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Actualizado: 17 ago 2024


NOTA DE LA REVISTA

Esta entrevista es producto de un encuentro breve y hermoso entre Isabella Saturno y

la ilustradora Cristina Sitja en su visita a Caracas en el 2014.

No pudimos publicarla en su momento, y hemos decidido rescatarla actualmente

ante la reedición del libro ¿Qué hacer un domingo? en un nuevo formato.

Confiamos en que algunas conversaciones no tienen fecha de caducidad.

Cuando Cristina Sitja era una niña, exponía sus dibujos en su cuarto y los vendía a sus familiares a 25 centavos. Tuvo una buena infancia . Es la menor de tres hermanas. Vivió en una Caracas que extraña, pero ya ha hecho vida en otra parte y Caracas queda cómo un buen recuerdo de su infancia y adolescencia. Estuvo un tiempo en Montreal, Nueva York, Barcelona y San Francisco ampliando su formación como fotógrafa y artista plástico. Pero ahora reside en Berlín y, tras haber trabajado en una floristería durante dos años para mantener su carrera cómo ilustradora, ahora (¡por fin!) si se dedica 100% a la ilustración.

Dos veces expuesta en Bolonia, es ilustradora de varios libros para niños: Analagua, La mano de mamá, La apuesta, Rasabadú, El intruso, Etranges Crèatures, entre otros. Su más reciente libro es la reedición en el 2018 y en un nuevo formato del entrañable ¿Qué hacer un domingo?, gracias al trabajo en conjunto de las editoriales Camelia (Venezuela) y Cataplum (Colombia).

¿Cuánto tiempo tienes fuera de Venezuela?

23 años.

¿Por qué te fuiste?

Me fui a estudiar y luego me adapté a otro estilo de vida, y ya no veía cómo iba a encajar bien al ritmo en Caracas… No me gustan los carros; me gustaba caminar e ir en bicicleta y en la ciudad dónde vivo es más fácil moverse a pié y en bicicleta.

¿Y tu apellido, Sitja?

Es de mi padre que es catalán, lleva aquí casi cincuenta años.

¿Cómo fue tu formación?

Empecé a estudiar Literatura en español en Montreal y luego me cambié a Bellas Artes, porque yo siempre, de chiquita, después del colegio, cuando tenía nueve años me iba a una escuela de Arte que quedaba en Las Mercedes, no sé si todavía está, no lo creo. Siempre tuve muy claro lo que quería hacer, aunque no estaba muy consciente de que eso no iba a hacer ganarme la vida. Entonces estudié Bellas Artes, me saqué la licenciatura y me fui a Nueva York un año porque me especialicé en fotografía. No me gustó vivir en esa ciudad, era muy grande la diferencia entre haber vivido en Montreal, que era una ciudad muy tranquila. Nueva York para mí era demasiado, está bien para visitar, me parece muy bien para tener esa experiencia de un año, pero luego me fui a trabajar a Austin, Texas, donde era profesora de fotografía y de libro de artista. Yo también aprendí a hacer libros a mano, que me encanta. Además me gustaba mucho estar ahí porque mi hermana vivía al lado y éramos vecinas. Pero luego sentí que no estaba conociendo gente, que tenía una vida muy cómoda. Quiero rodearme de gente que esté en mi área artística, por lo que dije: “tengo que hacer una maestría” y me fui a San Francisco. Ahí saqué la maestría en Bellas Artes pero con especialización en fotografía.

Yo hacía estenopeicas; a mí nunca me gustó lo convencional entonces hacía mis camaritas de madera. Me compré esos portanegativos de 8x10 de los antiguos y construí una cámara estenopeica alrededor de ellos para sacarlos y meterlos. Tenía una bolsa negra donde podía cambiar todo y usaba papel fotográfico como mis negativos porque estos eran muy caros. Hice contactos y me vine aquí y gracias a mi madre, conocí a María Fernanda Di Giacobbe que en aquella época tenía un café muy agradable en frente de PDVSA llamado la Paninoteca. Ella fue la primera que me dio una exhibición. Luego Roberto Mata me invitó cuando él estaba en La Castellana, a dar una charla sobre mi trabajo. Cuando terminé de estudiar en Estados me fui a Barcelona porque allá estaba mi abuela. Me dije: “voy a ver qué pasa”. Yo era especialista en fotografía a color y revelaba mis negativos a color e imprimía a color, pero cuando llegué a Barcelona no encontraba un laboratorio donde pudiese hacer mis cosas, entonces pensé: “Esto es muy tóxico, quién sabe adónde vierten todos esos químicos. ¿Qué puedo hacer que sea barato, que no sea tóxico y que lo pueda hacer en cualquier lado? Dibujar”.

¿Entonces fue así como decidiste ilustrar libros para niños?

Empecé a dibujar y me dije: “mira, no está mal”. Me metí a investigar sobre ilustradores y comencé a hacer ilustraciones, pero claro, yo no sabía nada. Cuando vine otra vez a Caracas visité a María Fernanda Di Giacobbe, quien ya tenía Kakao y me dijo: “tienes que conocer a María Angélica de Camelia”. Me la presentó y ella estaba buscando a alguien para ilustrar Analagua. Entonces les hice un test y fueron ellos los primeros que me dieron trabajo.

¿Cuáles son tus historias preferidas?

A mí me gustan los cuentos que no son, o sea, que aprendes algo pero que tienes que buscar el contenido; que no tengan unos roles muy definidos, como la princesita y el príncipe. Me gusta que los personajes que hago sean, en su mayoría, asexuales, es decir, no son ni hembra ni hombre, que sean simplementes seres vivientes. También me gusta cuando es un álbum ilustrado donde el texto no refleja sino que complementa la ilustración, que no está describiendo la ilustración, porque eso me parece una pérdida de tiempo. El niño tiene que poder buscar ahí su propia historia. Eso también me interesa mucho y, si es una ilustración con mucho detalle, que el niño se meta ahí. Si es sencilla que sea de una manera que también explique mucho.

¿Cómo es tu proceso creativo?

Yo siempre llevo una libretita y hago muchos dibujitos sencillos. Luego, cuando estoy haciendo un libro, voy para allá y digo: “ay, mira, voy a usar este”. Pero cuando me dan un encargo de un libro, es distinto. Cuando ilustré Analagua, no hice storyboard ni bocetos, simplemente fui y dibujé; luego escaneé y monté las partes. Lo que hago ahora, porque alguien me lo sugirió, es hacer unos dibujos en unos papelitos pequeños, haciendo las escenas con acuarela, guache o tinta china. No importa si me equivoco porque es una idea para hacer un plano visual de cómo va a ser en el papel grande. Es una referencia. Tengo el ambiente un poco hecho. Luego voy directo al papel, sin hacer esbozos, y empiezo a dibujar. Si me tranco un poco, lo dejo, y empiezo el próximo. A veces tengo tres dibujos de un mismo libro al mismo tiempo. Se van alimentando el uno con el otro y así voy. Sin mucha organización.

Tu libro publicado en francés, Etranges Crèatures, también fue escrito por ti.

El libro empezó como algo visual; primero dibujé el libro y luego saqué el texto. Siempre empiezo por la imagen; ya tengo el libro en la mente dibujado. El texto viene al final. En mi cuaderno de esbozo hice un dibujo y de ahí empecé a escribir unas cositas. Eso estuvo allí como un año. Luego decidí que no iba a ser así y en dos meses hice todo el libro. Me senté, lo hice y ya. Se lo enseñé a mi amigo Cristobal León, un artista chileno, y me ayudó a escribir la historia porque él es muy bueno haciendo frases cortas. En unos días hicimos el texto. Él veía las imágenes y escribía lo que pensaba. Yo escribía mi parte y luego las juntábamos. La historia siempre me viene en imágenes, pero siempre a partir de un concepto, de una duda, de un dilema que tienes en tu día a día, o porque ves que el mundo no va como tú esperas. ¿Pero cómo haces para que esa historia sea para los niños? Ellos están abiertos a todo, en realidad. Los libros que hago son para niños chiquitos, 4,5, 6 años y tiene que haber poca palabra porque al niño tan pequeño lo que más le gusta es mirar y contar. Si tú estás ahí contándole una novela , quizás se queda dormido y no va a seguir el hilo del cuento…

¿Cómo ha sido la experiencia de haber expuesto en Bolonia? Eres la única venezolana que ha estado allí dos veces.

La primera vez no pasó nada. La segunda vez tampoco pasó mucho, pero si conocí a un par de editores con los que he trabajado este año. Espero convertir las ilustraciones que salieron el año pasado en la exhibición en Bolonia en un libro. Este año me escogieron para otra bienal que se llama Ilustrarte, en Lisboa, así que estoy bien contenta.

¿Cuáles crees que son los retos más difíciles para un ilustrador?

Bueno… que te vean. Que te hagas conocer. Hay muchos ilustradores, como en todo. En lo que tú hagas siempre habrá mucha gente haciendo lo mismo que tú. Para arrancar es difícil, a menos que a la primera tengas suerte. También está el reto de traducir el texto a una imagen. A mí eso me cuesta mucho, sobre todo si es el texto de otra persona; que el escritor esté contento con cómo has visualizado tú su concepto. Y también cómo simplificar.

¿Te identificas con tu infancia a la hora de ilustrar libros para niños?

Sí. Si a mí me dieran a escoger nacer en algún lugar, nacería aquí en Venezuela otra vez. Claro, en los años 70 y 80. Yo tuve una infancia muy chévere… Lo que viví aquí no lo hubiese podido vivir en Alemania, por ejemplo. Íbamos a un parque infantil y había una bola que parecía un queso verde con huequitos y tú te metías ahí y había unos tubos de hierro y ahora que lo pienso era un poco peligroso, pero para un niño ese parque era un lugar estupendo… Y todo eso que uno vió de niño te afecta y eso se ve en mis dibujos; todos esos elementos que se ven aquí: los árboles, los pájaros y la arquitectura. A mí me gusta hacer muchos dibujitos y como en Caracas, hay que fijarse en los detalles para ver bien la hermosura dentro del caos… Detrás de los cables eléctricos se esconde algo.

¿Cómo fue tu niñez?

Muy buena. Yo crecí con mis abuelos españoles; mi abuelo siempre me llevaba a jugar al parque y en la noche siempre me leía cuentos.

¿Qué historia de la infancia te marcó?

Yo de chiquita veía Mazinger Z, grababa los capítulos en un casete y de noche me iba a dormir oyéndolos. Creo que yo era la única que coleccionaba el álbum de Mazinger Z y las demás niñitas el de Menudo. Que a mí también me gustaba Menudo pero yo no coleccionaba ese álbum sino el de Mazinger Z.

¿Cómo relacionas el arte plástico, la fotografía y la ilustración?

Los dibujos que hago para exhibir en galerías son un poco más plásticos, pero ahí también se mete la ilustración. Trabajo mucho a partir de imágenes, a partir de fotos que yo tomo, no es que mis dibujos sean realistas, pero ahí tienes una referencia. Como hice muchas estenopeicas y ahí la perspectiva no existe y todo es irreal, no sabes qué es grande y qué es chiquito. Eso influye en lo que yo dibujo aunque yo no le doy mucha vuelta a eso.

Conversaciones minúsculas

Un artista plástico

Gego.

Un ilustrador

Isabelle Arsenaut.

Un color

El azul.

Un recuerdo de Venezuela

Los pajaritos, los loros, los sapitos en la noche… Eso lo extraño.

Berlín

Bicicleta.

Un personaje

El corroncho, el de Los Sopotocientos Amigos. Una de mis primeras piñatas fue de este personaje.

Un libro de la infancia

El Conejo y El Mapurite, un libro que todavía tengo. Y Mafalda, a mí me gustaba lo inteligente que era esa niña y yo la ponía a ella como un ejemplo de cómo uno tenía que ser.

**Las ilustraciones son de Cristina Sitja Rubio.



 
 

Actualizado: 3 sept 2021


Su escritura es tan contagiosa como su sonrisa. Nunca imaginé que conocería a Pamela Pulido en una cálida cena familiar al Norte de México. Allí descubrí el verdadero significado de familia y también que las buenas historias surgen desde las cosas más sencillas. Izquierda, derecha; bueno, malo; la dualidad forma parte del mundo actual y con Mi Hermano Derecha (SM Ediciones, 2017) la joven escritora reflexiona sobre miedos, contrastes y pasiones en unas 272 páginas.

Con ilustraciones de Alex Herrerías, la novela se perfila como la primera lectura importante de un niño o un buen recordatorio para aquellos adultos que quieren reconciliarse con lo que soñaban de pequeños. Aquí una plática en la que nos comparte su mundo interno y las preguntas que la acompañan cada día.

¿Cómo inició esta aventura?

Comencé en noviembre de 2016, un gran amigo y colega fue el que me recordó la convocatoria del Barco de Vapor. La verdad es que los tiempos estaban algo reducidos, quería salir un nuevo proyecto y sólo tenía 3 meses. Tenía un concepto y los primeros capítulos de esta historia.

¿Y cómo fluyó tu pluma al armar la historia?

Pensé que saldría con unos 15 capítulos, pero nunca pensé en que se convertiría en esta novela con varias subtramas y tantas líneas. Cada personaje tiene su arco porque empecé a escribir y me fui enamorando de cada uno de ellos. En la historia todos sienten un tipo de dolor y eso es lo que me gusta hacer cuando creo un personaje, responder a la pregunta: “¿Qué te duele y por qué te duele”?

¿Pero por qué abordar la idea de hablar sobre el talento y las capacidades que todos tienen, especialmente en la infancia?

Fue una pregunta que me he hecho desde muy chica. Tenía 10 años y practicaba gimnasia y aunque era muy buena, siempre había otras niñas que era mucho mejores que yo. Parecía que todos los ejercicios les salían de forma natural. Yo siempre he sido muy tenaz y disciplinada, me gusta concentrarme en objetivos, pero no entendía como si al esforzarme tanto nunca lograba el nivel de ellas. Desde entonces me ha acompañado la misma pregunta: “¿Qué es el talento?”.

¿Y encontraste la respuesta?

Ahora al escribir para niños tuve que investigar mucho y cuidar el mensaje, dejarlo muy fundamentado por eso recurrí a profesionales: doctores, psicólogos y atletas… Ahí me di cuenta de que nadie se pone de acuerdo para darle respuesta a esta pregunta. Nadie afirma si “se nace”, “se hace” o si influye el ambiente en nuestras habilidades. Los religiosos pueden incluso afirmar que uno ya viene destinado a hacer algo. Yo necesitaba responder a esta pregunta para darle una respuesta a mi niña interior de 10 años.

Los niños cada vez tienen más influencia externa, más exposición a la competitividad a ser mejores en lo que sea que hagan ¿Es esto viable?

Cada niño tiene el derecho de descubrirse, en pensar en qué se quiere convertir. Yo siento que tenemos habilidades naturales, sin duda, pero lo que nos va a llevar a otro nivel de maestría en lo que hagamos en la vida, es el amor que se le pone: el tiempo, la práctica, el desarrollo de las habilidades, el interés por las cosas. No en el camino a la perfección, pero sí a la excelencia.

El libro inicia con una visión de la otredad para luego meterse de lleno en esta historia entre dos manos… Un mundo muy personal, pero la verdad es que la historia le puede hablar a cualquier niño de Latinoamérica, incluso del mundo.

¿Cómo lo lograste?

En el libro me refiero a una ciudad al Norte (de México) pero sin hacer alusión directa a Monterrey, la ciudad dónde nací. Más que en el contexto geográfico, me concentré en las emociones e intentando conectar con el mayor número de niños posible.

¿Cómo fue tu primer contacto con los libros, con la creación de mundos nuevos?

Siempre dije que quería ser escritora desde los 7 años. Comencé mi contacto con los libros porque siempre estaba escribiendo. Luego entré de lleno a la gimnasia, pasaba 7 horas diarias practicando y me alejé. Siento que volví un poco tarde, sigo intentando ponerme al corriente de todo lo que me falta por revisar. Pero por querer escribir, me dije “tengo que leer y leer muchísimo”. El hábito de leer se puede comenzar a cualquier edad.

Conversaciones minúsculas

Una palabra

Libertad.

Una obra de arte

La noche estrellada.

Un libro de literatura infantil y juvenil que te haya marcado

Harry Potter y La Piedra Filosofal (J.K Rowling, 1997)

Una influencia

La duda.

Una película

Whiplash (2014)

Un libro fundamental para tu crecimiento

El mejor truco del abuelo (Dwight L. Holden, 2008)

Si pudiera transformarte en un animal…

En un pájaro.

Un color

Rojo.

Una imagen

Las sonrisas.

Si no fueses escritora serías...

Entrenadora de gimnasia.

*Ilustración de Alex Herrerías pertenece a la portada del libro Mi hermano derecha.


 
 

Actualizado: 3 sept 2021


No todos los días se conversa por teléfono con un heredero de la más alta nobleza de Buenos Aires. Así que PezLinterna dispuso de algunas de sus galas y se comunicó con Ricardo Siri, descendiente del virrey de La Plata, Don Santiago de Liniers. El humorista gráfico atendió con voz mañanera e inició una cordial conversación en la que, más que de la realeza, parecía un personaje de Cosas que te pasan si estás vivo, tiras publicadas semanalmente en la revista “ADN Cultura” del periódico La Nación. Nos contó con humildad que sus tiras Bonjour fueron el inicio de todo, al publicarse en el suplemento NO!; que tres años después llegó Maitena, lo presentó a La Nación, y tras varios años de trabajo apareció Macanudo, transformándose en un éxito dentro y fuera de Argentina. Luego vinieron las respuestas, y Liniers nos habló de sus colaboraciones con Andrés Calamaro y Kevin Johansen, del cómic en Latinoamérica, de su trabajo con las historietas, el humor, la Editorial Común y de las cosas que pasan solo por estar vivo.

¿El cómic es arte? ¿Es literatura? ¿Qué es?

Me cago en dos. No tengo la menor idea, ¿sabes? Hago dibujos. Pienso cosas raras y las dibujo. No sé si eso es arte o es literatura o solo son historietas.

¿Cuando joven pensabas en dedicarte a este oficio? ¿Cómo fue tu acercamiento al cómic?

La verdad es que me encantaba la historieta de muy chico. Empecé leyendo Mafalda, después Asterix, Tin Tin y El Eternauta. Jamás me imaginé que esos libros los hacía alguien ni que iba a poder vivir de eso. Para mi Quino no era una persona, más bien era una abstracción. Mafalda existía por sí misma. Entonces la verdad nunca fue un plan mío dedicarme a las historietas. Me fui acercando de a poco. Así que lo primero que hice fue estudiar alguna carrera: Derecho. Después estudié Publicidad. Como te dije, nunca pensé que iba a poder vivir de dibujar historietas. En algún momento se ve que me envalentoné y me aburrí de las carreras que tenía conmigo, buscando siempre formas de disfrutar de lo que hacía. Así lo asumí: me gustaba dibujar historietas. A partir de allí, todo empezó a funcionar. Fue una cosa casi espontánea.

Eres prácticamente una estrella pop en la actualidad, ¿sospechas cuáles podrían ser las razones?

Tengo la suerte de que me fue mejor de lo que jamás me habría imaginado. Cuando me dediqué a hacer historietas, el techo que yo tenía era publicar algún libro, poder vivir más o menos de la historieta. Yo con eso estaba contento. Nunca me imaginé que me iban a publicar en España, mucho menos en República Checa. Es una de mis sorpresas más extrañas. Eso me pone muy contento, es un aliciente extra.

Argentina es un país reconocido mundialmente en el cómic gracias a personajes como Mafalda, El Eternauta, Mort Cinder, Corto Maltés, El Loco Chávez, Boogie el aceitoso, Inodoro Pereyra. ¿Qué marcó la diferencia entre Argentina con el resto de Latinoamérica para tener un discurso gráfico tan sólido?

Es culpa de los gigantes. O sea, Quino viene después del Eternauta, y tras Quino se vino Fontanarrosa, y luego aparece Maitena. Entonces la gente está esperando qué es lo nuevo que aparecerá en la historieta de acá. Por eso llama la atención cuando aparece algo nuevo. Supongo que es así. Es una historia muy larga del cómic en Argentina, y todos estaban bajo la sombra del anterior. Quizás por eso, los que vinimos después, fuimos subiendo un escaloncito más gracias a los colosos.

¿Por qué el discurso del humor es tan vital en la idiosincrasia latinoamericana? ¿Es una forma inteligente de manejar las crisis o es simple evasión?

A mí me parece más bien un tema de defensa. Es nuestra manera de defendernos ante los embates y los aplastamientos que sufrimos por política o ideologías. Por lo que sea. El caso es que cuando más te hunden, entonces aparecen los grandes artistas. Esto no quiere decir que los absurdos de las crisis deben reducirse en el humor, pero grandes artistas logran causar una reacción a partir de la risa. Es el mecanismo de defensa que tenemos ante lo negativo. Fíjate: el humor en los funerales siempre aparece. En algún momento alguien se ríe por alguna cosa rara que hacía el muerto. Siempre aparece porque es la manera de defendernos de eso, de la muerte, de estas cosas negativas.

¿Por qué el concepto de novela gráfica no tiene aún un asidero real dentro de los espacios culturales de Latinoamérica? ¿Crees que se está logrando en la actualidad?

Mi idea con la Editorial Común es publicar algunos trabajos que se están haciendo afuera para estimular y animar a los artistas de acá, porque en Argentina se encuentra mucho humor gráfico y poca novela gráfica. En lo personal, también es que me interesa conseguir artistas latinoamericanos. Conozco a varios autores argentinos, o una chica colombiana que es ilustradora. Eso también porque me gusta viajar mucho. Viajo no sólo por las historietas, sino por los recitales que hago junto a Kevin Johansen, y he tenido la suerte de descubrir en Latinoamérica a grandes dibujantes. Lo que aún no hay armado es el instinto comercial y el impulso editorial. Así que por eso me parecía lindo tratar de retribuir un poco la suerte que tuve de poder trabajar con la historieta; preparando un proyecto donde estos chicos que tratan de empezar pudieran publicar, o al menos encontrar un lugar donde te ilusione poder editar.

¿Qué tal la experiencia editorial?

Bien. Por un lado va apareciendo el material. Hay libros que publicar, que están a un nivel superior de lo que esperaba de los autores de acá. De haber sido lo contrario, habría sido muy decepcionante y no seguiría con la editorial. Pero, la verdad, me falta más bien la posibilidad de publicar toda la cantidad de libros que veo y que están increíbles. La historieta latinoamericana es igual que su literatura, los autores de acá tienen una manera de ver ciertas cosas y de explicarlas, que nos distingue. Entonces uno quisiera más de estos formatos del cómic o novela gráfica dentro. Por suerte hay mucho material, ojalá hubiera más editoriales que se enteraran de esto.

¿Sientes que en la actualidad el mercado editorial le da mucha importancia a la imagen? ¿Es una necesidad real del lector?

Sabes que la historieta tuvo un salto muy interesante en los últimos treinta años. El cine y la historieta son como hermanos chiquitos, y el cine inmediatamente como que pudo trabajar sobre cualquier tipo de historias: estaba la posibilidad de grabación de cine histórico, comedia, drama, policial, cualquier tema. En cambio las historietas, por el espacio que ocupaban dentro de los diarios, que era el lugar donde casi siempre se publicaban, quedó relegada a crear chistes o aventuras breves o superhéroes. Por ejemplo, jamás te habrías imaginado una historieta sobre Adolf Hitler en la prensa. Y existe. Culturalmente no se pensó que era un medio lo suficientemente importante para tratar este tema, y de Maus para acá se abrió un espacio, finalmente cayó ese prejuicio, y ahora tenemos autores que se dedican a la historieta lo mismo que los escritores a la novela. Bolaños se sentaba a escribir y no pensaba: “uh, no puedo hacer tal o cual cosa”, tenía libertad absoluta de escribir lo que quisiera porque la novela estaba abierta a eso. Pues parece que ya la historieta está igual de libre y abierta.

¿Piensas que con estos avances, factores como los libros digitales pueden alterar la calidad de las creaciones? ¿Cómo encajan estas nuevas tecnologías con el cómic?

A los avances tecnológicos siempre hay que verles lo positivo. Apareció la fotografía y alguno se habrá quejado, pero no desapareció la pintura. O también se pensó que el cine iba a matar al teatro. Esas cosas lo que hacen es sumar. A la gente le gusta que le cuenten historias. A mí no me gusta que me las cuenten solo en papel; también me gusta que me cuenten historias en el cine, en teatro, en libros o revistas. Si me cuentan bien una historia en digital, pues me va a gustar, pero no va a nublar lo otro. Ahora, para los artistas que lo que queremos es contar; es maravilloso que aparezcan nuevas tecnologías.

¿A quién va dirigido el cómic en la actualidad? ¿Sientes que ahora es un discurso mayor de edad?

En mi trabajo no dirijo mis historietas a ninguna edad en específico. Pero lo que sí realmente siento es que falta que todo el mundo se entere. Mostrar que el cómic tiene varias posibilidades. Por darte un ejemplo, en Francia o en Europa en general, mis padres comprarían cómics, pero en Argentina no. ¿Por qué? Porque pensarían que allá los cómics o novelas gráficas están destinados a ellos, y las de acá no las podrían disfrutar de igual manera. Es por estos detalles que siento que falta eso: abrir espacios para cualquier lector, y crear historias que podrían conmover a cualquier edad.

Tu imaginario está repleto de personajes absurdos, irónicos, entrañables, cándidos, pero sobre todo cotidianos. ¿Cómo es tu propia cotidianidad?

Absurda e irónica. Imagínate, tengo dos hijas pequeñas, y es prácticamente como vivir con dos comediantes. Es como estar con Charles Chaplin a diario. Además, que yo tampoco soy de una sola manera siempre. Entonces, cuando me siento a crear Macanudo, viene según como me siento. Al final, mi respuesta a las cosas que estoy creando depende de mi estado de ánimo en el momento en que me siento a trabajar.

Teniendo un universo tan complejo, ¿cómo se siente ilustrar relatos ajenos? Lo digo por ilustrar las letras de Kevin Johansen, o los discos de Andrés Calamaro, o el libro Pequeño mundo verde de María Martha Estrada, de Editorial Común.

Creo que el secreto está en admirar a esas personas. Eso te facilita mucho las cosas. En el caso de Calamaro o de Johansen es música que me gusta, además de que los admiro; y luego imagínate a Albert Pla pidiéndome hacer algo con él. Es muy bonito. En el caso de Pequeño mundo verde, es uno de los que más me ha gustado ilustrar, además todos lo habíamos mantenido como un secreto, pero la autora es realmente mi mamá. Era un gran compromiso ilustrarle. Ahora, si lees todas las ideas extrañas que tienen los cuentos de ese libro, entiendes perfectamente de dónde vengo yo.

¿Qué dibujantes o ilustradores consideras vitales para aprender de este oficio?

Art Spiegelman con su libro Maus es una puerta de entrada. El arte de Juanjo Sáez está muy bien. Jorge González me gusta también. No sé, creo que deben ser libros que te abran la cabeza. Hay una estrella para cada uno, lo importante es salir y buscarla.

¿Liniers se siente un maestro?

No, lo lindo de ser artista es ser alumno siempre.

¿Planes a futuro?

Ahora sale Macanudo 9. Además viajo otra vez a recitales con Kevin Johansen a México, Venezuela, Colombia, y vienen por allí dos libros más con la editorial.

Conversaciones minúsculas

¿Un personaje tuyo?

Enriqueta.

¿Un libro que marcó tu adolescencia?

Catcher in the rye, Salinger.

¿Un animal en el que metamorfosearse?

Conejo. Me la pusiste fácil.

¿Una palabra?

Mamarracho.

¿Una obra de arte?

Tiempos modernos, de Charles Chaplin.

¿Un chiste?

Soy malísimo contando chistes.

¿Una canción?

Hindue Blues de Kevin Johansen. Me gusta dibujarla.

De no ser dibujante…

Músico, aunque sería un desastre.

¿Una película?

Ya la tenía, pero bueno, hagamos algo, acá te dejo El grito de Munch.

¿Una personalidad de la actualidad?

Stephen King.

¿Un miedo?

Cualquier cosa mala que le pase a mis hijas. Así sea cortarse un dedo.

Un cómic que no se debe dejar de leer…

Mafalda.

¿Dónde es mejor guardar las ideas?

En cuadernos, que si las guardas en la cabeza se te van.

***Imágenes usadas en esta entrevista: 1. Portada del libro Conejo de viaje de Liniers (2008), editado en español por Reservoir Books-Random House Mondadori. 2. Detalle de tira de los diez años de Macanudo. 3. Viñeta en cabecera del blog Macanudo: Cosas que te pasan si estás vivo. 4. Episodio 6 del programa “Momentos con Liniers”, con Kevin Johansen de invitado.


 
 
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Cultura, libros, infancia y adolescencia

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ilustración de las jornadas @Miguel Pang

ilustración a la izquierda @Juan Camilo Mayorga

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