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G22 D22

Autopublicación, 2025

EL BRILLO "2025"


G22 D22 es un fotolibro que parte de la ciudad. Nace en los buses de Bogotá y se construye desde la idea del tránsito. Las fotos se enlazan unas a otras y se despliegan en un recorrido sobre el papel Es un libro de imágenes para detenerse a observar estos registros de manos de personas foráneas que van en el bus: un recorrido de ida y vuelta, con planos detalle de lo que sostienen, aprietan o liberan. Es un ejercicio estético y artesanal, cuya poética propone mirar desde el movimiento, aceptando que el paisaje urbano no es postal, sino roce.


El título, con esa lógica de coordenada o ruta, sugiere una manera de orientarse que no es turística, sino más bien afectiva, cotidiana, casi de supervivencia. Y ahí el libro se vuelve interesante no solo por las imágenes que contiene, sino por la idea de edición como coreografía: cómo se “ordena” el movimiento sin domesticarlo; cómo se imprime la calle sin quitarle el ruido; cómo una secuencia puede convertirse en memoria. Más que un acordeón, el papel juega con sutiles cambios de dirección, como lo hace el transporte público. En ese sentido, G22 D22 no parece querer ofrecer una historia, sino abrir un método: mirar mejor lo que atraviesas todos los días y descubrir que el trayecto, cuando se atiende al detalle, también puede ser un lugar.



 
 

Actualizado: 24 dic 2025


HISTORIA DEL ARTE

Paul Cox

Traduce: Julia Osuna Aguilar

EL BRILLO "2025"


Este libro se llama Historia del arte, pero debes saber que no se trata de una cronología al uso. No pretende ordenar el canon con reglas de museo. Al contrario, esta historia se narra como un cuento, al que se le agrega una pizca de humor y hallazgos visuales. Paul Cox arma una “historia” en clave de narrativa gráfica, donde lo importante no es la acumulación de datos, sino el modo en que las imágenes piensan: el estilo como estado de ánimo, la forma como solución a un problema, el cuadro como escena, el uso de las líneas o de las cuadrículas como punto de apoyo.


Su protagonista, Luco Pax, tiene un conflicto dramático vital: el síndrome del lienzo en blanco. A esto se suma, posteriormente, un conflicto amoroso mucho más complejo, pues ama a la hija del rey, que está encerrada en la torre que da justo frente a su ventana. En ese acorralamiento artístico y personal, el libro se permite el disparate lúcido de darle un pincel mágico que lo conduce a un desplazamiento por referencias, épocas y maneras de mirar y, por lo tanto, a la radical originalidad de este relato. A través del humor absurdo, de la ironía acerca de la representación del poder, y haciendo uso de referencias clásicas como el “mítico” traje del rey, la estructura del relato va dando tumbos en una aventura abierta en interpretaciones.


El verdadero acierto de Cox es que no explica el arte: lo hace pasar por el cuerpo del lector con ritmo de aventura. Te deja con una sensación rara de familiaridad, como si ciertas obras o movimientos fueran, en el fondo, formas distintas de resolver el mismo conflicto: ¿qué hago con el mundo?, ¿cómo lo pongo en una superficie?, ¿cómo le doy forma al amor?



 
 


Siempre que llega a mis manos un nuevo poemario, recuerdo uno de los mejores consejos que daba Hanni Ossott para aquellas personas que quería leer poesía: debes querer leerla. “Querer como querencia. Sin mala fe ni desesperación. Averiguando qué diablos quiso decir el poeta”. Apuntaba que una persona puede pasar muchos años rumiando un verso que no comprende, pero de la cual se alegra, porque en el fondo hay un algo que cree entender. “Y así uno manda la razón y la conciencia a paseo. Cada quien sostiene a un poeta”.

 

¿Qué pasa cuando eres la persona que escribe?, ¿qué sostiene a una poeta?, ¿escribe desde esa querencia o desde una necesidad?, ¿una urgencia?, ¿una farsa? Son preguntas que me hago cuando leo los versos de “Mentirijillas”, el primer poemario de Sara Madrid Jordán publicado por la editorial La Pipa de Kif. O, mejor dicho, de este pacto privado que se establecen entre tres amigas: Silvi, Lilia y Mar, y cuya voz poética nos conduce a un idioma propio, a un código secreto con el que toca pactar, para que el lector pueda formar parte de esta relación.

 

“compartimos una única cosa

la pasión por los micromundos”

 

Se encuentran, se observan, se (contra-) dicen, se maquillan, conversan, editan, negocian y crean juntas su propio microcosmos y un documento SECUNDAMOS LA CONMOCIÓN, que arrojan sus conclusiones de diversos estudios en donde juegan con las normas para nombrar (-se). Lo hacen de forma juguetona, seductora, insidiosa porque aspiran entenderse dentro y fuera del texto. Miento, que tampoco se toman tan en serio, y esa es la gran virtud del poemario, este divertido recorrido experimental autoconsciente a través de las pasiones, la complicidad y de tantas otras “cosas que no se pueden sostener”, como “el agua, las ondas o la menguada presencia de un cuerpo de hombre”.

 

Y por jugar complementaría, en versos del poeta Vicente Aleixandre, que este poemario es: “ese piso feliz por el que viborillas perspicaces hacen su nido en la axila del musgo”.

 

Disfruté mucho perdiéndome, intencionadamente, en algunos de los versos de esta “casita sicalíptica”, en pensar qué diablos quiso hacer la poeta con este movimiento en la estructura del poemario, o con esa intención provocadora tan contenida (o camuflada) por las palabras. Ese poder escandaloso y provocador que tiene el saber decir las cosas para que los lectores pasemos años, en el desconcierto, rumiando esos versos con alegría.

 
 
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Cultura, libros, infancia y adolescencia

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ilustración de las jornadas @Miguel Pang

ilustración a la izquierda @Juan Camilo Mayorga

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