como Audre Lorde, Judith Butler o Donna Haraway, puestas en diálogo, con un conciso diario subjetivo ficticio, relato en primera persona escrito en pantalla, de una incipiente activista que siente con intensidad el viaje anímico y afectivo propuesto en la acción. Lo íntimo se confirma como político, la militancia se hace desde el cuerpo. 


Con un diseño sonoro que acerca la película al ritual, Panayatova logra, así, invocar la energía de la acción en un patchwork que se aleja de las representaciones hegemónicas para suscitar asociaciones entre el evento, el imaginario que lo subyacía y la vivencia que le daba forma. Para ello, esenciales son las febriles fotografías de Joan E. Biren, Diana Mara Henry, Katrhyn Kirk, Dorothy Marder, Ruth Mountaingrove y Robin Lloyd, las subyugantes cintas experimentales de Robin Lloyd y Barbara Hirschfeld, y, sobre todo, las catárticas filmaciones in situ, desde dentro, de Kate Donnelly, Chela Blitt o la propia Hirschfeld, de cuyos sensuales movimientos emana la política libidinal que se ponía en juego en el evento.




 
 

Si en The Man I Love, Tender Loving Care y Wilde Horse Nine sus protagonistas empiezan a ser incapaces de recordar a pesar de sus titánicos esfuerzos, el peso de un pasado imperdonable o de un trauma irreparable arrastra al desquiciante límite o a la pesadumbre insostenible a los personajes centrales de diversos títulos repartidos por diferentes secciones del festival. 


Body of glass (New Directors, ganadora de la sección), ópera prima de la alemana Naëmi Ada, comienza con un espectacular y tenso plano secuencia. El sonido de la violencia verbal y de una coral polifónica reverbera por las paredes de la sala, proveniente de distintos altavoces que envuelven al espectador. La cámara, desde la parte trasera de un coche que avanza a toda velocidad, enfoca la zigzagueante y pindia carretera que queda atrás, mientras un martilleante tecno empieza a dominar el diseño sonoro. Una puerta se abre y Tian, una prometedora bailarina inmersa en una tóxica e inescapable relación de violencia de género con Felix, su mentor, es abandonada en mitad de la rocosa montaña. El resto de la película podría ser un intento de espectador y protagonista de recuperarse de este shock inicial, así como de todos los asfixiantes y agresivos gestos de Felix que siguen. 


Pero el silencio como resistencia de Tian (similar al de la Gülizar de la turca Belkis Bayrak) pronto da paso a una incómoda vía de escape que pasa por una arriesgada y perturbadora doble mentira que deja en vilo, y que, traspasando límite tras límite (“that escalated quickly”), resulta cada vez más insoportable y suspensiva: una ocultación del estado de Felix a la compañía de danza acrobática que dirige y, sobre todo, una suplantación de identidad hacia un cariño basado en el engaño de un duelo compartido. Mejor no desvelar más. Pues aunque su complejidad psicológica a veces resulte arbitraria, lo que no se puede negar es que es, por momentos, bastante inesperada. De Body of glass destaca, por último, como Naëmi Ada saca rédito a su formación coreográfica para ofrecer una obra muy física, tanto por sus inmersivas secuencias de baile, como por su énfasis en los efectos posturales, gestuales y expresivos de la emoción actoral, y, sobre todo, por hacer uso constante de la cámara en mano como una presencia danzarina en el espacio, como un intérprete más. 




También empieza de lleno Josephine (Perlak), de Beth de Araújo, la gran revelación del pasado Festival de Sundance, donde obtuvo el Gran Premio del Jurado y el Premio del Público. Su sugerente primer plano, totalmente subjetivo, contiene una rotunda declaración de intenciones poéticas. Desde los ojos de Josephine, vemos y escuchamos la orden paterna: dar al botón de cierre automático del portón del garage y salir corriendo antes de que este toque el suelo. Un entrenamiento arduo al que la cámara responde con el temblor del pánico, la indecisión del temor de la apocada niña de ocho años protagonista (cuyo dolor interioriza con sutilidad la debutante Mason Reeves). Queda expresado: de aquí en adelante, todo el desmoronamiento psicológico, todas las confrontaciones familiares, todo el terror fantasmal del trauma se sentirá desde la sensibilidad infantil, se sostendrá desde el impresionismo incomprendido de su mirada. Y ello, y en esta compatibilidad está lo auténticamente sorprendente, sin restar complejidad a las vicisitudes del antagonismo matrimonial (en crisis), a los matices anímicos y performativos (de género) de cada uno de sus padres en su evitación o confrontación, en su ocultación o respuesta brutal ante el Evento; y sin perder de vista la exposición crítica de las causas sistémicas, judiciales, culturales, institucionales e ideológicas del perdurar del Trauma, los fundamentos de que las reverberaciones del Hecho no dejen de derribar a Josephine. 



Pero, ¿de qué Evento, Trauma o Hecho estamos hablando? En la segunda secuencia, Josephine se aleja corriendo de su padre, una mañana gris en el Golden Gate Park de San Francisco, y, desde la distancia, vislumbra un suceso que la impacta sin entender muy bien qué ha ocurrido: una salvaje violación, filmada con crudeza, sin medias tintas. El mundo se derrumba. Una perpleja Josephine no deja de reconocer o proyectar obsesivamente en cada mínimo detalle las huellas, los patrones o los gérmenes del atroz acto. Imitando inconscientemente lo que ve tanto como intentando alejarse de ello, Josephine, impulsada por el miedo, empieza a seguir los hostiles principios autodefensivos de su bienintencionado padre (Channing Tatum), ese himbo (gracias a Mariona Borrul por descubrirme este preciso término en su crítica para Fotogramas) de masculinidad herida cuyas sugerencias sobre la necesidad de armarse y de radicalizar el castigo penitenciario ante la enfermedad del criminal acaban reproduciendo la violencia testosterónica a la que se opone. Al mismo tiempo, la niña da la espalda a su padre cuando abraza con fuerza a su madre (Gemma Chen), compadeciéndose de la “debilidad” e indefensión de quien intenta salvar la situación y proteger a su criatura sembrando la cordura con una pudorosa y mecánica enunciación de un aséptico didactismo. 



Cada momento del filme, en continuo descenso hacia el horror, está cargado de arriesgado (y algo telefilmero, pero efectivo) simbolismo sin perder la autenticidad emocional, incluso cuando uno siente que ciertos arcos, conclusiones, acciones o instantes no se han “ganado” desde la perspectiva de la verosimilitud narrativa. Poco importa, de tanta fuerza y memorabilidad que tiene cada momento de esta monster movie particular. Hasta llegar al hostigamiento insoportable de un juicio en plano secuencia que quita el aliento e invita a la sororidad. 


Lejos del inicio de impacto, en la minúscula (argumentalmente) La Perra (Horizontes Latinos), de la chilena Dominga Sotomayor, el trauma indomesticable que resuena en la conexión a ras de suelo entre Sílvia y su can callejera tarda en revelarse. En esta concreta, pausada y observacional adaptación del libro homónimo de Pilar Quintana, es la desaparición del animal el detonante del flashback de infancia que, a base de fundidos encadenados, lo explica y despierta todo. Pura simpleza narrativa cargada de ecos simbólicos, psicológicos, sensitivos y poéticos que generan paralelos y divergencias entre sus dos protagonistas. Lo que queda es la desaforada sensibilidad naturalista (en términos deleuzianos) de las pulsiones, la fuerza telúrica de las presencias dolientes, rastros de lo perdido, la eroticidad inasible de un evocador y orgánico escenario isleño de indomable oleaje, tempestuosas ventiscas y enverdecidos pastos, rodado con la melancólica luz del atardecer, el mortecino fluorescente y los matinales haces brillantes que queman la imagen. 




En su entretenido ejercicio de memoria histórica Glaxo (Sección Oficial), el habitual en el Zinemaldia Benjamín Naishat cruza incesantemente más líneas temporales que Sotomayor, debidamente diferenciadas por su relación de aspecto y gramática audiovisual cercanas a la del cine de la época retratada: un prólogo de cine callejero, con toques de la urgencia neorrealista de Roma, ciudad abierta, en 4/3, para la representación de esa masacre clandestina del 10 de junio de 1956 que fueron los fusilamientos de José León Suárez; la historia, más extensa, de amistad y sueños juveniles, impunidad política, despertar sexual e inocente amor con regusto melodramático de 1957, con una desleal traición desvelada a cuentagotas en el centro, filmada a 1:85:1; y el scope en 1984 para el sucio y oscuro noir en torno a un expresidiario que regresa resentido a su pueblo, Chivilcoy, sin dejar de remembrar lo que ocurrió en 1957.  


Aunque desequilibrada, con anodinos movimientos de cámara y gamas cromáticas netflixeras y una male gaze (hacia Lali Espósito) elevada al cubo, esta atmosférica adaptación (de encargo) de la enredada obra homónima de Hernán Ronsini presenta una crítica pertinente, más o menos oblicua en su prisma íntimo, a los crímenes y vergüenzas todavía no resueltos de la(s) dictadura(s) argentina(s). Un tema que emparenta Glaxo con la segunda película presentada por Naishat, en codirección con María Alché, en la Zinemaldia: Pedro en el país, recopilación del singular testimonio del peronista Pedro Catella. 




 
 

[Fragmentos originales de mis reseñas de Tender loving care y Wilde horse nine provienen de la columna Aproximaciones que escribí para el Diario Oficial de la 74 Edición del Festival de San Sebastián]


Cuando Possible love parecía sumirnos en la creencia de que difícilmente los creadores artísticos privilegiados podían descender y capturar las existencias de quienes tienen menos, sin neutralizar sus experiencias o convertirse en extractivistas pornógrafos de la miseria, llegó de repente ese milagro llamado De repente (Perlak), para restaurar nuestra confianza en el cine, el teatro, el arte, como herramientas para mejorar y hacer más habitable el mundo. El cineasta japonés Ryusuke Hamaguchi, como hiciera en la célebre adaptación de Murakami Drive my car, vuelve a poner en el centro la belleza de un encuentro inesperado, de esos que nos permite crecer a través de los ojos de lx otrx. Y lo hace entrelazando debates y reflexiones filosófico-políticas que bien podrían competir con el conflicto central de su radical alegato ecologista El mal no existe. 


De repente, basada en esa compilación epistolar de veinte cartas entre la filósofa Maoko Miyano y la antropóloga médica Maho Isono llamada Suddenly Feeling Unwell, se despliega con luminosa delicadeza, con la constancia de la tenue brisa para erosionar poco a poco hasta los muros, las costumbres y los sistemas más infranqueables. Durante sus más de 3 horas de gigantesca poesía audiovisual a minúscula escala 4/3, Hamaguchi elabora una defensa tan sutil como contundente de esas utopías íntimas que superan el capitalismo convirtiendo en difusos los límites entre su exterior e interior. Una obra propositiva como pocas que demuestra tanto silogística como emotivamente la deseabilidad de la Humanitude (en un sentido amplio), filosofía del cuidado a pacientes, desarrollada en Francia y muy popular en Japón, que enfatiza el contacto de la mirada, el tacto físico y la comunicación constante a partir de la palabra, bajo la posición de la apertura permanente al Otro, en solidaridad constante, en una cultural del “ser” en tanto opuesta a la del “poseer”. 



Mirada, contacto y verbalidad. Bien podría ser una enumeración meta-cinematográfica de los componentes que Hamaguchi enfoca repetidamente en cada uno de sus planos, composiciones cuidadas con tanta dedicación y hermosura como se cuidan mutuamente las dos protagonistas. Ellas son la francesa Marie Lou y la japonesa Mari, interpretadas con dulzura desarmante por las bilingües Virginie Effira y Tao Okamoto, ganadoras del premio a la mejor interpretación femenina en Cannes. Marie Lou es una antropóloga al borde del colapso que trabaja en una residencia para ancianos con demencia, donde intenta implantar la Humanitude, a pesar de las dificultades de aplicabilidad del idealista método a una circunstancia práctica como la subordinación a la financiación externa y las precarias condiciones laborales. Mari es una filósofa con un cáncer terminal que activa su pensamiento día a día en la obra teatral interactiva “Da vicino nessuno è normale” (de cerca nadie es normal), interpretada por un actor japonés muy mayor cuyo nieto tiene un autismo muy pronunciado. Su encuentro repentino otorga toneladas de esperanza y vida a cada una, acompañándose desde entonces en las alegrías y las penas, hasta que la despedida sea inevitable. Estructurada como un detallista diario, de All of a sudden tan memorables son las locuaces conversaciones sesudas bajo precisos travellings o las explicaciones didácticas en una pizarra sobre los males sistémicos del capitalismo, como la fugacidad efímera de un paisaje que se ilumina con la tonalidad amable del amanecer. Pura magia. 



Como Mari, Chris, Geoffrey y Jimmy padecen enfermedades que hacen inminente sus muertes. Como los residentes de Marie Lou, la demencia y la pérdida de memoria empieza a afectarles severamente. Como en All of a sudden, en The man I love, Tender loving care y Wilde horse nine, el cuidado de sus protagonistas adquiere una importancia esencial. 


La oda vitalista The man I love (Perlak), del norteamericano Ira Sachs, es tanto emocionante retrato de Jimmy George, un actor con sida que se aferra a su pasión con una persistencia arrolladora, como rico fresco afectivo de la escena queer underground neoyorquina de los 80, azotada por el virus; tanto cine físico de cuerpos sudorosos, desmesurados, festivos, sintientes, impulsivos, como obra de cámara, de palabra, de interiores, de contención, de reveladora intimidad (en su dosificación inicial de cierta información). En todos los casos: un filme en torno a la energía, la intensidad y el deseo de estar vivxs. 


Líder del grupo de teatro experimental The Mechanicals, Jimmy George intenta superar la etapa más crítica de su enfermedad embarcándose en la preparación de una inmersiva adaptación teatral de la cinta franco-canadiense Il était une fois dans l´est, en la que interpretará a Carmen, una corrosiva y serpenteante cantante drag cansada de su troupe de músicos. Rami Malek, el protagonista, está desbordante a todos los niveles. Por un lado, despliega con gracia su histrionismo imitativo (tan cargado de afectación en Bohemian rhapsody), al servicio de una compleja composición de un actor cuyas dotes miméticas empieza a quebrarse, en un frágil desenmascaramiento cargado de vulnerabilidad, donde cada esforzado movimiento y cada olvido de las líneas de diálogo produce tensión y compasión. Por otro lado, la corporeidad sobrecargada del cansancio, el agarrotamiento muscular de quien se empuja hasta el límite y la sonrisa resquebrajada en un rostro demacrado como expresión de la convivencia del apacible disfrute eterno y las ráfagas incesantes de dolor y debilidad. Y por último, sus hermosas y sentidas interpretaciones musicales de Look What They´ve Done to My Song, Ma, de Melanie Safka, o The Man I Love, de George Gershwin, parte de un ecléctico jukebox sonoro que alcanza sus mayores cotas de emoción cuando combina con disonancia temas diegéticos y extradiegéticos, expresando la represión y la ansiedad sentimental. 



Pero Jimmy no sería nada sin el entorno del que recibe constantes alientos para seguir adelante. Dentro de su estructura fragmentaria, conformada por viñetas queers contraculturales o brochazos pasionales melodramáticos, es difícil olvidar esa secuencia en que, reunidxs alrededor de una mesa, toda la heterogénea comunidad artística alrededor de Jimmy afina embriagada sus voces para entonar, entre el entusiasmo y la timidez, las canciones que hacen más luminosa su existencia. En general, cada escena, tanto como la película en su totalidad, se comporta como un “entre”, una fracción de una realidad tan detalladamente construida que parece preceder el “acción” y perdurar tras el “corten”, de una vida tan íntima que hace sentir intruso a quien la contempla. En particular, la radiografía social de esta película con look y aroma añejo se concreta en las tensiones, comprensiones y explosiones del trío protagónico, completado por la entrega devocional y servicial de Dennis (Tom Sturridge), abnegada pareja de Jimmy que cuida al milímetro el abastecimiento de un sinfín de pastillas a su amado, y por la atracción desaforada y autodestructiva de Vincent (Luther Ford), joven británico que, tras su mudanza al piso de Jimmy, comienza un incontenible affaire con el actor. Precioso es como Sachs despide con justicia y cariño a cada uno de los personajes, en una sucesión de sobrecogedoras secuencias finales que dejaron a quien escribe estas líneas temblando del llanto hasta el final de los créditos. 


Fue Ira Sachs quien, como presidente del jurado, ofició la entrega de una merecidísima Concha de Oro al canto de cisne de Mike Leigh (retirado de la dirección por problemas de salud debido a su avanzada edad): la acogedora Tender loving care (Sección Oficial), uno de esos oasis fílmicos en que uno desearía quedarse a vivir. Hace tres años, en Hard truths, Leigh se sumergía en la estruendosa furia confrontacional, antipática, voceras, cargante, hipócrita, amargada, obsesiva, escrupulosa, tiquismiquis y criticona de Pansy (pura disfuncionalidad interpretada huracanadamente por ese prodigio con el nombre de Marianne Jean-Baptiste), una tan irritante como cómica madre con un trauma hirviendo por sus entrañas. En cambio, la focalización centrípeta en una protagonista tan arrolladora como Pansy es sustituida, en Tender loving care, por la fuerza centrífuga de esa ristra de anécdotas que revela la psique de hasta los personajes más secundarios, amados por igual por Leigh. 


Con la dulzura minimalista de la marimba de Gary Yershon, la depuradísima Tender loving care nos presenta a su modélica, impoluta, familia protagonista, resistiendo ante cada combate cotidiano. Por un lado, las compañeras de piso Amy y Rosie, dos carismáticas, alegres y muy dedicadas trabajadoras sociales interpretadas con contagiosa expresividad por Kate O´Flynn y Alice Bailey Johnson (hija de Leigh). Por otro lado, los entrañables padres de Amy, Birdie (Marion Bailey, cuyo esposo es el propio Leigh, dotada de un don natural para relatar el más nimio detalle de manera hilarante) y Geoff (un tierno y apacible Paul Jesson), los románticos definitivos, de cuya armonía matrimonial emerge un cariño inmenso hacia el prójimo y un deseo constante de hacer más felices las vidas de quienes les rodean. Ellos discuten y se lamentan sobre el deterioro del Estado del bienestar, los recortes y la privatización, la crisis sanitaria, el estigma de los servicios sociales, etc., haciendo explícitas las premisas políticas de Leigh. 



La película muestra las rutinas de Amy y Rosie intentando quebrar los escudos de los jóvenes y ancianos que cuidan para poder darles las herramientas que necesitan (a pesar de su visión usualmente positiva, Leigh no oculta las tensiones que puede generar su excesivo y paternalista intervencionismo), para después, en la tranquilidad nocturna, divertirse con copa de vino en la mano bromeando sobre sus fallidos escarceos sentimentales y sexuales. La cinta se recrea en cada visita a la residencia paterna, para dejar que Birdie y Geoff nos regalen un interminable repertorio caricaturesco de chascarrillos excéntricos y recuerdos divertidos, hasta que la demencia haga que este deje de poder hacerlo. No hay más que esto en Tender loving care, la vida sin resoluciones dramáticas, la tonalidad de la cotidianidad despojada de adornos. Eso y la expresión en cada plano, movimiento de cámara, encuadre y secuencia, de experta artesanía clásica oculta en la apariencia improvisada de sus diálogos, de una profunda y dignificante visión ética. Eso y una capacidad inigualable para llevar al espectador de la carcajada y la sonrisa a la pena y pesadumbre, en cuestión de segundos. 


Con similar habilidad para entremezclar estados emocionales en una obra dialógica que, haciendo uso igualmente de la repetición, limitados escenarios y una banda sonora transicional, también ponía el foco en un hombre con demencia, el dramaturgo británico-irlandés Martin McDonagh presentó su alabada Wild Horse Nine (Perlak). Fin de las semejanzas. Donde McDonagh hace gala de verborreicos bucles “beckettianos” sobre el más profundo de los vacíos, Leigh concede una sinfonía de rememoranzas con una fidedigna emulación de lo oral. La mirada cariñosa de Leigh hacia todos sus muy humanos caracteres, frente a la cínica sátira compasiva de McDonagh en torno a un protagonista arquetípico. En su sucesión de miradas cuidadosas, las mujeres de Tender loving care nunca quedan aisladas, en sus corazas, pero McDonagh enfatiza y sostiene cada solitario plano de reacción sin respuesta. Hasta que una canción en sintonía (como la que también recitan con amor Amy, Rosie y Birdie) precede aquello que las protagonistas de Leigh hace tiempo sabían: que, más allá de egoístas redenciones, lo que importa es estar ahí, acompañar y acompañarse.  



McDonagh hace compendio de sus obsesiones en este western “deprimente”, del paisajismo melancólico de Almas en pena de Inisherin, a la redención de las más despreciables figuras de poder (de nuevo a cargo de un excéntricamente sobrepasado Sam Rockwell) de Tres anuncios en las afueras, pasando, especialmente, por la reclusión en un entorno turístico de dos asesinos en tira y afloja de Escondidos en Brujas. En Wild horse nine, Chris, interpretado con lirismo crepuscular por John Malkovich, es un derrotado y arrogante agente de la CIA con un cáncer terminal que, en 1973, pasa sus últimos días en la isla de Pascua, conversando, entre palabrotas y barrabasadas, sobre la relación entre los “países gays” y el queso o sobre si hay dinosaurios en el Cielo; y jactándose de su atroz papel en los asesinatos de Lumumba o Kennedy o en la “desestabilización de la democracia” de Allende, al servicio del cada vez más descarado intervencionismo del servicio de inteligencia estadounidense (“ahora lo sabemos” dice Tom Waits en un espectacular cameo). Pero la inminencia de la muerte también despierta la conciencia del arrepentimiento, un fugaz y empático anhelo de reparación que, con todo, no logra trascender el derrotista pesimismo sin réplica política posible, la “lúcida” resignación que impera en el largometraje, ni profundizar en la especificidad histórica de un Chile convertido en exótico decorado, con Violeta Parra y Víctor Jara sonando de fondo, en agridulces homenajes, y el personaje local de Mariana di Girolamo, seguidora de la Unidad Popular, convertido en superficial recipiente algo voluble de las reflexiones de Chris.




 
 
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