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Actualizado: 3 sept 2021


Tras un complicado tiempo de arribo, Rébecca Dautremer finalmente pudo compartir con nosotros sus experiencias en el campo del álbum ilustrado y el cine. Con un estilo personal, es reconocida en los últimos años gracias al éxito comercial de sus ilustraciones en el álbum Princesas olvidadas o desconocidas (2007) escrito por Philippe Lechermeier. Sus juegos con las perspectivas de las imágenes, la sólida construcción de imaginarios, y el trabajo delicado en los detalles, impresionan a grandes y chicos por igual. Esta ilustradora francesa, consecuente con su estética, nos contó por teléfono los detalles de la evolución de su trabajo:

¿Cómo fue tu acercamiento a la ilustración?, ¿es una vocación de la infancia o fue un camino que descubriste con el pasar del tiempo?

Siempre he dibujado, desde que era muy pequeña. Tuve la suerte de tener unos padres que apoyaron mi afición y me animaron a seguir dibujando con cierta disciplina. Estudié Artes Decorativas en París, me especialicé en Diseño Gráfico, y empecé a trabajar como ilustradora desde muy joven, mientras era estudiante. Hubo personas que depositaron su confianza en mí, entonces hice mi primer libro. Otro editor me llamó y las cosas fueron desarrollándose con naturalidad hasta llegar a este momento.

¿Cómo era Rébecca Dautremer en la adolescencia?

Era una chica solitaria, muy tímida, pero también muy feliz. Aprovechaba todo el tiempo libre que tenía, los fines de semana y las vacaciones para dibujar. Hacía dibujos, cómics, ilustraciones. No salía mucho ni tenía demasiados amigos. Sobre todo, dibujaba.

¿Has hecho algún cómic a nivel profesional?

No, no lo he hecho nunca, pero lo pienso seriamente, me interesa muchísimo. Quizás empiece a trabajar en un proyecto de cómic que tengo en la cabeza.

¿Qué cualidades consideras tú que debería tener un buen lector?

No soy quién para juzgarlo, ni para decidirlo. No. Prefiero no contestar a esa pregunta.

¿Por qué la literatura infantil actualmente interesa tanto a los adultos?

Es verdad que mis libros los compran mayoritariamente adultos, pero no sé qué significa. En realidad, cuando trabajo, tampoco pienso en los niños ni en los adultos. Yo trabajo pensando en mí misma, en mi propio disfrute. Es verdad que los libros que me encargan están dirigidos a los niños principalmente, pero yo trabajo para mí. Si los adultos los compran me parece bien, también si los compran los niños. No encuentro extraño que a los adultos les interese la literatura infantil, porque yo soy adulta y a mí me interesa, yo compro libros para mí. En todo caso, quizás en los textos se encuentre algo diferente, pero yo no encuentro diferencia entre los lectores infantiles y adultos de la imagen, de la ilustración. Pienso que los niños y los adultos tienen los mismo ojos y ven las mismas en cosas, pero las interpretan y las expresan de forma diferente. Pero cuando dibujo no me interesa pensar en si estoy creando para un niño de cinco años, o de ocho años, o de doce años. No le veo sentido.

¿Cómo fue el trabajo con Princesas? Siendo un libro con un imaginario tan complejo y detallado, ¿cómo fue el proceso para concebir cada personaje, sus universos, el tiempo de creación?, ¿pensaste alguna vez que sería un libro tan exitoso?

El escritor Phillipe Lechermeier escribió este imaginario de princesas y le propuso este texto al editor, y el editor vino a verme para proponerme ilustrarlo. Al principio no sentí mucho entusiasmo por el proyecto, me parecía difícil por tratarse de princesas. No quería que fuera muy rosa, ni muy ñoño, ni muy tonto. Así que me puse a trabajar con Phillipe para hacer algo diferente, unos retratos originales de unas nuevas princesas, algo que ya estaba desde el origen en el texto. Él aceptó a reescribir mientras yo dibujaba. De esta colaboración surgió una amistad que todavía dura. Este proceso, como casi todos mis libros, duró un año. No quiero decir que me haya pasado un año dibujando, pues la creación de un imaginario para un libro tiene mucho de planificación, de reflexión, de pensar las imágenes y organizarlas. Jamás imaginé que el libro tendría tanto éxito.

De igual forma, repites un arduo trabajo con el Diario de Pulgarcito, un libro extenso con un discurso gráfico vital, ¿sientes que la técnica preciosista en tu imagen es parte de tu discurso como ilustradora o es una petición del editor y el público que se enamoró del estilo?

Este proyecto fue muy diferente. En principio el texto, también de Phillipe Lechermeier, era una novela que no estaba pensada para ser ilustrada. Me habló del proyecto y me pidió que hiciese algunos pequeños bocetos, pequeños dibujos sobre el texto, para aclimatarlo un poco. Yo empecé a hacer dibujos y más dibujos y pensé que podría resultar un buen libro ilustrado, se lo propuse y él aceptó. Decidí utilizar técnicas diferentes porque al ser un diario de pulgarcito, imaginé el cuaderno que el personaje se llevaría en el bolsillo al bosque, donde dibujaría y escribiría lo que pensaba y sentía. Así que imaginé que utilizaría un lápiz, el collage, pintura.

¿Cómo se enfrenta la ilustradora entre la línea de una creación propia y el marketing?, ¿por qué consideras que tu estética es tan exitosa?

No lo sé. Yo siempre hago las cosas como creo que debo hacerlas. No sé qué hay que hacer para que un libro funcione, así que no pienso sobre ello. Después del gran éxito de Princesas olvidadas o desconocidas podría haber hecho un libro muy similar para intentar repetir el éxito, pero eso realmente no me interesa nada. Prefiero probar otras cosas, y mi editor me da una libertad total para crear. De todas formas es muy difícil saber qué va tener éxito y qué no. Pero no es mi prioridad que se venda, mi prioridad es hacer un buen libro.

El juego de las perspectivas es vital en tu trabajo, ¿influencia del cine?

Sí, siempre digo que la fotografía es algo que me interesa mucho, y también el cine. Me interesa mucho el encuadre, la perspectiva… siempre me imagino que estoy tomando una foto cuando hago una ilustración. Elijo el punto de vista y el encuadre más interesantes y leo muchos libros sobre fotografía, sobre técnicas fotográficas y trabajos de fotógrafos. Veo a mis personajes como parte de una escena, imagino un escenario y luego pienso en cómo la fotografiaría.

¿Cómo fue tu experiencia con el cine de animación?

Fui autora gráfica y directora artistíca de Kerity, la maison des contes, mi primer largometraje de animación. Fue una experiencia genial, muy rica, pero también estresante. Descubrí que trabajar en equipo a veces es complicado y técnicamente era un mundo desconocido para mí, por lo que resultaba todo muy descorazonado. Pero no me desanimé y pude con ello. Ahora me encantaría volver a repetir la experiencia. El director de Kerity me ha propuesto hacer otra película y ya estoy trabajando en el proyecto, que se llama Miles, sobre un músico con un talento casi mágico. En este proyecto soy autora gráfica pero también realizadora y guionista junto a mi marido Taï Marc Le Tan.

Ilustrar clásicos siempre es un trabajo complicado, puesto a que son mundos que se han imaginado miles de veces en millones de cabezas, ¿qué tan difícil fue ilustrar Alicia en el país de las maravillas, que además no solo es un clásico literario sino que las imágenes por John Tenniel, Disney e incluso Tim Burton son referentes importantes en el inconsciente colectivo?

Es verdad que Alicia ha sido ilustrada mil veces y al principio tenía muchas dudas cómo hacer para mostrar mi visión de Alicia, si tenía algún sentido… pero al final decidí olvidarme de todo esto, no obsesionarme con intentar aportar algo nuevo y tomarme este libro como cualquier otro, hacerlo lo mejor que podía y sabía. Me dije: “Irá bien”. Y ahí está. No sé cómo la gente percibe ahora el libro, pero yo disfruté mucho haciéndolo. Es un libro en el que creo que hay muchas cosas personales mías, está muy alejado de otras versiones como las de Disney. Es un texto muy rico que ofrece muchas posibilidades para la ilustración. Cuando yo era pequeña no me gustaba nada la historia, pero para un ilustrador es muy sugerente, un texto que da mucho. Fue complicado, sí.

Ilustrar La Biblia es un reto titánico, ¿cómo lo llevas?

Es un desafío. Llevo tres años trabajando en este proyecto con Phillipe Lechermeier, el autor del texto también. Es un proyecto enorme y muy complicado porque no se trata de una historia cualquiera, sino de un texto con muchas implicaciones religiosas, pero intento como en Alicia no hacerme excesivas preguntas y decirme que todo irá bien.

En tu caso, el resultado final de un libro termina por ser un objeto hermoso, ¿cómo te sientes al verlo concluido?

Como soy un poco insegura, insatisfecha con el resultado de mi trabajo, siempre pienso que mi próximo libro será muy hermoso, que será mi preferido.

¿Cómo ves el mundo, el futuro?

En este momento no estoy muy serena. Por una parte tengo una vida feliz, una profesión que adoro, un marido encantador y unos hijos maravillosos. Pero al mismo tiempo soy consciente de que hay mucha gente que sufre y eso me incomoda. Es un poco raro y nada original, pero así me siento. También creo que la expresión artística es la única esperanza para mí y para los otros. Intento enseñar a mis hijos a expresarse, a expresarse artísticamente porque es lo que nos diferencia de los animales, y también lo único que verdaderamente nos puede ayudar en la vida.

Conversaciones minúsculas

¿Una figura geométrica?

Punto.

¿Un color?

Luz.

¿Una obra de arte?

Un retrato de algún enano de Velásquez.

¿Un libro que marcó su adolescencia?

Madame Bovary de Gustave Flaubert.

¿Una película?

Torremolinos 73.

Describa brevemente una imagen que realmente le guste.

Una foto de un huevo en una caja de papel azul pálido.

¿Qué querías ser de niño?

¿Cuando yo era un niño? No pensaba en el futuro.

¿Un paisaje?

Un campo de trigo en el borde de una carretera de montaña, visto en contrapicado en la cima de una alta roca.

¿Una hora al día?

La mañana, definitivamente

Traducción: Ramon Barreto

***Imágenes usadas en esta entrevista: 1. Detalle de libro Sentimento escrito por Carl Norac, y editado por Edelvives. 2. Fotografía tomada por Carmen Fernández Etreros. 3. Detalle de ilustración en su página web. 4. Detalle de ilustración de Alicia en el país de las maravillas de Lewis Carrol, editado por Edelvives. 5. Trailer de la película Kerity, la maison des contes.


 
 

Actualizado: 3 sept 2021


Mireya Tabuas: la gata que se moja

Muchas veces he agradecido el merengue a todo volumen. Sobretodo cuando estoy aburrida de una conversación. Sin embargo, éste no era el caso. Yo quería escuchar a Mireya con todas mis orejas —sé que solo tengo dos, pero uno nunca sabe— y entenderla con todas mis neuronas. Misión entorpecida. Teníamos que gritar para atravesar la música, debatir con un mesonero antipático y repetir las palabras.

Mireya no tiene pose. Los niños la adoran y le dejan cartas en los kioscos, los autores la admiran y los estudiantes de su taller Cómo escribir para niños y adolescentes la ven —incluyéndome— como una gurú. Ella dice que lo hace por intuición. Habla desde su experiencia y no desde la referencia, dice lo que siente de manera espontánea y no le importa afirmar que cuando llueve, se moja. Mireya no tiene por qué posar. No lo hizo en el bar de Altamira donde nos encontramos, para qué… ella sabe, sabe mucho.

¿Qué sentiste cuando escribiste tu primer cuento para niños?

Yo nunca he tenido consciencia de que escribo cuentos para niños. Escribí mi primer cuento probablemente siendo muy chama y sentía que era como una extensión de mí misma, de una necesidad que yo tenía. Era algo muy poco trascendente: simplemente era una necesidad de contar algo.

Esa experiencia que contaste por primera vez, ¿estaba relacionada con la infancia?

No. Mi primer texto literario lo escribí porque yo leía los libros de Los cinco. Eran unos libros de la autora inglesa Enid Blyton que trataban sobre las aventuras de cuatro chamos y un perro. Uno de ellos era en realidad una chama que se vestía de chamo. Yo quería ser como ella y entonces me vestía de chamo. Escribí una historia algo parecida, que probablemente era una copia de eso que a mí me impresionó tanto.

¿Siempre supiste que ibas a escribir literatura infantil?

No. Siempre supe que iba a escribir literatura.

¿A ti te gusta la palabra infantil?

Considero que el infantil es un añadido que más bien se puede considerar a nivel editorial. Pero creo que si un escritor prioriza lo infantil sobre lo literario, no hace literatura.

¿Por qué?

Porque tiene una consciencia de lector por encima de la palabra. Es como si estuvieras haciendo algo a la medida de alguien, pero uno no escribe a la medida de alguien: escribe también a la medida de uno mismo, porque de alguna manera ese alguien es un ser imaginario que también está en poesía. Ese lector es el ideal, pero considero que tu propia necesidad tiene que estar por encima de eso. En ese infantil están todos los prejuicios y todos los valores que podemos relacionar con la infancia, producto de la sociedad. Y eso te puede prejuiciar demasiado como escritor.

Cuando llueve, ¿dónde te refugias?

Muchas veces me mojo.

¿Así estés de blanco?

Así esté de blanco. Se me han visto las pantaletas.

¿Cuántas cucharaditas de azúcar le pones al café?

Ahora no le puedo poner azúcar: tengo que ponerle edulcorante.

¿Tienes una buena relación con los gatos?

Aunque los gatos han estado en mi obra, nunca he tenido gatos. Me gustan los gatos, sí. Me gustan, pero no los conozco. Para mí son unos personajes extraordinarios por independientes, por su concepto de libertad y por la seguridad que tienen en sí mismos. Pero nunca he convivido con ellos. He escrito sobre ellos y quienes han leído mis libros sienten que yo conozco muy bien a los gatos. A lo mejor es que yo soy medio gata.

¿Te sientes independiente?

Yo creo que sí. Creo que mi mamá me crió para ser una niña muy independiente.

¿Cómo te llevas o te llevabas con tu suegra?

Nunca tuve suegra, porque la mamá de mi esposo se murió. Ahorita tengo la mamá de mi novio, pero la he visto dos veces y me adora desde el primer día que me vio.

¿Y una suegra imaginaria?

No sé. Creo que muchas veces me he llevado mejor con los hombres que con las mujeres. Aunque con los años eso ha ido cambiando. De niña, yo sentía que tenía mejores amigos varones que niñas y con el tiempo he conservado buenas amigas también. Entonces, no soy tan marcada con eso de los géneros…

¿Cuántas veces al mes lloras?

Depende del mes. Hay meses que lloro todos los días y he pasado meses sin llorar.

¿Por qué has pasado un mes llorando?

Por eventos más que por esa tristeza sin razón. Yo no suelo estar triste sin razón, aunque no soy de las personas del tipo alegre. No soy de esas personas que llegan y son el alma de la fiesta. Más bien soy de quienes se repliegan. Soy callada y muchas veces puedo ver el lado más triste de una fiesta. Me pasaba mucho en la adolescencia: todo el mundo estaba bailando y yo terminaba en un balcón como mirando al vacío, mirando lo absurdo de todo y me sentía como que yo no pertenecía. Me sentía rara. Esa sensación de rara me hacía algo inadaptada… aunque me tratara de adaptar. Yo soy muy adolescente: yo nunca pasé de los quince años a nivel emocional.

¿Lloras cuando te golpeas el meñique con la pata de la cama?

Más bien me arrecho. Peleo. Maldigo.

¿Qué groserías dices más?

Yo creo que coño. Digo muchas cosas feas, a veces mi hija me dice “¡Mamá, no digas esas palabras!”, pero las digo. Tampoco me arrecho con frecuencia.

¿Qué haces cuando estás molesta?

Si estoy molesta, duro un rato con la rabia… pero se me quita. Puedo pasar de la rabia intensa, pero con esa rabia intensa prefiero retirarme y caminar, caminar, caminar para pasar la rabia. He hecho eso a veces: camino y camino y camino y no paro de caminar, de drenar, hasta que algo en mí se sale. Sin embargo, puedo estar muy brava con alguien y al día siguiente ya no puedo estarlo. Me acuerdo de una vez en la que estaba brava y me fui al Parque del Este, me monté en los barquitos y empecé a remar para botar la rabia, por ejemplo.

De tus personajes, ¿cuál es el favorito?

Es difícil eso. Y es un lugar común lo que voy a decir, pero probablemente cada personaje significa algo para mí. Cada personaje tiene algo de mí o tiene algo de un momento mío. Hay personajes que me conmueven mucho y otros con los que me siento muy identificada. Desde la niña Inés Izarra, de la novela No abrir hasta el año 3000, que puede ser una suerte de alter ego en algunas cosas (pero no es que sea yo mi biografía; muchas veces los niñitos me preguntan eso; y sí: tiene cosas mías, pero no soy yo), hasta el niñito que muere de ganas de poner una bomba porque no aguanta la situación en su casa. Esos niños son sensaciones y yo me identifico con ellos porque puedo querer eso que ellos anhelan. Y con lo que ellos sufren me identifico también. Malísimo, por ejemplo, es un cuento que yo quiero muchísimo porque para mí el tema del amigo imaginario siempre ha estado muy presente en mi vida. Yo soy hija única, entonces el hecho de un personaje imaginario que le hable a quien lo creó está cerca de mí porque está cerca de lo que son mis monstruos. El amigo imaginario es algo que me acompañó mucho en mi infancia y me llevó a entender que esas fronteras de la fantasía y la realidad muchas veces no son tales: están ahí, juntos.

¿Cuando estabas chiquita querías hacer pipí parada?

Quería hacer pipí parada para hacer pipí en la calle, pero eso era cuando yo tenía como cuatro años y mi kínder estaba muy cerca de mi casa. Cuando yo salía, me provocaba hacer pipí en la calle.

¿Qué opinas de quienes escriben literatura infantil porque piensan que es fácil?

Un lugar común es que es fácil o que da real o ambas cosas. Otro lugar común es que es dificilísimo, una cosa que nadie puede. Yo creo que en ambos casos se está menospreciando a la literatura infantil. Se escriben muchos libros para niños, pero no todos los libros para niños son literatura. Entonces, escribir un libro para niños como escribirlo sobre cualquier cosa, de cocina o de lo que sea, puede ser fácil si lo haces a la machimberra, como decía mi mamá. Si lo haces de cualquier manera, todo es muy fácil. Pero escribir literatura, eso sí que no sé si es difícil o fácil. Hay gente que tiene la disposición en su vida y lo hace, pero no por eso son mejores ni peores.

¿Hay autores de literatura adulta que pueden creer eso y ser publicados?

Muchos de los autores de literatura adulta asumen la literatura infantil desde el cliché de lo que piensan que es la literatura infantil. Son cosas muy distintas. Hubo un autor que a mí me dijo, en un foro, que la literatura infantil no era literatura, pero lo decía porque muchos tienen un cliché que les viene de los libros que ellos le han comprado a sus hijos o que han leído. Piensan que el cuento que echan a sus hijos en la noche puede ser un libro publicable, pero eso creo que los mismos lectores saben identificarlo.

¿Te caen bien las niñas perfectas, a las que todo les sale bien?

No. Me dan miedo. La gente perfecta me da miedo. Toda. Parecen unos muñequitos plásticos, como la Barbie y el Ken que dan miedo. No, no. A mí me gusta la gente imperfecta, con rollos, esos a los que no les va bien en la vida, los perdedores. Creo que es la gente más bella y más de verdad. Fíjate: cuando cumplimos quince años de graduados en el colegio, un grupo empezó a contactarse por Internet. No había Facebook, sino una lista de correo en la que íbamos a estar todos. Un muchacho estaba haciendo la página web y nosotros teníamos que escribir unas biografías y a mí me dio miedo lo que la gente escribía porque era una cosa así como: yo soy tal, soy ingeniero, soy doctora, vivo en una casa en Alto Prado, viajamos todos los años para Europa… y todas eran unas vidas tan artificiales y perfectas que a mí me daba vergüenza contar mi vida. Yo vivo en Chacao. Vivía alquilada. No tengo el matrimonio perfecto. ¿Qué voy a contar yo aquí? Entonces yo dije “No, yo voy a contar mi vida” y la conté tal cual: que tuve parejas y se acabaron porque no funcionaron, que he sufrido, que he llorado, siempre desde la derrota. Al final todos hemos vivido eso. Bueno, después de que yo escribí eso la gente empezó a cambiar su biografía porque se dieron cuenta de que esas apariencias no valían de nada y de que la perfección, al final, es una falsedad.

¿Cómo sabes que un cuento para niños es un buen cuento?

Te lo diré intuitivamente, porque no soy experta teórica: porque me llega al alma. Cuando un cuento me llega al alma yo sé que le va a llegar al chamo, porque yo soy una chama.

¿Cómo tratas a tus lectores niños? ¿Te intimidan?

A mí me gusta hablar con ellos, porque te hacen preguntas inesperadas. Te pueden decir lo que no les gustó del libro, lo que hubieran cambiado. Me parece que son muy auténticos y eso me gusta. Toda la vida yo he tenido una facilidad muy curiosa para estar con chamos y con adolescentes. Siempre la tuve. Desde adolescente se me pegaban niños pequeños. Me cuentan sus cosas. ¡Yo debí haber sido maestra! Probablemente les despierto confianza porque me ven como una niña vieja. Incluso, algunos me han contado cosas que no le contarían a una mamá: se pueden abrir mucho en el tema del amor, por ejemplo. Con los adolescentes también me pasa mucho eso, por eso mis talleres terminaban siendo una suerte de terapia de grupo. Yo lo único que trato es verlos como personas grandes. No bajo el lenguaje: si me dicen que no entienden, me explico de otra manera pero no los minimizo. Ellos tienen un mundo muy amplio y a veces es uno quien puede pasar como un gallo. Por ejemplo: hablar de sexualidad de una manera inocente y de repente te preguntan otra cosa. En el colegio, a mis hijos les hablaban todo el tiempo del tema en una materia que se llamaba Sexualidad, pero los chamos preguntaban más. Eran unos chamos preparados en el área sexual. No preguntaban cómo nacen los bebés, sino cuál es el mejor condón. Eso te desbarata el discurso.

¿Y tú crees que, por ese acceso que los niños tienen a otro tipo de información, la literatura infantil vaya mermando? ¿El libro para niños puede desaparecer?

No. El libro tiene algo que no tienen los demás productos: esa capacidad de ser algo muy íntimo. Esa capacidad de intimar, de ser un mejor amigo, no la tiene un programa de televisión. La televisión te puede divertir, entretener, pero es difícil que puedas sentir el programa de televisión. En cambio un libro te puede hablar de soledad sin hablarte, ¿no? Una historia graciosa que toque temas de una manera profunda es algo que no hace Internet. Lo mismo pasa con la literatura para adultos. La literatura no va a desaparecer. El arte no va a desaparecer.

¿Sabes bailar reggaeton?

No sé bailar nada. Bailo pegado y de broma. Ése es mi trauma en la vida. Bailo como las alemanas, piso a la gente. Soy muy, muy mala. Creo que si bailaría no haría más nada, por eso es que no bailo.

¿Sabes cargar un bebé?

Sí. He cargado dos bebés. Aunque tengo mucho tiempo que no cargo bebés. Los cargo y no se me caen. Yo quisiera tener otro bebé.

¿Qué te hace sentir orgullosa?

Ahí tengo la maternidad súper inflamada y subida, sí. Los logros que puedan tener mis hijos me llenan de orgullo, más que cualquier logro mío. Haberlos enseñado a hacer su vida y a hacer de sus vidas algo que a ellos les guste. Los triunfos de la gente no tienen que ser solamente ganarse becas, premios o dinero, sino ser felices. Enseñarlos a ser felices es mi orgullo.

¿Escribirías para adultos?

Escribo para adultos. Es más, escribo literatura erótica.

¿Cómo es esa relación literatura erótica/literatura infantil?

Creo que se parecen mucho, porque hablan desde lo más innato, desde lo más natural, desde lo más verdadero. Yo creo que la literatura infantil es muy verdadera. Aunque sea fantasiosa, es muy verdadera. La literatura erótica también lo es. Además, son subgéneros: para los grandes estudiosos de la literatura, todo lo que tiene adjetivo policial, erótico, infantil, juvenil, es considerado literatura menor. Y como yo reivindico el hecho de que eso no es literatura menor siempre que haya un escritor detrás de ella, escribo en todos esos géneros: esos géneros que no son los grandes géneros.

¿Cómo ves el panorama de la literatura infantil? ¿Las cosas han cambiado desde que publicaste por primera vez con Monte Ávila?

Creo que hay más gente publicando. Esa colección con Monte Ávila fue muy importante porque nos abrió el panorama a escritores venezolanos de literatura infantil. Es decir: no era hacer libritos ilustrados con cualquier texto, sino hacer libros de literatura que tuvieran ilustraciones. No era el libro álbum, no era ese género que había sido más trabajado en Venezuela por editoriales como Ekaré, que era casi la bandera y que abrió camino hacia ese género. La colección de Monte Ávila dio la posibilidad de hacer libros donde había lecturas, varios textos, varios poemas, y además ilustrados. A partir de eso, otras editoriales han abierto con altibajos. Hay momentos en los que el mercado se cae, hay momentos en los que se abre. En casi todas las editoriales los libros que más se venden son los de literatura infantil. Sin embargo, creo que faltan autores. No pasa como en otros países de Latinoamérica, donde el movimiento se siente más consolidado, los autores tienen más presencia y están más unidos. Organizan eventos para que la literatura infantil se conozca y se tome en cuenta. Durante estos quince años, las publicaciones se han multiplicado por mil. Una labor importante ha sido la de las pequeñas editoriales, de cierta forma más artesanales, como Camelia que apuestan más por un libro artístico que a lo que dice el mercado. Esa idea del mercado puede dañar mucho al libro para niños, porque está muy unida a la posibilidad de comercialización y también a la posibilidad de masificación y terminan empeñados en hacerlo más fácil y más rápido, porque es el libro que más se vende de todos.

Conversaciones minúsculas

¿Un libro de tu adolescencia?

Los cinco de Enid Blyton.

¿Un animal en el que metamorfosearse?

Una gaviota o un pelícano. Volar sobre el mar.

¿Un espacio geográfico?

El mar de mi país. Las calles nocturnas de cualquier otro.

¿De qué te gustaría armar un rompecabezas?

Un rompecabezas de un rompecabezas.

¿Periodismo?

La otra pasion.

De no ser escritora…

Si supiera bailar, bailarina. O científica. Antropóloga. Médico. Me gustan muchas cosas. Por eso las escribo.

¿Una película?

Muchas, pero te digo dos: París, Texas y Perdidos en Tokio.

¿Un personaje histórico?

Me gustan más los héroes anónimos. Pero puedo elegir Chaplin.

¿Un acto de rebeldía?

Cuando a los 15 años armé una revolución en el transporte escolar por el exceso de niños y los pocos asientos.

¿Una historia por contar?

Demasiadas, más de las que he escrito.

***Imágenes usadas en esta entrevista: 1. Detalle de fotografía tomada por Manuel Sardá. 2. Detalle de portada del libro Cuentos prohibidos por la abuela ilustrado por Walther Sorg y editado por Alfaguara. 3. Detalle de portada del libro No abrir hasta el año 3000 ilustrado por Fernando Belisario y editado por Alfaguara.


 
 

Actualizado: 3 sept 2021


En el año 2000, cuando Liliana Bodoc publicó su primera novela Los días del venado junto a la editorial Norma, jamás imaginó el revuelo que ocasionaría en la feria del libro de Buenos Aires. Su libro era el inicio de una saga de fantasía épica vinculada con un imaginario latinoamericano, tema ausente en tierras del realismo mágico. Es quizás por esto, y su buena literatura, que los tres libros no conocieron fronteras. Consiguió innumerables lectores, sobre todo jóvenes, que se identificaron con la contundencia de esta historia. Pero Bodoc demostró, además, que no se trataba de la suerte del principiante, sino de la demostración de un constante trabajo y respeto a la palabra. Garantía de esto permanece en libros como Sucedió en colores (2004), Memorias impuras(2007), El mapa imposible (2008) o Presagio de carnaval (2009), por citar solo algunos ejemplos. Liliana atendió a nuestro llamado y compartió con nosotros sus impresiones sobre la literatura, el arte de escribir y su vida:

Tu primer trabajo publicado dentro de la literatura para jóvenes fue una saga fantástica. Una historia planteada en varios tomos, y con una estructura y elementos de fantasía épica. ¿Por qué escogiste este formato? ¿Qué puntos a favor tiene la saga que ha atrapado a la juventud contemporánea?

La sinceridad es un buen comienzo, por eso debo admitir que mientras escribía la saga de Los Confines no tuve intención de hacer literatura para jóvenes. Lo supe después y lo agradecí. Con esto procuro decir que cualquier reflexión que haya podido hacer respecto del género ha sido posterior a la edición de la trilogía. Creo que las épicas fantásticas, por definición de género, proponen al lector un espacio de pertenencia, una ética, un “ejército” al cual adherir, una causa. Las épicas fantásticas reclutan lectores que las honran con un alto grado de lealtad. Por otro lado, tienen una doble condición, ¡tan semejante a la vida!, de ser al mismo tiempo un espacio familiar y un espacio misterioso. Y esto también nos enamora. Los relatos épicos, sabemos, tienen como mandato original crear individuos pertenecientes a una cultura. Aunque los siglos han pasado, algo de eso subsiste y sigue siendo eficiente. Cuando nos calzamos las botas de una saga es para siempre, y esa saga crece con nosotros.

Para el lector de la saga, sufrir la muerte de un personaje querido es difícil. Como creadora de los mismos, ¿cómo se vive la muerte de algunos personajes importantes de la saga?

Con seguridad sufrimos menos como escritores que como lectores. Debe ser porque lo venimos maquinando fríamente, analíticamente y, llegado el momento, no nos tiembla el pulso. En mi caso, sentí como lectora la pérdida de algunos personajes mucho más de lo que sufrí en la acción de matarlos, párrafo a párrafo, con mis propias manos.

En el 2010 iniciaste el proyecto El Arte de Los Confines junto al ilustrador Gonzalo Kenny, quien ha hecho nuevas portadas para la saga e ilustraciones para Oficio de Búhos. ¿Por qué este acercamiento con el mundo de la ilustración? ¿Cómo ha sido el proceso creativo con el ilustrador?

Encontré a Gonzalo a través del rostro de Kupuka. Tuve ante mí ese dibujo y enseguida supe que ahí había alguien que veía lo que yo imaginaba. Cuando pude conocerlo personalmente todo terminó de cerrar. Profesionalmente Gonzalo es un artista de excelencia y humanamente es un husihuilke. Nos entendimos sin necesidad de muchas palabras y hoy siento, con toda sinceridad, que la saga también le pertenece.

¿Qué te llevó a caminar nuevamente las Tierras Fértiles con Oficio de Búhos? ¿Siempre tuviste planes de hacerlo o fue una necesidad posterior?

Dije más de una vez que la saga de Los Confines había llegado a su final definitivo con la tercera parte. Pido disculpas por la contradicción. La verdad es que uno de los factores que renovó el deseo de volver a Los Confines fueron, justamente, las ilustraciones de Gonzalo. Vi lo que vi, y quise regresar a ese lugar querido. Kupuka tuvo una mirada y yo sentí que quería reencontrarme con esa historia. Después vino el tiempo de pensar muy bien el modo de hacerlo. No quise una cuarta parte tradicional. Preferí estos relatos que se sitúan en distintos tiempos y espacios, preferí el fragmento, la niebla.

Aunque tocas temas universales, tus libros tienen una marcada referencia latinoamericana. ¿Hay una necesidad intencional en tu producción literaria de realzar lo latinoamericano? ¿Cómo ves la literatura publicada para jóvenes en Argentina y en Latinoamérica?

Sí, hay claramente una intencionalidad en el uso de la simbología. Soy de los que creen que es difícil hablar y contar acerca de lo que no conocemos, no comprendemos y no amamos. No hubiese podido escribir una saga con simbología anglosajona… En todo caso, hubiera sido un texto más externo, más parecido a una escenografía que a una casa. Por lo demás, es indispensable que el arte trabaje desde y sobre nuestra identidad continental, nadie sino nosotros vamos a hacerlo. Con seguridad, el orgullo bien entendido, sin prepotencia, sin dogmatismo, sin autoritarismo, es bueno para la gente.

Has publicado libros para niños, jóvenes y adultos. Cuando escribes, ¿piensas en el lector? ¿Adaptas el discurso de acuerdo a un público específico?

Sí, claro que sí… Pienso, y no poco, en aquellos lectores a quienes está destinada la obra. No para simplificarles la lectura, no para agradarles, no para buscar una rápida identificación sino para comunicarme con ellos. Si deseamos que, al menos en parte, la comunicación suceda es necesario trabajar en registros compartidos.

Tus obras tienen en común un tono antiguo, mítico. ¿A qué se debe este trabajo particular con la palabra?

El lenguaje tiene que ver con la coherencia del mundo ficcional y con la verosimilitud de la historia narrada. La saga de Los Confines intenta posicionarse en un tiempo sin tiempo, en un espacio fuera del espacio, y eso me exigió un lenguaje, digamos, “mítico”. ¡Hasta donde eso es posible! Durante el proceso de escritura tuve muy en cuenta no interferir con expresiones que pusieran el texto en unas coordenadas espacio-temporales reconocibles. Y ni hablar de los argentinismos. ¿Te imaginás a Vieja Kush diciendo “Che, vos”? Me gustaría aclarar que no digo que sea imposible que los personajes de una épica fantástica hablen en lengua coloquial y actual, digo que eso no funcionaba en la saga de Los Confines.

Filmaste un documental llamado “La madre de Los Confines” dirigido por Diego Ávalos. ¿Cómo fue la experiencia de recorrer tu pasado?

Lo primero, y quizás más arduo, fue comprender que no se puede volver del todo. Nunca jamás. Ya nada era aquello que yo recordaba, aunque la apariencia fuera la misma. Aún así fue intenso ese regreso a los lugares de mi infancia y de mi adolescencia: al sitio donde está la tumba de mi madre, a mi escuela primaria… Diego Ávalos, y quienes hicieron la peli, trabajaron con la idea de que todo eso estaría presente, de un modo u otro, en la saga. ¿Estará? Yo no sé en qué capítulo aparece mi madre, en qué línea está mi primera vergüenza, qué episodio representa mi vestido celeste con flores azules y blancas… No creo que en la vida de las personas, esas líneas puedan rastrearse con precisión. Pero, al menos, habrá una hipótesis.

Luego de la muerte de tu madre, católica, creciste en un entorno ateo. ¿Cuándo llegó tu conversión a la religión musulmana y de qué manera ha influido en tu obra?

Llegó, y no casualmente, durante la primera guerra del golfo, cuando sentí mucha cercanía con esa nación arrasada. Tiempo después caminé por una calle de Mendoza y llegué a la mezquita de la ciudad. Me atendió uno de los seres humanos más luminosos que he conocido. Jaled, el hermano Jaled, Jalito para los amigos. Vale aclarar que Jaled es el encargado de cuidar la mezquita, el que atiendo, sirve té y asea. Él me acercó al Islam con una humanidad poco común. Hoy, si bien no practico con rigor los rituales y las costumbres musulmanas, sigo aferrándome a las palabras de Jaled. Hermanito, le pregunté un día, después de escuchar un sermón apocalíptico de boca del sheik, ¿qué es el fin del mundo? Jaled se sonrió. “El único fin del mundo es el desamor”, me dijo.

Sé que para escribir necesitas orden; es un proceso, intelectual, pensado, ¿cómo desarrollaste tu forma de trabajo?

Es cierto… Necesito de bastante orden: anotaciones, listas, líneas temporales y a veces mapas. Es casi imposible que arranque en el procesador de texto, sin antes pasar por un cuaderno. Pero para que la cosa no quede en lo literario, también necesito de orden a mi alrededor, en mi casa, en mi mesa de trabajo.

¿Qué ocurrió con la continuación de Memorias Impuras?

Puedo decirte, con mucha alegría, que esta misma tarde envié a editorial Alfaguara el texto de las dos partes de Memorias Impuras, Los padres y Los huérfanos, para que empiece el proceso de edición. Parece que por fin va a suceder.

En tu obra has tocado una temática variadísima. ¿Sobre qué tema en particular te gustaría escribir?

Me gusta hablar de nuestro mundo desde otro mundo, de nosotros desde otros. Me gustan las alternativas a nuestra realidad cotidiana. Será por eso que mi cabeza ronda lugares remotos, tiempos idos, culturas distantes. Más allá de lo argumental, la idea que me persigue siempre mediatizar el espejo que suele ser la literatura, intervenirlo con otros paradigmas. De un modo o de otro, es lo mágico lo que me importa.


Conversaciones minúsculas


¿En qué animal te metamorfosearías?

En oso pardo.

¿Qué libro marcó tu adolescencia?

Los capitanes de la arena de Jorge Amado

¿Un recuerdo de tu infancia?

Una muñeca a la que quise mucho, con la que convivía más allá del juego. Juntas dormíamos, juntas tomábamos la merienda, juntas nos sentábamos a leer o a mirar tele. Un día, a los trece años, después de una impugnación burlona de mis amigas, ¡ay!, la tiré al canal y se la llevó el agua.

¿Un olor?

A pan recién horneado.

¿Un sonido?

Campanas al atardecer.

¿Una comida?

Pastel de papas.

¿Algo que siempre has querido hacer, y nunca has hecho?

Andar a caballo, ¡pero andar bien!

¿Algún temor?

El dolor de mis hijos

¿Un vino?

Malbec de Mendoza.

¿Un autor?

Dostoievsky.

¿Un país o un viaje?

Sicilia, la isla donde vivió mi abuelo.

¿Una película?

La Strada de Fellini.

***Imágenes usadas en esta entrevista: 1. Detalle de retrato hecho por Juan Nacht. 2. Detalle de fotografía realizada por Alejandra López. 3. Detalle de ilustración del libro Cuando San Pedro viajó en tren ilustrado por Valeria Docampo, editado por SM. 4. Trailer del documental La madre de los confinesdirigido por Diego Ávalos.


 
 
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Cultura, libros, infancia y adolescencia

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ilustración de las jornadas @Miguel Pang

ilustración a la izquierda @Juan Camilo Mayorga

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