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Olivia tiene doce años y vive con su madre y su hermano pequeño, Tim. Su vida cambia cuando la familia pierde su vivienda y debe trasladarse a otro barrio. Mientras Ingrid, su madre, intenta encontrar soluciones a una situación económica cada vez más difícil, Olivia descubre que las responsabilidades familiares empiezan a superar aquello que una niña de su edad debería asumir. Para proteger a su hermano, decide inventar una historia en la que todo lo que están viviendo forma parte del rodaje de una película en la que ellos son los protagonistas.


Olivia y el terremoto invisible, dirigida por Irene Iborra y basada en la novela La película de la vida de Maite Carranza, utiliza la animación para aproximarse a una realidad poco habitual en las producciones destinadas a la infancia: la pérdida de una vivienda y sus consecuencias sobre la vida de los niños. La película presenta el desahucio como el inicio de una serie de transformaciones que afectan las relaciones familiares, las rutinas y la manera en que sus protagonistas comprenden el mundo. A ver iniciado el visionado de la película, con las figuras originales en el escenario para la interacción con las infancias, fue un gran acierto. Este vínculo previo con el elemento, antes de cobrar vida, recarga de significado el vínculo.


La propuesta resulta especialmente interesante por la relación que establece entre la imaginación y la supervivencia. Olivia inventa una ficción para ayudar a Tim a comprender una realidad dolorosa, pero también para protegerse de sus propios temores. Convertir la mudanza, la incertidumbre y las dificultades económicas en una aventura cinematográfica le permite construir explicaciones que todavía no está preparada para afrontar directamente, aunque esa capacidad de imaginar no consigue resolver los problemas que enfrenta.


La película introduce una contradicción importante, mientras los adultos intentan garantizar la supervivencia material de la familia, Olivia empieza a asumir responsabilidades emocionales que deberían corresponderles a ellos. Su deseo de proteger al hermano se transforma progresivamente en una carga que condiciona su propia infancia.



Iborra desarrolla esta historia mediante la animación fotograma a fotograma, una técnica que concede una materialidad especial a los personajes y escenarios. Los objetos, las texturas y los espacios domésticos adquieren un protagonismo que permite reconocer la importancia de aquello que la familia pierde. Una vivienda no es únicamente un lugar donde dormir, sino también un conjunto de rutinas, recuerdos y relaciones que contribuyen a construir nuestra sensación de seguridad.


La película encuentra otro de sus puntos de interés en las relaciones comunitarias. La llegada al nuevo barrio permite que Olivia y su familia conozcan a personas que terminan ofreciéndoles apoyo. Frente a la idea de que cada familia debe resolver individualmente sus problemas, la historia reconoce la importancia de las redes vecinales y de aquellas formas de solidaridad que suelen desarrollarse al margen de las instituciones. Aunque como suele ocurrir con muchas de las ficciones en las que se vinculan miradas sociales, existe un complejo ejercicio de representación. Para no caer en el estereotipo del migrante, se parte de una mirada plenamente buenista, en la que se pasa de puntillas por el conflicto de convivencia entre culturas. Si bien adolece de identidades más creíbles para espectadores de dichas culturas, se fortalece en la depresión de la madre, que se ve acorralada ante la dura realidad.



Y también aparece una pregunta que merece atención. ¿Hasta qué punto las historias de superación personal pueden terminar suavizando nuestra percepción de las injusticias sociales? La solidaridad, la imaginación y el optimismo son recursos importantes para afrontar situaciones difíciles, aunque ninguno debería convertirse en una justificación para aceptar las condiciones que las producen. El desahucio no es una experiencia necesaria para que Olivia aprenda a valorar a su familia ni para que descubra la importancia de la comunidad.


En ese sentido, resulta fundamental que la película no confunda la capacidad de resistencia de sus protagonistas con una solución al problema de la vivienda. La posibilidad de reconstruir sus vidas depende tanto de sus recursos emocionales como de las condiciones materiales y los apoyos que encuentran a su alrededor.


Olivia y el terremoto invisible es una propuesta que reconoce la capacidad de los niños para comprender y representar situaciones complejas sin necesidad de ocultarles las dificultades del mundo adulto. Su mayor acierto se encuentra en relacionar la imaginación con la necesidad de cuidado, mostrando que las historias pueden ayudarnos a interpretar nuestras experiencias, pero no sustituir las responsabilidades de quienes deben garantizar nuestros derechos. Porque ninguna niña debería necesitar convertirse en una heroína para conservar algo tan elemental como un lugar donde vivir.



 
 


Y la Zinemaldia terminó como empezó, con una animada protesta frente a la alfombra roja de clausura, en solidaridad con el pueblo palestino y contra el genocidio perpetuado por el Estado sionista de Israel. Adhiriéndome a consignas que allí se vocearon como “Boicot Israel, Palestina askatu” o “Gora Palestina erresistentzia”, termino aquí esta crónica en directo de una edición sin grandes disgustos, pero también con pocas obras que me conquistaran al completo. En ningún orden particular, os dejo una lista con las que son, a día de hoy, mis 10 películas favoritas de entre las que pude ver en las diferentes secciones competitivas (dejo fuera, por ejemplo, el clásico Aniki bóbó, que merecería mención aparte), que no puedo dejar de recomendar encarecidamente. 



Agur!



 
 

“El sábado 15 de mayo de 2010, los guardias de la prisión entraron de repente en nuestra celda, la número 56, y nos sacaron a mi y a mis compañeros, nos hicieron desnudarnos y nos tuvieron en el frío durante una hora y media. El domingo por la mañana me llevaron a la sala de interrogatorios y me acusaron de haber filmado el interior de mi celda, lo que es completamente falso. Entonces me amenazaron con encarcelar a toda mi familia en Evin y maltratar a mi hija en una prisión poco segura de la ciudad de Rejayi Shahr. [...] No quiero ser una rata en un laboratorio. Víctima de sus enfermizos juegos, amenazado y torturado psicológicamente.” Son palabras de un mensaje que el cineasta iraní Jafar Panahi mandó desde la cárcel de Evin, en que estuvo retenido por conspiración y propaganda contra el gobierno de la república islámica, en una detención a la que sucederían posteriores condenas en 2011 o 2022. Puesto en libertad en febrero de 2023, Panahi ganó la Palma de Oro en el Festival de Cannes por su prodigiosa Un simple accidente (Perlak), magnífica fábula moral que impacta hasta el estremecimiento y la congoja en su estampa de las huellas del trauma, de la devastación emocional y las acciones desesperadas que acarrea la tortura.



Todo empieza con un accidente. Un coche familiar atropella a un perro. Este suceso es el desencadenante de una serie de encuentros que derivan en la posibilidad de acabar con la vida de quien tanto daño ha hecho. La película maneja a la perfección tanto la tensa y enganchante dosificación de la información (tan visceralmente sobrecogedora cuando aparece en los diálogos), como la construcción de una impensada troupe de diversos personaje empujados al absurdo, generándose una agradecida y berlanguiana comicidad cuando la situación se enrarece. Conjugando con finura los detalles del drama personal y el carácter sistemático de la tragedia política, Panahi plantea el conflicto entre el impulso vengativo y la duda razonable, entre la actuación inmediata y la pausa sensible, entre la perpetuación de los ciclos de violencia y la responsabilidad moral, entre la resistencia y la complaciente aceptación, entre la responsabilización a cada uno de los verdugos o la identificación de la raíz del mal en lo estructural. Y ello sin dejar de entender todas y cada una de las posturas en conflicto de las víctimas de tortura protagonistas, encuadradas colectivamente en minimalistas y teatrales planos secuencia con un excelente uso de la delantera y el fondo de la composición, así como del fuera de campo. Esta genial puesta en escena, que expresa con precisión las dinámicas representadas, no hace más que visibilizar las vicisitudes de sus emocionantes discusiones y debates, cuyo poso de aflicción destroza al espectador, quien comprende que, decidan lo que decidan, no podrán escapar del sufrimiento y el mal. El espectacular y conmocionante final no hace más que confirmar que Un simple accidente es un extraordinario ejercicio de libertad de uno de los grandes maestros del cine contemporáneo. 



 
 
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